MARIA EUGENIA VILORIA ORTIN
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DEFENSA DEL
CASTELLANO
Cohorte
032-052
T5
Sobre el castellano, la belleza del lenguaje y
nuestras barbaridades
Quizás
por una cierta pasión heredada de mi antiguo oficio de bibliotecaria, cuando me
iniciaba en el mundo laboral, el idioma ha sido el punto de juicio sobre el desarrollo
intelectual de la sociedad, reforzando una inquietud que en una ocasión el
director de mi colegio sembró en mi persona, mientras cursaba 4º grado.
Mientras
mostraba la última página de un periódico donde aparecían los muertos del día
anterior, nuestro director nos daba un sermón sobre seguridad vial –de esos típicos
de los directores-, y en un momento corrigió una de sus expresiones y nos dijo:
“perdón, no se dice hubieron, sino hubo”. Esa corrección fue una luz para mí.
Fue el gancho hacia el afecto por la palabra.
Desde
entonces se ha desarrollado en mí, también gracias al entorno, una cacería por
nuestras expresiones bárbaras, las cuales muchas veces disfrutamos tanto. Pero
ciertamente hay elementos objetivos que nos indican hacia dónde inclinar la balanza
a la hora de un juicio sobre la funcionalidad, la estética y el dinamismo de
las lenguas.
La
cultura de los pueblos es dinámica, por lo tanto también lo son los idiomas,
pero particularmente no creo que este cambio continuo de la cultura deba
significar deterioro en la estética del lenguaje.
Muy
lejos estoy de ser una autoridad en el dominio del castellano, pero si tengo,
como muchas personas, afición por el bello sonido de las palabras que tantas
veces se deteriora por la inclusión de una modificación por la costumbre
popular, como es el caso del “hubieron”.
Pero
igualmente se comprende que la utilización de anglicismos en el discurso informático
es indispensable para la comprensión del significado de la mayor cantidad de
personas sin importar el idioma o la cultura.
Recuerdo
los primeros intentos puristas del español cuando aparecieron las primeras
computadoras personales: las famosas 8086 de IBM. En España se difundió casi
como una enfermedad endémica la palabra ‘ordenador’ para sustituir a la palabra
‘computer’. Creo que jamás pensamos que esa palabra sería
apenas la primera gota del maremoto de palabras que romperían en la orilla de
nuestra institucionalizada lengua.
Gran
cantidad de significantes con significados muy concretos abundan en nuestra
cotidianidad con razonable justificación, pero aun así igualmente somos
agredidos continuamente por palabras innecesarias y que, en nuestra incapacidad
de luchar contra ellas, apenas hemos podido disfrazarlas de castellano para
poder tolerarlas a expensas de la pérdida de la estética en el idioma. Palabras
como: güisqui, folclor, póster, carné, sándwich, aun cuando aceptadas por
O
palabras que se ven o se escuchan tan bien pero que igualmente son errores
originados por la traducción de una palabra anglosajona como lo es ‘accesar’ de ‘access’, y que realmente
debería traducirse ‘acceder’.
Es
cierto, los agregados de origen anglosajón son necesarios en el enriquecimiento
de la lengua, pero podríamos promover por aquellas que no necesariamente existen
las palabras que las sustituyen sin lugar a dudas, como es el caso de sándwich,
siendo sustituido por emparedado, aun cuando prefiero la palabra sándwich a la
forma que la he visto escrita en diversos sitios en Lima: ‘sánguche’,
y que quizás, en el abuso de esta forma de escribirla, algún día llegue a ser
aceptada por
En
el trabajo de Sanpedro se observa un gran interés por dilucidar la realidad de
la influencia de los anglicismos y el futuro de nuestra lengua bajo su
influencia, pero dejo esos aspectos tan específicos y profundos a los
estudiosos y avanzados en la materia, para preocuparme por lo más elemental:
los errores, nuestros errores de siempre, los que en vez de desaparecer parece
que se multiplican como las bacterias: los barbarismos. Haiga,
fuéramos, éramos, nadien, palabras utilizadas en la
cotidianidad y que nos genera un comportamiento febril ante el contacto verbal
con el resto de la humanidad. –Nótese aquí una cierta persecución al error, del
cual nadie está exento.
Hay
un texto que leí hace unos meses de Federico Pacanins
en su libro Orilla de Playa y que
creo que es pertinente agregar en este trabajo, que manifiesta en forma muy atinada
la neurosis ambivalente con el que podemos abordar el tema del lenguaje, y en
el cual cada uno de nosotros podrá ubicarse de un lado o del otro del discurso.
Aquí va.
Metonimia y Moda.
Te dice el gafo que no se pide un vaso de agua, sino
uno con agua; que la precisión es cosa importantísima. Se cultiva esa miopía
detallista por encima de todo sentido y significado del conjunto.
Vale una manía de perfección siempre en contra de la
mismísima potencia de intención o acto, tal como si no hubiera trazas de
atinada torpeza en todo lo que acierta. Hasta en esas correctas incorrecciones,
tan del gusto de ciertos cogedores de goteras que se la pasan, además, pidiendo
conciencia de lo nuevo: sincronía de fondo y forma, dicen, con los tiempos que
corren. Como si fuera fácil olvidar mucho de lo que se ha sido y se va siendo;
eso a veces desgastado, fuera de época, parecidísimo al bolerito del resuelle
en la oscuridad del cuarto. Qué se le puede hacer.
Hablar de intemporalidad como preciosa cualidad –Cadenas
lo anota en firme- y sostener así las dudosas conquistas del gusto personal. Criticar
lo nuevo por no ser tan nuevo, o por no ser tan bueno; defender con furia
gustos de torpeza entrecomillada hasta por uno mismo.
Será cosa de cargar los trastos viejos, imperfectos,
imprecisos pero útiles, sabrosos como propios, y hacerlos acompañar con algún
poquito de actualidad que mantenga a cada quien en carrera.
Por algo el verso de Antonio Machado lleno de la sabia
súplica: “Más que romances viejos, poeta, cantar de niñas”.