Transición es, en efecto, la palabra que mejor define el concepto
y la música de este primer álbum de Melandrolia. Una transición
que va de la incertidumbre a la serenidad, atravesando un doloroso proceso
de autodescubrimiento y reflexión. El disco abre con Fármaco,
que se devela a si misma como una pieza cargada de una enorme desesperación
contenida que lucha por no estallar, mientras un agónico violín
presagia el inminente fracaso de esta suerte de auto-represión que
vive el personaje de esta compleja historia que es Transición. Tras
un momento de fluctuación ahogado en la Nada y una larga estadía
entre Espacios de agua y sangre llega lo inevitable: la angustia que aflora
violenta, repentina y misteriosamente, donde el Horla se encuentra irremediablemente
aprisionado en un Sheol personalizado y plagado de fantasmas, palabras ininteligibles,
gritos... la voz en estados alterados (aquí, el canto de Axan pudiera
recordar los ornamentos vocales de Rita Guerrero) resonando en mitad de un
infierno que parece querer anularse vía el éxtasis frenético
del que somos testigos auditivos en Lascivia. Luego, la Lluvia y la Oración
que limpian y redimen entre parsimoniosas guitarras que preparan el terreno
para recibir la calma y el estoicismo que el Óleo final trae consigo,
no obstante devolvernos parte de la incertidumbre germinal con un inquisitivo
epílogo que cierra el círculo y simultáneamente da principio
a un nuevo proceso de transición: ¿Por qué?
Con éste su primer disco, sin duda Melandrolia se erige como una propuesta
inteligente, única entre la “nueva” camada de bandas con
tendencias oscuras que parecen nunca alejarse de los clichés y la frecuente
monotonía del neo-gótico y otros ritmos pretenciosamente lóbregos.
Melandrolia va mucho más allá y nos ofrece un proyecto infinitamente
más ambicioso, donde la oscuridad es un camino necesario para alcanzar
la luz y de esta manera complementarse
Néstor P. Granja J.