DE LA IGLESIA CATOLICA EN LATINOAMERICA Y DE SU POSICION ANTE LOS CONTINUOS INTENTOS DE DESESTABILIZACION EN VENEZUELA**
| Enrique Plata Ramírez*
Una de las cosas que no se le puede negar al chavismo en Venezuela, es que puso al país a repensarse, a buscarse en sus interioridades, a sondear sus abismos. Así, desde los espacios políticos, económicos, culturales, religiosos, etc., existe hoy día, más allá de cualquier posición o bando que se asuma, una nueva mirada hacia lo que debiera ser Venezuela y, por ende, los venezolanos. En este ámbito de reflexión encaja la interrogante acerca de la actitud asumida por la iglesia católica venezolana, una vez que, en medio del fragor político decembrino del 2002, abruptamente los líderes de la opositora Coordinadora Democrática, cual líderes religiosos también, declararon suspendidas las Navidades, ante el silencio cómplice y vergonzoso de quienes debieron refutar fuertemente esta ilógica decisión, por ser en apariencia los verdaderos dirigentes espirituales, y más aún si tomamos en cuenta que un país como Egipto, musulmán en un abrumador porcentaje, declaró que a partir del 2003 cada siete de enero se celebraría oficialmente la Navidad ortodoxa, dándole rango y status al catolicismo ortodoxo que por años estuviese marginado en dicho país. La iglesia católica, apostólica y romana, y ya no sólo la venezolana, sino en general, en situaciones verdaderamente históricas e importantes para la humanidad, ha pecado de ambigua, sumisa, injusta y déspota, al asumir posiciones complacientes con ciertos poderes o sectores poderosos, para de esta manera no perder su status y su ventajosa situación económica en un mundo cada vez más hambriento y pobre. Si entendemos que la religión, cualquiera, posee un carácter supraterrenal, cuyo contenido fundamental es la defensa espiritual de la humanidad, esencia por cierto del cristianismo desde su propia antigüedad, no podemos entender cómo estas creencias devienen, en sus más altas jerarquías, en política oficial de un estado o sector poderoso, generalmente corrupto o de dudosa reputación, con el manifiesto interés de agredir o quitar de en medio al otro que nos adversa, desviando así su camino espiritual por el de la artera manipulación político-económica. Este fenómeno de manipulación fue bien planteado y analizado por Marx y Engels en Alemania, Inglaterra y Francia; por Lenin en Rusia, por Mariátegui y César Vallejo en el Perú, o por Nicolás Guillén en Cuba. Demos, para comprobar lo anterior, una rápida mirada al tiempo. Resulta, a estas alturas de la vida, una verdad de perogrullo, afirmar que, durante el proceso histórico llamado conquista-colonización, llevado a cabo por los europeos - básicamente por españoles, para nuestro interés en cuanto latinoamericanos - en el Nuevo Mundo, todo tipo de cultura fue arrasada, aniquilada y destruida, por verdaderas "hordas" de seudomilitares sin ningún tipo de formación que no fuese la imposición por medio de la espada. Junto a estos adalides actuaron inmisericordes cierta cantidad de frailes, igualmente españoles, quienes en nombre de un dios barbado, desconocido entonces por los indígenas, con espadas y látigos, introdujeron el catolicismo alegando que venían a "salvar" a aquellos seres, sin preguntarles siquiera si querían ser salvados, aunque ellos jamás, en sus distintas creencias religiosas, se consideraron seres pecaminosos y mucho menos "condenados" desde antes del nacimiento, cosa bastante absurda, por cierto. Pero no sólo fue el aniquilamiento de la cultura autóctona, sino los asesinatos en masas - de los cuales el reino de España jamás ha pedido perdón a la América toda - de millones de aborígenes. Y como si esto fuera poco, más de 50 millones de esclavos fueron transportados desde Africa, a proposición de ciertos frailes y con el aval de la iglesia católica, desgarrando familias y pueblos enteros en aquel continente y creando la humillación y más asesinatos en aquella etnia dócil que poblara las vastas tierras africanas. Vemos pues que, desde un primer momento, la iglesia católica llega a Latinoamérica con el apoyo de la espada, el látigo y la cruz - la empuñadura de la espada semeja una cruz, así, para el aborigen y para el esclavo africano había dos opciones: aceptar la nueva creencia o morir por medio de aquel candente y filoso hierro forjado. Así pues, el citado proceso de conquista y colonización que llevara adelante el reino de España, estuvo sustentado bajo la férrea creencia de la Iglesia Católica. Recordemos que Fernando de Aragón e Isabel de Castilla, los llamados reyes católicos, eran entonces los principales aliados del Papa y de la Santa Sede. El Papa Alejandro IV, en Bula Pontificia del 4 de mayo de 1493, que llamó "Intercoeterea", concedió a los reyes católicos los diezmos eclesiásticos del nuevo imperio español en Europa, a cambio de ayudarle a propagar la fe religiosa del catolicismo en los nuevos territorios que llamarían luego del Nuevo Mundo. Esto fue reafirmado en 1508 por el Papa Julio II, quien concedió a los reyes la jefatura de toda la iglesia en el Nuevo Mundo, cosa que ayudaría a aliviar los aires renovadores y cismáticos que se estaban viviendo en el cristianismo europeo. La Iglesia Católica de Roma consolidó un gran poder en toda la América Hispana, llegando a ser el centro motor de la colonización, valiéndose para ello de un doble antifaz, uno que sustentaba el orden moral y religioso en todos sus dominios, con el cual se permitió ocultar y posteriormente justificar todas sus atrocidades y expoliaciones en nombre de un dios que nada les decía a los indígenas - y menos a los africanos, en su momento -; y el segundo con el cual lograba controlar y manipular el naciente espíritu de rebeldía de los también jóvenes pueblos americanos. Todo intento de revolución que se dio en América fue reprimido, controlado y aplastado, por órdenes de la alta jerarquía eclesiástica de entonces. El alto clero brindó un apoyo irrestricto a la monarquía, consolidando con ello su dominio sobre tan lejanos territorios. Nunca faltó, asimismo, un fraile delator que diera al trasto con las ideas de renovación que se estaban gestando en la juventud americana de esos años. La Iglesia Católica romana se perpetuó oficialmente dentro de los territorios americanos, llegando a ostentar un poder nada envidiable aún hasta finales del siglo XX. Por supuesto que todo esto generó una amplia polémica entre defensores y detractores, llegándose a la ruptura entre la alta jerarquía religiosa, siempre del lado de los poderosos, y los curas de pueblo, los sacerdotes de base, que ante tan viles desmanes y atropellos, asumían la verdadera defensa del pueblo, enfrentándose a sus superiores y aceptando muchas veces el castigo impuesto ante la rebelión y o la desobediencia. Esta ruptura es uno de los síntomas que aún se sostienen, afortunadamente, dentro de la Iglesia Católica, incluso hasta estos inicios del XXI, como puede apreciarse muy bien en la situación política venezolana: la alta jerarquía anda por un lado, en abierta oposición a las propuestas de cambio sustentadas por el chavismo, y buena parte de los sacerdotes de base, apoyando al pueblo irrestrictamente, en el logro y consecución de dichos aires renovadores. Desde el fragor de aquella lucha inicial en el catolicismo americano, los apologetas y los defensores no han tenido divergencias para culpar a Fray Bartolomé de las Casa, como el iniciador de la "leyenda negra". Si bien el padre Las Casa es uno de los primeros en reconocer la identidad humana del indígena, no tuvo reparos en proponer la "caza" de negros africanos para sustituirlos por los indios como mano de obra barata en las distintas encomiendas hispanas. Vale decir que años después se arrepintió de esta inhumana e injusta propuesta. La actitud del padre Las Casas sirvió para iniciar aquella rebeldía del bajo clero contra la alta jerarquía, que no tenía impedimento alguno para supeditarse jurídicamente ante el Imperio, subordinándose al Consejo de Indias, incluyendo al Papa, quien debía hacerlo a través del Ministerio de Indias, para mantener en América toda la solvencia económica que por entonces estaba ganando. Así, el rey designaba la jerarquía eclesial, que a su vez llevaba a cabo la misión del Imperio y no la misión propia de la iglesia. Vale señalar también que, de todas las órdenes y misiones religiosas que hicieron vida activa en América, la única verdaderamente autónoma, que no se rendía en forma genuflexa ante el rey, fue la Compañía de Jesús. Desde su arribo al continente, los jesuitas, iniciaron su camino revolucionario dentro de la iglesia católica, el mismo que venían cumpliendo en Europa. Así, se adentraron en las zonas más intrincadas y peligrosas, pero igualmente se dedicaron a la educación académica, fundando universidades y liceos, en donde se ofrecían distintos oficios, más allá de la simpleza del saber leer y escribir el castellano. Ello no obviaba, desde luego, su propósito fundamental: evangelizar en el catolicismo para civilizar. Sin embargo este trabajo fue bruscamente interrumpido por Carlos III de Borbón, quien permite la instauración en América del llamado Despotismo Ilustrado, y quien con un Decreto fechado el dos de abril de 1767 ordena la expulsión de los jesuitas de todo dominio español en América y la confiscación de sus bienes, que pasan a ser administrados por los Franciscanos. Se produjo entonces un desmoronamiento hacia el interior de las sociedades reprimidas, marginadas. Posteriormente, otros hechos históricos marcarán la actuación de la Iglesia. La Independencia de las trece colonias del Norte de la América (1783); las ideas de la Revolución Francesa (1789), especialmente las de "Libertad", "Igualdad" y "Fraternidad", y la Revolución de Haití (1790). La Iglesia y el Imperio, sintieron amenazado su poder y consideraron enemigo a todo aquel que abrazara dichas nociones, recrudeciéndose entonces el papel de la Inquisición en estos nuevos territorios. Estas actitudes dieron al traste con las ideas de independencia que sostuvieron, entre otros, los patriotas venezolanos, Manuel Gual y José María España, al develarse el complot que tenían hacia 1796 contra el imperio español, siendo delatados por un militar de bajo rango con la ayuda del clero. Sin embargo, vale anotar que el bajo clero, que poco a poco había ido tomando las cátedras universitarias, fue rebelándose contra todas estas injusticias, contra la verdad establecida por la alta jerarquía, y desde sus púlpitos o cátedras comenzó a oponerse, creando fisuras al interior del férreo dominio colonial, por las cuales, pocos años después, irrumpirá toda la generación que llamaremos de los libertadores, formados también, en su mayoría, en estas cátedras en donde se estudiaba el pensamiento universal de entonces. Si bien la Iglesia no se opuso a la barbarie llevada a cabo por los colonizadores, a la explotación indígena ni a la esclavitud africana, es bueno señalar que estos sacerdotes del bajo clero, serían de los primeros en oponerse a dicho dominio y en rebelarse por lo mismo contra sus superiores desde sus distintas cátedras. Desde luego que, la alta jerarquía y los representantes del Imperio, se abocaron a la solución de estos problemas, que finalmente devinieron en las luchas de independencia. Los clérigos de las parroquias de pueblos y aldeas apoyaron abiertamente a los patriotas, mientras que el clero secular, ese alto clero que hemos mencionado, se mantuvo completamente contrario a este movimiento social que afectaba sus intereses sociales, económicos y políticos. Ante estas divergencias, el Papa Pío VII, (1800-1823), juzgó a través de dos encíclicas, a los patriotas, llamando a todos los representantes de la iglesia, alto y bajo clero, a apoyar al régimen colonial imperialista. Incluso, durante el pontificado de León XII, (1823-1829), se llamó a los patriotas como "sediciosos" y "malignos", y a sus seguidores como "turba" u "hordas" diabólicas, lo cual permitió que los jerarcas, con la ayuda del Imperio, proclamando la Inquisición, persiguiera a todo aquel sacerdote que apoyara a estos revolucionarios luciferinos, a quienes habían declarado como herejes, siendo excomulgados en su mayoría. Esto llevó a que fuesen ejecutados, entre otros, el padre Hidalgo (1811) y José María Morelos (1815), gestores de la independencia mexicana. Por ello, las gestas revolucionarias fueron organizadas no sólo contra el Imperio español, sino también contra la alta jerarquía de la Iglesia católica, que no sólo le daba la espalda al pueblo, sino que proponía su eliminación misma, al denigrarlos con apelativos como "turbas" u "hordas" demoníacas. La mayoría de las Declaraciones de Independencia exigían, en consecuencia, la absoluta separación de la Iglesia y el Estado, para conformar entonces un Estado laico, hechos estos llevados a cabo, con lentitud, a partir de 1830, en que por intermedio de decretos, fue abolida la Inquisición en América, la censura eclesiástica, el cobro del diezmo, se confiscan los bienes clericales, se limita su influencia en el sistema educativo, se secularizan los cementerios y se crean los registros civiles. Esto dio como resultado que las altas jerarquías se aliaran con las nacientes fuerzas oligarcas para oponerse a los gestores de cualquier movimiento de dignificación social, liberal y progresista. Desde tan lejanas fechas, la más rancia oligarquía, la más reaccionaria, ha contado con el apoyo ideológico irrestricto de la Iglesia Católica oficial. Estas actuaciones tan disímiles entre el alto y el bajo clero, ha permitido, a través de los años, las gestas libertadoras de Bolívar y San Martín, y la misma reforma de Juárez, en México, por ejemplo; pero igualmente ha sostenido las tiranías de Rosas en Argentina, de García Moreno en Ecuador, de Porfirio Díaz, en México, de Cabrera en Guatemala, de Gómez y Pérez Jiménez en Venezuela, de Trujillo en República Dominicana, de Batista en Cuba, de Rojas Pinilla en Colombia, y avalado los hechos sangrientos de El Salvador y Nicaragua, y el mismo Bogotazo, que cincuenta años después mantiene a Colombia en un estado de guerra no declarada, esto por sólo mencionar algunos pocos entre muchos otros ejemplos o muestras. José Martí, a finales del siglo XIX, en algunos de sus trabajos y a raíz del llamado "Cisma Católico de Nueva York", propuso la idea de una Iglesia de los Pobres, idea esta llevada a cabo esos mismo años por el padre Mc Glynn, quien apoyaba dicha reforma, solicitando libertad política y reparto económico más justo, rompiendo con la Iglesia oficial, corrupta, rica, y que apoyaba a las altas clases sociales y políticas neoyorquinas de entonces, iglesia ésta que se sostiene hoy día en la América toda. El padre Mc Glynn fue cuestionado por la alta jerarquía de entonces, ante la preocupación de los millonarios quienes veían que sus ingentes riquezas se podían perder ante tamañas expresiones de libertad e igualdad. Esta idea, sin embargo, comenzó a expandirse por todo el mundo, y de una u otra manera devendría en lo que se ha dado en llamar "Teología de la Liberación". Desde luego que hay muchas otras cosas para ser estudiadas y analizadas que influyen en el surgimiento de la nueva doctrina social humanista que proclama un ala de la Iglesia Católica. Juan XXIII, alejándose de la línea reaccionaria de Pío XII, proclama la obediencia y la paz dentro de la iglesia. Llevó a cabo el Concilio Vaticano II, inaugurado el 11 de septiembre de 1962, en la Basílica de San Pedro, en donde se hizo un llamado a todos los pueblo a luchar por la paz y el desarme. Pareciera entonces producirse una apertura de la iglesia en su verdadera misión de ayudar a los hombres, cualquiera sea su condición, en cualquier lugar del mundo. Por esos años, desde 1959, se produce la Revolución Cubana, que a su vez lleva a la irrupción de movimientos guerrilleros en Latinoamérica, amparados en el pensamiento del marxismo-leninismo, del cual se hacen partícipes no sólo intelectuales, sino también sacerdotes que han visto al depauperado pueblo sobrevivir en condiciones miserables para el ser humano. Se produce el intento de invasión a Cuba, el llamado caso de "Bahía de Cochinos"; es fusilado el mítico comandante guerrillero Ernesto Guevara, y surge en Colombia, en mayo de 1965, la voz del sacerdote-sociólogo Camilo Torres Restrepo, para entonces profesor en la Universidad Nacional, quien proclama la unidad del pueblo, creando el Frente Unido con el propósito fe derrotar a la oligarquía nacional que tenía sumido en la más vergonzosa miseria al pueblo colombiano. Desde la reflexión teológica, sostiene que, para los pueblos, lo supraterrenal no puede estar por encima de los problemas sociales que padece el hombre latinoamericano. En octubre de ese mismo año, se incorpora a la guerrilla del Ejército de Liberación Nacional, para llevar a cabo su palabra de lucha contra la oligarquía opresora, avalada por la alta jerarquía eclesiástica católica. Su muerte, que impactó a toda la América, contrario a lo que se pensaba, consolidó la unión entre el pensamiento cristiano de liberación y la revolución marxista. En consecuencia, la Conferencia Episcopal Latinoamericana, llevada a cabo en Medellín en 1968, denunció la profunda crisis del pueblo y estableció el derecho teológico de la violencia en pos de la liberación real del ser humano, declarando entonces la existencia de una iglesia de y para los pobres, como lo propusiera José Martí. Surgía entonces la "otra" iglesia, conformada con teólogos comprometidos con el movimiento revolucionario, que daría paso al grupo de la Teología de la Liberación, apareciendo como un fenómeno cualitativamente superior a las teologías sostenidas en Europa y Asia. El sacerdote peruano Gustavo Gutiérrez, considerado el padre de las ideas de esta teología, publicó en 1971 un libro que llamó Hacia una teología de la liberación. Proyecciones, en el cual manifestó que la verdad evangélica sólo lo es desde la práctica revolucionaria. La iglesia de los pobres asume entonces su rol de lucha y preocupación verdaderamente social; no se une a la vieja oligarquía para humillar más a los miserables, creando comunidades eclesiales donde la fe alcanza su verdadera dimensión social y liberadora. Estableciendo una verdadera relación entre la iglesia y el ser humano, respetando a su interior las distintas ideologías que en estos tiempos postmodernos se han venido discutiendo. Jesús, en consecuencia, es el primer gran revolucionario de la humanidad. Este pensamiento liberador y revolucionario llevó a sacerdotes como Ernesto y Fernando Cardenal, y a Miguel D`Escotto a integrar la Junta Coordinadora del Frente Sandinista de Liberación Nacional, en Nicaragua; Monseñor Arnulfo Romero, fue asesinado en la Catedral de San Salvador, por ponerse del lado del oprimido pueblo salvadoreño; Monseñor Sergio Méndez Arceo, ex-obispo de Puebla, dedicó toda su vida en defensa de los oprimidos y miserables; el teólogo y Padre Dominico, Frei Betto, inició una fuerte lucha contra la dictadura en Brasil. Sin embargo, la línea más conservadora de la iglesia católica latinoamericana se impone como "Oficialista", y en 1984 condena a la Teología de la Liberación, imponiendo severas sanciones a sus dirigentes. Una vez más se inicia el proceso de lucha entre la alta jerarquía y la baja clase sacerdotal. La iglesia oficial vuelve a los viejos tiempos inquisitoriales de la colonia. Allí, en esos espacios, se encuentra, por cierto, la jerarquía eclesiástica venezolana. Un amplio sector de la intelectualidad latinoamericana, ha mantenido una cercanía y un gran respeto por esta corriente. Algunos dirigentes sociales, como el presidente venezolano Hugo Chávez Frías, han mostrado interés en la prédica a favor de los oprimidos que lleva a cabo esta ala del catolicismo. No se niega la cultura ni los derechos del otro, pero no se puede avalar que se continúe pisoteando, humillando y marginando aún más a los oprimidos, al pueblo que subsiste en pésimas condiciones siendo sus países inmensamente ricos. La opción es por los pobres y por la búsqueda de la justicia y la dignidad humanas. Esto lo ha entendido y ha querido llevar a cabo Hugo Chávez Frías en Venezuela, pero se ha topado con el muro de la rancia oligarquía política, económica y religiosa, que al verse desplazada ha optado por denigrar de la revolución liberadora y, curiosamente, como durante la colonia, descalifica a sus seguidores como "chusma", "turbas" u "hordas" diabólicas, que sólo desean romper con el orden establecido. La alta jerarquía católica venezolana, como la iglesia imperial durante la colonia, se ha puesto del lado del poder económico, obviando la verdadera intención de cambio que sustenta y propone una buena cantidad del pueblo venezolano. Sólo así se explica que uno de sus miembros haya firmado el decreto de la autoproclamación presidencial de Carmona Estanga, en abril del 2002, avalando con ello la irrupción del pasado oligarca y represivo; sólo así se entiende su mudez denigrante ante la absurda eliminación de la Navidad, por decreto golpista, hecha por un seudo-dirigente sindical de escasas palabras claras, cuya única rebeldía se muestra plenamente contra la gramática y la sintaxis del castellano. La iglesia venezolana, salvo honrosas excepciones, curiosamente, de sacerdotes de pueblos, barrios y aldeas, se ha plegado los últimos meses a cada uno de los intentos desestabilizadores que la Oposición de marras ha organizado bajo la excusa pueril de acabar con la tiranía y rescatar la democracia, sin ignorar que, precisamente, al imponer un estado anárquico, fascista, está permitiendo el final de la democracia misma, la que dice defender mientras comienza a enterrarla. Ha callado, la iglesia, ante el continuo saboteo económico a que ha sido sometido burdamente el país, especialmente con la paralización maniqueista de su empresa vital, y con el continuo y trajinado llamado a paros, marchas, contramarchas y ridículas declaraciones de desobediencia; ha avalado con su silencio los asesinatos de venezolanos identificados con el chavismo; ha mirado para otro lado ante las continuas vejaciones que padece el pueblo venezolano, sin importar su inclinación política, para conseguir alimentos o gasolina; ha permitido la instauración de la entropía más burda, el acoso y la humillación para quienes no comparten los criterios de la "sesuda" Coordinadora, llegando al colmo de poner en peligro la vida de otras personas en sus propios hogares o en distintos vuelos nacionales e internacionales con el recurso venido a menos de las cacerolas; ha permitido la estafa y la manipulación mediática y electoral de distintos medios de comunicación y del propio CNE, que no sólo se han burlado del pueblo venezolano, sino que lo han ofendido ante la gélida mudez de la alta dirigencia episcopal; ha devenido en partido político de tercera, exigiéndole la renuncia a un presidente legítimamente elegido en más de un comicio electoral, por el sólo hecho de haber propuesto una revisión de las arcas eclesiásticas, que se ha sostenido con las ingentes "ofrendas" gubernamentales y del apoyo consuetudinario del pueblo venezolano en sus frecuentes "limosnas" dominicales; ha cerrado los ojos ante la violación del derecho a la educación de todo el pueblo venezolano, torpedeado por absurdas posiciones y pasiones políticas; se ha hecho cómplice de la negación del derecho a la salud, quebrantado por los mismos intereses personalistas de un grupo opositor que no tiene mayor intención que adueñarse del máximo poder nacional; se ha enmaridado vulgarmente con la alta clase económica nacional para sostener su silencio y con ello no perder sus inmensos manejos económicos, sociales y hasta políticos; que ha debido pedirle perdón al pueblo venezolano todo, por colaborar en su nariceado viaje hacia el trágico fratricidio orquestado aquel vergonzoso 11 de abril de 2002. La iglesia venezolana ha devenido en un simple "juguete rabioso", para parodiar al escritor argentino Roberto Arlt, sólo para mantener los intereses y caprichos de una casta social, económica, sindical y militar, venida a menos y acusada de corrupta. Es decir, es una vuelta a los orígenes colonialistas, imperialistas, para instaurar la "nueva leyenda negra", esta vez en Venezuela, tanto de la Coordinadora de marras como de la iglesia misma. Sin embargo, frente a las posturas golpistas y mediáticas de los Ignacio Velasco, los Baltazar Porras, los Ugalde, Los Mike de Viana; están las valientes propuestas de otros sacerdotes que, muchas veces sin militar en uno u otro bando, están preocupados por el devenir del pueblo venezolano, por ejemplo, el sacerdote jesuita Jesús Gazo, de la Universidad Católica del Táchira, para quien siempre ha existido un abismo entre pobres y ricos, que ahora, en Venezuela, se ha hecho más consciente; el ex sacerdote Eduardo Moronta, quien cuestiona la vil actitud de la conferencia episcopal venezolana, por acomodaticia e instigadora de cierta violencia, Bruno Renaud, de la Escuela de Padres de Petare, uno de los pocos en oponerse a la suspensión de la Navidad. Y muchos otros, diseminados por toda la geografía venezolana, cuya sola enumeración sería prolífica de hacer. En definitiva, la iglesia católica venezolana, a su interior, vive un cisma medianamente contenido. La manifiesta postura de apoyo a los intereses golpistas de la mayoría de los obispos - subsiste un poco de dignidad en algún par de ellos - ha permitido, desde la reflexión, la irrupción de un movimiento de base social sacerdotal, que cuestionan aquellas actitudes serviles y conspiradoras de sus superiores, y se inclinan por el apoyo a las propuestas de cambio y de renovación social que está buscando con urgencia el mil veces pisoteado pueblo venezolano. Mientras esta valiente postura de la clase baja de la iglesia católica se sostenga, las esperanzas, igualmente, se anclarán en bases firmes, y que nunca, nunca más, vuelva cualquier mequetrefe, por la causa, motivo o razón que se le antoje, a decretar la arbitraria suspensión de las Navidades. *Escritor venezolano Profesor de la Universidad de Los Andes Mérida, Venezuela.
**Para la elaboración de este artículo se partió
de la reflexión hecha por María del Carmen Domínguez,
en su trabajo titulado: "La religión como componente de la identidad
cultural latinoamericana". En: La Jiribilla. Cuba, 2001.
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