Carta de un Padre al Director de un Colegio Privado
| Estimado (a) Director (a):
Tras muchos intentos por encontrar la mejor manera de tener una conversación a dos voces que no se viese apremiada por las urgencias del tiempo, me he decidido a escribirle esta esquela para compartir con usted mis apreciaciones acerca de la situación actual del país y, por ende, cómo ésta ha afectado a nuestro Colegio, al cual -como usted bien sabe- siempre he definido como la segunda casa de mis hijas, tomando en este caso la acepción que define al término «casa» como el «conjunto de personas que viven juntas», el cual se acerca aún más al concepto de familia. Usted y yo sabemos la situación de confrontación que vive nuestro país, y seguramente tenemos diferentes visiones o percepciones acerca de sus causas. Espero no equivocarme al afirmar que, si no iguales, al menos han de ser muy similares nuestros enfoques sobre la necesidad de ponerle fin a tanto odio e insania desatada, independientemente de nuestras conclusiones acerca del responsable de tirar la primera piedra. Y nos lo impone nuestra condición de venezolanos, pero por sobre todo nuestra naturaleza de educadores y padres. Debo confesarle mi profunda congoja y tristeza por los actos de los cuales fuimos testigos en la Asamblea de Padres y Representantes realizada la semana anterior, cuando un grupo de los asistentes, asumiendo su posición y verdad como la única y razonable, la emprendieron a gritos y abucheos contra una madre que tan sólo expresaba el deseo de su hija de tener clases, deseo que en todo caso era la niña la llamada a realizarlo, pero que ante la imposibilidad de hacerlo, su madre asumió su ruego en nombre de ella. Agradezco a Dios que no haya sido la niña quien invocara directamente su derecho, pues habría sido mucho más lamentable el espectáculo de unos adultos vituperando a una niña por apelar a los llamados de su conciencia. En contrario, escuchamos aplaudir efusivamente a las cinco niñas que tomaron la palabra para solicitarnos que las ayudáramos a renunciar a su derecho humano fundamental a la educación, para satisfacción de quienes asumían su posición y verdad como la única y razonable. Lamentablemente, esos son los signos de nuestros tiempos, contra los cuales estoy seguro que usted y yo lucharemos desde nuestras posiciones: padre y educadora. Usted y yo sabemos que los argumentos esgrimidos en la Asamblea para la no reanudación de clases eran perfectamente válidos mas no insalvables, a menos que la intención fuese mostrar lo contrario, como en efecto ocurrió. Usted y yo sabemos que el objetivo era propiciar la suspensión de clases, de manera de dar cumplimiento a un libreto previamente establecido, con todos sus parámetros definidos. Debo indicar que la actitud bochornosa de quienes abuchearon a la señora antes mencionada, hizo mucho más fácil la tarea, porque apenas a la primera intervención de los padres, el mandado estaba hecho. Sin embargo, creo que a muchos de los presentes nos quedó un amargo sabor en la boca, porque entonces -a las primeras de cambio- supimos que no eera posible apelar a la racionalidad ni al respeto, y que se impondría la razón de las pasiones antes que la de las conciencias, porque había allí padres representándose a sí mismos y no a sus hijas. Usted y yo sabemos que el ser padre nos otorga deberes y derechos sobre nuestros hijos, pero esos derechos no nos autorizan a decidir por ellos cuando son sus intereses los que se ven afectados, sobre todo si estamos hablando de adolescentes en plena formación de su ser y su intelectualidad, muchos de los cuales a esa temprana edad ya tienen los elementos suficientes para razonar y decidir por sí mismos. Creo haberle dicho en alguna ocasión que consideraba a mis hijas sujetos libres de tomar sus propias decisiones, en la seguridad de que las decisiones que tomaran iban a estar apegadas a los fundamentos sembrados por nosotros en ellas, sin que ello significara que dichas decisiones fuesen similares a las que nosotros hubiésemos tomado, o fuesen compartidas por nosotros, mas sí respetadas. Usted y yo sabemos que la inseguridad fue la más importante de las razones -junto al problema del transporte- para darle cuerpo a la propuesta sobre la no reanudación de clases. Hace aproximadamente un año, la nación más poderosa del mundo en lo económico y militar, decidió emprender una acción armada en un pequeño país al suroeste de Asia, con la finalidad primera de expulsar a una casta ideológica fundamentalista que se había apropiado del país y de la voluntad de sus habitantes, llegando a la aberración de prohibirle a las mujeres el trabajo y la educación. Una vez iniciada la acción, y cuando comenzaron a aflorar las miserias del régimen, se supo de mujeres que en medio de las prohibiciones arriesgaban sus vidas para clandestinamente enseñar a leer a las niñas afganas. A medida que se iban liberando territorios, y sobre los escombros de los bombardeos, hombres y mujeres convencidos de que su amargo destino era la voluntad de Alá, edificaban improvisadas escuelas para proporcionarle educación a sus hijos, probablemente con la esperanza de que la educación haría posible que en el futuro no revivieran el horror reciente. Ejemplos como éste sobran, tanto en las cercanías de nuestro país (Colombia, donde al menos una vez a la semana estallan carros bomba en las principales ciudades del país), como también en territorios alejados del nuestro (Israel y Palestina son emblemáticos). En todos estos países afectados por conflictos armados, la sociedad y los padres han realizado esfuerzos para no contaminar con sus actos la educación de sus hijos. Comparto el derecho de las personas a manifestar temor por la seguridad de sus hijas, pero creo que a pesar del grado de conflictividad presente en nuestra sociedad, estamos bastante lejos de llegar a situaciones tan graves como las de los países nombrados. Con relación al transporte, en mi intervención en la Asamblea intenté mostrar que era el único obstáculo que en ese momento consideraba insalvable para la reanudación de clases, sobre todo porque escapaba de nuestro control; sin embargo, con tristeza hemos acudido a la normalización del transporte colectivo en aproximadamente un 70% en los días siguientes a la Asamblea, y cuando digo con tristeza, lo digo con exacta intención, pues considero que lamentablemente perdimos la oportunidad de brindarle clases a nuestras hijas durante estos días de semi-normalidad del transporte. Usted y yo sabemos que la solución de los problemas actuales de nuestro país requerirá la inversión de tiempo y paciencia, más allá de las «soluciones» mágicas o providenciales que algunos sustentan. Hace tiempo he oído una conseja acerca de las tres únicas cosas que no se pueden recoger: el tiempo pasado; el agua derramada; la palabra dicha. Lamentablemente es mucho el tiempo, mucha el agua y mucha la palabra que hemos malgastado; son muchos los vidrios rotos que tendremos que recoger. Pero seguro estoy que si no empezamos ya, sobre las miserias y los escombros en que está sumergido el país, mucho más difícil y sinuoso se nos hará el camino en el futuro. Usted y yo sabemos que la educación es fundamental para la reconstrucción del país en positivo, y seguro estoy que usted y yo no cejaremos en nuestro empeño para lograrlo, devolviéndole a nuestros hijos la alegría de vivir en un país bonito y en una gran escuela que se llama Venezuela, donde los valores vuelvan a ser los tradicionales, y no se intente trastornar la formación de nuestros hijos inculcándoles anti-valores, o mostrándoles que quien nos hace daño lo hace para nuestro beneficio ¿aberrante, no?. Recemos, usted y yo, para que así sea. Con sincero afecto y cariño, me despido de usted, Un padre y/o representante P/D: Durante el acto bochornoso de agresión a la señora
representante, regresé unos treinta años atrás, cuando
me preparaba para mi primera comunión y me enseñaron el segundo
mandamiento de la Ley de Dios: «No tomarás el nombre de Dios
en vano». Al comienzo de la Asamblea todos los presentes habíamos
invocado el nombre de Dios, solicitándole que tocara nuestros corazones
para encontrar caminos de concordia, convivencia, respeto, paz... Lamentablemente,
algunos de ellos faltaron a dicho mandamiento.
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