Las lecciones de Eduardo.  

Este no es un obituario para la prensa,  solamente una corta semblanza de Eduardo y unas reflexiones sobre su vida y lo que nos quiso decir. Escribo con sentido de intimidad para mis queridos compañeros de curso y sus familias, especialmente la de Eduardo.  

Comencemos por las reflexiones:

Quizás lo que más  caracterizó a Eduardo fue su consecuencia. “Circunspecto” lo llamaron en Medellín durante sus años de Residente de Cirugía, con lo cual me imagino que los paisas, tan dados a la hipérbole y al uso intuitivo de los adjetivos, quisieron decir que Eduardo era un tipo confiable,  que tomaba la vida en serio.  Y sí que lo hizo, siempre fiel a sí mismo y sus ideales, sin medir costos. Como estudiante de la Nacional en un periodo tan hermoso como agitado, y luego como residente  y como cirujano de provincia por escogencia propia, como trabajador del Seguro Social o como líder sindical y uno puede adivinar también como esposo y como papá,  Eduardo vivió la vida y recientemente su  muerte  con la pasión de lo trascendente. Vio amenazado lo que tanto amaba y se atrevió a  defenderlo sin miedo de las consecuencias. Buen profeta de su tiempo,  Eduardo quiso decirnos con su vida y con sus posturas, que fuimos y seguimos siendo demasiado complacientes  con la situación por la cual atravesamos como médicos y como personas. Que en parte dicha situación la  buscamos al dar por  sentado nuestro poder de antaño. Que habiendo sido bendecidos por unos privilegios concedidos por entonces solo al grupo más selecto del país, nos fuimos dejando arrinconar hasta un punto de indignidad y de acidia.  Cuando la medicina se ejerce  sin dignidad, sin libertad y sin alegría  todos, no solamente nosotros, pierden. De alguna manera todos  perdimos al dejar que otros y las circunstancias que ellos acomodaron para su beneficio se interpusieran entre médico y paciente.  

Nos ha tocado vivir en un período histórico rápidamente cambiante, no solo en Colombia sino en todo el mundo. Desde nuestra graduación hasta ahora hemos sido testigos de la destrucción de muchos paradigmas, sin los cuales pensábamos que la  vida no era posible. A velocidad de vértigo fueron surgiendo cambios espectaculares en la tecnología médica y nuestro entendimiento de algunos fenómenos de la biología elusivos hasta hace poco. Pero junto con la disponibilidad de equipos y procedimientos y la necesidad de venderlos sin suficiente reflexión sobre sus consecuencias, nos fuimos poniendo muy de prisa en manos de los comerciantes. Junto con el  desafío al conocimiento médico, el  cual no tiene intrínsecamente nada de malo, llegó también el desafío al status médico y al médico en sí, entre nosotros más que en otras partes, y con ello la pérdida de respeto y de dignidad. Bajo miles de  pretextos y argumentaciones políticas se perdió el sentido de responsabilidad ante todo lo social y lo que no implicara ganancia, y se volvió urgente la necesidad de recortar el gasto público y al mismo tiempo volverlo negocio para otros. La  contención de costos se hizo a expensas del paciente y de los médicos. Todos nuestros valores y nuestro  lenguaje fueron cambiados por los de las compañías de seguros y del capital, que responden solo a la necesidad de enriquecer a los accionistas y rompen la esencia del médico y la medicina y el cuidado de los enfermos. Hasta tal punto ha llegado esto, que los dueños de la plata y sus  sirvientes se han otorgado el derecho de imponer auditores médicos, más arrogantes que entendedores del fenómeno humano y médico, y dichos auditores  a nombre de sus patrones se han sentido con derecho a husmear en la intimidades y  con su entrometimiento a romper la esencia del acto médico que sin confidencialidad deja de serlo.  

La gestión asistencial compartida ( Managed Care) sirve de telón de fondo para todo ello.  

En la actualidad la profesión se enfrenta a la desafortunada perspectiva de elegir entre dos órdenes morales antagónicos, uno basado en la primacía de nuestras obligaciones éticas hacia nuestros enfermos, y otro la primacía del egoísmo del mercado. Estos dos órdenes no son reconciliables, y se quiera o no la profesión se ha  visto y se verá obligada a escoger entre ellos.  En teoría el modelo que nos han impuesto podría proporcionar un marco útil para la práctica ética al revisar las necesidades médicas y  asignarle al acto médico responsabilidad social, pero si elude su responsabilidad con los pacientes se convierte en un pretexto para eliminar servicios y pagar mal a los profesionales para que los inversores hagan dinero.  

A los rasgos de la modernidad asfixiante que nos toco vivir, Eduardo le andaba buscando opciones más humanas en una pos modernidad que aún no llega y no llegará si no la construimos entre todos.  A la sociedad secular, del mercado libre, la administración burocrática, capitalismo, ciencia y tecnología sin rostro humano, pensamiento racional y progreso medido solo en dinero, Eduardo estaba pidiendo a gritos un modelo menos globalizado, más contextual, menos impersonal, más consciente histórica y culturalmente y  basado no tanto en la obligación, ¡ cómo detestó Eduardo a los matones y a los poderosos!, sino en la integridad ética. En el modelo de Eduardo había que cambiar la imposición mediante el control, la persuasión y la sanción, y poner en su lugar un modelo basado en la aprobación voluntaria, en la autonomía real de los enfermos, en la confianza y en formas de convivencia respetuosas y en uno donde la dignidad médica no se convierta en moneda de cambio.  

Ahora sí una tímida semblanza de Eduardo como parte de nuestro grupo, llamémoslo como queramos, los del 74, o los que ingresamos juntos en el 68, o los que nos juntamos en algún momento en Morfología o en el Hospital. Todos sabemos quienes somos, porque como en cualquier familia, sabemos que podemos llegar tras muchos años de ausencia y encontraremos  un plato de sopa servida y muchos brazos abiertos esperando.  

Siento una enorme emoción al  escribir estas líneas. Ahora no solo somos más viejos, sino que las circunstancias de la vida nos han hecho más concientes de nuestra fragilidad. Nuestros límites nos han  vuelto más benignos y nuestras miradas le empiezan a encontrar virtudes que los  otros siempre tuvieron, pero que nuestra ceguera selectiva y nuestra vanidad juvenil negaron.   Hablamos todos sin odio y somos más honestos y más originales; nos importan cada vez menos los juicios de valor de otros y los emitimos menos. Ya no nos importa el aplauso o el chiflido de la galería.  

Eduardo fue siempre serio, radical,  generoso, frentero. Si se quiere intolerante con la inmadurez juvenil de los cachacos protegidos por entonces por entornos físicos y familiares que los de provincia habían dejado en sus tierras de origen. Inteligente, muy inteligente, también fue muy irreverente, especialmente frente a pompas que él no entendió nunca. Recuerdo en especial aquella ocasión en que preguntado por Jaime Caro Valderrama,   sobre la dosis de penicilina necesaria para tratar la  neumonía adquirida por un mendigo en las frías calles bogotanas, Eduardo había respondido en  desafío a la postura arrogante de Caro. ¡Un jurgo! Caro era de esos simpáticos cuando los demás le escuchaban los chistes o sus carcajadas un poco pasadas de volumen para el ambiente hospitalario, pero poco preparado para entender el humor de los demás. Después de todo él era un médico exitoso de Marly y ya estaba alistando maletas para el Canadá, cansado del mugre bogotano.  

Ese jurgo de Eduardo  fue solo una muestra de su economía en el uso de palabras y de gestos. Hablaba poco y redactaba corto. Gran capacidad de síntesis. Zurdo hasta el dolor, con una manera peculiar de doblar la mano al escribir o al hacer trazos que le salían siempre nítidos en contra de toda lógica ergonómica. Me impresionó mucho ver a su hijo mayor en la funeraria coger el cigarrillo lo mismo que lo hacia Eduardo pero con la mano derecha.  

Eduardo fue un buen santandereano, querido por todos los del clan como ninguno. Su cercanía con el “pollo” Calderón y con Jairo Rueda fue  hermandad de siameses. Los tres se vinieron para Bogotá a la Nacional, los tres se fueron juntos para Medellín a hacer cirugía en San Vicente.  Eduardo fue muy buen mozo de juventud y quien lo creyera ahora de viejos el  “pollo” y Jairo se ven distinguidos y buen mozos. Los tres tienen hijas lindísimas cada una en su estilo:  monita y muy distinguida la de Calderón, enjuta y bella como una muñeca la de Jairo Rueda y fina de gestos y muy bella la de Eduardo, una copia de su padre. Como si se hubieran puesto de acuerdo, los tres,  blancos ellos para este país moreno, se casaron con tres hermosas mujeres morenas, o al menos así las vi  en la funeraria. Para mi una prueba mas que no hay historia ni  futuro en Colombia por fuera del mestizaje.  

Eduardo querido, tus milagros ya se están cumpliendo, a pocos días de tu muerte. Has logrado juntar tu grupo como nadie lo había hecho  y me tienes a mi tarareando vallenatos como solías hacerlo en los turnos de San Juan y absolutamente convencido que el Cesar y la costa empiezan en Bucaramanga. “ Alguien me dijo: ¿ de donde es usted, que suena tan bonito ….. esa tonada? ” ¿ O será parranda, en vez de tonada?

¿ O naciste más en Dibulla frente al mar Caribe que en tu Santander querido? ¡Qué importa! Buen viaje, viejo cheque.  

Jairo Osorno

 

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