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Cuando el sepulturero colocó el último ladrillo,
Lorenzana y Mallarino por fin tuvieron
la certeza de que sus odios y sus miedos de los últimos meses serían, de ahí en
adelante, nada más que malos recuerdos.
Escondidos tras uno
de los panteones familiares esperaron a que se retirasen los escasos deudos que
habían venido a enterrarlo. Junto a los dos, un par de detectives del ejército hacían como si
pertenecieran a otro duelo. Los delataban sus medias negras de dotación
oficial, su lenguaje lleno de afirmativos y negativos, el corte del pelo al
rape y el periódico del día anterior
doblado conspicuamente en la página de la noticia. Mallarino pudo leer de reojo
en letras de doble espacio:
Asesinato de médico conmueve la
sociedad de … No alcanzó a leer más.
Sobre el cemento aún fresco uno de los obreros garabateó el
nombre y las fechas: Rafael de Jesús
Angueira 1943-1977 .
Al salir del cementerio resolvieron que había llegado el
momento de contárselo todo al
“general”.
2
-
…..
“general”? ¿Con mi “general”? ¿Cómo le va a
mi “general”…?-
-
Qui´
ubo Mallarino, qué milagrazo de oírlo. ¿Cómo están Renatica y los demás?-
-
Será
bien “general”. ¿Y en su casa? -
-
Bien
Vicente. Divinamente. Hola Vicentico,
¡usted si ni más! Si es que se puede saber, ¿ a qué debo el privilegio de la
llamada? - El lenguaje era rebuscado y
como en el resto de la ciudad cargado de
diminutivos.
-
“general”,
hay algo que Lorenzana y yo quisiéramos contarle. ¿Tiene algo que hacer mañana
por la noche? ¿Porqué no nos vemos en
-
¿Las
cinco y media? …... -
Hubiese preferido no ir. Eran ya nada más amigos de otras
circunstancias, de los cuales se había alejado. El reencuentro lo haría repasar
capítulos cerrados, algunos de ellos de ingrato recuerdo. Pero pudo más la
curiosidad.
3
“El general” , como de costumbre, llegó temprano. En la
distancia, sobre la acera occidental de la séptima con 23 pudo distinguir a Vicente abriéndose paso entre peatones de viernes,
afanados por llegar temprano a sus citas de fin de semana. Los
raponeros del lugar se movían con
agilidad pasmosa entre el denso tráfico de vehículos y personas y hacían
necesario aguzar todos los sentidos. Un pordiosero cómplice con las llagas
expuestas obstaculizaba a quienes no podían evitarlo con anticipación.
Mallarino aceleraba
el paso a medida que se acercaba, metido en su chaquetón de gamuza con sus dos manos estiradas en gesto de abrazo
incompleto que terminaría en un toque
tímido sobre los hombros.
Del lado de la avenida Jiménez llegó Lorenzana, atusándose el bigote con su pachorra
acostumbrada.
La película de Passolini les permitió a los tres acostumbrarse
de nuevo a la presencia de los otros, como sucede con los novios que se reencuentran largo rato
después de haberse separado. El “general” los volvió a ver con los mismos ojos
de antes, y sintió de nuevo toda la mezcla de afecto, sospecha y resentimiento acumulados en años
de amistad.
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De los compañeros de
esta noche, “El general” había sufrido más que ninguno el tiempo que
estuvieron juntos.
Más que a los otros, Mallarino siempre había considerado al “general” blanco de su menosprecio. Pero le
costaba trabajo separarse de él. Cuidaba
bien y con cariño a sus pacientes, más por el reconocimiento que por interés
real , pero era flojo, imprudente y mal compañero de farra, ya fuera porque se cansaba pronto o porque le
daba por entrar en consideraciones morales en los momentos menos propicios.
Había sido así desde sus épocas de
Mallarino, quien a todos les encontraba algún parecido con
personajes de sus años frustrados de seminario,
definió temprano al “general”
como un militar trunco con cara de cura rector y cultura de reina de belleza y este no pudo en
toda la carrera deshacerse de su cruz, que algo tenía de cierto, ya que
sin haber leído nada completo, excepto Cromos y las
páginas deportivas de los periódicos, alardeaba de conocimientos y de mundo que
obviamente le faltaban.
Aunque en el campo de
las mujeres el ““general”” se tenía por experto de mil batallas, la verdad es
que se arrugaba en medio del fuego, de manera que sus credenciales en la materia se reducían a unas pocas escaramuzas sin
mayor éxito y mucho de burla posterior. Como había sucedido en el paseo de día
completo con tres colegialas hermanas
a quienes Lorenzana había reclutado
entre sus pacientes de los barrios populares de la ciudad donde Angueira había
sido asesinado. Después del día completo
de piscina y uso turnado de las habitaciones del motel situado sobre la propia
carretera, los había cogido la hora del
regreso sin que el ““general”” se hubiese decidido aún a desflorar a su virgen de turno, mientras
los demás habían repetido ya faena con las hermanas mayores de la pobre niña,
quien entre frustrada y confusa no sabía
que hacer con la incompetencia del “general”.
Cuando Lorenzana y Mallarino ya llevaban algún tiempo de
dominio de artes de la retención, como si fueran casados, el “general” lo más
que había logrado era llegar sin manchas delatoras en los pantalones hasta
el momento en que las pieles íntimas empezaban a tocarse. Con algo
de humillación el ““general”” había
terminado por percatarse que cuando los demás se referían a su precocidad no querían
elogiar, como en sus tiempos de bachillerato, su rapidez para resolver
problemas matemáticos complejos. Así, en un
remedo único de orgía que les dio
por organizar cuando los ingresos del año rural obligatorio dieron para
ello, mientras los demás continuaban sus gimnasias amatorias
como si no hubiese limite, al “general” y a su pareja les tocó contentarse con
tratar de callarlos mediante gestos, cuando los gemidos de las compañeras de
Mallarino y Lorenzana alcanzaron una altura capaz de despertar la curiosidad
del vecindario .
La diferencia entre el “general” y los demás no era solo mecánica . Tanto Mallarino
como Lorenzana habían llegado a decepcionarse de las mujeres tras algunas experiencias ingratas con sus
compañeras de curso, mientras el “general” seguía pensando en novias de
visita en casa y en la condición sagrada
del amor. Hijos de su momento histórico Mallarino y Lorenzana solo estaban
interesados en el disfrute sin fronteras y
gastaban sus energías eróticas en complacerse y complacerlas sin
discriminación, sin buscar afinidad ni
compromiso. Caricias y detalles que el “general” tenía reservadas para sus ratos de
ternura oficial, sus amigos las dispensaban sin comprometer el
alma. Con lo cual no se sabía si
enaltecían el acto o lo vaciaban de todo significado.
Pero no solo en el amor eran diferentes y no solamente era el “general” el objeto de
juicios. El por su parte también tenía
su opinión bien formada de los otros aunque no la expresara.
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Por ejemplo, de Vicente Mallarino, de quien decía ser el
mejor amigo, conocía el “general” obras y milagros, y si no se los sacaba en cara, nada podría
garantizarle ni a Mallarino ni a nadie
que él también podría llegar a morder, si fuese necesario.
Mallarino era uno de los menores del grupo. Para disimularlo, después del
ingreso a la facultad se dejó crecer la barba. Poco a poco se convirtió en
líder indiscutible de su grupo de amigos gracias a su capacidad de aglutinarlos
alrededor de sus prejuicios. Los del
grupo de los maricas como los demás los
llamaban, por Torres, salido del
Instituto del Carmen de los hermanos maristas.
La de Mallarino y Lorenzana eran de esas familias comunes en Latinoamérica conocidas
como gente bien, con una aguda percepción de sus fisonomías y genes peninsulares, así como
de los rasgos indígenas y negroides de los demás. Historias sobre
mejores épocas y supuesta sangre noble
les permitía pasar el trago insulso de
su descenso inevitable. Se portaban con arrogancia de ricos, pero no tenían ni
un peso ni lo habían tenido, ni estaban
dispuestos a conseguirlo como Dios manda pues para ellos todo dinero era motivo
de sospecha. Tenderos y comerciantes especialmente, debían ser mantenidos a
distancias prudentes. Los banqueros mantenían ellos la distancia por su cuenta.
Pensaba Mallarino que
los demás le debían reconocimiento por ser quien era y en su código, las únicas profesiones dignas aparte de la
administración de tierras que ya no tenían
seguían siendo las de letrados,
curas, militares y magistrados . En el
peor de los casos empleados oficiales, expuestos a los cambios impredecibles de
ministros costeños, cuyos nombres
recientes sonaban como si hubieran sido
sacados de una lista de prisioneros jordanos y no de las familias decentes,
como debería ser.
Mientras tanto, los parientes distinguidos de iguales
apellidos pero no tan recatados le apostaban a la eficiencia a través de
la banca, o la industria o la
finca raíz y si era necesario se mezclaban
con gentes de otras razas, costeñas así fueran hijas de turcos, o
judías con tal de que la alianza
resultara conveniente. Y se hacían
ricos. Mucho más que sus primos distinguidos pobres y llenos de pendejadas.
La capacidad de
Mallarino para identificar y burlarse de
todos era ilimitada. A quienes no
descalificaba por judíos lo hacía
porque eran banqueros; a otros por
jesuitas o por ateos que según él eran lo mismo y cuando no los ubicaba, los llamaba despectivamente
masones.
En lo de sus apetitos carnales Mallarino cada vez se parecía
más a su padre, un ogro de temperamento feroz y sonrisa forzada, convertida al
final de la mueca en una odiosa boca de punto. Don Leopoldo o el doctor
Mallarino, como él prefería que lo
llamasen, no podía pasar una noche sin
gritar a todas las hermanas de Vicente, ocho en total, hasta sacarles lágrimas, para después
retirarse a copular maquinalmente con
su mujer, en vaso propio y también en
el impropio, como lo haría con cualquier
mujer disponible cuando estaba fuera de casa. Ni siquiera en las épocas de
preñez había dejado Leopoldo descansar a Renatica. Una vez descargada su
energía libidinosa inevitablemente a papá Mallarino le daba por abrir la ventana que daba a la calle para mirar a hurtadillas los secretos de la
noche y leía sus libros de taxonomía vegetal, con lo cual la luz del cuarto
conyugal permanecía prendida hasta la madrugada. Renatica, la madre de Mallarino no se atrevía
a protestar, mucho menos contárselo a
sus hermanos Morales en el chocolate semanal
de los sábados por la tarde. Ellos se lo habían advertido antes del
matrimonio. Treinta y cinco años antes Mallarino padre ya tenía prestigio bien
ganado de pendenciero, de tomador y de
lascivo, además de cojo. Nada de lo cual había visto Renatica preocupada por
haber llegado a sus 22 años aún soltera. Una vez fijó su mira en él nadie la
pudo desengarzar del elegante botánico
con bigote bien cortado, sombrero
Barbisio, corbatín, gabardina en el antebrazo y
paraguas, que también le servía de bastón . Quienes en años tardíos
pensaban que los suspiros de Renata eran producto de anhelos desconocidos ignoraban que se estaba atragantando de
frustraciones . Farfullaba frases entrecortadas y aspiraba bocanadas de aire para que no se le
entendiera lo que quería expresar. Tanto miedo le tenía a los berridos de su
marido.
En conjunto la familia de Mallarino era ejemplo de estrechez administrada con
dignidad : colegios de segunda para las niñas, muebles Luis XV heredados, casa
arrendada con varios meses de atraso en los pagos, raquetas de tenis pesadas y
pasadas de moda, bolas gastadas
protegidas en un tarro de metal y perseguidas
celosamente cada vez que salían por encima de los pinos, esperas de los turnos
en las canchas del Parque Nacional; muchacha del servicio ya mayor que había sido
nodriza e iniciadora de Vicente , obligada por las circunstancias a vender en
la salida de los teatros dulces de breva rellenos de ariquipe cuyo producido no alcanzaba a cubrir los gastos de la preparación de los
bocados salidos de la industria familiar.
Aunque durante el primer año todavía guardaba sus maneras
calculadas de los años de seminario, para entonces Mallarino ya hablaba con liberalidad de mujeres, dentro de
las cuales no estaban incluidas sus hermanas. El honor de las mujeres, aun en estas épocas de liberación,
permitía mostrar con orgullo que sus
genes permanecían limpios por no haber cedido a apetitos transitorios ni a pasiones equivocadas.
La ironía y la burla
permitían disimular las ganas de
revolcarse con los de otras carnes, olfatear
pieles distintas, soñarse con su caras peninsulares convertidas en hijos
mestizos a quienes ya no tendrían que obligar a contemplar con reverencia
medallones y fotografías viejas, ni a vivir en oscuras casas con olor a
sacristía, ni rezar trisagios u oír
chistes viejos, ni ocultar pasiones
inconfesables detrás de cortinas
descoloridas, heredar ropa de tallas anchas, tuberculosis y libros llenos de
violetas secas y de letras de pago.
Mallarino había
terminado por hartarlos a todos con sus
elogios desmedidos de sus parientes, especialmente de su tía Lola. O Doloritas, pues para hablar de la tía la
familia usaba los dos nombres sin ninguna razón ni orden y los demás tenían que saber que se
trataba de ella y no de Lolita la hermana menor de Mallarino, la cual no tocaba
polonesas como Doloritas; las polonesas
y el virtuosismo le pertenecían a Doloritas y a nadie más. Mallarino y los
demás también tenían tía virtuosa que
era parte de la familia, los había criado, alguna vez había sido asediada por
sus papás y habían guardado el secreto para siempre. Todas se habían muerto de muerte triste, rodeadas de partituras y recortes
amarillentos de periódicos viejos y programas del Colón o del Municipal o del
Faenza.
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El “general” miró ahora con sensación de extrañeza a
Lorenzana. Juan Pablo Lorenzana Rivas a tus órdenes, como él mismo se había
presentado el primer día de universidad
Lorenzana había
terminado su bachillerato en el Moderno y también era bisnieto directo de
presidente, pero su descenso parecía ser menos estrepitoso que el
de Mallarino, amortiguado en parte por haber estudiado en el Moderno donde lo
habían becado cuando se enteraron de los primeros problemas familiares. Cuando
entró en la facultad sus padres comenzaban a separarse y su
idílica casa junto a los cerros la habían tenido que cambiar por una
quinta modesta de “
Al comienzo no se le conocieron novias y los demás pensaban que era misógino radical como solía
suceder con tantos del Gimnasio, hasta cuando empezó a ir a las fiestas y
descubrió los placeres del pasodoble y luego del bolero y le gustaron las mujeres mayores y gordas, y prefirió las
secretarias a las académicas, pues aquellas ganaban plata y no tenían intereses
intelectuales; para Lorenzana las mujeres, mientras más brutas, mejores.
Todas las artes prácticas: la reparación de enchufes
y de persianas, tallado de maderas, lo hacían muy atractivo para las
mamás necesitadas de una mano en el hogar. Ellas, en pago le permitían almorzar bien de vez en cuando y
meterse en rincones vedados para otros y así
obtener información que usaba luego de la manera más conveniente. En
los corrillos de las fiestas descubrió de la fascinación femenina por las cosas ocultas y comenzó a leerles las manos e interpretarles los sueños, siempre con el esquema simple de que
todo reflejaba su incapacidad de
alcanzar el punto del delirio, se tratase de
vuelos sobre el mar de gaviotas que nunca aterrizaban o de inmersiones de sirenas en aguas sin fondo. Sus interpretaciones ya no asustaban a nadie ni si quiera a las no
iniciadas, más bien las atraía. Y grupos cada vez mas grandes endulzaban sus
oídos con las prescripciones psicoanalíticas del joven estudiante de medicina y
luego del doctor.
Así como para el
“general” la emoción estaba en
mostrar el trofeo y ver el efecto que
causaba, para Lorenzana el arte del amor
consistía en esconderse, no contárselo a nadie, excepto a Mallarino
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Claro que el “general” se daba cuenta de todo, de su
cultura escasa, de su gusto de reina, de
la pomposidad hueca de los otros. Pero
entendía y aceptaba que los prejuicios compartidos eran lo único que hacían
posible la convivencia. Y así no le
gustase mucho la parte de la torta que le había correspondido, en el fondo
sabía que era igual a ellos, y hubiera preferido que sus hermanas se casaran
con Mallarino o con Lorenzana y no con los lobos que les habían tocado en
turno. Y también se daba cuenta que los demás podían odiar a sus papás pero el
adoraba al suyo, así fuera un médico fracasado y pobretón
y admiraba a su mamá, una normalista de Ocaña sin mucho humor pero que
sabia ganarse la vida como costurera y tenía poca paciencia para los complejos
de los de la capital. Su casa estaba amoblada con maderas sin tallas y la comida aunque monótona era abundante y caliente, sin salsas de nombre
raro, ni adornos desconocidos.
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Al salir ya era de noche. Caminaron hasta San Diego y luego
sin detenerse hasta San Martín, mientras los
buses empezaban a pasar desocupados. A la altura de María Auxiliadora,
enclavada entre las chimeneas de Bavaria, pasaron la avenida y tomaron una
flota Usaquén de las que iban por
Se bajaron frente a la entrada del café Victoria.
Pidieron tinto y luego cervezas que una de las meseras
lanzó, más que colocarlas sobre la mesa. Más por reflejo que por interés miraron la falda estrecha y delantal mínimo lleno de monedas y de billetes arrugados, las piernas
gordas formaban a medida que subían un cono invertido, la moña alta sostenida con laca y su brusquedad
obligada por las circunstancias. Los jugadores de billar y los pensionados que
llenaban de humo el lugar hablaban de
política para quejarse y le lanzaban
piropos que insultaban, más que halagaban a las muchachas.
Entonces sí comenzaron a revelar los secretos que tanto los
había atormentado .
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-
¡Pura
mierda!, dijo el “general” haciendo un gesto de escepticismo con su boca de chorote que le había valido uno de sus apodos ya olvidados
-
Exactamente:
mierda y nada más, mi “general”- dijo
Vicente satisfecho con el chascarrillo.
-
No
puede ser. Y ¿por qué no me lo habían
contado? - .
-
“general”
, con toda honradez ……- balbuceó
Mallarino
-
Déjese
de rodeos, Vicente marica. Los dos saben
como me maman los preámbulos-
Mallarino y Lorenzana comprobaron como el “general” era
todavía el mismo.
-
No
me vengan a salir con el cuento chimbo de
mi imprudencia- les dijo irritado.
Le hicieron bajar la voz.
- “general”, ¿porqué
mejor no se consigue un parlante y lo publica en el Tiempo que tanto le
gusta?-
Agachados sobre la mesa para oír mejor continuaron entre
susurros. Cualquiera podía ser un tira y el estatuto de seguridad proclamado
por el presidente les producía miedo. Una que otra frase que se les escapaba
invitaba a la curiosidad de los de las
mesas vecinas.
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Todo había comenzado dos
años y unos meses atrás, una semana antes de la novena de aguinaldo.
Ninguno imaginó entonces cuan lejos llegarían, menos que
Angueira terminaría masacrado de esa forma tan grotesca.
Aquella también había sido
una noche de viernes, pero de tierra caliente y en vez de estar en un
café de hombres se habían reunido en el
Círculo, un estadero de las afueras, con servicio a los carros. Los tres que
ahora estaban reunidos, más los dos
viejos políticos, más Avila. Excepto el
“general”, todos apuraban vodka, uno
tras otro, para pasar la comida con la cual los jóvenes doctores habían querido
agradecerle a los viejos los favores recibidos .
Estos disfrutaban el reverdecer de sus laureles, pues
ya nadie en su ciudad los tomaba en cuenta, especialmente ahora que
otros con dientes más afilados se peleaban la curúl del congreso, los
ministerios y las embajadas que les
había pertenecido. Habían maltratado muchos en la subida y ahora los hijos de
aquellos que se habían agachado para poder sobrevivir los despreciaban en el
descenso inevitable. Eran cadáveres
vivientes excepto en las efemérides patrias
cuando salían a relucir los
méritos de sus antiguas gestas y aparecían
en “Hace 25 años”, una nota del Tiempo que le traía nostalgias solamente
a los interesados. Llegado el momento les harían entierro con obispo y discurso
en la catedral y les escribirían también obituarios llenos de adjetivos. Si les
iba bien, bautizarían con sus nombres alguna escuela o algún barrio de pobres o
alguna logia.
Pero con el padrinazgo de los viejos habían conseguido cupos para el año rural
obligatorio en la misma capital de la provincia, lo cual les había permitido organizar su propio negocio de urgencias en
una de las clínicas de la ciudad. Y había que ser agradecidos, como la gente decente.
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En el fondo la vitrola respondía una y otra vez a las
monedas que le echaba Mallarino con las mismas tres canciones del trío Los
Panchos y Edith Gorme, mezcladas
ocasionalmente con algo más de moda.
“No pretendo ser tu dueño solo ……solo tengo vanidad.
Pasarán más de mil años muchos más, yo no se si tenga amor la eternidad”.
Las canciones del aparato no alcanzaban a ser ahogadas por
las voces cada vez más alta de los contertulios y las carcajadas sincronizadas
de los dos políticos viejos.
Los viejos no iban al baño. A eso les atribuían gran parte de su éxito en la política. Sus
vejigas distendidas les permitía estar siempre presentes para no darles a los
otros la oportunidad de hacer y deshacer alianzas en su ausencia.
Hablaban especialmente ellos y los otros asentían con
sonrisa bobalicona, a medida que los
Monsieur y Yañez Buenaventura despedazaban
reputaciones de personajes locales y nacionales y pontificaban ante aquel auditorio cuya inocencia selectiva mostraba que no acababan
todavía de pagar su noviciado de
provincia.
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Cuando el “general” se fue a llevar a Yañez
Buenaventura y a Monsieur a su casa del centro de la ciudad, Mallarino y
Lorenzana llamaron aparte a uno de los meseros y le pidieron que les consiguiera un tamal en
el piqueteadero de misiá Berta situado
al otro lado de la avenida , usualmente abierto toda la noche en espera de trasnochadores y
serenateros. Avila dormía sueño de ronquidos
-¿Especial, doctor ?-
- Sencillo Pedro.
Solo la masa. No hay necesidad de que lo caliente demasiado. Puede ser
uno de los del mostrador -.
El tamal llegó
humeante. Lo tuvieron que dejar
enfriar antes de quitarle las hojas de plátano y ponérselo a Avila dentro de los pantalones,
que lograron aflojar sin despertarlo. Querían darle una lección para que
entendiera hasta donde podían llegar sus
borracheras, que en las últimas salidas habían incluido vomitada en
plena calle, vidrios rotos, peatones atropellados y peleas desiguales en las cuales Lorenzana y el “general” habían
tenido que pagar el pato. Tal vez la vergüenza de una cagada en los calzones lo
curaría definitivamente.
“Tanto tiempo disfrutamos de este amor
Nuestras vidas se acercaron tanto …
Que por fuerza llevas ya, sa… aaabor a mí”
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- “general”…
“general”, un besito, “general”…. No sea
malo, un besito para su papá Avila .
¿dónde esta el “general”? ¿No dizque usted es marica “general”?-
- Mesero, ¡ mesero!!!!! venga para acá. Otra botella,
mesero- atinó a decir Avila antes de
caer de nuevo en su soponcio
“Pasarán más de mil años, muchos más.
En el alma solo tengo soledad
Tanta vida yo te di.
Pero tu llevas también sabor a mí”.
“Si negaras mi
presencia en tu vivir
Bastaría con abrazarte y conversar
Tanta vida yo te di
Y en la boca llevarás …..sabor a mí”
“No pretendo ..cha ch cha ser tu dueño…cha cha cha
No soy nada, solo tengo vanidad
De mi vida doy lo bueno
Soy tan pobre, qué otra cosa puedo dar”
- ¿El “general” ya se fue?- preguntó de nuevo con
insistencia Avila.
--¿Dónde estas “general” que no oigo tu palpitar……..? Vodka
o tapa roja, o gasolina, o lo que sea … ¡Mesero!-
“ Llevarrr----- ás sabor
a mí a míiiiiiiiiii”
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Mallarino tenía ahora los ojos enrojecidos, pero su
terquedad por aparecer como el dueño de toda pachanga era superior al cansancio acumulado por la
noches de turno. Parecía loco e igual
que a su padre, el alcohol le hacía
pedir y prometer solidaridad y proferir sin discriminar elogios e insultos, sin
sentir pena de su pesantez ni percibir
los bostezos de los demás mientras él seguía cantando con voz gangosa melodías
tropicales. Llevaba el ritmo con los dedos: ritmo bogotano, tímido, incompleto;
movimientos clericales, pretensión de sangre negra con su pelo y su bigotico
color miel y su desprecio por todos los que no tuvieran ancestros que se
remontaran por lo menos a los hermanos Morales de la casa del florero.
Las caderas y el alma
no le obedecían al ritmo de las canciones.
“Me importas tú y tú y tú y nadie más que tú uuuuuu ú. Ojos
negros piel canela, que me llegan a …..desesperar”.
Y que pierda el ancho mar su inmensidad”
Poesía de pueblo, rima sin inhibiciones. A los negros les
sonaba bien, pero a Mallarino se le oía
vulgar, él lo sabía y no se atrevía a cantar
en público, excepto cuando estaba borracho.
“En la rueda del cumbión sus amores se quedaron…. como se
apagan las velas cuando se van … Promesas de cumbiamberas hojas que se lleva el
viento; cuando se apagan las velas, se acaban
los juramentos”.
Poco al poco la noche se quedaba sin oscuridad y los pabilos
de las velas sin qué iluminar, mientras parejas
con cara de cansancio venían buscando el último suspiro de la noche,
ahora pálida. Las luces de madrugada y
las plenas de las flotas Bolivariano que entraban y daban
la vuelta por la glorieta antes de seguir hacia el terminal eran más fuertes
que el neón cada vez menos intenso, de manera que las palmeras verdes y los
tambores y las maracas amarillas del
letrero del Círculo eran solo un
zumbido eléctrico de insectos ya cansados de revolotear.
Lorenzana, se atusaba el bigote sin decir nada,
completamente enlagunado. Su rictus de
desprecio dejaba ver demasiado mundo sórdido para su cara de niño de primera
comunión.
“Si negaras mi presencia en tu vivir, bastaría con abrazarte
y conversar….”.
Como autómatas
escribieron el cheque de la cuenta. . El “general” protestaría aduciendo que el
solo se había tomado una cerveza y había pedido medio churrasco , pero el “general” ya había salido a dormir y a soñar
en el amor que no le llegaba y le
tocaría aguantarse la división por igual,
y lamentaría haber tenido que financiar de nuevo la borrachera a sus
amigos; a Avila le sacaron la plata de la billetera y al ponérsela de nuevo se
despertó y no dijo nada, solo que se le
veía incómodo al sentir el bulto y no se quería levantar y se sintió apenado y
no dijo nada hasta cuando vio a los otros
dos con el pañuelo tratando de hacerlo sentir mal con su propio olor. La
pena comenzaba a ser superior a la borrachera, pero las risas traicionaron a
los rolos y al darse cuenta Avila tomó el riesgo, se metió el índice en los pantalones donde estaba el tamal y lo
saco untado, se lo lamió y luego con se lanzó con la intención firme de
embadurnar hasta el alma a sus amigos,
quienes por esquivarlo no pudieron detener su caída ni los raspones.
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“Por siempre llevarás sabor a mí”.
Cállate , borracho de mierda …. . le gritaron de una de las
casas vecinas antes de que la madre de Avila les abriera la puerta de su casa
de zaguán y ventanas con postigos. En el primer patio junto a los helechos los
esperaban todavía con las maletas de viaje sin desempacar la esposa de Avila quien como de costumbre
aprovechaba los fines de semana que le dejaban libre en su Residencia de radiología. En sus brazos la
niña de los dos chupaba pulgar y miraba con curiosidad el aspecto desordenado
de su padre y sus amigos. Después de cerciorarse de que se trataba de ellas las
saludó:
- Viejitas…. nos queremos, ¿ si o no?-
Tal vez porque Avila era menos hipócrita y no le daba miedo vivir en pecado sin casarse,
ni le daba pena que la pecosa lo hubiese alimentado durante la carrera y
tuviese que responder por el cuidado y la manutención de la hija, pero también
por chabacano, el “general” no se lo pasaba.
Le molestaban su habladuría, sus dichos provincianos de
tierra caliente, sus intentos por aparecer ingenioso con el tipo de ingenio que
le estaba reservado a los bogotanos y sobre todo no le perdonaba que se hubiese
atrevido a hacerle un pase a su hermana
cuando vino a visitarlo y que solo lo hubiese detenido la risotada de desprecio
que la bogotanita le había lanzado delante de todos cuando Avila empezó a
llamarla mamita y a hablar de lobos,
él, el más estepario de todos, el de pantalones de bota campana
y camisas brillantes abiertas, el
de su cadena de oro sobre los
vellos expuestos y su muletilla molesta con que adornaba cualquier
comentario , di tú …., a medida que lijaba las uñas; di tú, a eso de las nueve
de la noche en casa del jefe de cirugía. Tú traes las coca-colas; di tú, dos
docenas.
- Viejaaaaaa! Venga para acá viejita. Nos queremos
mmm-..bucho …. ¿si o no?- insistía Avila y le pedía besos a ella y a la niña
semidormida
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Los acomodaron como
pudieron en colchones tendidos sobre el piso de la sala, les cerraron los
postigos y la puerta para evitar el ruido de la niña y los dejaron marinando su
confusión entre los humores de la noche,
el tufo alcohólico, y el olor a tamal. Afuera sobre las tabletas que
formaban arabescos en el piso, al pie de
los helechos y los musgos del corredor del fondo por donde se entraba a la
cocina la niña balbuceaba con candor: papá.
Permanecieron echados como perros hasta cuando fue hora de
revivirlos y recordarles del paseo a la
finca de Magnolia Barrios, la patóloga.
Cada uno con su
cerveza bien helada en la mano intentaba
apagar la sed devoradora. El
martilleo en la cabeza y la molestia de la luz parecían cegarlos hoy
con especial luminosidad.
Revitalizados por la ducha
y el pedazo de carne salada y
seca pidieron todos más líquido, no importaba que fuera refajo, con tal de que
estuviese bien helado.
El refresco les dio la lucidez necesaria para darle por
primera vez cuerpo, aunque todavía deforme al desquite con el que tanto habían
soñado. Dulce y amargo desquite, algo
que le doliera y lo humillara como se lo merecía.
Mallarino preguntó primero.
- ¿Se lo contamos al “general” o no? -
-
¡Ni
puel!- fue la decisión simultánea de los otros dos.
Una vez más excluían al “general” a sabiendas que el todo lo
averiguaba tarde o temprano. Pero era mejor ir sobre seguro porque la incontinencia de su lengua lo volvía
peligroso, máxime en un plan tan
secreto, que solo podría considerarse exitoso si hacía el mayor daño sin
implicarlos. Ningún detalle podría delatarlos... ni siquiera un gesto de disgusto,
ni una celebración indiscreta. Deberían ser uno solo y obedientes al plan , el
cual debería ser llevado a cabo en los días que faltaban para Navidad, porque después todo perdería
sentido.
Cuando se tomaron los brazos en una cadena sin fin para
sellar el trato, los loros del fondo cantaban ya “sabor a mí” y el mico que
hacía como si se masturbara les tiraba cáscaras.
Por la tarde en el
río de piedras, entre Lorenzana, Avila y Mallarino reconstruyeron su historia común desde su llegada al
internado.
El agua cristalina recién bajada de la montaña olía aun a
musgo y niebla y refrescaba la tierra antes de meterse en la llanura y volverse uno con las aguas del
río grande, donde manadas de
garzas y los alcaravanes llenarían de vida
el paisaje ardiente. Entre cervezas, y el calor de la tarde y la
contemplación de los cuerpos jóvenes de
las sobrinas de Magnolia Barrios el plan fue tomando cuerpo.
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Ya en su apartamento recordaron una vez más los días primeros después de su llegada al
hospital, los primeros que llegaban en grupo. Cómo los había recibido a todos
el mismo director y cómo también los había llevado cordillera arriba para
mostrarles desde allí la ciudad .
Todo había ido bien,
pero la armonía les había durado apenas
los primeros meses, después de los cuales el grupo comenzó a desbaratarse
cuando los romances y la convivencia mostraron cuan lejos estaban de ser uno
solo. Pero por sobre todo los dividió hacia el final del internado la disputa
por los rurales, cuando cada cual vio en
el otro una amenaza para la consecución de una plaza favorable. En ese
entonces, en el rural los médicos aseguraban su futuro. Los que iban a entrar a
residencia de cirugía y los obstetras
soltaban las manos y hacía suficientes
fondos para compensar la magra mesada de los duros años que les esperaban.
Así que al comenzar el año de servicio rural obligatorio
el grupo original había quedado en los tres de esta noche, más Avila quien sin
ser parte de ellos durante la carrera se les había juntado a pesar de la
resistencia del “general”, primero en el internado y luego en todo, aún en el
negocio de la clínica. Para los de la tierra que no sabían todos los detalles
habían sido siete con Avila incluido, como los siete enanitos, y habían
despertado como ellos ternura y protección a una ciudad poco acostumbrada a
darse abiertamente a los propios, mucho menos a los extraños.
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Los siete enanitos o los macabeos por Jacobo Sabulsky, el
judío de huesos largos y cara de lord inglés; Ariza , Torres, Sabulsky ,
Arboleda, Lorenzana , el “general” y Avila
Tan hermosos, organizados de dos en dos, excepto por Sabulsky que había
pedido cuarto separado para poder celebrar
Sabath y hacer sus rezos tranquilamente.
Todo el hospital fue para ellos. Les tocó la primera
laparotomía, la primera cesárea, el
primer parto que resultó ser el de un niño sifilítico. Y estrenaron camas,
cuartos, cobijas, duchas y las ganas de las muchachas de provincia de hacerse a
un doctor.
Nunca había existido
grupo más odioso en la historia de la facultad . Pero aquí en provincia, a
varias horas de viaje de Bogotá, eran
novedad que se miraba como se mira el ganado en las ferias y la ciudad que se
sentía viciosa y provinciana y era demasiado dura con sus culpas les perdonó a los rolitos sus vicios, los
adornó con virtudes no todas verdaderas y les concedió un tiempo de gracia
inusualmente largo del cual gozaron y abusaron.
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Habían venido por varias razones
Sabulsky porque nadie más le hubiera dado buen internado con
sus notas, y porque aquí tendría todo el tiempo disponible para estudiar; los otros porque no querían entrar en la
carrera de ratas por los puestos de San Juan, que eran limitados .
También porque querían un buen rural y el Departamento pagaba más, pero por sobre todo
para salir de su casas y tener por
primera vez cuartos independientes que no fueran los cuartos que les tenían
asignados a los internos de San Juan, en
medio del pabellón de los presos recién operados, conocido por su actividad
nocturna, con el infausto nombre de Villa Cecilia, por entonces un famoso burdel en una de las esquinas del
viejo camino del norte.
Además el hospital era nuevo. Y les ofrecían todo lo que en
Bogotá no tenían.
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Nada los decepcionó al comienzo.
Había muchas mañas, pero también algunos profesionales
competentes. La exigencia por otro lado no era mayor y ellos mismos habían
ayudado a organizar su programa de internado ante la falta de experiencia de
los locales. La mayoría de los médicos eran a la vez arroceros o ganaderos y
difícilmente se encontraba a quien consultar oportunamente los fines de semana
y las noches. La cirugía era rutinaria pero abundante: cesáreas ,
histerectomías vaginales, legrados, cotos y vesículas que algunos sin la
experiencia debida se atrevían a explorar ante los ojos asustados de las
instrumentadoras, venidas de San José y de San Juan, acostumbradas a cirugía
mejor hecha.
Todo lo demás era monótono, predecible. Tardes largas,
cielos mañaneros azules y aguaceros al mediodía o por la tarde, cielos encapotados hacia el páramo.
Al comienzo las muchachas con carro los venían a buscar al
finalizar sus jornadas a las cinco de la tarde y los llevaban a tomarse un aire
en el centro de la ciudad o en el club
campestre. El resto era cerveza, montañas de botellas acumuladas, para no perder
la cuenta, sobre las mesas que colocaban en los andenes frente al hospital .
Tití la enfermera
jefe les había presentado unas niñas de los barrios vecinos del hospital ,todas
de buenas familias pero demasiado tontas o demasiado listas para los gustos de
los bogotanos y la mayoría se habían hartado después de las primeras descortesías o cuando descubrían que los
bogotanos al igual que los de acá solo andaban detrás de su partes más intimas,
como las llamaban. El único que había enganchado había sido Ariza con Renata,
la de los bigotes, del área administrativa.
No era mucho, pero Angueira, quien llegó a encargarse de la
dirección al final del internado se empeñó en acabarles el reinado a los
jóvenes doctores a punto de graduarse y continuó con su asedio incesante
durante el rural con los que se quedaron en la capital de la provincia
sirviendo los puestos de salud de los corregimientos. Le molestó en especial
que tuvieran la llave de la puerta principal del hospital y la libertad para modificar los turnos
y así poder cubrir el servicio de urgencias que organizaron al final del
internado en una de las clínicas locales. No soportaba Angueira la idea de que
los jóvenes doctores estuviesen ganando tanta plata como los especialistas
locales mientras cumplían con su obligación legal de retribuirle a las sociedad
lo aprendido. Pero todos lo habían hecho así y además el contrato lo decía
claramente: solo le pagaban por cuatro
horas que se cubrían con creces
con las mañanas o tardes de
consulta en las veredas y las horas de consulta externa en el hospital que
ellos mismos habían ayudado a abrir.
Todo ello hubiera sido soportable pero no la insistencia de
Angueira en modificar la conducta de los jóvenes en las horas libres.
Para Angueira la acumulación de docenas de botellas de
cerveza frente a las tiendas del hospital le daban mala fama al hospital, cuando nunca a la gente del lugar
le había importando que los médicos bebieran , pues contaban con que los médicos los operaban
borrachos los fines de semana o que había que sacarlos de las fincas o de las
casas de las queridas. Todo el mundo sabía donde andaban, aunque no existieran
busca personas ni celulares.
Lo que más les dolió a Mallarino, Avila y Lorenzana fue que
quisieran quitarles la autonomía e insistieran en obligarlos a volver a su
obediencia de niños y a formas de autoridad contra las cuales se habían
revelado para siempre. El año rural en
esa época significaba independencia de la tutoría y del control de los demás y
admisión en el mundo de los grandes.
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La llegada de
Angueira y de otro internista que había venido con él de Bogotá había sido a la
vez misteriosa e inesperada. Pero tenían respaldo del ministro y aquí mismo, de
los masones. O si no, no se hubieran
atrevido a ser tan osados.
Ni aún al morir sabría nadie la historia completa de sus
orígenes y sus motivos-
Unos decían que Angueira era guerrillero, de los elenos pero
otros que era un cura del opus dei
y otros más, que lo pagaba la embajada de los Estados Unidos. Todos
coincidían sin embargo en que lo motivaba
alguna causa superior que
explicara su continencia y su falta total de reacciones ante las piernas mejor
bronceadas o los pechos duros que dejaban ver las blusas ligeras de las
muchachas jóvenes que se le ofrecían al comienzo. El apellido era de gamin
bogotano pero la pinta pintosa,
como de Palito Ortega, los ojos claros, , sus trotes de las horas del hospital
siempre puntuales, metido en sus ropas deportivas de
Y comenzaron a anotarle sus inconvenientes
Su manera de irritar era sistemática y correspondía a un
plan detalladamente elaborado y llevado a cabo con persistencia de hormiga.
Revista de medicina con revisión de cada historia antes de las 8 de la mañana,
revisión del gasto de la cafetería , del consumo de agua caliente de las duchas
de los médicos. Juntas de directores de servicios de las cuales todos salían
echando humo. Evaluaciones académicas que nadie le había solicitado, ajuste de
cuentas y control moral de todos y de todo, aun de la entrada de mujeres en la
casa particular de los jóvenes doctores.
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Todo reventó un día en que los amenazó veladamente en una
reunión académica y ellos veladamente contestaron entre dientes que se comiese un tarrado de
mierda. Lo habían dicho para que no los oyeran, pero todos en
el salón de reuniones se habían percatado del asunto y cuando Angueira, sin
quitarles la mirada, los había urgido a repetir en voz alta lo que acababan de
decir, Mallarino respondió solamente algo sobre las mazorcas tiernas mientras
Lorenzana por su parte mencionó sobre las carrera incierta que les esperaba.
No habían llegado a
la confrontación abierta, pero esa misma noche fueron a la brigada y le
contaron al comandante del comunista que
los atormentaba, ante lo cual el militar les dio a entender que estaba al tanto
del asunto. Después de la charla, por primera vez hablaron de desquite. A
partir de ese momento todo tuvo un sabor
nuevo, distinto, pero solo lo pudieron
ver con toda claridad la noche de farra con los viejos y el día del paseo al
río. Durante el tiempo intermedio se dieron cuenta que muchos de los que se
quejaban no se atrevían a comprometerse aunque no les faltaran ganas. Alguno
inclusive mencionó la posibilidad de mandarle
un sicario para que lo matara ,
otro de envenenarlo, o de caparlo, pero todo eran palabras huecas inspiradas
en la frustración y en la cobardía.
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Ahora tenían casa
propia, un apartamento alquilado por el
“general”, Mallarino y Lorenzana cuando comenzaron el año rural y los obligaron
a desalojar las habitaciones de los internos. Quedaba en un edificio de
oficinas públicas que permanecía vacío y
sin vecinos los fines de semana y las noches. Lo que mas les había gustado era
que allí no serían necesarias los santo y señas que se habían vuelto indispensable
en las habitaciones compartidas del hospital.
Ese sería el cuartel
de operaciones
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Discutieron sobre qué les serviría mejor para cumplir con el
propósito entre el tarro o la caja y se
resolvieron por esta aunque el objetivo se cumpliría igualmente con cualquiera
de los dos.
Y luego hicieron la lista completa de todo lo que
necesitaban. Una nevera y una estufa de
petróleo para poderlas instalar en la terraza,
guantes de cirugía, las mangueras
, las máscaras quirúrgicas por si les daban nauseas sus propios
excrementos, el papel de filtro de
café por si se les mezclaba con orines
en la bacinilla.
Exactamente el 16 de diciembre, primer día de la novena
comenzaron con la recolección sistemática de sus desechos corporales.
Aprovechaban mientras el “general” se duchaba y se decidía si las exploraciones
eróticas de su propia anatomía constituían un pecado mortal o una necesidad de
la naturaleza. Mientras tanto Mallarino y Lorenzana subían por turnos a la
terraza y le daban la forma acordada a sus deposiciones. De antemano se habían
puesto de acuerdo en dieta común para que los excrementos fueran
voluminosos pero fáciles de manejar y de consistencia pastosa para
hacer las bolitas que recubrían diariamente con
chocolate fino derretido mientras pujaban. Para ello habían comprado en
Bogotá varias cajas de chocolates suizos, porque sabían que a Angueria le
gustaban.
Avila no contribuyó
con la recolección de la materia prima en parte por razones logísticas pues
vivía aún en casa de su madre, sino también porque sufría de un estreñimiento
caprichoso . A él le encargaron la contratación del mensajero pues conocía
mejor la ciudad y la de las cintas y el papel de regalo para que este no fuera
a reflejar el gusto de los bogotanos. Excepto por un día en que Lorenzana
amaneció con diarrea la recolección se hizo sin sobresaltos. Hasta que llenaron
la caja hasta el tope de bombones de
mierda perfectamente recubiertas del chocolate fino que a Angueria le
gustaba.
El 24 por la mañana pusieron en marcha la última parte del
operativo. No tuvieron que preocuparse por el “general” que había salido el día
anterior para pasar la noche buena con su familia.
A las once y media de la mañana Avila les avisó a los otros
que el mensajero acababa de entrar a la dirección del hospital . Esperaron momentos que les
parecieron eternos.
Finalmente Angueira salió de su oficina. Estaba pálido y
llevaba la caja debajo el brazo junto
con un cepillo de dientes y crema dental. No quiso hablar con nadie.
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Solo después de año nuevo notó el “general” que Angueira que
antes era tan deferente con él como obstinado con sus amigos , no lo miraba a
la cara y lo evitaba. Pero eso le sucedió a muchos, así que dejo de
preocuparse. A finales de enero lo echaron del hospital y de otros puestos que
tenía y viajó a Bogotá dejándole a sus amigos de regalo de despedida las acciones de
Lorenzana y Mallarino se habían quedado con los puestos del
“general” y aunque no se volvieron
amigos de Angueria este dejo de molestarlos.
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Calle cincuenta y siete abajo con sabor amargo en el alma el “general” se sintió muy triste y sin
poderlo explicar comenzó a llorar desconsoladamente . Las calles de Bogotá
estaban solas pero el “general” no lo notaba, tan absorto iba en su vacío. Los
otros dos, aliviados de su culpa
decidieron que la noche era todavía joven y se fueron en busca de un lugar
apropiado para acabar de disfrutarla.
Cali, mayo de 2002 . Dedicado a Cecilia Agudelo viuda de Rengifo
Pardo y a sus hijos