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Gonzalo Fragui
En la antigua China, cuando un nuevo emperador
iba a tomar el poder se enviaba a cientos de músicos por todas las
comarcas, no importaba lo lejanas que estuvieran, para armonizarlas con
música. Los músicos recorrían inmensas extensiones
de terreno equilibrando las energías enfrentadas para hacerlas amigables.
El nuevo emperador no tomaba posesión hasta que no estuviera armonizado
todo el imperio.
A través de los siglos, la música
se ha empleado para calmar angustias, mitigar dolores o devolver la razón
a mentes desquiciadas. Por el contrario, se sabe hoy que el ruido y ciertos
ritmos en vez de ayudar a calmar crean mayor desasosiego. Imagínense
ustedes a esos jóvenes que tienen supercamionetas y van por la ciudad
con una “música” que hace retumbar a los carros vecinos y a los
lugares y personas por donde pasan. Esa música golpea inmediatamente
la base del cerebro, produciendo todo tipo de desequilibrios.
En la Venezuela de los últimos
tiempos, una clase política ha copiado de otras latitudes el uso
de las cacerolas como forma de lucha. Pero lo que empieza con los instrumentos
de uno de los lugares más sagrados de una casa, la cocina, pasa
luego a las barandas de un balcón, a los postes de la luz y a cualquier
estancia donde se produzca alguna estridencia.
Diferentes médicos han advertido
sobre los peligros que esta “forma de lucha” conlleva para algunos sectores
de la población, específicamente para los más sensibles
y desprotegidos, los niños, los enfermos y los ancianos. Un cacerolazo
que se prolongue hasta altas horas de la noche afecta el sueño y
la salud de los niños y ancianos que “duermen” sobresaltados impidiéndoles
el descanso. En el caso de los enfermos, los más afectados son los
que sufren del corazón, los hipertensos y los diabéticos.
Una persona con una cardiopatía, a quien se le recomienda no tener
emociones fuertes, al escuchar estas cacerolas, cada vez más aceleradas
y con mayor violencia, inevitablemente siente que su corazón se
altera, poniendo en riesgo, sin querer, su salud y su vida.
Lo que no saben los caceroleadores es
que las cacerolas se convierten en una droga. En el momento que golpean
las cacerolas sienten que llegan al éxtasis, pero después
que pasa el efecto necesitarían volverlas a golpear, por cualquier
razón, para sentirse bien. De allí la ansiedad de que llegue
rápido el otro día, a las ocho de la noche, a esperar la
orden del caceroleador Creole, para encontrarse con otros adictos, aunque
ahora la dosis tenga que ser mayor.
El desarmonizador al primero en desarmonizar
es a él mismo. Una familia que cacerolea unida se pelea unida. La
energía de odio que queda en la casa, que ha nacido en la cocina,
que se ha paseado por el balcón, e invadido la sala, finaliza en
la alcoba. No es de extrañar, entonces, que luego se peleen entre
hermanos, entre padres e hijos, y que en la cama lo que debía finalizar
en un abrazo termine en una pelea por ver quién se queda con el
control remoto del televisor.
Es por ello que algunos especialistas
afirman que la cacerola es el reflejo de alguna insatisfacción.
Sexual, entre muchas otras. Sólo que en la cacerola no hay orgasmo.
Es una especie de coitus interruptus sin compañía. Solo.
Onanismo light, sin final, sin despedida. Lo cual conduce a que se desarregle
el chakra muladara. El caceroleador o la caceroleadora tiene una energía
que necesita invertir de una manera que lo haga más fuerte y más
saludable, pero la opción de la cacerola lo desgasta, lo enferma.
Generalmente sufren de lumbago. Por eso, cada vez que vea a alguien golpeando
con violencia una cacerola mírele los ojos, el color del pelo y
de la piel. Verá que no tienen brillo. Haga la prueba.
La llamada Coordinadora Democrática,
en esto de las cacerolas, ha rebasado todos los límites. Un caso
es el del general Rojas Muller, a quien los esposos Ledezma cacerolearon
en el Hotel Tamanaco desde las once de la noche del 31 de diciembre hasta
las cinco de la mañana del primero de enero. A Antonio Ledezma y
su esposa no se les pudo haber ocurrido otra cosa, cuando todos se estaban
abrazando, la noche de fin de año, que cacerolear a un anciano con
cáncer, una persona que ni siquiera es afecta al gobierno, sino
que ha tenido la valentía de decir lo que piensa del gobierno y
de la oposición.
Otro caso sucedió en Chuao. Alguien
dejó un maletín sospechoso en el sótano de un edificio.
Algún vecino llamó a la DISIP. Los habitantes del edificio
tuvieron la desfachatez de cacerolear a los policías de la División
de Explosivos, que estaban tratando de desactivar la supuesta bomba para
salvarles las vidas y los bienes. Con razón dicen por ahí
que alguien los tiene locos. A punto de volar en pedazos y aún así
recurren a la droga de la cacerola. Quién los entiende. Qué
querían, que viniera a desactivarla el Cardenal Velasco?.
Y como esos hay cientos de casos. Capriles
Randosky caceroleando a los niños de una escuela de El Cafetal.
Varios pasajeros, seguramente de escasos recursos económicos, caceroleando
durante todo un vuelo Caracas-Madrid a unos diputados de la Asamblea Nacional.
Es famoso ya el caso del piloto venezolano que devolvió el vuelo,
que iba con destino a República Dominicana, porque los pasajeros
asumieron esa actitud irracional. Los saboteadores de los vuelos y del
país, porque son los mismos, con esta actitud están sumando
más stress a una situación en la que ya hay bastante tensión,
como lo es un vuelo nacional o internacional, a costa incluso de su propia
salud y de la de otros pasajeros que no son del gobierno ni de la oposición.
Esta práctica ha venido haciéndose de forma generalizada
a embajadas, contra alguien que coma en un restaurant, atentando contra
convenios internacionales y contra los derechos de libre tránsito
y libre circulación de los ciudadanos. Personas, que supuestamente
no tienen qué echarle a las cacerolas, generalmente de los sectores
más pudientes, que se ensañan contra la puerta de un apartamento
o de una casa.
Una recordada frase de Benito Juárez
explica que el derecho propio termina donde empieza el derecho ajeno. Es
tiempo ya de exigir nuestros derechos. Igual que usted le solicita al vecino
que baje el volumen del aparato de sonido, tenemos el derecho de exigir
que las protestas no afecten a las residencias ni a las personas del lugar
donde vivimos.
Sectores del gobierno en varias oportunidades
también han recurrido a las cacerolas. Yo estoy igualmente en contra.
Mi recomendación es hacer lo que hacían los antiguos chinos.
Armonizar con música, con nuestros instrumentos, empezando por el
más sencillo y quizá el más maravilloso de todos,
el cuatro. Con nuestros músicos e intérpretes. Poner música
de Alí Primera, Otilio Galíndez, Simón Díaz,
o escuchar a Cecilia Todd, Lilia Vera, y muchos de los cantores populares,
o ritmos de las diferentes regiones, ya que tenemos el privilegio de ser
un país musical.
Si nosotros contribuimos con desarmonizar
el país, le estamos haciendo un favor a los sectores foráneos
e internos, que estarían interesados en que la nación se
venga abajo para ellos repartirse los pedazos. Antes nos ofrecían
música y dolor, como los etruscos que azotaban a sus esclavos pero
al son de flautas, para mitigarles el dolor. Ahora nos ofrecen cacerolas
y a los Amigos Invisibles.
Si usted se encuentra en esa situación
tan terrible de adición a la cacerola, considere que podría
estar enfermo. El primer paso para la mejoría es reconocerlo. Averigue
por dónde va la cosa. Y si se tratara de alguna insatisfacción
sexual, no lo dude. Escuche buena música y enamore. Igual si se
trata de un hombre o de una mujer. Hemos visto a algunas de ellas un poco
histéricas últimamente. Sabemos que toda cacerola se parece
a su dueño. Y mientras más grande, la insatisfacción
puede ser mayor. Tome la iniciativa. No importa la edad. Échele
pierna. La cacerola agota, pero el buen sexo rejuvenece. Quizá sea
eso lo que le falta. No olvide lo que decía William Blake: “El que
desea y no actúa engendra la peste”.
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