A Julio Roberto Fonnegra, con gran cariño.
El precio del silencio
El incesante
repicar del teléfono logró finalmente fastidiarlo.
- ¡Contesten carajo!-
- ¿Será que no habrá quien conteste en esta casa
hedionda?- insistió irritado ricitos de oro desde la ducha, al oír que el aparato seguía sonando.
Sin cerrar la llave de la regadera asomó la cabeza empapada por la puerta
entreabierta, a través de la cual la
nube de vaho empezó a buscar espacio. Al mirar hacia la ventana que daba
al patio trasero y al cerro opaco se
encontró con el agua empozándose en el cemento gris, la rejilla del sifón
cubierta por la nata de jabón, grasa y
pelos de distintos cuerpos . Los champús de sus primas y las toallas familiares
húmedas que se apiñaban en busca de aires frescos sobre el marco de la ventana
entreabierta se convertían en el espejo en vagas sombras empañadas por el
vapor. El aguamanil crecía lama en las esquinas y manchas de jabón ennegrecidas
se fusionaban con costras de pasta dental. Cerdas de cepillos desgastadas más
allá de toda utilidad le recordaron
inoportunamente que todavía permanecía pobre. Hoy le sabía mal la vida.
- Es para sumercé,
mi chinito - anunció la tía con inconfundible acento del altiplano.
- ¿Con quien?-
El piso de madera encerado con tanto cuidado el día anterior volvía a
mostrar las manchas blancas de sus pies
húmedos y las gotas que caían del cuerpo aun sin secar.
-
Desgraciado- farfulló la tía inerme con las chancletas en la mano, sin
que él se percatara de la queja.
- Hombres -.
Sintió la misma rabia de cuando sus hijos meaban por fuera de la taza
dejando el bizcocho manchado de orín y
charcos nauseabundos en el piso. Nunca
los habían lavado ni lo harían jamás.
Los hijos y su marido se los había mandado Dios como penitencia y entre todos ya le habían ganado el derecho
al purgatorio. Solo Satanás mismo le había podido mandar de ñapa a su sobrino. Hubiera
querido algo más que resignación, pero la vida no le
permitía tales lujos a mujeres como ella.
- ¿Cómo
así ?-
Al otro lado
de la línea gente iba y venía de afán
- ¿Qué horas
tiene ?- miró
el reloj de baquelita de la pared. Faltaba un cuarto para las siete. El tono de
la voz era de angustia
- Doctor ...-
- Ismenia, hoy no
estoy de turno. Llame a Estrada y dígale que más tarde voy para allá si me
necesita -
- No
entiende, doctor Medina -. Ya hablé con él y me dijo que lo llamara a usted;
que por favor lo cubriera porque él
tenía cirugía en el Seguro Social. Venga rápido . El niño de la
4 se está muriendo.-
Se vistió
sin poner atención en la combinación de prendas .
Mordisqueó una mogolla chicharrona que ayudó a pasar con un sorbo de café. Mientras el carro se
calentaba intentó sin éxito domeñar su pelo hirsuto que le había valido el
apodo con que lo habían bautizado las instrumentadoras
del hospital.
Colgada de los
cerros dejó
Durante el camino trató inútilmente
de no pensar en la llamada. Estaba
seguro de que el niño había sido hospitalizado sin justificación
. O sea que se estaba muriendo por un accidente del cual todos eran
culpables, él incluido.
Sintió rabia. Muchos niños de los
barrios obreros se caían de terrazas a medio acabar y perdían el conocimiento
transitoriamente pero luego lo
recuperaban. Lo usual era mandarlos a casa aunque vomitaran un poco. Recordó incluso cómo le había dicho al interno formado en el terror del hematoma
fatídico de los adultos, que los niños
estaban hechos para aguantar golpes… lamentó haberlo expresado tan
desprevenidamente, sin aclarar que lo dicho valía para las modestas
construcciones de los obreros sin cerrar, pero jamás para caídas del cuarto piso. En un instante
se le paso por la mente que la contraorden la había dado Nicolás Esteban,
el jefe, solo porque así solía hacerlo
periódicamente para que todos recordaran quien mandaba. No se atrevió a aceptar
esa idea inconveniente. Sabían que eran capaces de todo. La semana anterior nada más habían decidido que los ingresos del hospital
debían mejorar a toda costa. El déficit económico era insostenible y los
burócratas y acreedores perdían la paciencia.
El mundo se volvía un caos en su cabeza. Contusión, concusión, confusión , qué más daba.
Se acordó de su propia confusión la noche anterior. Volvió a sentir el mismo guayabo seco de la
derrota en su batalla consigo mismo.
Sintió nauseas. Necesitaba aire. Quería
irse pero no sabía cómo decírselo, pues
ella le gratinaba palmitos y le abría los mejores Undurraga
de la cava familiar. Tampoco esta vez se
había atrevido a acabar con la mentira.
Se
despreció por haberse visto de nuevo obligado a
declarar un amor que no sentía, por haberse acariciado con desgano. Sin que nada
en él o en ella vibrara. Sin pasión ni
dureza convincentes en sus
cuerpos jóvenes. Irritado apagó el radio
en donde una Appassionata
inoportuna para esta hora de la mañana era un recuerdo más de sus amores
incómodos.
Había sido
novia de embriaguez. Nicolás Esteban se la había presentado en el almuerzo
anual del hospital y le había pedido que la tratara como si fuera su propia
hija y él se lo había tomado en serio, con la misma seriedad y la ambivalencia
con que admiraba y odiaba al jefe. Sin quererlo se vio pensando no en ella sino en la de la foto del
escritorio del jefe.
El no era el
mejor partido, lo sabía . Nadie del Valle de Tenza podría serlo. Pero era un especialista y merecía algo
más. Eran épocas de cambio, pero aún así no lograba ser un hombre superado como
todos los demás. Si por él fuera no hubiera escogido a alguien con una historia
tan pública a cuestas. No se atrevía a
decirlo. Una vez más se sintió cobarde.
No podía dejarla tan fácilmente sin que
hubiera pasado por anticuado. Le lloverían las preguntas. ¿Dónde había quedado
su relación tan linda como la proclamaban los dos? Y cómo dejarla si ella
insistía en ser una buena niña, si tenía los
ojos profundos y los cabellos rubios. Si su cara de inocencia era
superior al escándalo protagonizado en Semana Santa al volarse para las playas
de Taganga con el
sueco de pelo largo. Si su madre le entregaba la llave de la casa y los
dejaba solos invitándolos a la intimidad.
Ricitos de oro
nunca le había presentado a su propia familia porque lo avergonzaban
su sencillez de pueblo. Que ni sus tíos ni sus papás lejanos supieran
distinguir una banda municipal de la filarmónica de Viena; para ellos un chelo
y un violín eran instrumentos extraños que producían sonidos de gato, solamente
que uno más gordo y más ronco. Para qué presentárselos si a ella la
entusiasmaban Baremboim y Alicia de
Justificó todo, convenciéndose una vez más que para
encontrar su puesto en la vida nada le convendría más que una buena
alianza. El precio lo
pagaría así le costase sangre. Para subir había que negarse a sí mismo y a los
suyos. En el mundo del triunfo no bastaba con
la concepción estética de sus hermanas y primas, muchachas de popelina ligera del Valle de Tenza. Para ellas él era lo más parecido al galán de
películas mexicanas de su infancia. Apreciaciones de feria que se perderían
después de cuatro vueltas alrededor del parque. Así era su pueblo. Todos se
miraban con mirada bizca hasta que las miradas se encontraban. Y luego se iban huidizas como habían
llegado, de a dos. Ojos de amigas tomadas de la mano que primero invitaban ambiguamente
y luego salían displicentes en busca de otro rumbo, tal vez uno de los choferes de las flotas.
Quería ser
como el jefe y como Estrada aunque los otros dos fueran educados más allá de
los horizontes que a él le permitían las cordilleras de su pueblo. El cuando más había visitado a Cartagena en la
excursión de fin de bachillerato y los otros eran ciudadanos de mundo con padres
nacidos o estudiados en Bruselas,
o en París, o en Glasgow. Ciudades en ruinas; pecados y olores concentrados
durante siglos; moho hasta en los quesos. Vejeces que aquí suscitaban envidia. Costumbres extrañas vueltas virtudes
en lenguas que él no entendía. Mujeres raras. Comidas que no sabían a hogar, ni
a mazamorra de habas, ni a regaño.
Otros habían
desafiado los inviernos y la soledad de mundos extraños y se habían juntado con otras carnes. Ellos
podían ir al Jockey a empaparse en Châteauneuf du Pape o en buen Chablis.
No había otra
opción. Haría lo requerido. Arrimarse a los que eran. Volverse como ellos.
Arrasar y hacerse rico. Ya habría tiempo
para deshacerse de la muchacha de ojos profundos y de los recuerdos de las
ferias pueblerinas.
Recordó los tiempos de residencia, la dureza
de los turnos, la soledad. La holgura que no llegaba. No era igual que
ellos. Solo conseguía reemplazos en el Seguro Social y los turnos
nocturnos y de fin de semana que nadie más quería hacer. En cambio a Estrada le tenían preparadas acciones de la
clínica desde cuando comenzó la carrera. Algún día le llegaría a él el cráneo
de algún notable: el
trauma no tenían órdenes sociales preestablecidos ni los inconscientes manera de escoger quienes les
salvaban la vida. Y salvárselas volvía
distinguidos y les cambiaba las maneras
y los ingresos a los afortunados.
Entonces los vestidos serían impecables,
sin una arruga, como los de Nicolás Esteban y los de Estrada.
Volvió a
pensar en la llamada del hospital. Trató de tranquilizarse sin lograrlo.
Bajando por
la 39
las enredaderas que trepaban por
los ladrillos y la piedra, las casas tudor, la
holgura, lo invitaban a subir . Se vio dentro de una de ellas mirando desde
la ventana como los niños se
montaban en el bus amarillo mostaza
marcado con letras negras en idioma extranjero.
Una
transeúnte afanada le hizo recordar con
precisión lo sucedido.
Volvieron claramente las imágenes de la madre y el niño. A él lo vio mocoso, con los ojos vivos en los que se notaba el
hambre. A ella metida en su falda
estrecha con un pliegue que se deshacía al subir las escaleras, los tacones
desgastados heredados de otros pies torcidos de manera distinta, la chaqueta de
nylon con sus mangas, cuello y
cintura del mismo resorte caqui. Mujer de los barrios del occidente, los
de las casas en construcción, de
ladrillo hueco y varillas
salientes a la espera de épocas mejores cuando sería posible echarle el techo al segundo piso; cuerdas de
lavadero, ropa secándose
eternamente, luz robada, radios a pleno volumen; el pelo negro rojizo
de tanta peinilla y tanto sol, los dientes cariados. Esposa de ruso bogotano,
miembro del bulto formado por aquellos a
quienes el futuro nunca les llegaba.
Su mente
volvió a Urgencias. El niño levemente
adormilado por el golpe mejoraba. Le había dicho que se lo llevara y la madre había quedado agradecida..
Se
acordó del diálogo del día siguiente
cuando la señora regresó por su niño y se lo impidieron. De nada valieron los
ruegos. Si no tenía como pagar la cuenta el niño permanecería en el hospital
hasta cuando completara el dinero necesario para sacarlo. Mejor que lo hiciera
rápido porque la cuenta aumentaba.
Nicolás Esteban había hablado con ella a
petición de la trabajadora social:
- ¿Quien la
mandó señora? Esto es un hospital, no
un centro de caridad. Un hospital cuesta-
La caridad
pública no daba para tanto. Era
necesario hacerle estudios, angiografías; necesitaba cuidado; los monitores costaban, el tiempo de las
enfermeras no lo regalaban. Todo se
lo harían todo
a un precio razonable.
Charla de
pasillo. Sin hacerla sentar.
- Bien,
mi señora…..- como lo decía siempre con
desparpajo Nicolás Esteban a pobres y ricos : - ¿algo
más?-
Era su
manera de cerrar conversaciones antes de dar la espalda con gesto imperial .
Parte del
éxito se lo debía a que podía regañarlas a todas. Sequedad y bromas mezcladas como solo los señores de
verdad sabían hacerlo. Su presencia
curaba.. El sí tenía cara de doctor. Quedaban
agradecidas de los plazos que les daba para pagar sus descomunales cuentas. Y
le agradecían que les hablaran en plural: -
a ver a ver qué tenemos hoy por acá…. cómo nos sentimos -.
En Bogotá la
displicencia era un arte y hasta la forma de morir era motivo de discriminación
o de prestigio.
- No se
lo puede llevar sin arreglar con la administración- .
- Pero, ¿ qué le
hicieron? No me lo pueden dejar preso-
dijo la mujer . Y luego los gritos del niño
- No
me deje mamita. No se vaya- .
Era la
primer vez que se separaban y la mamá sentía más culpa por la fuetera del día anterior . Sabía
lo que la esperaba a su regreso a Tibabuyes. Las
explicaciones, los reclamos, la pelea. Tener que contar que por evitar los
golpes, el niño se había caído de la terraza . Quien
recibiría la fuetera sería ella .
Reconsideró
todas las posibilidades.
No puede
ser. A lo mejor el marica del Blandón tenía razón; a lo mejor el niño tenía una epilepsia. Lo que faltaría. . Sin como poder aclarar las
dudas. Sin escanógrafo que ya tenían en otras partes de la ciudad
, ni electroencefalogramas en los que pudiese creer.
- ¿Va
al matrimonio de su madre que va tan aprisa indio h.p?- le gritó alguien salpicado por un charco del
aguacero de la noche anterior. Siempre era h. p, como si la pobre señora que
vendía telas y tamales en Garagoa tuviera alguna culpa de los afanes citadinos de su hijo.
Pasó un nuevo semáforo en amarillo casi candela y el policía de tráfico
consideró que era muy temprano para
perseguirlo.
En el
parqueadero del hospital el portero le tenía la puerta abierta.
Se bajó de afán sin cerciorarse si el
Renault comprado con la plata del rural
había quedado cerrado. Del otro lado venía Estrada, igual de pálido.
- ¿Qué
pasó hermano?- El tumulto era grande
para la hora. Por los corredores y en el ascensor se fueron enterando de los
detalles. Sin ponerse de acuerdo, todo el mundo les abría el paso
.
El niño
prisionero por el encierro injustificado se había negado a comer durante el día
anterior y había pasado la noche llorando e incomodando. Con el despuntar del
alba había salido al corredor del cuarto piso a esperar a su mamita,
la señora de tacones ajenos y falda alta y paso rápido, la de los
pómulos quemados por el sol de la sabana, monedero marrón y zapatos negros chuecos, pero su única mama, así le diera fuete .
Al verla venir a la distancia pensó que sus gritos desesperados le harían verla
de inmediato; pero no , tenía que esperar en la puerta del hospital a que
dieran las siete. Desesperado tras
el encierro prolongado en casa ajena, con pijamas que le
quedaban grandes, sin que le doliera
nada excepto los cuatro largos días de aislamiento, se tiró del cuarto piso y fue a dar
directamente contra el pavimento del patio de entrada.
En los pisos
superiores los niños eran uchados por las enfermeras
hacía sus cubículos.
- ¡Cómo se les ocurre tener a un
niño preso!- Alcanzó a oír “ricitos de
oro” en uno de los grupos. No pudo
distinguir quien lo decía. Solo sentía las miradas cortantes, hostiles.
Miró a Estrada.
La ropa
comprada en Londres le quedaba grande, más con su cara de niño. Era pálido por falta de sol, pero también
parecía como si estuviera anémico . Cómo podría con la
cubana, tan hembra y tan bien hecha. Sintió envidia. Le caía bien su acento
caribe. Le gustaba como bailaba, que le obedeciese a Estrada y que tuviese
tanta gracia para hacerse la ciega ante los pecadillos de todos, incluidos los de su marido.
Estrada
sabía jugar sus cartas y cumplía con sus obligaciones maritales con el mismo
entusiasmo que se desperdigaba fuera de casa.
La nueva generación
de mujeres abiertamente se complacía en aventuras con hombres casados. ¿Qué
tendría Estrada que le tocaba esposa caribeña caliente y leal y fuera de eso se
podía comportar como si fuera soltero?. En cambio él
aplazaba todo por el premio grande mientras
la vida se le escapaba.
- ¿Qué te
pasa Medina?- El llamado lo volvió al mundo.
Sobre la mesa dispuesta para la craniectomía, el
niño esperaba intubado con monitores y líneas
arterial y central debidamente colocadas.
El
anestesiólogo jefe iba y venía con desasosiego.
- ¿Dónde
están los rayos x?- preguntó Estrada
- ¿ Para qué diablos? ¿no ves que
todo esta reventado?-.
A través de
ambos oídos salía líquido
sanguinolento.
La palpación
con doble guante reveló el tamaño de la catástrofe a la que estaban
enfrentados. Muchas veces habían visto
bala, y cuchillos enterrados en mitad de la cabeza, cráneos espichados por
llantas de carro. Ninguno recordó haber visto tanta destrucción como ahora.
- Medina , qué diablos le vamos a hacer a esta mierda?-
- Ustedes
son los expertos- , dijo el anestesiólogo, también de apellido Medina,
levantando las manos en ademán de inocencia.
Comenzaron
por hacer un colgajo grande
- Mierda -.
Ricitos volvió a apelar a los excrementos con familiaridad de zorrero.
- No. Sopa-
dijo el otro. Medina protestó:
- Déjate
de chistes güevones- . Recordó la llamada inoportuna
de la mañana y pensó que al menos hoy no estaba de humor complaciente.
La piel edematizada
y morada no admitía pinzas porque nada
sangraba como de costumbre. Solo en los extremos del colgajo un hilo de
sangre les decía que estaba vivo. No fue
necesario usar el trépano. Pedazos diminutos de huesos del niño se levantaban
uno a uno.
- No los bote,
advirtieron ambos en coro. Tras
la dura madre azulada se veían los
tejidos muertos y los coágulos pujando
por salir .
Estrada más ducho
usaba el succionador intestinal sin miedo de dañar el tejido cerebral
. Hoy no eran necesarios los cuidados que ponía cuando se trataba de
aneurismas o de tumores.
Cuando
llegaron a tejido sano Estrada
fue tapizando el inmenso hueco que quedaba
con una
fina malla de material absorbible
mientras Medina se fue a hacer la descripción quirúrgica. A sabiendas de que era un caso
perdido Estrada quiso poner especial cuidado en la reconstrucción ordenada de
los huesos. Los espacios vacíos los fue llenando de algodón para darle mejor
forma al cráneo. Entonces el
anestesiólogo empezó a apurar
- Tiene que salir del quirófano vivo- .
Era orden del director del hospital.
Minutos después, el niño exangüe salía del
quirófano lleno de cables, pegado a un
respirador sacado del depósito con los sellos aún intactos. Lo colocaron en el
galpón frío que hacía de sala de recuperación donde normalmente esperaban
ateridos en las camillas los enfermos a
que un camillero compasivo los llevara de vuelta a sus servicios.
Espacios
creados de afán con biombos y cortinas
provistas por las damas rosadas le daban aire de privacidad a la sala.
Ricitos de oro hizo
una detallada nota operatoria que le tomó el mismo tiempo que a Estrada la labor de maquillaje. Cuatro
hojas y media después se dio por satisfecho. En las
órdenes pos operatorias se demoró un cuarto de hora
adicional. Era obvio que todos en el hospital respiraban miedo.
Cuando salió
Medina encontró a Estrada con un cigarrillo entre los labios, completamente
explayado en el único asiento abollonado del vestier.
Soltaron una
carcajada simultánea sin tener en cuenta
que los oían.
Era charla
de desahogo. Igual que pasaba después de los casos difíciles. Estrada hablaba sin rubor de sus días de interno y
de la faringe roja con que había
vuelto después de un viaje a
Estrada
intentó dar explicaciones hasta cuando se enredó en sus propias palabras.
- No profe, usted no va a creer que yo soy marica. No es
lo que usted se imagina -. Tuvo que ser un poco mas explícito para que le creyeran . Las muchachas universitarias que lo habían acompañado
eran primas de Amador, el más puritano del grupo, pero eso no les impedía
feriar generosamente su exuberante gonorrea.
Las
carcajadas llenaban el espacio.
- No
se rían tan duro que ahí esta la
familia- advirtió la instrumentadora
jefe acostumbrada a verlos a todos en calzoncillos.
En la puerta
del quirófano un grupo inusualmente grande de pobres esperaba ansiosamente las
noticias. La madre del niño los reconoció y los llenó de preguntas
Alguien que
debía ser el marido parecía borracho y con ganas de matar.
El director
del hospital impertérrito trataba a la
turba con la misma sequedad con que trataba al sindicato. Hoy sin embargo medía
bien sus palabras .
- Ricos malparidos
- alcanzo a oír ricitos de oro en la
parte de atrás del grupo pero nadie hizo ningún intento por callar al vocero .
En el fondo
del pasillo al otro lado de una puerta de vidrio que permanecía usualmente
bloqueada ya habían colocado un letrero con letras cortadas de patrones de
molde en el que se leía UNIDAD DE
CUIDADOS INTENSIVOS. Un celador uniformado le
entregaba ropa estéril a los visitantes.
Estrada miró
a Medina. Ricitos adivinó el cinismo tras la seriedad de su cara lampiña.
Finalmente Estrada le hizo una morisqueta con la boca cuyo significado el entendía
perfectamente : - valen huevo -. Valían huevo la
cirugía, los afanes, los protocolos de manejo recién inventados, las hojas en las que minuciosamente se anotaban
los signos vitales y los volúmenes de
líquidos administrados y eliminados.
Auxiliares
vestidas de verde sacadas a ultima hora del servicio
de obstetricia iban y venían poniendo cara de
trascendencia.
Cuando estuvo el
niño maquillado, los padres entraron a
verlo. Su rostro terroso e hinchado
estaba irreconocible. No respondía
- Papito,
papito - . El tono de su mamá de tacones torcidos era desgarrador.
- Está
sedado, mi señora. Se va a poner mejor. Estamos haciendo todo lo posible por su
niño- atinó a decirle el director. La enfermera jefe la tomó del brazo.
- ¡Tranquila, tranquila, señora!- Cuando no había razón para estarlo. Con esa
insistencia hospitalaria en suprimir toda duda y toda protesta. Había que estar
tranquilos aunque los doctores no estuvieran.
Nicolás
Esteban los esperaba impasible en el primer piso a donde habían bajado a comer
algo por cortesía del hospital.
En el ruido
de la cafetería normalmente lleno de voces juveniles de los estudiantes de
medicina hoy se hablaba en susurros.
Nicolás Esteban como siempre lucía un vestido de figurín. Su buen gusto era de
los que se pueden dar solo aquellos con
ingresos suficientes para desechar errores de muchos dólares sin pesadumbre. Sus canas bien
puestas, el peinado discreto, el gesto
de desdén que parecía sonrisa, la voz que no se alzaba nunca aunque estuviera
gritando y sobre todo sus modales tan
envidiables eran más sugestivos de éxito que cualquier curriculum.
Mientras llegaban las bandejas les
contó de su fin de semana de snorkel y pesca
submarina en el caribe , con la misma simpleza con que les había participado de su excursión
al Amazonas la semana anterior.
Medina había oído
cuánto irritaba a sus opositores su incompetencia. El mismo era testigo que aparte de unos
cuantos discos lumbares operados con destreza, las habilidades quirúrgicas de Nicolás Esteban
daban cuando más para que las heridas de
la piel le cicatrizaran bien, lo cual importaba mucho a quienes pagaban las
cuentas. Estas eran invariablemente más
altas de lo esperado para que no se desvalorizaran el acto médico y su función terapéutica. A la
gente no le gustaba ser tratada ni morírsele a cualquier aparecido.
A Nicolás
Esteban por su parte poco le importaban
los comentarios de los envidiosos. Por el contrario, cuando los veía los
saludaba con más cortesía. Estudiaban
más y leían libros, eso lo sabía y hablaban largo en los congresos, pero los pacientes se les morían igualmente.
Y qué importaban las habilidades si no podían operar en
Ricitos recordó cuando le habían presentado por primera vez a Nicolás
Esteban en el foyer
del Colón . Luego lo había visto en
Después de
un rato mandaron a cancelar la consulta del día para poder seguir con la
charla. Nicolás Esteban estaba locuaz. Decía haber conocido a todos los grandes
de la neurología francesa en
Norman; a
los del Horsley y
los del Atkinson; a los de Montreal de ahora y
los de antes : Hardy, Penfield. Aún al turco de Zurich
famoso por no saludar a nadie lo mencionaba como si fueran viejos confidentes.
Ricitos de oro al oírlo volvió a pensar en
su futuro. Por más lejos que lograra irse, la sombra de Nicolás Esteban lo acompañaría.
No existía otra opción que la de ser su amigo.
La hora del almuerzo los alcanzó sumidos en
anécdotas. Salieron a un restaurante situado
al cruzar la avenida donde pudieran hablar con más calma. Nicolás
Esteban que nunca había sido cliente de carne asada y cerveza hizo caso omiso de su asco natural y
estuvo más cercano que nunca. Antes de despedirse tocaron tangencialmente el
tema que por horas habían estado evitando.
- Entre
bomberos no nos podemos pisar las mangueras-
dijo Nicolás Esteban. Los otros dos lo entendieron.
Esa era la
medicina académica. Los niños en el
hospital quedaban en manos de
los
médicos residentes quienes aprendían a punta de palo y errores en los cuerpos
de los pobres. Para eso eran los hospitales: para aprender . Si de paso curaban, eso
era un bono que nadie daba por descontado . Nadie
pedía permiso, el derecho se tomaba. La
bata blanca los volvía doctores a los 19 años, en el primer día de prácticas
clínicas. Doctores aprendices,
practicantes como se les conocía en los barrios populares del occidente y del sur .
- Todos
hemos cometido errores, ¿verdad, Medina?-
¿Y los dolientes? Ya se les pasaría la rabia. De
todas maneras sería necesaria una estrategia en caso de que alguien les
calentara el oído y los incitara a demandar.
- Mira
Medina. Mira Medardo -. lo llamó por su nombre. Son
unos pobres diablos. Si no hubiera sido
hoy, mañana un bus lo habría arrollado, o más tarde una bala perdida , o un cuchillada
en la décima . Le picó el ojo con complicidad al preguntarle por la novia, la hija de sus amigos que el mismo le había
presentado.
- Todo
esto queda entre nosotros -.
La charlas del día siguiente y los hechos lo dejaron aún todo más claro.
A la hora
del almuerzo se reunieron de nuevo a puerta cerrada en la oficina del director.
Esta vez se les juntaron los tres neurólogos tratando de encontrar un
diagnóstico y un lenguaje común para defenderse de los posibles ataques.
La junta médica improvisada consideró
todas las posibilidades sin ponerse de acuerdo. Excepto en que aquí se estaba
gestando formalmente la hermandad del silencio, y que se trataba de unos pobres diablos que se
contentarían con cualquier suma. La suma no debería ser muy alta para no
alimentarles el apetito.
Blandón quedó a cargo de encontrar una razón científica coherente con
las estadísticas, que incluiría además razones irrefutables sobre la
conveniencia de la hospitalización original. Y este encontró las razones
pronto. La hospitalización sí que había estado justificada. Eso lo había
probado la conducta caótica y la caída posterior del niño. Estas solo podrían haber sido causadas, al igual
que la caída de la terraza de su cobertizo
de Tibabuyes, por crisis convulsivas mal controladas. Las
cuales a su vez eran debidas a un trastorno de repolarización
del aparato conductor cardíaco no diagnosticado previamente.
Blandón les pidió que lo esperaran unos minutos al cabo de los
cuales apareció con un
electrocardiograma en la mano. Se trataba del trazo de un de un niño mayor hospitalizado en cardiología, el
cual marcó la enfermera jefe con el
nombre de Jhon Jairo, el niño caído y la fecha de
ingreso al hospital. Si lo peor llegaba le echarían la culpa a la jefe de enfermeras .
Blandón
salió a hablar con el papá que era quien
más problemas causaba.
- Quiere
plata- . Estaban en lo cierto.
Se transó
por los 100000 ofrecidos y no por el
millón que traía en mente después de haber escuchado al tinterillo del barrio.
El director enfundado en su blusa blanca sin una mancha hizo caso omiso de
todo su escrúpulo y en la antesala de la oficina procedió a entregarle el
dinero dejándole en claro que era una contribución voluntaria del hospital a la
cual de ninguna manera estaban obligados. Le advirtió que el hospital no les
cobraría la cuenta de al cirugía y de los cuidados intensivos, pero que le
tendrían que firmar un papel en que se exoneraba al hospital de toda
responsabilidad si el niño moría.
- Esas
cosas pasan señor- dijo, mientras el
ruso firmaba . - Además el niño estaba enfermo del
corazón y ustedes no lo sabían ¿estamos? -
En el hospital las damas rosadas acariciaban
por turnos al niño moribundo y le daban mucho amor verbal al resto de la familia.
Les decían que todos allí eran unos sabios, que estaban haciendo todo lo
posible y que tenían toda la tecnología necesaria .
Estrada y
Medina se fueron para
Por la
noche Medina se encontró con
Nicolás Esteban en el Instituto Göethe, según lo acordado. Esta vez no lo acompañaba
su esposa suiza alemana sino su hija de 20 años, la de la foto del escritorio, la que tantas
veces ricitos de oro había metido entre sus sueños. No era un fantasma lejano
de París sino una dulce muñeca, discreta, de
bellísimos ojos azules y cabello rubio de otras latitudes, vestido de
terciopelo que no le pesaba al cuerpo y los zapatos tan caros como el Renault
de ricitos. Todo en ella, su sonrisa, su palidez, sus manos hablaban de alguien espiritual y cultivado
como solo se podía lograr con toda la fortuna de su parte. Cuando hablaba todo le parecía bien y lo decía con un encanto desprovisto de
interjecciones. Nicolás Esteban se la presentó como su hija y ella llamó doctor
a ricitos.
Habló del concierto de chelo de Saint Säens y dijo que
era cosa para el grueso público,
sensiblerías. Lo único real era el
barroco. De lo nuevo solo le gustaba el ballet y ella misma había estado
en una fiesta con los bailarines rusos del ballet de París .
Medina estaba completamente embelesado. Después del concierto fueron a cenar y la elegancia fue tan natural
que Medina lejos de sentirse incómodo pensó que ahora si le llegaba su momento.
Al terminar Nicolás Esteban le entregó a Medina las llaves de su carro europeo
y le pidió que llevase a la niña a su casa después de dejarlo a él en
Ahora si Medina, que comience la fiesta- le dijo la hija de Nicolás Esteban a ricitos
de oro una vez estuvieron solos. Nada de doctor. Ricitos se sintió halagado.
Subieron por la carretera de
Le habló del
amante de su madre, de la alegría inmensa que le producía estar allí en su
patria. De las ganas que tenía de brazos criollos. Cuando llegaron a su casa
Nicolás mismo les dio la bienvenida enfundado en su bata de seda y su bufanda
que le hacían juego. Les ofreció un Cognac, les puso
música y les prendió la chimenea antes de meterse en su estudio. Ricitos sintió
que eran años de civilización acumulados, que nada se hacía con torpeza y su
mirada lenta pronto fue una invitación y en su casa contra los cerros, el frío
se volvió calor que abrasa y le pareció que la civilización valía la pena más
que ninguna cosa en la vida.
En algún
momento ricitos se sintió sobresaltado y
se llenó de vergüenza. Ella lo tranquilizó.
- Olvida
lo del niño, esas cosas pasan -. La voz era dulce sin empalagos. Firme. Tenía
la autoridad de la abundancia. Le ofreció coca y él no se atrevió a desafiarla.
Luego le enseñó a explorar toda su intimidad como si hubieran
sido amigos de toda la vida. Miedos y prejuicios sucumbieron. El perfume
francés y las mejillas sonrosadas por el eros
satisfecho lo habían hecho congraciar con la vida. Las manos de Medina
aprendían rápido. Embriagado de ternura
y de perfume Medina descubrió zonas del cuerpo que no se aprendían en
los libros de anatomía, secretos de civilización pasados por siglos.
Nadie pudo enseñarle más artes amatorias en una
sola noche.
A su regreso
la madre no los despertó, sino que con sumo celo cubrió con un edredón sus
cuerpos desnudos. Los dejó solos .
Medina salió de la casa a las seis de la mañana. Quedaron de verse esa misma tarde. Nicolás
Esteban dormía profundamente en su dormitorio .
- No se te vaya a ocurrir hablar
más de este asunto- fue lo último que
le dijo poniéndole un dedo sobre la boca
de manera juguetona lo cual le trajo una ultima erección, tardía, perezosa.
Medina no supo a que se refería si a la noche o a lo del hospital. Alborotado
por el eros matutino se devolvió a darle un ultimo beso con la esperanza de revivir
los recuerdos de la noche, pero la puerta ya estaba cerrada.
Durante el
día no pudo apartarla un momento de su mente. Los hoyuelos de la risa le
recordaban a Nicolás Esteban . Se ruborizó al verse
copulando con él pero no desechó la
imagen. Por el contrario pensó en su jefe
con afecto filial.
Esa noche
llamó según lo acordado y la sirvienta contestó simplemente: - mademoiselle no
está, deje su nombre y su recado- . Al
identificarlo le dio una dirección
del París desconocido.
Alguien la
había visto esa tarde en emigración de gancho con un europeo.
El niño se
mantuvo dos días más pegado al respirador aunque el electroencefalograma ya estaba plano como
indicación de muerte cerebral irreversible. Medina entró a evolucionarlo como
le correspondía y al ver como su descripción quirúrgica detallada había sido
cambiado por una corta firmada por el jefe del servicio no aguantó más.
La epicrisis redactada
por Blandón y el certificado de defunción firmado por el jefe de Patología
coincidían. Causa de muerte:
paro cardiaco causado por haz aberrante y trastorno de conducción
con repercusión neurológica. Trastorno de repolarización. Edema cerebral por trauma craneano. Caída de altura secundaria a desmayo causado
por su condición de base.
Contrario a
las promesas hechas bajo el fuego, Medina fue a buscar a Nicolás Esteban quien
lo esperaba. Al verlo tan descompuesto lo citó a su consulta privada de la
clínica..
Tras horas de esperar se dio cuenta de que no
vendría.
En el
hospital uno a uno comenzaron a evitarlo como si se hubieran puesto de
acuerdo. Las enfermeras le pasaban las
historias de mala gana. Le tocaba evolucionar solo como si no existieran
estudiantes ni internos.
Una semana
después Nicolás había salido para París y había dejado a Blandón a cargo del
servicio. Medina no aparecía por ningún lado en la lista de turnos. Era como si
nunca hubiera existido. Recogió sus libros de la oficina
y salió sin despedirse ni mirar atrás.
En su casa
de