“Optamos por la vida” es el lema escogido por la Comisión preparatoria del 20 Capítulo general para abordar la reflexión de futuro desde la perspectiva de la vitalidad. El lema está inspirado en este fragmento del Deuteronomio: “Yo (el Señor) pongo hoy por testigo al cielo y a la tierra; pongo delante de ti la vida y la muerte, la bendición y la maldición. Elige la vida, para que vivas tú y tu descendencia, amando al Señor tu Dios, obedeciéndole y estando unido a Él. Ahí está tu vida  y tu supervivencia  en la tierra que el Señor juró dar a tus padres” (Dt. 30,19). La primera impresión se conjuga muy bien con el la esperanza cristiana. No obstante, la supervivencia sólo tiene sentido como consecuencia de una vida digna y fiel a la palabra de Dios.

Una reflexión sobre la pirámide de edades del Instituto, las estadísticas de muchas Provincias, la evolución previsible del personal en los próximos años puede desembocar en adoptar la política del avestruz y no querer ver la realidad, en fomentar una actitud de repliegue agarrándose a las últimas parcelas de un imperio que se desmorona, en huir hacia delante con proyectos megalómanos sin consistencia alguna, en aceptar la propia debilidad y pequeñez confiando sólo en el Señor… Cuando un hermano advierte que no son los caballos y los carros que le dan la victoria (el número creciente, las grandes obras…), entonces se abre a la acción de Dios. No se deja llevar por el miedo ni busca medidas defensivas. Quiere vivir pero no se resiste a morir. Cuando el hermano relativiza su proyecto puede nacer el proyecto de Dios.

Una interpretación bíblica de carácter existencial del lema puede servir de clave de discernimiento para los capitulares y para el Instituto, laicos incluidos. Elegir la vida significa elegir a Jesús como prioridad de nuestra vida: “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Jn. 14, 6). Es decir “el compromiso formal de no anteponer nada a Jesucristo” y de “estar dispuesto a perderlo todo con tal de ganar a Cristo”. Si esta experiencia no es fundante, la identidad marista carecerá de sentido. De aquí se desprende la misión: “He venido para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn. 10, 10). La misión se concreta en dar vida. Los destinatarios preferentes son los niños y jóvenes, especialmente más necesitados. Marcelino lo vivió así: “No puedo ver a un niño sin decirle cuánto Dios le ama…”. Estas dos premisas (la filiación con Dios y la fraternidad con los hombres y mujeres) constituyen la clave para decidir el futuro del Instituto. El Capítulo no es ninguna reunión de accionistas o de comité de empresa, sino de hermanos que buscan discernir las respuestas actuales a las llamadas del Dios. La Buena Madre nos sirve de referencia en lo que dijo a los sirvientes en las bodas de Caná: “Haced lo que Él os diga”. Ella sabe bien de qué va el tema. Concibió en su seno la “Vida” y la dio al mundo.

Los problemas que afronta la vida religiosa son de tales dimensiones que se requiere una nueva atalaya para adoptar un nuevo punto de vista y una formación acorde con él. La prioridad es que los hermanos optemos por Jesús, vivamos la fraternidad y nos entreguemos a la misión, comprometidos seriamente con el mundo de la juventud y de la pobreza. Si lo que somos y hacemos vale la pena, todo lo demás se nos dará por añadidura y muchos laicos colaborarán en desplegar las enormes posibilidades de nuestro carisma. No es tarea de mantenimiento sino de refundación, que no resulta nada fácil porque, como ocurre al grano de trigo, hay que morir para vivir (cf. Jn. 12, 24-25). La foto de la portada, obra del H. Marcel Popalier, constituye una invitación no sólo para el Capítulo sino para todo el Instituto: repensar nuestra misión en el contexto del mundo actual. Hacerlo en comunión con Marcelino. Preguntarle, con deseo de obedecer a la respuesta: ¿tú qué harías hoy? Y… pasar a la acción, con decisión y coraje.

 

G. Lluís Serra ,  Director de Publicacions - Roma

FMS MENSAJE MARISTA, Número 30 - Junio 2001

 

 

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