PROLETARIOS DEL MUNDO ¡UNIOS!,
(QUE YA LOS CAPITALISTAS
ESTÁN BIEN UNIDOS PARA
“JODEROS”.)
Akbar Fuenmayor (*)
El movimiento obrero venezolano del siglo XXI agoniza. Le
aquejan graves dolencias. Unas son las mismas que afectan a todos los
trabajadores del mundo; otras en cambio, son más específicas y provienen del
proceso histórico denominado “período de la IV República”. Veamos.
El derrumbe del eje socialista que encabezaba la Unión
Soviética, y el consecuente debilitamiento de los partidos y agrupaciones de
izquierda de todo el mundo, hirieron
mortalmente al movimiento sindical. Al fin y al cabo, el anarquismo, el
social-comunismo y el sindicalismo revolucionario siempre compartieron el
frente de batalla contra un enemigo común,
ya que todos perseguían abolir el sistema económico impuesto por la
burguesía. Sin embargo, grandes diferencias existen en estas tres corrientes.
Mientras el socialismo aspira a la propiedad colectiva de los medios de
producción y al fortalecimiento del Estado como instrumento temporal para
asegurar este fin, el anarquismo se
opone a toda forma de propiedad y persigue la disolución del Estado; en cambio,
el sindicalismo preconiza que la propiedad pertenece a los trabajadores
organizados y tampoco ve con buenos ojos al Estado. De manera que la unión de
las corrientes de izquierda, más que ideológica, surgía del reconocimiento de
un enemigo común.
La izquierda fraccionada y debilitada por sus
contradicciones internas y por el fracaso de su realización política en la
Europa del Este, restó vigencia al llamado de aquella consigna marxista que
decía: “proletarios de todos los países, ¡Unios!” . Se perdió así el impulso y
la fuerza inicial de la II Internacional Socialista que en 1889, unificó las
luchas de los trabajadores por la jornada laboral de 8 horas diarias, luchas
que costaron tantas vidas de obreros y
sindicalistas a manos del brazo armado del Capital.
Pero si los proletarios del mundo no acataron el llamado
a la unión, los capitalistas sí lo hicieron. Hoy día, el proceso de
monopolización de la economía mundial es galopante, tan sólo unas 200 empresas
manejan la mayor parte de la actividad económica del planeta. Así pues, el gran
capital mundial sí hizo efectiva su consigna: Capitalistas del mundo, ¡Unios!. Un
mundo globalizado para el capital y atomizado para las fuerzas revolucionarias.
Fue precisamente el debilitamiento del pensamiento de
izquierda –llámese socialismo, comunismo, anarquismo o sindicalismo- uno de los
factores que más contribuyó a endiosar al Gran Capital, el cual dispone hoy de
un insuperable poderío militar, de un sofisticado aparato de penetración
ideológica y de una compleja red de espionaje y terrorismo, cabezas de un
Leviatán que en conjunto accionan para disuadir, aplastar y exterminar a
cualquier enemigo probable o real. Frente a este monstruo omnipresente y
omnímodo, el movimiento sindical actual es sólo un juego de niños.
Otros factores dividen al movimiento laboral mundial. Las
luchas sindicales suscitadas a partir del 1800 devinieron en importantes
reivindicaciones laborales para los trabajadores del Primer Mundo, trayéndoles
bienestar y prosperidad. Ese bienestar y el depauperado pensamiento de
izquierda, conllevaron a la progresiva pacificación y conformismo del
movimiento sindical en los países ricos.
Pero no hay que olvidar, que la acumulación de capital es
posible gracias a las ganancias que los capitalistas obtienen al apropiarse del
trabajo que no es pagado a los empleados y obreros, es decir, gracias a la
plusvalía. El Capitalismo Industrial del Primer Mundo tiene que fijar sus
tentáculos de explotación en los trabajadores para poder sobrevivir; no
pudiendo hacerlo con facilidad en su clase trabajadora nacional, desplazó el
foco de explotación fuera de sus fronteras, a los países colonizados del Tercer
Mundo. Hoy día, un siglo después de aquellas luchas del mes de mayo en
Chicago, más de 100 millones de seres
humanos, mayoritariamente niños y
mujeres, continúan trabajando en condiciones mucho más deplorables que aquellas
del Chicago de 1886. Estos trabajadores tercermundistas, prácticamente
esclavizados, no cuentan con una Internacional Socialista que les agrupe y
defienda. Para ellos no existe esperanza en un mundo donde el proletariado
perdió su identidad de clase y por consiguiente su capacidad de unión.
Pero, decía al principio, que además de la hegemonía del
Gran Capital Internacional sobre el caquéctico y disgregado movimiento sindical
mundial, el sindicalismo venezolano también agoniza por factores inherentes a
nuestro proceso histórico nacional.
Primero, debemos reconocer que en Venezuela nunca se
desarrolló un significativo aparato industrial. Salvo los pocos trabajadores
empleados en las industrias petrolera y siderúrgica, la mayor parte de la
fuerza laboral se concentra en el sector comercial y de servicios y en la
economía informal. Estos sectores, por su atomización y muy variadas
características, no son favorables para la formación de sindicatos y
federaciones. El movimiento laboral en Venezuela debe tomar en cuenta esta
debilidad y enfocar su atención en sindicalizar a los trabajadores informales y
a los empleados del sector comercial privado.
En segundo lugar, conviene recordar que la IV República
instituyó en Venezuela un vasto sistema de clientelismo político y de
corrupción que minó las bases del movimiento sindical en todo el país. Los
sindicatos y centrales de trabajadores se convirtieron en cotos de caza y en agencias de empleo para
que Acción Democrática y COPEI se afianzaran en el poder con el fin de seguir
los mandatos del sector empresarial. Poco a poco, los dirigentes sindicales y
una porción nada despreciable de la masa de trabajadores, fueron
desarraigándose de sus orígenes proletarios para convertirse en serviles
mandaderos y en secuaces de sus patrones. El Clientelismo Político y el enorme
sistema de corrupción penetraron progresivamente en todos los estratos de la
sociedad venezolana degradando sus valores y enalteciendo el vasallaje. Ese fue
el útero donde se gestó el ejército de hampones y canallas que representan
Carlos Ortega y su camarilla, viles
bufones de la corte empresarial que lamen la mano de sus amos al tiempo que
reniegan y manipulan a la base trabajadora que les eligió.
¿Cuál es, pues, el porvenir del movimiento sindical
venezolano?. La respuesta puede que esté en los sucesos de aquel célebre Mayo
de 1886: Durante una manifestación pacífica frente a la fábrica de máquinas Mc
Cormick, los esbirros de los capitalistas dispararon contra los obreros
matando a cinco e hiriendo a cincuenta. En protesta, se convocó a una nueva
manifestación, esta vez se reunieron 15.000 trabajadores. Nuevamente, los
esbirros atacaron a los manifestantes y en la refriega una bomba es lanzada
contra la policía causando la muerte de dos agentes y de decenas de obreros. Los
líderes de la manifestación son apresados y se les sigue un proceso en el que
jueces y jurado eran adictos a los patronos. Seis meses más tarde, siendo
inocentes, los líderes fueron colgados. Uno de los jurados, al objetársele el
viciado procedimiento legal, dijo: “Igual los colgaremos. Son hombres demasiado
sacrificados, demasiado inteligentes y demasiado peligrosos para nuestros
privilegios”.
El porvenir del movimiento sindical en Venezuela está en
esa clase de hombres. En trabajadores que recuerden y practiquen la consigna de
los obreros de Chicago: “ocho horas de trabajo, ocho horas de estudio y
organización, ocho horas de descanso y recreación”. El futuro de los
trabajadores venezolanos está en la unión y en la diáfana definición de metas,
hoy una de esas metas es consolidar la Unión Nacional de Trabajadores y vencer
a los forajidos que se adueñaron de la Central de Trabajadores de Venezuela.
La V República, esperanza del actual sindicalismo, ha
vencido en siete elecciones, ha salido victoriosa de Golpes de Estado y ha
superado el magno terrorismo petrolero, de todas esas luchas ha salido
fortalecida. Pero la principal batalla, la más dura y difícil, apenas comienza
a librarse. Es la batalla de las ideas, la conquista de los corazones, para que
finalmente la IV República sea derrotada en los corazones de los venezolanos.
Culmino estas palabras recordando a los trabajadores que
me escuchan, un poema de Bertolt Brecht, poeta alemán de los obreros de ayer,
de hoy y de siempre:
“Hambriento, ¿quién te alimentará?
Si quieres conseguir algún pan,
¡ven con nosotros que pasamos hambre!,
Déjanos mostrarte el camino.
Hambrientos te alimentarán.
Ninguno o todos.
Todo o Nada.
Uno solo no puede salvarse
Armas o cadenas
Ninguno o todos. Todo o Nada”.
¡VIVA LA UNION NACIONAL DE TRABAJADORES DE VENEZUELA!
(*) Palabras pronunciadas el 01 de mayo de 2003, en
representación de Clase Media en Positivo y del Frente Médico Bolivariano por
la Vida y la Salud.