¡Cuando tiembla la tierra!

 

Luis E. Rangel M.

 

            El pasado domingo 27 de abril se sintió una ligera sacudida de la corteza terrestre en nuestro estado Mérida, la cual fue lo bastante ligera como para no producir daños personales ni materiales –¡Gracias a Dios!–; pero lo suficientemente fuerte como para recordarnos que vivimos en una zona sísmica sobre la cual se han formulado continuas advertencias de parte de los especialistas en la materia y que ha sido objeto de predicciones apocalípticas que se renuevan con cada nuevo temblor y generan escenas dantescas en la imaginación de los más impresionables, ante la posibilidad de ocurrencia de un terremoto de gran magnitud.

            Ante esta eventualidad podemos asumir una –o ambas– de estas dos posiciones: orar, rogando a Dios nos libere de la ocurrencia de tal hecho; o nos proteja de semejante calamidad, en el caso de que pudiera ocurrir. La segunda es dar por descontado que los gobiernos municipal, regional y nacional, conociendo las condiciones sísmicas de la región, hayan diseñado un procedimiento de actuación conjunta para el caso en que llegara a ocurrir éste, u otro, desastre natural de grandes proporciones; esperando que la tragedia de Vargas nos haya enseñado la lección.

            Como “nadie aprende en cabeza ajena” y “la experiencia es una llama que sólo alumbra cuando quema” es probable que “nos golpeemos la cabeza y nos quememos las manos” si algún desastre de gran magnitud llegara a ocurrir en la ciudad de Mérida; porque si existe un plan de contingencia coordinado por las autoridades, confieso no conocerlo. Pueden ocurrir dos cosas: no existe el referido plan –específico para la ciudad; o no está lo suficientemente divulgado como para que la mayoría de la población lo conozca y actúe en correspondencia con él, cuando se le requiera su participación.

            Cuando ocurrió la tragedia de Vargas, le sugerí al gobierno que se decretara un “Día Nacional de la Defensa Civil” –hoy en día sería “… de la Protección Civil”– en el cual se realizarían practicas con la intervención de la mayoría de la población. Aunque el gobierno regional no ha sido receptivo con mis proposiciones, cumplo una vez más con mi deber moral de sugerirle que abandere esta idea, para su propio provecho político y beneficio de la población que representa; asimismo, debería diseñar los procedimientos que permitan dar a conocer el plan y garantizar que la actuación del pueblo y sus autoridades esté acorde con lo previsto.

            ¿Qué mejor que nuestras escuelas para difundir estos procedimientos? Después de ellas son los organismos oficiales y las organizaciones no gubernamentales las más indicadas; pero, entre todas, ocupan un lugar de primordial importancia las asociaciones de vecinos y las juntas de condominio, porque son ellas las llamadas a liderizar la actuación inmediata de su comunidad, por la imposibilidad que representaría para las autoridades atender simultáneamente todas las solicitudes de auxilio; pero aquellas no lograrían sus propósitos sin antes haberse organizado debidamente, para luego canalizar de manera adecuada ese profundo sentido de solidaridad y colaboración que nos caracteriza como pueblo.

            ¿Qué medidas preventivas podrían adoptarse mientras tanto? Una de ellas pudiera consistir en instalar un sistema auxiliar que garantizara el suministro de agua potable en cada urbanización. La mayoría de los edificios de la ciudad de Mérida cuentan con un tanque subterráneo que almacena el agua proveniente del servicio público, la cual luego es distribuida a través de un sistema hidroneumático que funciona con motores eléctricos. Si ocurriera un sismo que interrumpiera el servicio eléctrico durante varios días, en ese mismo lapso podría quedar interrumpido el servicio de agua potable; aunque se contara con suficiente cantidad almacenada como para resistir el tiempo que fuera necesario.

            El sistema auxiliar consistiría en instalar un bomba de accionamiento manual alimentada desde el tanque y conectada a dos tuberías: en la primera de ellas, el agua se enviaría directamente a una salida desde donde se tomaría para usos generales; en la segunda pasaría a través de un sencillo filtro casero –por ejemplo: arena, carbón y arcilla– que actuaría por la presión generada por la bomba manual. Aunque es una forma muy general de presentar una solución, la elevada capacidad creativa de nuestro medio pronto presentará una solución más técnica y detallada.

Se que algunos me tildarán de agorero y otros plantearán una solución aparentemente más simple: ¡con una bomba accionada por un motor de gasolina! La pregunta es si se tendrán suficientes bombas como para cubrir la emergencia, o si con ellas se podrán llenar pequeños recipientes sin desperdiciar el preciado líquido que estaremos tratando de ahorrar. Aquellas urbanizaciones donde se han sustituido sistemas hidroneumáticos –a causa de las membranas de presión– disponen de tanques que podrían ser usados como filtros; la bomba y su instalación inmediata constituye un gasto ínfimo, comparado con los beneficios que arrojaría esta medida preventiva; pero antes sería necesario esperar la referida solución técnica.

Lo anterior es una pequeña proposición que podría ser enmarcada en el ámbito “mini-social”, y no descarta soluciones de tipo “macro-social”, como la necesidad de construir el Hospital Panamericano en El Vigía, con el cual se obtendría la ventaja inmediata de detener el elevado flujo de pacientes hacia el HULA, provenientes del Sur del Lago de Maracaibo; a causa de la ineficiente asistencia médica que allí se les proporciona; la cual es consecuencia natural  de una infraestructura hospitalaria inadecuada y de la escasez de recursos humanos, materiales, equipos y medicamentos. Como es del conocimiento público, la situación “normal” del HULA es la saturación de todas sus áreas; ¿cómo podría contarse con sus servicios en caso de una catástrofe natural de gran magnitud?

Lo más lógico pareciera es que la iniciativa para el logro de este objetivo debería nacer del Municipio Alberto Adriani, representado por sus organizaciones más destacadas. Deberían evitar repetir la mala experiencia anterior; porque cuando fue aprobado el presupuesto para el inicio de la  construcción de un Hospital Tipo III, surgió nuevamente el obstáculo de la falta de un terreno adecuado –¡fueron a la playa y no consiguieron arena!–. Al final y gracias a “la oportuna intervención de algunos interesados” el dinero fue desviado para otros fines.

No puede esperarse que esta iniciativa surja espontáneamente de nuestras autoridades, porque le llegará la “época de oro” a nuestro país, sin que El Vigía haya podido superar la “edad del hierro oxidado”; es obvio que ellas conocen la magnitud del problema y no muestran la menor intención de resolverlo. Si bien, se vislumbra en el horizonte una serie de referendos revocatorios que amenazan con barrer todo vestigio de las malas gestiones gubernamentales, algunos no parecen darse cuenta que ya hace tiempo murieron políticamente, al demostrar su incapacidad de responder a las exigencias de resolver los problemas básicos de quienes lo eligieron; otros están tan sumergidos en una permanente pre­-campaña electoral con la cual pretenden su reelección que ya olvidaron el programa de gestión entregado al CNE en la campaña anterior. Aquí quedan estas reflexiones para que después no digan que no fueron advertidos.

 

28/04/03

 

 

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