El ser demon�aco, erguido cinco metros por encima del suelo, observa con diab�lica paciencia sus enemigos, cual depredador que disfruta el asesinato de su presa. Llamas rojizas envuelven su cuerpo humanoide de dura piel negra, avivadas por el mism�simo fuego del Abismo. Sus ojos no son mas que cavidades de donde brotan destellos de fuego, pero su mirada es penetrante, inyectando el m�s profundo terror en el coraz�n de cualquiera con la poca fortuna de cruzarse en su camino. Todo su cuerpo est� cubierto por gruesos m�sculos de fuerza descomunal, engrosados por el odio y la maldad que lo crearon, y un par de cuernos protuberantes y garras tanto en manos como en pies lo convierten en algo que uno podr�a pensar existe solo en pesadillas y cuentos de horror. El aire que lo rodea esta impregnado de un olor a muerte, y una onda de energ�a negativa, imperceptible para una persona ordinaria, se extiende varios metros en todas direcciones. Su respiraci�n, si tal cosa existe para un ser que no es de este mundo, es pesada y ronca, la de una bestia esperando el momento oportuno para desencadenar su furia y su energ�a malvada contra lo que sea.
Diez metros en la distancia, una forma de casi dos metros de alto es indistinguiblemente la de un humano en armadura. Esta �ltima, que lo cubre de pies a cabeza, finamente ornamentada con oro y plata, brilla tenuemente, como recordatorio de su creaci�n m�gica. Ni un cent�metro del cuerpo de este guerrero est� desprotegido. Un patr�n intrincado de placas del m�s duro acero se extienden a trav�s del pecho, los hombros y la espalda, orientadas de manera a desviar incluso el impacto de una flecha, mientras que una colecci�n de piezas mas peque�as constituyen los brazos y las piernas, no obstruyendo la movilidad de las articulaciones a pesar de su rigidez. El yelmo, decorado con escamas de drag�n p�rpura, presenta una delgada rendija en forma de �T�, que a penas deja entrever el rostro del caballero. En una mano lleva un escudo redondo de ancho di�metro que sostiene sin dificultad, en cuya cara aparece en relieve un escudo de armas: un drag�n p�rpura sobre un fondo negro. En la otra, una larga espada de un metal desconocido emite un intenso brillo blanquecino que resulta suave a la vista. La gruesa hoja parece tener filo como para poder cortar el mismo aire que la rodea. La empu�adura de la espada, la cual tiene espacio para acomodar las dos manos de ser necesario un golpe m�s poderoso, termina en una gruesa gema de un tono azul oscuro. Es sin duda alguna la espada sagrada de un Palad�n, caballero divino y servidor de las fuerzas del bien y la justicia.
Otros cuatro hombres lo rodean, todos caballeros, pero no tan impresionantes ni en sus armas o armaduras, ni en sus apariencias. Sus ojos tienen el fr�o brillo caracter�stico de un miedo arraigado, producto de la terr�fica presencia delante de ellos. La abominaci�n seguramente tomar� sus vidas sin esfuerzo, mandando sus almas a pozos de eterno sufrimiento y oscuridad, y ellos lo saben. Uno de ellos no puede evitar mirar al demonio a los ojos, y, sintiendo la mirada, la criatura le devuelve un vistazo fri� y vac�o. Terribles im�genes de dolor y sufrimiento m�s all� de la comprensi�n invaden repentinamente la mente del hombre, llegando como olas de terror, recorriendo cada nervio de su cuerpo. Los ojos del monstruo le resultan portales a un universo de fuego, cenizas, caos y sufrimiento, y su alma est� siendo jalada hacia adentro. La visi�n es demasiado terr�fica, y el hombre se dobla y cae de rodillas, sus manos llevadas a la cara en una expresi�n de agon�a. Petrificados, los dem�s no hacen m�s que observar y presentir lo que est� por llegar. El hombre que estaba de rodillas ahora yace tirado en el piso duro, inconsciente y sangrando, despu�s de un intento desesperado de arrancarse los ojos del rostro.
De pronto, absteniendo su respiraci�n unos momentos antes, el demonio emite un alarido tenebroso y abismal que podr�a ser escuchado varios kil�metros a la redonda. Como una onda expansiva, el grito del demonio contagia a todos del mismo terror del cual sufr�a el caballero ya ca�do. Uno por uno, los rostros de los dem�s se tornan azules y luego blancos. Encorv�ndose y dejando escapar gritos de horror, todos parecen sujetos de un dolor intenso. Dos de ellos se arrodillan, llevando manos a sus o�dos, en un intento in�til de apagar el dolor que los corrompe. El tercero cae sordamente, derrotado, con una mueca de pavor.
El Palad�n permanece de pie, pero a pesar de su oficio, tambi�n es v�ctima de un dolor agudo, detr�s de los ojos. Im�genes diab�licas inundan su cerebro a pesar de su voluntad. Siente como la energ�a del Abismo poco a poco comienza a tomar control de �l, susurrando palabras oscuras y maldiciones en lenguas desconocidas, pero que �l entiende. La oscuridad se filtra a trav�s de su piel, de sus m�sculos y huesos, llegando hasta su alma, como queri�ndola arrancar del cuerpo que la lleva. Su cerebro se encuentra en un estado de par�lisis, tratando de repeler el mal que lo invade. En el preciso instante que su mente parec�a estar por ceder, un grito surge desde el fondo de su interior, primero como un murmullo, creciendo hasta ser una palabra concreta y s�lida: �NO! Con un esfuerzo tremendo, el servidor divino canaliza su energ�a positiva y ahuyenta las visiones de espanto, recuperando totalmente su compostura. Unos segundos despu�s, est� erguido, tranquilo, y determinado.
Habiendo eliminado a cuatro de sus oponentes, el demonio mira al Palad�n fijamente, como asombrado por su fuerza de voluntad. Sin embargo, la identidad del hombre no le es desconocida. Tanto el Palad�n como su enemigo pueden sentir la abrumadora presencia del otro, producto del choque de sus energ�as, que experimentan como un malestar constante. Ambos saben que son n�mesis mortal uno del otro, que s�lo uno de ellos sobrevivir� el encuentro. El Palad�n lo mira fijamente a su vez, y la bestia percibe en los ojos del humano la flama misma del dios Torm, enemigo de todo lo malvado. El demonio sabe que el ser que tiene enfrente, a pesar de ser mucho mas peque�o que �l, tiene el poder y la convicci�n para destruirlo.