A Julio Roberto Fonnegra, con gran cariño.

 

 

El precio del silencio

 

 

El incesante repicar del teléfono logró finalmente fastidiarlo.

-        ¡Contesten carajo!-

-        ¿Será que no habrá quien conteste en esta casa hedionda?- insistió irritado ricitos de oro desde la ducha, al oír que  el aparato seguía sonando.

 

 Sin cerrar la llave de la regadera asomó  la cabeza empapada por la puerta entreabierta, a través de la cual la  nube de vaho empezó a buscar espacio. Al mirar hacia la ventana que daba al patio trasero y al cerro opaco  se encontró con el agua empozándose en el cemento gris, la rejilla del sifón cubierta por  la nata de jabón, grasa y pelos de distintos cuerpos . Los champús de sus primas y las toallas familiares húmedas que se apiñaban en busca de aires frescos sobre el marco de la ventana entreabierta se convertían en el espejo en vagas sombras empañadas por el vapor. El aguamanil crecía lama en las esquinas y manchas de jabón ennegrecidas se fusionaban con costras de pasta dental. Cerdas de cepillos desgastadas más allá de toda utilidad  le recordaron inoportunamente que todavía permanecía pobre. Hoy le sabía mal la vida.

 

-    Es para sumercé, mi chinito - anunció la tía con inconfundible acento del altiplano.

 

-   ¿Con quien?-  El piso de madera encerado con tanto cuidado el día anterior volvía a mostrar  las manchas blancas de sus pies húmedos y las gotas que caían del cuerpo aun sin secar.

 

- Desgraciado-  farfulló la  tía inerme con las chancletas en la mano, sin que él se percatara de la queja.

- Hombres -. Sintió la misma rabia de cuando sus hijos meaban por fuera de la taza dejando  el bizcocho manchado de orín y charcos nauseabundos en el piso.  Nunca los habían lavado ni  lo harían jamás. Los hijos y su  marido se los  había mandado Dios como penitencia  y entre todos ya le habían ganado el derecho al purgatorio. Solo Satanás  mismo  le había podido mandar de ñapa a su sobrino. Hubiera querido algo más que resignación, pero la vida no le permitía tales lujos a mujeres como ella.

 

-       ¿Cómo así ?-

 

Al otro lado de la línea gente iba y venía de afán

 

- ¿Qué horas tiene ?-  miró el reloj de baquelita de la pared. Faltaba un cuarto para las siete. El tono de la voz era de angustia

-    Doctor ...-

-       Ismenia, hoy no estoy de turno. Llame a Estrada y dígale que más tarde voy para allá si me necesita -

-       No entiende, doctor Medina -. Ya hablé con él y me dijo que lo llamara a usted; que por favor lo cubriera porque  él tenía cirugía en el Seguro Social. Venga rápido .  El niño de la  4 se está muriendo.-

 

 

Se vistió sin poner atención en la combinación de prendas . Mordisqueó una mogolla chicharrona que ayudó a pasar  con un sorbo de café. Mientras el carro se calentaba intentó sin éxito domeñar su pelo hirsuto que le había valido el apodo con que lo habían bautizado las instrumentadoras del hospital.

 

Colgada de los cerros dejó La Perseverancia y luego dos cuadras más al sur el Bosque Izquierdo. Unos pocos intelectuales y bohemios sacaban a sus perros a tomar el aire matinal, el cual  se metía con fuerza en los pulmones de los madrugadores. Con movimientos bruscos evitaban éstos que los gozques de los tugurios del Paraíso y de “La Perse  les husmearan sus mascotas.  La democracia era cosa de humanos, no de canes. Tomó los puentes y luego por la séptima se metió de lleno en la ciudad que aun se desperezaba. Su  Bogotá era una mezcla de pola,  chicha y ocasionalmente un whisky, cada uno con su goce particular  y su propia vergüenza . Las casas de inquilinato de la “Perse”, y también los apartamentos de periodistas o  bohemios y algunos pocos palacetes del Bosque  Izquierdo se  servían  del maravilloso telón que les daba el paisaje pintado en  los cerros que crecían  verticales frente a ellos. Hacia el norte el cerro del cable y hacia el sur entre pinos, eucaliptos, y unas pocas especies nativas los rieles del funicular, el teleférico  y la Universidad de los Andes.

 

 

 

 

 

Durante el camino trató inútilmente de no pensar en  la llamada. Estaba seguro de que el niño había sido hospitalizado sin justificación . O sea que se estaba muriendo por un accidente del cual todos eran culpables, él incluido. 

 

Sintió rabia. Muchos niños de los barrios obreros se caían de terrazas a medio acabar y perdían el conocimiento transitoriamente  pero luego lo recuperaban. Lo usual era mandarlos a casa aunque vomitaran un poco.  Recordó incluso cómo le había dicho al  interno formado en el terror del hematoma fatídico de los  adultos, que los niños estaban hechos para aguantar golpes… lamentó haberlo expresado tan desprevenidamente, sin aclarar que lo dicho valía para las modestas construcciones de los obreros sin cerrar, pero jamás  para caídas del cuarto piso. En un instante se le paso por la mente que la contraorden la había dado Nicolás Esteban, el  jefe, solo porque así solía hacerlo periódicamente para que todos recordaran quien mandaba. No se atrevió a aceptar esa idea inconveniente. Sabían que eran capaces de todo. La semana  anterior nada más  habían decidido que los ingresos del hospital debían mejorar a toda costa. El déficit económico era insostenible y los burócratas y acreedores perdían la paciencia.

 

 

 

El mundo se volvía  un caos en su cabeza. Contusión, concusión, confusión , qué más daba.

 

 

 

 

Se acordó de  su propia confusión  la noche anterior.  Volvió a sentir el mismo guayabo seco de la derrota en su batalla consigo  mismo. Sintió nauseas. Necesitaba aire.  Quería irse pero no sabía  cómo decírselo, pues ella le gratinaba palmitos y le abría los mejores Undurraga de la cava familiar.  Tampoco esta vez se había atrevido a acabar con la mentira.

 

Se despreció  por  haberse visto de nuevo obligado a declarar  un amor que no sentía, por  haberse acariciado con desgano. Sin que nada en él o en ella vibrara. Sin pasión ni  dureza convincentes en  sus cuerpos jóvenes.  Irritado apagó el radio en donde una  Appassionata inoportuna para esta hora de la mañana era un recuerdo más de sus amores incómodos.

 

 

Había sido novia de embriaguez. Nicolás Esteban se la había presentado en el almuerzo anual del hospital y le había pedido que la tratara como si fuera su propia hija y él se lo había tomado en serio, con la misma seriedad y la ambivalencia con que admiraba y odiaba al jefe. Sin quererlo se vio  pensando no en ella sino en la de la foto del escritorio del jefe.

 

El no era el mejor partido, lo sabía . Nadie del Valle de Tenza podría serlo. Pero era un especialista y merecía algo más. Eran épocas de cambio, pero aún así no lograba ser un hombre superado como todos los demás. Si por él fuera no hubiera escogido a alguien con una historia tan pública  a cuestas. No se atrevía a decirlo. Una vez más se sintió cobarde.

 

 No podía dejarla tan fácilmente sin que hubiera pasado por anticuado. Le lloverían las preguntas. ¿Dónde había quedado su relación tan linda como la proclamaban los dos? Y cómo dejarla si ella insistía en ser una buena niña, si tenía los  ojos profundos y los cabellos rubios. Si su cara de inocencia era superior al escándalo protagonizado en Semana Santa al volarse para las playas de Taganga con el   sueco de pelo largo. Si su madre le entregaba la llave de la casa y los dejaba solos invitándolos a la intimidad.

 

 

Ricitos de oro nunca le había presentado a su propia familia porque lo avergonzaban su sencillez de pueblo. Que ni sus tíos ni sus papás lejanos supieran distinguir una banda municipal de la filarmónica de Viena; para ellos un chelo y un violín eran instrumentos extraños que producían sonidos de gato, solamente que uno más gordo y más ronco. Para qué presentárselos si a ella la entusiasmaban Baremboim y Alicia de la Rocha y a  ellos bambucos y rancheras.

 

Justificó todo, convenciéndose una vez más que para encontrar su puesto en la vida nada le convendría más que una buena alianza.  El precio lo pagaría así le costase sangre. Para subir había que negarse a sí mismo y a los suyos. En el mundo del triunfo no bastaba con  la concepción estética de sus hermanas y primas,  muchachas de popelina ligera del Valle de Tenza. Para ellas él era lo más parecido al galán de películas mexicanas de su infancia. Apreciaciones de feria que se perderían después de cuatro vueltas alrededor del parque. Así era su pueblo.  Todos se  miraban con mirada bizca hasta que las miradas se encontraban. Y  luego se iban huidizas como habían llegado,  de a dos.  Ojos de amigas tomadas  de la mano que primero invitaban ambiguamente y luego salían  displicentes  en busca de otro rumbo, tal vez uno de los choferes de las flotas.

 

 

 

Quería ser como el jefe y como Estrada aunque los otros dos fueran educados más allá de los horizontes que a él le permitían las cordilleras de su pueblo. El  cuando más había visitado a Cartagena en la excursión de fin de bachillerato y los otros eran ciudadanos de mundo con  padres  nacidos  o estudiados en Bruselas, o en París, o en Glasgow. Ciudades en ruinas; pecados y olores concentrados durante siglos; moho hasta en los quesos. Vejeces que  aquí suscitaban  envidia. Costumbres extrañas vueltas virtudes en lenguas que él no entendía. Mujeres raras. Comidas que no sabían a hogar, ni a mazamorra  de habas, ni a regaño.  

 

 

Otros habían desafiado los inviernos y la soledad de mundos extraños  y se habían juntado con otras carnes. Ellos podían  ir al Jockey a empaparse en Châteauneuf du Pape o en buen Chablis.

 

No había otra opción. Haría lo requerido. Arrimarse a los que eran. Volverse como ellos. Arrasar y hacerse  rico. Ya habría tiempo para deshacerse de la muchacha de ojos profundos y de los recuerdos de las ferias pueblerinas. 

 

 Recordó los tiempos de residencia, la dureza de los turnos, la soledad. La holgura que no llegaba. No era igual que ellos.  Solo conseguía  reemplazos en el Seguro Social y los turnos nocturnos y de fin de semana que nadie más quería hacer. En cambio a  Estrada le tenían preparadas acciones de la clínica desde cuando comenzó la carrera. Algún día le llegaría a él el cráneo de algún notable:  el trauma no tenían órdenes sociales preestablecidos ni los  inconscientes manera de escoger quienes les salvaban la vida. Y salvárselas  volvía distinguidos y les cambiaba las  maneras y los ingresos a los afortunados.  Entonces los vestidos serían impecables,  sin una arruga, como los de Nicolás Esteban y los de Estrada.

 

 

 

 

Volvió a pensar en la llamada del hospital. Trató de tranquilizarse sin lograrlo.

 

Bajando por la  39  las enredaderas que trepaban por  los ladrillos y la piedra, las casas tudor, la holgura, lo invitaban a subir .   Se vio dentro de una de ellas mirando desde la ventana  como los niños se montaban  en el bus amarillo mostaza marcado con letras negras en idioma extranjero.

 

Una transeúnte afanada le hizo recordar  con precisión lo sucedido.

 

Volvieron  claramente las imágenes de  la madre y el niño. A él lo vio mocoso,  con los ojos vivos en los que se notaba el hambre. A ella  metida en su falda estrecha con un pliegue que se deshacía al subir las escaleras, los tacones desgastados heredados de otros pies torcidos de manera distinta, la chaqueta de nylon con sus  mangas,  cuello y  cintura del mismo resorte caqui. Mujer de los barrios del occidente, los de las casas en construcción, de  ladrillo hueco y  varillas salientes a la espera de épocas mejores cuando sería posible  echarle el techo al segundo piso; cuerdas de lavadero,  ropa secándose eternamente,  luz robada,  radios a pleno volumen; el pelo negro rojizo de tanta peinilla y tanto sol, los dientes cariados. Esposa de ruso bogotano, miembro del bulto formado por aquellos  a quienes el futuro nunca les llegaba.

 

Su mente volvió a Urgencias. El  niño levemente adormilado por el golpe mejoraba. Le había dicho que se lo llevara  y la madre había quedado agradecida..

 

Se acordó  del diálogo del día siguiente cuando la señora regresó por su niño y se lo impidieron. De nada valieron los ruegos. Si no tenía como pagar la cuenta el niño permanecería en el hospital hasta cuando completara el dinero necesario para sacarlo. Mejor que lo hiciera rápido porque la cuenta aumentaba.

 Nicolás Esteban había hablado con ella a petición de la trabajadora social:

 

- ¿Quien la mandó señora? Esto es un hospital,   no un centro de caridad. Un hospital cuesta- 

 

La caridad pública no daba  para tanto. Era necesario hacerle estudios, angiografías; necesitaba cuidado; los  monitores costaban, el tiempo de las enfermeras no lo regalaban. Todo   se lo  harían todo a un precio razonable.

 

Charla de pasillo. Sin hacerla sentar.

 

-       Bien, mi señora…..-  como lo decía siempre con desparpajo Nicolás Esteban a  pobres y ricos :  - ¿algo más?- 

 

Era su manera de cerrar conversaciones antes de dar la espalda con gesto imperial .

 

Parte del éxito se lo debía a que podía regañarlas a todas. Sequedad y  bromas mezcladas como solo los señores de verdad sabían hacerlo. Su presencia  curaba.. El sí tenía cara de doctor. Quedaban agradecidas de los plazos que les daba para pagar sus descomunales cuentas. Y le agradecían que les hablaran en plural: -  a ver a ver qué tenemos hoy por acá…. cómo nos sentimos -.

 

 

En Bogotá la displicencia era un arte y hasta la forma de morir era motivo de discriminación o de prestigio. 

 

 -  No se lo puede llevar sin arreglar con la administración-  .

 

-  Pero, ¿ qué le hicieron?  No me lo pueden dejar preso- dijo la mujer . Y luego los gritos del niño

 

-       No me deje mamita. No se vaya- .

 

Era la primer vez que se separaban y la mamá sentía más culpa por la fuetera del día anterior . Sabía lo que la esperaba a su regreso a Tibabuyes. Las explicaciones, los reclamos, la pelea. Tener que contar que por evitar los golpes, el niño se había caído de la terraza . Quien recibiría la fuetera sería ella .

 

 

 

 

 

 

Reconsideró todas las posibilidades.

 

No puede ser. A lo mejor el marica del Blandón tenía razón;  a lo mejor el niño tenía  una epilepsia. Lo  que faltaría. . Sin como poder aclarar las dudas. Sin escanógrafo que ya tenían en otras partes de la ciudad , ni electroencefalogramas en los que pudiese creer.

 

-       ¿Va al matrimonio de su madre que va tan aprisa indio h.p?-  le gritó alguien salpicado por un charco del aguacero de la noche anterior. Siempre era h. p, como si la pobre señora que vendía telas  y tamales en Garagoa  tuviera alguna  culpa de los afanes citadinos de su hijo. Pasó un nuevo semáforo en amarillo casi candela y el policía de tráfico consideró que era  muy temprano para perseguirlo.

 

En el parqueadero del hospital el portero le tenía la puerta abierta.

 

 Se bajó de afán sin cerciorarse si el Renault  comprado con la plata del rural había quedado cerrado. Del otro lado venía Estrada,  igual de pálido.

 

-       ¿Qué pasó hermano?-  El tumulto era grande para la hora. Por los corredores y en el ascensor se fueron enterando de los detalles. Sin ponerse de acuerdo, todo el mundo les abría el paso .

 

El niño prisionero por el encierro injustificado se había negado a comer durante el día anterior y había pasado la noche llorando e incomodando. Con el despuntar del alba había salido al corredor del cuarto piso a esperar a  su mamita,  la señora de tacones ajenos y falda alta y paso rápido, la de los pómulos quemados por el sol de la sabana, monedero  marrón y zapatos negros chuecos,  pero su única mama,  así le diera fuete . Al verla venir a la distancia pensó que sus gritos desesperados le harían verla de inmediato; pero no , tenía que  esperar en la puerta del hospital a que dieran las siete.  Desesperado tras el  encierro  prolongado en casa ajena, con pijamas que le quedaban grandes,  sin que le doliera nada excepto los cuatro largos días de aislamiento,  se tiró del cuarto piso y fue a dar directamente contra el pavimento del patio de entrada.

 

 

En los pisos superiores los niños eran uchados por las enfermeras hacía sus cubículos.

 

 

- ¡Cómo se les ocurre tener a un niño preso!-  Alcanzó a oír “ricitos de oro” en uno de los grupos.  No pudo distinguir quien lo decía. Solo sentía las miradas cortantes, hostiles. 

 

Miró a Estrada.

 

La ropa comprada en Londres le quedaba grande, más con su cara de niño.  Era pálido por falta de sol, pero también parecía como si estuviera anémico . Cómo podría con la cubana, tan hembra y tan bien hecha. Sintió envidia. Le caía bien su acento caribe. Le gustaba como bailaba, que le obedeciese a Estrada y que tuviese tanta gracia para hacerse la ciega ante los pecadillos de todos,  incluidos los de su marido.

 

 

Estrada sabía jugar sus cartas y cumplía con sus obligaciones maritales con el mismo entusiasmo que se desperdigaba fuera de casa.

 

La nueva generación de mujeres abiertamente se complacía en aventuras con hombres casados. ¿Qué tendría Estrada que le tocaba esposa caribeña caliente y leal y fuera de eso se podía comportar como si fuera soltero?. En cambio él aplazaba todo por el premio grande mientras  la vida se le escapaba.

 

- ¿Qué te pasa Medina?- El llamado lo volvió al mundo.

 

 

 

 Sobre la mesa dispuesta para la craniectomía,  el niño esperaba intubado con monitores y líneas  arterial y central debidamente colocadas.

 

El anestesiólogo jefe iba y venía con desasosiego.

 

- ¿Dónde están los rayos x?- preguntó Estrada

- ¿ Para qué diablos? ¿no ves que todo esta reventado?-.

 

A través de ambos oídos salía  líquido sanguinolento. 

La palpación con doble guante reveló el tamaño de la catástrofe a la que estaban enfrentados.  Muchas veces habían visto bala, y cuchillos enterrados en mitad de la cabeza, cráneos espichados por llantas de carro. Ninguno recordó haber visto tanta destrucción como ahora. 

 

-       Medina ,  qué diablos le vamos a hacer a esta mierda?-

-       Ustedes son los expertos- , dijo el anestesiólogo, también de apellido Medina, levantando las manos en ademán de inocencia.

 

 

 

Comenzaron por hacer un colgajo grande

 

- Mierda -. Ricitos volvió a apelar a los excrementos con familiaridad de zorrero.

- No.  Sopa-   dijo el otro. Medina protestó:

 

-       Déjate de chistes güevones- . Recordó la llamada inoportuna de la mañana y pensó que al menos hoy no estaba de humor complaciente.

 

 

 La piel edematizada y morada no admitía pinzas porque nada  sangraba como de costumbre. Solo en los extremos del colgajo un hilo de sangre les decía que estaba vivo.  No fue necesario usar el trépano. Pedazos diminutos de huesos del niño se levantaban uno a uno.

 

-   No los bote,  advirtieron ambos en coro.   Tras la  dura madre azulada se veían los tejidos muertos y los coágulos pujando  por salir .

 

Estrada más ducho usaba el succionador intestinal sin miedo de dañar el tejido cerebral . Hoy no eran necesarios los cuidados que ponía cuando se trataba de aneurismas o de tumores.

 

 

 

 

Cuando llegaron a tejido sano Estrada fue tapizando el inmenso hueco que quedaba

con una fina malla de material absorbible  mientras Medina se fue a hacer la descripción  quirúrgica. A sabiendas de que era un caso perdido Estrada quiso poner especial cuidado en la reconstrucción ordenada de los huesos. Los espacios vacíos los fue llenando de algodón para darle mejor forma al cráneo.  Entonces el anestesiólogo empezó a apurar

 

-  Tiene que salir del quirófano vivo- . Era  orden del director del hospital.

 

 

 Minutos después, el niño exangüe salía del quirófano lleno de cables,  pegado a un respirador sacado del depósito con los sellos aún intactos. Lo colocaron en el galpón frío que hacía de sala de recuperación donde normalmente esperaban ateridos en las  camillas los enfermos a que un camillero compasivo los llevara de vuelta a sus servicios.

 

Espacios creados de  afán con biombos y cortinas provistas por las damas rosadas le daban aire de privacidad a la sala.

 

Ricitos de oro hizo una detallada nota operatoria que le tomó el mismo tiempo que  a Estrada la labor de maquillaje. Cuatro hojas y media después se dio por satisfecho. En las órdenes pos operatorias se demoró un cuarto de hora adicional. Era obvio que todos en el hospital respiraban miedo.

 

 

Cuando salió Medina encontró a Estrada con un cigarrillo entre los labios, completamente explayado en el único asiento abollonado del vestier.

Soltaron una carcajada simultánea sin tener en  cuenta que los oían.

 

Era charla de desahogo. Igual que pasaba después de los casos difíciles.  Estrada hablaba sin rubor de sus días  de interno y  de la faringe  roja con que había vuelto después de un viaje a La Dorada. Se había divertido más allá de lo indicado por la  prudencia.   Cortés Mendoza viejo zorro,  no diagnosticó la enfermedad del beso como todos los demás sino que tomó  una muestra él  mismo y escobillón en mano fue a mirarla en el microscopio. La conclusión había tomado por sorpresa a todos:   diplococos intracelulares

 

Estrada intentó dar explicaciones hasta cuando se enredó en sus propias palabras.

 

-  No profe,  usted no va a creer que yo soy marica. No es lo que usted se imagina -. Tuvo que ser un poco mas explícito para que le creyeran . Las muchachas universitarias que lo habían acompañado eran primas de Amador, el más puritano del grupo, pero eso no les impedía feriar  generosamente su  exuberante gonorrea. 

 

Las carcajadas llenaban el espacio.

 

-       No se rían tan  duro que ahí esta la familia-  advirtió  la instrumentadora jefe acostumbrada a verlos a todos en calzoncillos.

 

 

 

En la puerta del quirófano un grupo inusualmente grande de pobres esperaba ansiosamente las noticias.  La madre del niño los  reconoció y los llenó de preguntas

Alguien que debía ser el marido parecía borracho y con ganas de matar.

El director del hospital impertérrito trataba a  la turba con la misma sequedad con que trataba al sindicato. Hoy sin embargo medía bien sus palabras .

 

- Ricos malparidos -   alcanzo a oír ricitos de oro en la parte de atrás del grupo pero nadie hizo ningún intento por callar al vocero .

 

En el fondo del pasillo al otro lado de una puerta de vidrio que permanecía usualmente bloqueada ya habían colocado un letrero con letras cortadas de patrones de molde en el  que se leía UNIDAD DE CUIDADOS INTENSIVOS. Un celador uniformado le entregaba ropa estéril a los visitantes.

 

Estrada miró a Medina. Ricitos adivinó el cinismo tras la seriedad de su cara lampiña. Finalmente Estrada le hizo una morisqueta con la boca cuyo significado el entendía perfectamente : - valen huevo -. Valían huevo la cirugía, los afanes, los protocolos de manejo recién inventados, las  hojas en las que minuciosamente se anotaban los signos vitales y los volúmenes  de líquidos administrados y eliminados. 

 

Auxiliares vestidas de verde sacadas a ultima hora del servicio de obstetricia iban y venían poniendo cara de  trascendencia.

 

 

Cuando estuvo el niño maquillado,  los padres entraron a verlo. Su rostro terroso e hinchado  estaba irreconocible. No respondía

 

-       Papito, papito - . El tono de su mamá de tacones torcidos era desgarrador.

 

-       Está sedado, mi señora. Se va a poner mejor. Estamos haciendo todo lo posible por su niño- atinó a decirle  el director.  La enfermera jefe la tomó del brazo.

-       ¡Tranquila,  tranquila, señora!-  Cuando no había razón para estarlo. Con esa insistencia hospitalaria en suprimir toda duda y toda protesta. Había que estar tranquilos aunque los doctores no estuvieran.

 

 

 

 

Nicolás Esteban los esperaba impasible en el primer piso a donde habían bajado a comer algo por cortesía del hospital.

 

 

En el ruido de la cafetería normalmente lleno de voces juveniles de los estudiantes de medicina  hoy se hablaba en susurros. Nicolás Esteban como siempre lucía un vestido de figurín. Su buen gusto era de los  que se pueden dar solo aquellos con ingresos suficientes para desechar errores de muchos  dólares sin pesadumbre. Sus canas bien puestas, el peinado discreto,  el gesto de desdén que parecía sonrisa, la voz que no se alzaba nunca aunque estuviera gritando   y sobre todo sus modales tan envidiables eran más sugestivos de éxito que cualquier curriculum.

 

 

Mientras llegaban las bandejas les contó de su fin de semana de snorkel y pesca submarina en el caribe , con la misma simpleza  con que les había participado de su excursión al Amazonas la semana anterior.

 

Medina había oído cuánto irritaba a sus opositores su incompetencia.  El mismo era testigo que aparte de unos cuantos discos lumbares operados con destreza, las  habilidades quirúrgicas de Nicolás Esteban daban cuando más  para que las heridas de la piel le cicatrizaran bien, lo cual importaba mucho a quienes pagaban las cuentas. Estas eran  invariablemente más altas de lo esperado para que no se desvalorizaran  el acto médico y su función terapéutica. A la gente no le gustaba ser tratada ni morírsele a cualquier aparecido.

 

A Nicolás Esteban por su parte poco  le importaban los comentarios de los envidiosos. Por el contrario, cuando los veía los saludaba con más cortesía.  Estudiaban más y leían libros, eso lo sabía y hablaban largo en los congresos,  pero los pacientes se les morían igualmente. Y qué importaban las habilidades si no podían operar en la Clínica Rosada. Si no sabían usar los cubiertos y se emborrachaban con el primer whisky aguado y los asustaban los tapetes espesos.

 

 

 

 

 

 

 

 

Ricitos recordó cuando le habían presentado por primera vez a Nicolás Esteban en  el foyer del Colón . Luego lo había visto en La Comedia del mono Osorio , o donde quiera que hubiese actividad cultural con caras europeas. Recordó a Fournier ya viejo y sin pedido en los exigentes circuitos de Europa disfrutar con fruición  de joven el concierto de Dvorak. Venia invitado por la alianza francesa porque Tortellier después del saboteo de Rostropovich se había negado a hacerlo,  dejando a todos con ganas de ver su rostro  rojo y su terca melena blanca desordenada al ritmo de  la pasión de sus manos. Recordó la gotera inoportuna en medio del segundo movimiento. Eran otras épocas y a Bogotá venían muchos de los artistas reconocidos, así estuviesen  viejos o vinieran  a prepararse para las temporadas ya vendidas en los Estados Unidos y en Canadá. Como había pasado con Vecina un chileno que se beneficiaba de ser el coterráneo de Arrau, que   no había tenido el menor inconveniente de someter a los abonados a una maratón de las 32 sonatas de Beethoven.  

 

Después de un rato mandaron a cancelar la consulta del día para poder seguir con la charla. Nicolás Esteban estaba locuaz. Decía haber conocido a todos los grandes de la neurología  francesa en la Pitié,  en Lyon y en Marsella y debía ser cierto porque a todos los llamaba por su primer nombre;  a ellos y a los ingleses:  Kenneth, 

Norman; a los del Horsley y  los del Atkinson; a los de Montreal de ahora y los de antes : Hardy, Penfield. Aún al turco de Zurich famoso por no saludar a nadie lo mencionaba como si fueran viejos confidentes. Ricitos de oro al oírlo volvió a pensar en  su futuro. Por más lejos que lograra irse,  la sombra de Nicolás Esteban lo acompañaría. No existía otra opción que la de ser su amigo.

 

 

 La hora del almuerzo los alcanzó sumidos en anécdotas. Salieron a un restaurante situado  al cruzar la avenida donde pudieran hablar con más calma. Nicolás Esteban que nunca había sido cliente de carne asada y  cerveza hizo caso omiso de su asco natural y estuvo más cercano que nunca. Antes de despedirse tocaron tangencialmente el tema que por horas habían estado evitando.

 

-       Entre bomberos no nos podemos pisar las mangueras-  dijo Nicolás Esteban. Los otros dos lo entendieron.

 

Esa era la medicina académica.  Los niños en el hospital quedaban en manos de

los médicos residentes quienes aprendían a punta de palo y errores en los cuerpos de los pobres. Para eso eran los hospitales:  para aprender . Si de paso curaban, eso era un bono que nadie daba por descontado . Nadie pedía permiso, el derecho  se tomaba. La bata blanca los volvía doctores a los 19 años, en el primer día de prácticas clínicas.  Doctores aprendices, practicantes como se les conocía en los barrios populares del occidente y del sur .

 

- Todos hemos cometido errores, ¿verdad, Medina?-

 

¿Y los  dolientes? Ya se les pasaría la rabia. De todas maneras sería necesaria una estrategia en caso de que alguien les calentara el oído y los incitara a demandar. 

 

-       Mira Medina. Mira Medardo -. lo llamó por su nombre. Son unos pobres diablos. Si  no hubiera sido hoy, mañana un bus  lo habría  arrollado, o más tarde una bala perdida , o un cuchillada  en la décima . Le picó el ojo con complicidad al preguntarle por la novia,  la hija de sus amigos que el mismo le había presentado.

-       Todo esto queda entre nosotros -.

 

 

 

La charlas del día siguiente y los hechos lo dejaron aún todo más claro.

 

 

 

A la hora del almuerzo se reunieron de nuevo a puerta cerrada en la oficina del director. Esta vez se les juntaron los tres neurólogos tratando de encontrar un diagnóstico y un lenguaje común para defenderse de los posibles ataques. La  junta médica improvisada consideró todas las posibilidades sin ponerse de acuerdo. Excepto en que aquí se estaba gestando formalmente la hermandad del silencio, y  que se trataba de unos pobres diablos que se contentarían con cualquier suma. La suma no debería ser muy alta para no alimentarles el apetito.

 

 

Blandón quedó a cargo de encontrar una razón científica coherente con las estadísticas, que incluiría además razones irrefutables sobre la conveniencia de la hospitalización original. Y este encontró las razones pronto. La hospitalización sí que había estado justificada. Eso lo había probado la conducta caótica y la caída posterior  del niño. Estas   solo podrían haber sido causadas, al igual que la caída de la terraza de su cobertizo  de Tibabuyes, por  crisis convulsivas mal controladas. Las cuales a su vez eran  debidas  a un trastorno de repolarización del aparato conductor cardíaco no diagnosticado previamente.

 

Blandón les pidió que lo esperaran unos minutos al cabo de los cuales  apareció con un electrocardiograma en la mano. Se trataba del trazo de un de un  niño mayor hospitalizado en cardiología, el cual marcó la enfermera jefe  con el nombre de Jhon Jairo, el niño caído y la fecha de ingreso al hospital. Si lo peor llegaba le echarían la culpa a la jefe de enfermeras .

 

Blandón salió a hablar con el papá  que era quien más problemas causaba.

 

- Quiere plata- .  Estaban en lo cierto.

Se transó por los  100000 ofrecidos y no por el millón que traía en mente después de haber escuchado  al tinterillo del barrio.

 

 El director enfundado en su  blusa blanca sin una mancha hizo caso omiso de todo su escrúpulo y en la antesala de la oficina procedió a entregarle el dinero dejándole en claro que era una contribución voluntaria del hospital a la cual de ninguna manera estaban obligados. Le advirtió que el hospital no les cobraría la cuenta de al cirugía y de los cuidados intensivos, pero que le tendrían que firmar un papel en que se exoneraba al hospital de toda responsabilidad si el niño moría.

 

-       Esas cosas pasan señor- dijo,  mientras el ruso firmaba . - Además el niño estaba enfermo del corazón y ustedes no lo sabían ¿estamos? -

 

 

 En el hospital las damas rosadas acariciaban por turnos al niño moribundo y le daban mucho amor verbal al resto de  la familia.  Les decían que todos allí eran unos sabios, que estaban haciendo todo lo posible y  que tenían toda la tecnología necesaria .

 

Estrada y Medina  se fueron para la Caja a hacer consulta.

 

 Por la  noche Medina  se encontró con Nicolás Esteban en el Instituto Göethe,  según lo acordado. Esta vez no lo acompañaba su esposa suiza alemana sino su hija de 20 años,  la de la foto del escritorio, la que tantas veces ricitos de oro había metido entre sus sueños. No era un fantasma lejano de París sino una dulce muñeca, discreta, de  bellísimos ojos azules y cabello rubio de otras latitudes, vestido de terciopelo que no le pesaba al cuerpo y los zapatos tan caros como el Renault de ricitos. Todo en ella, su sonrisa, su palidez, sus manos  hablaban de alguien espiritual y cultivado como solo se podía lograr con toda la fortuna de su parte. Cuando hablaba  todo le parecía bien y lo  decía con un encanto desprovisto de interjecciones. Nicolás Esteban se la presentó como su hija y ella llamó doctor a ricitos.

 

 Habló del concierto de chelo de Saint Säens y dijo que  era  cosa para el grueso público, sensiblerías. Lo único real era el  barroco. De lo nuevo solo le gustaba el ballet y ella misma había estado en una fiesta con los bailarines rusos del ballet de París . Medina estaba completamente embelesado. Después del concierto  fueron a cenar y la elegancia fue tan natural que Medina lejos de sentirse incómodo pensó que ahora si le llegaba su momento. Al terminar Nicolás Esteban le entregó a Medina las llaves de su carro europeo y le pidió que llevase a la niña a su casa después de dejarlo a él en la Clínica Rosada.

 

 

 

 

 

 

Ahora  si Medina, que comience la fiesta-  le dijo la hija de Nicolás Esteban a ricitos de oro una vez estuvieron solos. Nada de doctor. Ricitos se sintió halagado. Subieron por la carretera de La Calera y desde el alto contemplaron junto con otras parejas las luces titilantes de la ciudad postrada a sus pies. Lo tomó de gancho y le puso las manos frías dentro de su abrigo de cachemir.

 

Le habló del amante de su madre, de la alegría inmensa que le producía estar allí en su patria. De las ganas que tenía de brazos criollos. Cuando llegaron a su casa Nicolás mismo les dio la bienvenida enfundado en su bata de seda y su bufanda que le hacían juego. Les ofreció un Cognac, les puso música y les prendió la chimenea antes de meterse en su estudio. Ricitos sintió que eran años de civilización acumulados, que nada se hacía con torpeza y su mirada lenta pronto fue una invitación y en su casa contra los cerros, el frío se volvió calor que abrasa y le pareció que la civilización valía la pena más que ninguna cosa en la vida.

 

En algún momento ricitos  se sintió sobresaltado y se llenó de vergüenza. Ella lo tranquilizó.

 

-       Olvida lo del niño, esas cosas pasan -. La voz era dulce sin empalagos. Firme. Tenía la autoridad de la abundancia. Le ofreció coca y él no se atrevió a desafiarla. Luego  le enseñó  a explorar toda su intimidad como si hubieran sido amigos de toda la vida. Miedos y prejuicios sucumbieron. El perfume francés y las mejillas sonrosadas por el eros satisfecho lo habían hecho congraciar con la vida. Las manos de Medina aprendían rápido. Embriagado de ternura  y de perfume Medina descubrió zonas del cuerpo que no se aprendían en los libros de anatomía, secretos de civilización pasados por siglos.

 

 Nadie pudo enseñarle más artes amatorias en una sola noche.

 

A su regreso la madre no los despertó, sino que con sumo celo cubrió con un edredón sus cuerpos desnudos. Los dejó solos .

 

 

 

 

 

Medina salió de la  casa  a las seis de la mañana.  Quedaron de verse esa misma tarde. Nicolás Esteban dormía profundamente en su dormitorio .

 

-  No se te vaya a ocurrir hablar más de este asunto-  fue lo último que le  dijo poniéndole un dedo sobre la boca de manera juguetona lo cual le trajo una ultima erección, tardía, perezosa. Medina no supo a que se refería si a la noche o a lo del hospital. Alborotado por el eros matutino se devolvió a darle un ultimo beso con la esperanza de  revivir  los recuerdos de la noche, pero la puerta ya estaba cerrada.

 

Durante el día no pudo apartarla un momento de su mente. Los hoyuelos de la risa le recordaban a Nicolás Esteban . Se ruborizó al verse copulando con él pero  no desechó la imagen. Por el contrario pensó en su jefe  con afecto filial.

 

 

Esa noche llamó según lo acordado y la sirvienta contestó simplemente: - mademoiselle no está, deje su nombre y su  recado- . Al identificarlo le dio  una dirección del  París desconocido.

 

Alguien la había visto esa tarde en emigración de gancho con un europeo.

 

El niño se mantuvo dos días más pegado al respirador aunque el  electroencefalograma ya estaba plano como indicación de muerte cerebral irreversible. Medina entró a evolucionarlo como le correspondía y al  ver como su  descripción quirúrgica detallada había sido cambiado por una corta firmada por el jefe del servicio no aguantó más.

 

La  epicrisis redactada por Blandón y el certificado de defunción firmado por el jefe de Patología coincidían. Causa de muerte:  paro cardiaco causado por haz aberrante y trastorno de conducción con repercusión neurológica. Trastorno de repolarización.    Edema cerebral por  trauma craneano.   Caída de altura secundaria a desmayo causado por su condición de base.

 

Contrario a las promesas hechas bajo el fuego, Medina fue a buscar a Nicolás Esteban quien lo esperaba. Al verlo tan descompuesto lo citó a su consulta privada de la clínica..

 

 Tras horas de esperar se dio cuenta de que no vendría.

 

En el hospital uno a uno comenzaron a evitarlo como si se hubieran puesto de acuerdo.  Las enfermeras le pasaban las historias de mala gana. Le tocaba evolucionar solo como si no existieran estudiantes ni internos.

Una semana después Nicolás había salido para París y había dejado a Blandón a cargo del servicio. Medina no aparecía por ningún lado en la lista de turnos. Era como si nunca hubiera existido. Recogió sus libros de la oficina y salió sin despedirse ni mirar atrás.

En su casa de La Perseverancia esa misma noche le entregaron un sobre con sello de correo de Francia. Adentro sobre una postal delicadamente perfumada  de una afrodita conocida decía simplemente:  Mercie pour tout.  Je t´ embrasse fort .

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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