PUNTOFIJISMO MENTAL
Luis E. Rangel M.
Si
se conduce un vehículo a una velocidad que pudiera considerarse como alta y se
trata de realizar un viraje, lo más lógico sería reducir aquella para evitar
perder el control y poder continuar viajando con destino a la meta más próxima
que se haya establecido; pero si se desea rectificar la ruta por la cual se
transita y se hace necesario el regreso para tomar el camino estimado como
correcto, en la mayoría de los casos
habrá que detener completamente
el vehículo –y hasta “apagarlo”, si se requiere– para estudiar con detenimiento
el rumbo. Una vez definido el objetivo, encendido el vehículo y colocado en la
dirección que se estima correcta, se acelera gradualmente hasta alcanzar la
velocidad considerada como adecuada para alcanzar el fin deseado.
¿Y…?
Podrían preguntarse algunos ante lo que pareciera una perogrullada; otros
resaltarían que obviamente se debería proceder de esta manera debido a la
inercia del vehículo (“Inercia, propiedad de la materia que hace que
ésta se resista a cualquier cambio en su movimiento, ya sea de dirección o de
velocidad”.); pero la inercia no es sólo material, porque también existe la
“inercia mental” que podría definirse como “la propiedad de la mente de
resistirse a cualquier cambio en su lógica y esquemas de razonamiento”, lo cual
se traduce en la dificultad personal de reconocer, abandonar, sustituir o
adquirir hábitos. Es esta “inercia mental” el mayor obstáculo que enfrenta
cualquier intento de cambio profundo en las estructuras de una sociedad; más
aún cuando esta transformación se pretende a través de un proceso de autoconvencimiento de los miembros que la integran.
Es
lógico esperar resistencia al cambio por parte de quienes han creado las
estructuras sociales que pretenden ser sustituidas y de aquellos que han
resultado beneficiados de ellas, por temor de perder o disminuir los
privilegios que disfrutan; también de quienes adversan intelectualmente el
fondo y la forma del procedimiento aplicado; de los que se oponen a cualquier
idea –por muy buena que pudiera parecer– por el sólo hecho de no serle propia;
de los políticos de oposición que pretenden evitar que el gobierno se afiance
con la aplicación de acciones que pudieran ganarles prosélitos y que a fuerza
de oponerse a todo, terminan oponiéndose a ellos mismos y al sector de la
población que dicen representar. Lo que no pareciera lógico es que quienes
dicen ser partícipes de un proceso de cambio radical actúen en contrario de lo
que se espera de ellos y –menos aún– entorpezcan la ejecución de las acciones establecidas
para lograrlo.
En
Venezuela, cuando se habla de “puntofijismo”, inmediatamente se evoca un pacto político
para garantizar la democracia mediante el enfrentamiento conjunto de la acción
subversiva que lo amenazaba en el momento. Cuando este peligro se creyó
desaparecido, el pacto se transformó en un acuerdo implícito de alternabilidad
en el gobierno para perpetuarse en el poder, evitando que éste pasara a otras
manos; aún por la vía democrática, tal como ocurrió en el caso de Andrés
Velásquez, a quien le fuera usurpada la presidencia. ¿Por qué, entonces, él se
encuentra en las filas de quienes se oponen a una forma de gobierno que pudiera
asemejarse a la que prometió en su campaña electoral? Puesto que su vida
política se desarrolló oponiéndose a toda forma de “gobierno empresarial”, su
inercia mental le obliga a rechazar a cualquier forma de gobierno nacional.
Andrés
Velásquez es un ejemplo emblemático de “puntofijismo mental”; es decir, de
fijar su punto de vista en una idea hasta que su inercia mental sea difícil de
cambiar y su desesperación por prolongar su papel en el escenario político lo
impulsa a entorpecer toda acción gubernamental, sin detenerse a pensar en las
consecuencias. A él se le podría “aceptar políticamente”; pero no a los
“puntofijistas del gobierno”: aquellos que se despojaron temporalmente de los
credenciales de Acción Democrática y COPEI para acudir presurosos a registrarse
en el MVR; pero que no han podido desprenderse de los esquemas mentales del
“puntofijismo político” y sólo esperan la oportunidad de retornar como “hijos
pródigos”, mientras contribuyen al fracaso gubernamental con el cual esperan
justificar su regreso.
Una cantidad sustancial no han
entendido el sentido del cambio social profundo que este proceso pretende
lograr; no comprenden que la inercia adquirida por el “vehículo puntofijista”
dotado de un “poderoso motor importado” –que logró el máximo de su velocidad
gracias al “combustible nacional”– no puede ser detenido con un solo toque del
pedal del freno y que cada intento produce sacudidas molestas entre todos sus
pasajeros, muchos de los cuales pretenden alegar inexperiencia del conductor. A
pesar de los esfuerzos de este gobierno por cambiarle su ruta, pareciera quererse
salir continuamente de la establecida; algunos pretenden justificar con ello la
imposibilidad de lograr el cambio pretendido y su frustrante actuación grita en
solicitud de exclusión del papel asignado, mientras que pretenden convencer a
otros de una supuesta condición revolucionaria que ellos mismos no han logrado
entender.
Revolucionario no es aquel que
presume de tal mientras ostenta un puesto que lo obliga a retratarse en marchas
sólo para evitar un despido; revolucionario es quien –aunque no pertenezca al
gobierno, y hasta se oponga a él– es capaz de detener temporalmente su
“vehículo mental”, meditando sobre ideas propias ajenas y aceptando el hecho de
que el cambio es la cualidad primordial de la naturaleza, la cual pareciera
luchar contra su propia inercia. Revolucionario es quien comprende que los
cambios perdurables se logran estableciendo fundamentos tan firmes que sólo la
naturaleza pueda sustituirlos para que se adecuen a los requerimientos de cada
época; revolucionario es quien entiende que los grandes cambios sociales
empiezan en la sustitución de los viejos esquemas mentales de aquellos que
integran las organizaciones objetos de transformación y que el más firme de los
fundamentos humanos termina siendo derrumbado por la acción inexorable del
tiempo.
Luego
de haber superado con éxito las diferentes intentonas de golpe provenientes de
quienes alguna vez se unieron para combatir procedimientos de desestabilización
que hoy en día aplican “reformulados y repotenciados”, la revolución
bolivariana vive un momento más crítico al evidenciarse una “enfermedad
puntofijista” de diagnóstico reservado. Toda la artillería opositora, con el
financiamiento externo, no ha logrado lacerar la “piel de la revolución”,
mientras que la actuación de algunos funcionarios gubernamentales desangra su
cuerpo. El problema más grave que enfrenta Chávez es causado por aquellos para
quienes “democracia puntofijista” y “revolución bolivariana” son sinónimos:
¡sólo una oportunidad para enriquecerse, aunque ello derive en el entorpecimiento
y descalificación de la acción gubernamental! Tan grave es el daño ocasionado
por un corrupto como el perjuicio producido por un inepto, a consecuencia de la
misma actitud mental.
En
ningún momento he pretendido ver en Chávez y sus seguidores inmediatos a Jesús
y sus apóstoles; sigo creyendo que el Presidente es sincero en su deseo de
lograr “la mayor suma de felicidad posible” para todos los habitantes de este
país; pero le ha sido imposible desprenderse de las rémoras que le impiden
avanzar con la velocidad que los cambios requieren y en sus últimas intervenciones
se le trasluce la preocupación por no haber logrado los cambios previstos en el
tiempo establecido, porque la “mentalidad puntofijista” de algunos de sus
funcionarios los obliga a actuar en contrario. El reducidísimo grupo político
realmente comprometido con el proceso, pareciera dar muestras de cansancio y antes
de que desfallezca es necesario salvar el cuerpo revolucionario con una “transfusión
de sangre nueva” para la cual se cuenta desde ya con el aporte de la base
popular que formará largas colas para su contribución; mientras tanto, aquellos
dirigentes superados por el pueblo –que ha demostrado mayor comprensión de este
proceso político–, debería meditar sobre si vale la pena asegurar el futuro
económico a cambio de la perdida de la confianza política y la credibilidad
personal.
Viernes, 16 de mayo del 2003