La ley de la selva

 
 Jorge Armand *

 La guerra decretada por Bush y sus aliados en contra de Irak no es legal. Y no lo es porque viola la Carta de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), la cual es el fundamento del actual orden jurídico internacional y es de obligatorio cumplimiento por parte de todos los paises miembros, incluyendo a los Estados Unidos. Específicamente esta acción viola el Articulo 1  del Capitulo VII de dicha Carta, el cual establece que ningún Estado miembro  podrá atacar militarmente a otro Estado miembro a menos que este sea autorizado  por el Consejo de Seguridad de dicha Organización; autorización que, como todos sabemos, no fue acordada en este caso. Más aún, la acción de Bush y sus aliados constituye un abierto desacato a una resolución expresa del Consejo de Seguridad, la cual exigía la  continuación  de las inspecciones militares y los acercamientos diplomáticos como única vía para resolver la crisis iraquí. Como puede deducirse de lo anterior, la ilegalidad de esta guerra no admite la menor duda.

 La guerra de Bush y sus aliados no solo no es legal, tampoco es legitima. Y no lo es, sencillamente, porque los argumentos que se están utilizando para  justificarla carecen de pruebas de sustentación. Bush ni nadie ha presentado hasta ahora hechos que demuestren de alguna forma la responsabilidad  del régimen de Saddam Hussein en los actos terroristas del 11 de septiembre, ni de ningún otro acto terrorista en contra de los Estados Unidos, o que este tenga o haya tenido alguna conexión con la red de terroristas Al-Qaeda.
 Bush ni nadie ha presentado tampoco pruebas que demuestren de alguna manera que el régimen de Saddam Hussein posee armas de destrucción masiva que ponen en peligro la seguridad de los Estados Unidos o la paz mundial. El voluminoso legajo de supuestas evidencias presentado por los Estados Unidos para demostrar la existencia de tales armas, no es mas en realidad, que un conjunto de suposiciones y conjeturas, tal como lo ha dejado ver claramente el último informe de los inspectores de la ONU y en particular el jefe de los mismos, Hans Blix, quien hace apenas unos días declaró (cito textualmente) que “aún no se ha probado que Irak tiene armas de destrucción masiva” (Agencia AFP, diario Panorama, Venezuela, 23.03.03).

 Bush y sus aliados no solo mienten al afirmar que tienen pruebas que demuestran que Irak representa una amenaza para la seguridad de los Estados Unidos y la paz mundial. También mienten al decir que esta guerra está impulsada por los principios de libertad y democracia y que el objeto de la misma es el derrocamiento de un dictador. Todos sabemos que los Estados Unidos armaron y ayudaron económicamente al “dictador Saddam Hussein”  durante la década anterior a la primera Guerra del Golfo en 1990, ¿donde estaban en aquel momento estos principios de libertad y democracia?. ¿Dónde están ahora mismo estos principios, cuando el dictador de Pakistán, Pervez Musharraf, quien si posee armas de destrucción masiva, entre ellas la bomba atómica, esta recibiendo el mas decidido apoyo militar, político y económico de los Estados Unidos?. ¿Dónde  estaban esos principios cuando el presidente Bush, en septiembre del año pasado, recibió en la casa blanca con todos los honores al dictador Obiang, de Guinea Occidental, uno de los tiranos mas sanguinarios de la historia?.
 Es claro que Bush y sus aliados están tratando de engañar al mundo y en particular a sus propios pueblos, al ocultar con falsas pruebas y declaraciones  hipócritas sus verdaderas motivaciones. ¿Cuáles pueden ser estas?. No hay que ser particularmente listo para darse cuenta que estas no son otras que una desmedida codicia y ansias de poder. Concretamente, un afán obsesivo por controlar una región geopolíticamente   clave para la dominación del planeta; así como de adueñarse de las reservas de petróleo mas cuantiosas de la Tierra y de paso acabar de una vez por todas con la “cuestión palestina”. Un designio, por cierto, impresionantemente parecido al de Hitler y sus aliados  65 años atrás.

 El orden legal del mundo, vigente desde el fin de la segunda Guerra Mundial, viene de ser quebrantado gravemente. Hemos sido conducidos brutalmente ante el abismo de un orden mundial regido por la ley del mas fuerte, quien como en la selva o como en los tiempos mas remotos de la humanidad, ejerce crudamente su poderío sin mas limitaciones que las de su propia fuerza y voluntad. Los principios  de respeto a la soberanía nacional y a la autodeterminación de los pueblos, cada día mas vigentes, acaban de recibir un rudo golpe, tal vez mortal. Incluso las convenciones humanitarias mas elementales sobre la guerra, consagradas por el tiempo y las leyes, como son el respeto a la vida de los niños y a las poblaciones civiles, están siendo ignoradas por el agresor como medio para aterrorizar al enemigo y sus efectos cínicamente banalizados como simples “daños colaterales”. 

  El mundo globalizado de hoy, de cuya mirada nada ni nadie puede ya esconderse, no está dispuesto a tolerar tanta barbarie. Desde todos los rincones del planeta se está levantando, como si proviniese de un solo ser, un clamor de indignación de tal magnitud, que por si mismo podría detener esta insólita guerra. Las Naciones Unidas, por su parte, si desean restablecer su autoridad como supremo organismo mundial, o si todavía pretenden desempeñar algún rol en los destinos de la humanidad, deben ordenar ahora mismo el inmediato cese al fuego y retiro incondicional de las tropas agresoras. Limitarse, como hasta ahora esta haciendo la ONU, a simplemente organizar la ayuda humanitaria a las victimas, es hacerle el juego a la agresión y condenarse  a si misma al descrédito y a la extinción.

 En cuanto a los responsables  de esta vil guerra, el recién creado Tribunal Penal Internacional (TPI), al cual los Estados Unidos convenientemente decidieron hace años no adherirse, está obligado a juzgarlos por el crimen de genocidio y otros graves delitos en contra de la humanidad, aún cuando solo sea con el propósito de sentar el debido precedente moral y jurídico.

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* Profesor de Antropología en la Universidad de Los Andes,  Mérida -Venezuela-
   [email protected] 

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