Carta abierta a Monseñor Baltasar Porras
Todavía está a tiempo
Por: Dr. Marco Parada
Publicado: 22/12/02
Excelentísimo Señor, enormes
resistencias internas me ha sido imprescindible vencer, como para que finalmente
atendiera al llamado del deber y me decidiera a escribirle esta carta destinada
a suplicarle humildemente, pero con firmeza, que vuelva su atención
a los rincones más profundos de su conciencia, en donde aún
deben yacer aquellos nobles impulsos e ideales que un día le llevaran
a tomar la tremenda decisión de convertirse en sacerdote del pueblo
católico al cual también yo pertenezco.
Soy médico, científico y
profesor de la Universidad de Los Andes. Formo parte al mismo tiempo de
ese sector intelectual que se debate entre los remolinos de las dudas existenciales,
y para quienes precisamente las paradojas de las miserias morales, las
ambiciones personales desmedidas y las posiciones políticas asumidas
por gran parte de los miembros de la jerarquía a lo largo de la
historia de la iglesia favoreciendo la injusticia y en contra de la verdad,
ubicadas todas ellas en las antípodas del mensaje evangélico,
representan en su conjunto una de las grandes piedras de tranca que nos
impiden el acceso a la salud espiritual que a brazo partido con la funesta
realidad tratamos de alcanzar para nuestras almas en el seno de la iglesia.
Soy merideño, y pertenezco por
tanto a la grey aquella en la cual usted se inició como pastor.
Debo confesarle que al principio me sentí orgulloso de que una persona
de su talla intelectual se pusiera al frente de nuestra Arquidiócesis,
tan necesitada de interlocutores espirituales de altura que lograran penetrar
con la buena, aunque ya muy antigua nueva del mensaje cristiano, el ámbito
académico de nuestra universidad. Todavía recuerdo el gozo
y la alegría que me producían la admiración y el respeto
con el cual personas de elevado porte académico, pero de un sano
escepticismo ante las verdades espirituales, como el Dr. Luis Hernández,
Premio Polar y dos veces Premio Nacional de Ciencia, se referían
a usted. Era para el Dr. Hernández una certeza de orden probabilística
el que llegaría usted a Cardenal, porque con ello la iglesia ganaría;
a las
cuales afirmaciones, yo, en aquel ahora
y con un orgullo recóndito asentía
Mucha agua ha corrido desde entonces bajo
los puentes del Chama y del Albarregas, puliendo, desbastando y debilitando
cada vez más los cantos rodados de nuestros ríos hasta transformarlos
en arena; pero debo indicarle que los baldes de agua fría que usted
ha lanzado sobre las esperanzas de los desposeídos de nuestra patria,
desde el alto balcón de su investidura eclesial, han ido también
minando y convirtiendo en arena el respeto y la credibilidad que supuestamente
mucha gente le debe como pastor.
Me dirijo a su conciencia, y no voy a hacerle
un recuento interminable de todas sus actuaciones políticas en contra
de la única esperanza y posibilidad de redención social que
actualmente tienen las mayorías marginadas, ofendidas y humilladas
de nuestro país, y que yo, dada su condición actual de Arzobispo
y Presidente de la Conferencia Episcopal Venezolana, no puedo menos que
considerar y catalogar como reprobables. Sus palabras, sus actos, sus omisiones
y la ambigüedad de sus declaraciones no me dejan lugar a dudas: está
usted actuando estrictamente como político y utilizando con ventaja
su posición dentro de la iglesia para colaborar en la consecución
de los objetivos de la cruzada maligna a la cual se unió, y que
son antagónicos con los esperados de un representante de Cristo
aquí en la tierra, y de un ciudadano que respete las leyes civiles
tal y como San Pablo nos lo recomendó. Le ruego me perdone. Tal
vez soy demasiado directo y simplista, pero me gusta llamar al pan pan
y al vino vino. En este sentido no puedo menos que dirigir su atención
hacia la responsabilidad que la jerarquía eclesiástica tiene,
incluyéndolo muy principalmente a usted y a nuestro excelentísimo
Cardenal Velasco, en el desenlace funesto que pudiera tener la situación
por la que atraviesa en estos aciagos momentos nuestro país. Le
escribo esta carta para que reflexione, porque veo con tristeza que la
cabeza de la iglesia, de la cual es usted líder y vocero, está
cayendo en algo mucho peor que aquel terrible y deleznable error de omisión
que cometió la iglesia universal cuando se negó a condenar
públicamente las atrocidades que el régimen nazi estaba cometiendo
en Europa en contra del pueblo judío. Y digo mucho peor porque son
ustedes parte activa en este momento en la promoción del odio entre
los venezolanos.
Yo ni siquiera le pido que condene las
barbaridades que esa oposición desleal, infame y deshonesta comete,
no tan sólo contra el Presidente más demócrata y con
mayor sensibilidad social que haya conocido y conocerá en mucho
tiempo nuestra patria, sino también contra todo el pueblo venezolano,
incluyendo en ese pueblo a todos aquellos que usted muy bien sabe han sido
manipulados y movilizados en defensa de los intereses egoístas,
antidemocráticos, anticonstitucionales y absolutamente antinacionales
de unos pocos.
Sólo le pido que reivindique su imagen y la imagen de su alta investidura ante el pueblo venezolano y ante el mundo, declarando que la única solución racional, humana, legal y honesta posible en estos momentos es la establecida en nuestra Constitución. Tal declaración de su parte, en apariencia tan sencilla, estoy seguro que desarmaría los percutores de la violencia que cual espada de Damocles pende sobre nuestras cabezas. Le recuerdo el tango aquel que dice que la sangre aunque plebeya también tiñe de rojo; y lo hago porque sabe usted muy bien que la sangre del pueblo manchará también su sotana, los linos de su cama y las fundas de sus almohadas y jamás le dejarán dormir en paz hasta que vaya a rendir cuentas de sus denarios a Aquél que depositó en sus manos la excelsa responsabilidad de dirigir a su pueblo por los caminos de la paz. Su rol fundamental es ayudar a construir el camino al cielo, sin embargo, está usted prestando las herramientas de la iglesia para pintar con sangre las calles de un posible infierno.
Debo confesarle que abrigo pocas esperanzas
de que me escuche, y que me ha hecho usted sentir avergonzado como católico
con sus continuas declaraciones, sobre todo cuando hiciera público
el comunicado ese que en mala hora redactara recientemente la Conferencia
Episcopal, y con el cual no hace más que aprobar la conducta a todas
luces reprobable de los hacedores de caos y tempestades. La interpretación
que hice al escucharle a usted se confirmó al escuchar a otro gran
vocero de la iglesia en una entrevista por televisión. Con técnicas
de diputado, y usando la Biblia como argumento, dejó claro que la
Constitución carecía de importancia por aquello de que el
sábado estaba hecho para el hombre y no el hombre para el sábado.
En ese sentido debo reconocer que Dios saca de las piedras descendientes
de Abraham y corrige la escritura torcida de sus hijos, puesto que fue
precisamente un sábado 13 de abril cuando nuestro pueblo retomó
las riendas de la ley y de la Constitución para borrar la mancha
ignominiosa de la firma estampada por nuestro Cardenal Velasco sobre el
famoso documento que echaba por tierra lo que le costó al pueblo
tanto tiempo de paciencia y de yugar. Les recuerdo, a usted y a nuestro
Cardenal Velasco, que Jesús aprobó el quebrantamiento del
sábado aduciendo que sus discípulos tenían hambre
y por eso en ese sagrado día cortaban las espigas.
Paradójicamente, nuestro pueblo
hoy tiene hambre, y ustedes, los supuestos representantes de Jesús,
pretenden cortarles las doradas espigas de la Constitución para
que continúen muriendo de inanición y de injusticia.
Usted sabe muy bien lo que puede ocurrir.
Por favor, no permita que la sangre de los venezolanos se derrame inútilmente
por los designios de unos locos que lo único que desean es el caos
y la destrucción para salirse con la suya. Es hora de que se detenga
en la soledad de su capilla personal, haga un esfuerzo titánico
para escuchar la voz de Dios, nuestro Dios, y asuma su responsabilidad
histórica ante el país. Todavía está a tiempo,
y no creo que Dios le vaya a recomendar que permanezca usted de brazos
cruzados ante la hecatombe que con tristeza avizoro que se avecina.
Conozco la magnitud de lo que como católico
le pido en nombre del pueblo venezolano, sobre todo porque intuyo el mar
revuelto de contradicciones en el cual su alma navega. Pero Aquel cuyo
evangelio usted anuncia podrá ayudarle a calmar las tempestades
morales de su mente, así como lo hiciera cierta vez con aquella
violenta tempestad física del mar de Galilea Declaro formalmente
ante el pueblo venezolano que de no obrar usted y expresarse apegado a
la justicia cristiana y la ley humana se hace responsable de cualquier
tragedia que nos pudiera sobrevenir. De ahora en adelante no tendrá
ya más justificativos. Es usted dirigente del pueblo de Dios y no
tan sólo de la fracción de los que se manejan con alevosía
y premeditación para destruirnos. Todavía está a tiempo.
Asuma con dignidad sus responsabilidades a la luz del evangelio y de la
Constitución y no preste su intelecto y su posición para
que el diablo haga de las suyas. Si así lo hace,
pasará usted a la historia que
lo juzgará con benignidad. Si no lo hace, ya está usted juzgado.
Con tristeza, y temblando de temor ante esta tremenda responsabilidad que hoy ante mi conciencia y ante el país asumo, me despido de usted muy atentamente.
Dr. Marco Parada
Comentarios de los lectores
| Me encantó tu artículo y lo comparto totalmente. Cristianos
como tu, Marco Parada son los que hacen falta. Nada de reverencias con
quien no lo merece. Ha traicionado su compromiso sacerdotal. No es digno
de llamarse pastor.
JJP. |
| Admiro la prosa del Prof. Parada y lamento que probablemente esta
carta nosea leida por su destinatario.
Su escrito es el de un verdadero cristiano. Elvira Ablan 7/1/2003 |
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