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Luis E. Rangel M.
De acuerdo con lo afirmado por Bush es una “guerra humanitaria”, expresión que sólo puede ser interpretada como que una ínfima parte del género humano que controla la inmensa mayoría del capital del planeta decide atacar un país –despreciando la opinión contraria del resto de la humanidad, y de sus medrosos representantes– con la aparente finalidad de reducir el número de sus habitantes, para lograr que quienes sobrevivan puedan mejorar su calidad de vida como resultado de que los escasos alimentos que los primeros les permiten recibir puedan ser distribuidos en un menor número de personas que sobrevivirán al ataque. Escasez que se contradice con la abundancia natural que debería resultar de la inmensa riqueza que yace en su subsuelo, la cual no se les ha pasado por alto a estos “cruzados modernos” que ya han dispuesto su manejo como consecuencia lógica de la incapacidad propia de la cual será víctima el exorcizado; administración que sólo estaría usurpada durante las próximas décadas, lapso suficiente para asegurarse que sus riquezas mineras sólo puedan ser utilizadas en el trueque por los alimentos que ellos mismos se encargarán de cambiarles; pero no como botín de guerra, sino como garantía de que puedan contener los complementos vitamínicos que sólo su elevada tecnología permite garantizar. Grotesco resulta, entonces, cuando el victimario pretende mostrarse “misericordioso” ofreciendo correr con los gastos del funeral de su víctima, y otorgar una pensión a sus familiares con el producto de la herencia arrebatada. Viendo cada noche los partes de guerra, resulta inevitable pensar que algún día podría estar el pueblo iraquí en la misma posición observadora y ser nosotros las víctimas; tampoco escapa la similitud de esta guerra con el reciente paro que la oposición venezolana pretendió justificar, pues en los dos casos se le dijo al mundo que la misión emprendida para salir del “tirano” –elegido por su pueblo– sería cumplida en el lapso de una semana; pero, también en ambos surgió esa providencial “tormenta de arena” que los cegó físicamente, impidiendo que cumplieran sus nefastos propósitos en el tiempo previsto. Estados Unidos insiste en que es una coalición de naciones que se unieron para proteger al planeta; la Discordante Antidemocrática –integrada exclusivamente por miembros de Acción Democrática y COPEI–, también pretendió hacerle creer al mundo que era una representación legítima de la sociedad venezolana que clamaba por salir de Chávez. Washington falsificó documentos para hacerle creer al mundo de la existencia real de armas de exterminación masiva; la oposición terrorista trucó videos e invento hechos punibles, para que la opinión pública internacional creyera que Chávez estaba cometiendo delitos de lesa humanidad. La Casa Blanca “maquilla” sus partes de guerra para presentar a sus tropas como invulnerables, a través de CNN, su canal oficial y ejerce todo su poder para impedir que Aljazeera –su equivalente árabe– difunda la cruda realidad de los campos de batalla; en Venezuela se confabuló la mayoría de los medios de comunicación, para que la oposición presentara una imagen triunfalista y fue la televisora del gobierno que –con un supuesto dos por ciento de audiencia– mantuvo informado al país sobre lo que realmente ocurría. Quizás, la mayor de las coincidencias, sea la esperanza frustrada de que tropas “aparentemente leales” a los dos jefes de estado se insurreccionarían facilitando sus respectivas deposiciones; pero, el mayor de los errores que ambos cometieron fue el de subestimar a su adversario y pretender que serían enfrentados en el mismo terreno y combatidos con los mismos procedimientos que ellos dominan en grado extremo. Chávez los dejó que se desgastaran vociferando en su contra hasta que se les agotó el aliento alegando que el daño que ellos le ocasionaban a la nación se trataba de un sacrifico temporal que redundaría en beneficio de todos, mientras él aplicaba las medidas que le permitieron resistir hasta el final. Hussein los dejó cruzar el desierto –lugar en el que “la coalición” esperaba ser enfrentada, por su facilidad de observación por satélite– mientras se atrincheraba en Bagdad para desarrollar una lucha frontal entre dos culturas: la suya propia, por la cual cada uno de sus hombres es capaz de dar cuantas vidas le sean concedidas por Dios, en defensa de su derecho a vivir como ellos mismos han determinado –sentimiento digno de emularse cuando la patria lo requiriera–, y la occidental capitalista, cuyos soldados han demostrado su rechazo a esta guerra absurda, al extremo de atentar contra sus propios generales, en un vano intento por detenerla, porque no creen en el falso patriotismo que les han pretendido inculcar. La oposición venezolana perdió su “paro petrolero”; el mundo se enteró de sus verdaderas pretensiones y ahora carece de credibilidad internacional y de la cohesión necesaria que le permita enfrentar con éxito a Chávez en una contienda electoral. Bush ha sido vencido en la guerra de opinión y puede ser derrotado en el enfrentamiento bélico –como se lo han advertido algunos de sus generales retirados– al verse obligado a dar su batalla final en un terreno para el cual no está preparado; aunque no ha perdido credibilidad internacional –su dudoso triunfo electoral nunca le permitió ganársela– su alegato de “guerra humanitaria” y sus negocios familiares ratifican la certeza mundial de que sólo es una invasión para apoderase de la riqueza petrolera de Irak, desmembrar la OPEP, producir la caída de los precios del petróleo, lo cual ocasionaría el efecto inmediato de estrangular la economía venezolana y propiciar una salida inconstitucional de Chávez, evitando que el “virus del bolivarianismo” se propague. Cualquier triunfo que logre será pírrico y no podrá detener su caída política a consecuencia de que el pueblo estadounidense –al igual que el nuestro–reconoce la realidad virtual que sus medios le han creado. El triunfalismo derivado de presidir la
nación más poderosa de la tierra ha llevado a Bush a disponer
irresponsablemente de los bienes confiscados a un adversario que aún
no ha vencido y otorgarle a la empresa propiedad de su vicepresidente un
inmoral contrato multimillonario que viola una vez más la soberanía
de la nación que presume estar protegiendo; pero con lo cual demuestra
que el botín de guerra estaba previamente repartido entre quienes
aportaron el dinero necesario para ella, al igual que PDVSA había
sido prometida a los financistas de la campaña terrorista contra
nuestro país, con la cual esa misma coalición que hoy invade
a Irak pretendió prescindir de quien se ha convertido en un adversario
de cuidado, al oponérseles pacíficamente a su política
neoliberalista y demostrarle al mundo que, sin violencia, se pueden producir
cambios radicales en cualquier sociedad de nuestro planeta, contradiciendo
la afirmación de los primeros y deslegitimando la aplicación
de procedimientos bélicos, coacción diplomática y
cerco económico para la obtención de sus propósitos
empresariales.
Mérida, 26 de marzo del 2003
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