La Unión Europea subvenciona con 2,2 dólares diarios
a cada vaca y una quinta parte de la población mundial sobrevive con un dólar
diario
Por: Antonio Caballero
Hace unos años, tres latinoamericanos de pro -un
cubano, un colombiano y un peruano, instalados los tres en Europa- escribieron
un libro titulado El perfecto idiota latinoamericano. No hablaban de ellos
mismos, claro está. Sino de otros latinoamericanos, menos avispados que ellos
tres, y que siguen creyendo que los países ricos explotan a los países pobres.
Yo me sentí aludido, debo reconocerlo.
Traigo esto a cuento porque hace un par de días leí en un periódico inglés (The
Guardian) que la Política Agrícola Común de la Unión Europea subvenciona con
2,20 dólares diarios a cada vaca de Holanda o del Reino Unido, de España o de
Alemania. Y que entre tanto una quinta parte de la población mundial, en los
países pobres, vive con un dólar al día por cabeza. Sí, ya sé que señalar es de
mala educación, y que no se puede comparar: que un dólar diario se estira mucho
en Calcuta o en Ciudad Bolívar, y en cambio a una vaca inglesa (loca, quizás)
le sale carísimo dormir en el Hotel Savoy. Sí, ya sé que soy un idiota, porque
es una idiotez denunciar las cosas que uno no puede cambiar. Pero insisto en
creer que entre la riqueza de las vacas europeas (o más exactamente de sus
dueños) y la miseria del Tercer Mundo hay una relación de causa a efecto.
Cuenta The Guardian que las subvenciones que de los países ricos de Occidente
reunidos en la Ocde (Organización para el Desarrollo y la Cooperación
Económica) les dan a sus respectivos sectores agrarios suman 300.000 millones
de dólares anuales, de los cuales la mayoría se invierte en subsidios a las
exportaciones; y explica que eso les permite inundar los mercados mundiales con
productos agrícolas a menosprecio: por ejemplo trigo a dos tercios de su precio
de costo, o azúcar al 25 por ciento. Lo cual tiene el efecto de hundir en la
ruina a los agricultores de los países pobres, incapaces de competir con sus
rivales subvencionados incluso en sus propios mercados locales, forzosamente
abiertos a esa competencia desleal por consejo (o por orden) de los ricos. Es
la 'apertura económica' unilateral: de los pobres hacia los ricos pero no
viceversa; tan cantada por nuestro superconsejero económico Rudy Hommes y cuyos
resultados catastróficos dejan tan "perplejo" a nuestro ex presidente
César Gaviria, que fue el que empezó a aplicarla en Colombia.
En lo que a Colombia se refiere, esa apertura de una sola vía ha tenido al
menos dos consecuencias nefastas. Una es que el país, que antes exportaba
alimentos, ahora los importa. Con lo cual lo que antes producía divisas que
venían al país ahora las cuesta, y hay que sacarlas. La otra, peor aún, es que
a los campesinos del campo en quiebra e improductivo sólo les han quedado tres
salidas para sobrevivir. La primera consiste en irse a buscar trabajo a las
ciudades, en donde no lo hay, porque la apertura ha hecho de las suyas también
con la industria; así que una vez en las ciudades tienen que dedicarse a la
mendicidad o a la delincuencia. La segunda salida consiste en buscar el único
empleo remunerado que queda en el campo, que es el empleo armado: enrolarse en
las filas de la guerrilla o de los paramilitares. Y la tercera consiste en
dedicarse a sembrar coca o amapola, que son las únicas cosechas que no sufren
de la desleal competencia subvencionada de los países ricos; y que además están
subvencionadas, ellas sí, por la prohibición, que multiplica su precio. Esas
tres salidas fomentan la violencia colombiana. La primera, porque alimenta la
delincuencia urbana. La segunda, porque garantiza la oferta de mano de obra
para la guerra rural. La tercera, porque de ella viene la financiación que
necesitan los aparatos armados de esa misma guerra.
Así que volvemos a lo dicho al principio. Los países ricos explotan a los
países pobres, porque los empobrecen aún más. Y cuando ese empobrecimiento
agrava las tensiones sociales, les venden armas a los gobiernos de los países
pobres para que repriman las tensiones por la fuerza.
Releo todo lo anterior, y me sigue pareciendo obvio. Debe de ser, supongo, que
en vez de ser un avispado soy un perfecto idiota latinoamericano.