Flor de un día

 

 

I

 

Borda hizo apenas un gesto. 

 

Ella lo siguió. 

 

Al llegar al único rincón en penumbras que dejaba el apretado grupo de bailarines, Flor le echó los brazos al cuello, como si se tratase de una costumbre. No mediaron  palabras. Se dejaron llevar por la música.

 

Detrás del  gran  ventanal,  las luces mortecinas de sodio y de neón de la ciudad húmeda. 

 

Nadie quiso admitir que los miraba.

                                                            

II

 

A quienes los conocían,  les extrañó  verlos juntos, ausentes, cómplices.

 

A Flor, huérfana de romances conocidos  durante toda la carrera,  verla así, aun por un pequeño momento,  era celebrar  la vida donde uno menos lo esperaba. Verlo a él expuesto a tal  acto de humildad público era darle rostro humano a quien se empeñó siempre  en ocultarlo, aquel  cuyos dardos envenenados tantos habían tenido que soportar desde el comienzo de la carrera. Por eso la duda de si todo se trataba simplemente de  una broma.

 

Cada cual repasó  sus memorias de los  años anteriores. Ninguna clave.

 

III

 

Siete años atrás Morisson y Hilary  habían sido  los primeros en dar el paso y mostrar que a la facultad también se podía venir a algo más que a estudiar. 

 

Sucedió después de  la   clase de antropología médica,  hacia el final del primer semestre.

 

Al comienzo los habían acercado  las iniciales de sus apellidos que los ponían el uno tras el otro en las listas de la facultad y en las prácticas de los laboratorios. Con el tiempo se convencerían de que para ellos ese había sido  un signo ineludible de su destino común. No era la única coincidencia;  sus  historias de capitalinos parroquiales eran similares , sus gustos parejos , sus ambiciones grandes y pequeñas, aun sus prejuicios se complementaban.

 

IV

 

Se habían conocido mientras asentaban la matrícula en la Secretaría de la facultad, todavía acompañados de sus padres.

 

-     “¿Cómo te llamas?”

 -     Hilary”. 

-      “¿Solamente?”

-       Mühlenbauer”. Lo había pronunciado  a la manera criolla, sin considerar los  diptongos. 

-      “¡Mucho gusto!.. Morrrison,  ... Miguel”. Tenía el  acento inconfundible de las clases populares del sur de la ciudad. 

 

Morrison. Mühlenbauer. Sonaban bien juntos.

 

Morrison  había omitido el López de su madre. El Díaz  materno, ella.

 

V

 

 El apellido de  Miguel  podía ser extranjero pero su cara era inconfundiblemente sabanera, con sus cachetes expuestos desde niño al  sol de tierra fría. Su cuerpo doblado y  su  calvicie  temprana le daban aspecto de niño viejo. Esto en vez de molestarle lo enorgullecía pues  lo separaba de los indios, de cabezas hirsutas y barbilampiños.

 

Los curas mayores del colegio  Salesiano habían visto a generaciones sucesivas de Morissones del mismo molde pasar por sus aulas. El primero de ellos en los años cuarenta venía de Faca y era  hijo de un empleado de la finca  de los Wills;  los de más tarde llegaron de   Fontibón,  Trinidad , el Samper Mendoza y de otros barrios bogotanos. Todos  pomposos, sin importarles la contradicción de sus modestos logros. Tal como ahora Miguel, sus primos y sus tíos también habían  golpeado   ruidosamente los talones y se  levantaban en pequeños balanceos apoyándose en la punta de pies, como lo hacen los militares de rango satisfechos. La diferencia grande entre Miguel y los demás estaba en que este era el primer bachiller completo de la familia, algo celebrado con gran alegría. 

 

Ahora vivían en el “ Estrada” , en el norte, un motivo de orgullo adicional especialmente para las hermanas de Miguel. Su padre,  empresario de transportes medianamente exitoso manejaba ágilmente el  gremio de choferes al  cual había pertenecido por años. Su madre ayudaba despachando rutas de la Flota La Blanca y almuerzos en su tienda, también restaurante y oficina. En el solar del fondo, en las canchas de tejo, los sábados se tomaba cerveza o chicha acompañadas de morcilla y se ofrecían homenajes  a liberales de alguna importancia. Sin recomendaciones uno no era nada en la vida, repetían  los Morrisones. Y para eso eran liberales de camiseta y bandera rojas el día de elecciones. Los mismos buses con que se ganaban la vida les servían entonces para negociar favores elusivos.

 

VI

 

Mühlenbauer,  el padre de Hilary, era un judío inusual  en la ciudad.  En la colonia solo lo conocían  quienes lo habían contratado como mecánico independiente, el único en la ciudad capaz de reparar algunas de las máquinas de la industria. Era un hombre callado y su discreción al decir de algunos era a prueba de torturas.

 

Los  hermanos de Hilary, no habían sido circuncidados, ni en su casa se hablaba yiddish, ni se rezaba en hebreo, solamente en el español aprendido en Ubalá. No era esa la historia acostumbrada de los judíos que generaciones antes  habían llegado   por el mar a Barranquilla y luego  Magdalena y cordillera  arriba hasta Bogotá. Los pioneros se habían establecido en la décima o  en el Santafé, en los únicos  edificios con ascensores de la ciudad. Más tarde se habían ido corriendo hacia “La Soledad” y más hacia  el norte, a medida que la ciudad se expandía anárquicamente.

 

Ninguno,  que se supiera había entrado por los pueblos, como si hacían los palestinos. Excepto por unos cuantos  que llegaron  por Buenaventura y  habían permanecido   durante alguna temporada en Palmira, antes de asentarse en Cali o en Medellín.

 

Ni su historia borrosa , ni el haber sido bautizada por exigencia de su madre le impedían  a Hilary llevar una pequeña estrella de David al cuello. Era la forma de insistir en su pasado y justificar la conveniencia de su apellido. Entre las clases populares  las cas,  las equis y las dobleus se asociaban con éxito .

 

Guberek, el de Odontología, al ser preguntado  un día sobre el papá de Hilary había relatado  una  versión oída de su padre historiador, según la cual Mühlenbauer, el papá  de Hilary había sido el producto de una unión ocasional entre una gentil y un judío alemán cuyo paradero se convirtió en  misterio una vez el escándalo de la preñez profana se regó entre los de la colonia. El niño había sido llevado a estudiar a Bogotá y había vuelto adulto a Ubalá  con el mismo apellido paterno que los habitantes locales ya habían olvidado y un diploma de técnico industrial del SENA.

 

Los Díaz de la  madre de Hilary, católicos como todos en el pueblo donde no había opción distinta a misa o  ateísmo, al  comienzo se opusieron al matrimonio, pero los disuadió el cura del pueblo con el único argumento posible del judaísmo de Cristo.

 

VII

 

Al venirse para Bogotá,  Hilary  ya mayorcita  había  sido matriculada en  La Presentación del centro. En sus lúgubres corredores  niñas provincianas y de los barrios obreros  recibían ahora sólida formación moral y  habilidades de bordado que las ricas ya no querían para ellas. El costurero  lo dirigía desde tiempos inmemoriales,  Juana Dominga,  una monja de manos huesudas  y trato distante quien ya no vestía  las cornetas almidonadas de comienzo de siglo, pero no había podido desprenderse de   su  rictus de desdén,  ni de su gran manzarda  del colegio, ni siquiera  cuando el edificio amenazaba ruina y en los días fríos ya los baños le quedaban demasiado lejos a su vejiga incontinente. Allí en  cuatrocientos metros cuadrados  que siempre parecían estrechos se bordaban  manteles y  vestidos de novia para  las ricas, o se tejían  mitones de niños bastardos  bajo el  incesante revoloteo de cincuenta pericos australianos, todos con nombre propio y  datos biográficos completos.

 

VIII

 

La tarde de la declaración,  Hilary estaba como de costumbre sentada en las filas del torreón de Medicina por encima de salida principal. En las sillas situadas detrás del muro se podían estirar las piernas y dormitar sin que el docente lo notara. 

 

 - “Tengo que hablarte de algo serio”, le había anunciado Morrison al entrar  a clase.

 

 Cabal el profesor de melena blanca y papada generosa, disertaba sobre psico- patología de la holgura y  sobre lo que sucedía cuando a los miembros de una sociedad se les asignaban roles superiores a sus status. Su  hablar pausado y sabroso le permitían trasmitir con claridad  sus ideas,  las únicas originales de la facultad donde pensar era anacrónico.  Los de Tulane ya por entonces arrasaban con cualquier asomo de humanismo e imponían técnica y eficiencia.

 

La charla le pareció pesada a Hilary  quien usualmente las disfrutaba. Esa tarde solamente esperaba con anticipación  las siete,  para hablar con Morisson.

 

IX

 

 No salieron con todo el grupo como era su costumbre, ni por la 26, sino que se dirigieron  hacia la 45 evitando  mezclarse con otros que hacían similar camino. Era como si necesitasen  toda la ciudad para comunicarse sus secretos.

 

Cruzaron la treinta y observaron los municipales de San Cristóbal que venían del Centro Nariño con sus trompas sonrientes y subían hasta la trece antes de girar nuevamente al sur. La treinta no tenia el tráfico de ahora. En su separador ratas gigantes esquivaban  las pedradas de los gamines ocultándose en el prado siempre alto y lleno de basura.

 

Los bachilleratos y   universidades nocturnos se empezaban a llenar de ilusos atraídos por los  diplomas y la posibilidad de escapar  mundos rutinarios. Centros de enseñanza y cafetines  ocupaban con   rapidez de invasores cuanto caserón viejo era desocupado   o  cuanto  edificio de colegio se  moviera   hacia el norte, destruyendo para siempre la memoria urbana de una ciudad que siempre había tenido vocación de mezquindad y de tugurio. Vecindarios antes recatados   se llenaban  de ruidos y  caricias impúdicas. 

 

Entonces también el  transporte era sucio e incómodo,  atiborrado de caras cansadas. El humo de cigarrillo y el  olor concentrado  de los sobacos  no dejaba respirar . Choferes  maltratados por la vida,  dispuestos a asesinar ante la menor provocación cobraban desquite de malos salarios y  largas jornadas.

 

Al llegar a la 24 voltearon a la izquierda. Luego pasaron la calle buscando parajes menos concurridos. Caminaron hasta llegar a la ochenta y cinco. Sin darse cuenta   habían dejado atrás  Palermo, el parque del Alfonso López, lúgubre  como siempre; Sears y los reflejos de las luces del  Campín recién estrenadas;  el 7 de agosto, la  72, el Lago.

 

Se metieron finalmente en “El Chiquito”, al pie del Almirante.

 

Embebidos en lo suyo no se dieron cuenta que Borda desde otra mesa les hacía un gesto de reconocimiento con la mano.

 

X

 

 Escogieron un lugar con vista a la calle desde donde veían pasar  los transeúntes. Después de un rato insulso pidieron algo de  comer.

 

Mientras esperaban, Morrisson quiso ir  directo al grano, pero pudo más el miedo.

 

- “No sé cómo decirte esto.....”

 

Pensó en el dialogo ensayado toda la semana.

 

Hilary tuvo tiempo para componerse el ruedo de  la falda mientras él encontraba las palabras precisas.  Ella  también había ensayado todas las respuestas posibles : algunas frases por  si la sorprendían con propuestas indecentes; otras sobre su virtud y otras más para confesar pequeñas indiscreciones, en  caso de que se viese forzada a hacerlo;  había que sincerarse si él lo hacía.

 

-  “¿Tu sabes como me llamaban los del colegio?”

 

 Por fin acertó Miguel a ponerle orden  a las palabras.

 

-  “Pelo quieto” , respondió ella sin prevención.

 

Evitó reírse con su risa idiota de caballo que ya sus compañeros imitaban.

 

-     “¿Y sabes la razón?”

-     “Sería de cuando se le comenzó a  caer el pelo” .

-     “No,  Hilary. La razón es otra y no sé cómo decírtela” .

 

Continuó   dolorosamente entre silencios y frases incompletas.

 

-   “Es “pelo quieto” ahora, pero  antes me llamaron  “espere quieto”.  Y al   comienzo   “espiroqueto” .

 

El esfuerzo era grande.

 

-   “No sé como lograron hacerse al documento.  Pero  un día “el pútrido” apareció con una copia de un certificado de sanidad antiguo que mi padre me había  hecho sacar para poder trabajar en vacaciones. Me pagaba cien pesos por ayudar a controlar las planillas de las rutas”.

-  “Exigencias del ministerio del trabajo”, aclaró. 

 

Bajó la vista y comenzó a llorar avergonzado.

Sacó el certificado original.   Miguel Morrison López. Edad 15 años. Prueba de   Wasserman. Serología positiva.

 

-  “Ya estoy curado”, dijo Miguel . “Me hice el  tratamiento completo”.

 

Juró sin necesidad, haciendo una cruz con el índice y el pulgar al que le estampó un beso sonoro.

 

Siguió un incómodo  silencio.

 

 Hilary quiso agradecer tanta sinceridad, pero no supo como hacerlo. Miró alrededor para cerciorarse de que nadie los escuchara.

 

Borda en la mesa de atrás le señaló silencio a Teresita, su amiga desde las épocas de colegio y se agachó por debajo del respaldar del asiento para no dejarse ver.

 

-    “Y yo, ¿ qué tengo que ver con todo esto?”  Fue lo único que se le vino en mente  a Hilary.

-    “Pues que no sé si es posible que después de esto  me pueda usted seguir estimando”.

-    “¿Estimarlo? Siempre lo he estimado Miguel. Usted es muy buen compañero” .

 

 El  término lo ofendió.

 

-    “No me entiendes Hilary, lo que quiero decirte es que no sé si después de esto todavía quieras ser mi novia”.

 

El cambio permanente de pronombres era la norma en la ciudad, no solo entre los del pueblo.

 

-   “¿ Es eso una proposición formal?. ¿No le parece un poco inoportuna?”

 

Miguel  continuó sin detenerse y sin mirarla directamente a los ojos.

 

-  “Tú entiendes”.

-  “Mejor dicho, usted me entiende...” - cambió nuevamente el tú por el usted. -  “Lo que yo quiero saber es   si algún  día pueda usted ...quererme;  al  fin y  al cabo soy hombre...”

 

Habló de su pecado de juventud y de las circunstancias. La feria de Girardot,  la cerveza , el baile,  la rapidez con que todo había sucedido...

 

Le contó cómo su padre lo había emborrachado y luego lo había llevado a celebrar sus 15 años al puerto, de donde  había vuelto bautizado de  hombre. 

 

-   “¡Pringado!”, quiso corregirle Hilary, pero se detuvo a tiempo.

 

No era el momento para interrumpir ese relato  desprevenido con  que Miguel le abría una ventana  sin censuras al mundo de los hombres, tan misterioso en boca de  su papá y sus hermanos.

 

Ella lo intuía, claro está. Porque aunque el colorido y el material del telón variasen el final era siempre el mismo;  tarde o temprano los hombres  de todas las regiones y clases dejaban atrás el mundo protector de sus mujeres para crecer  en cafés atendidos por otras de condición distinta, ensordecidos por música de quejas siempre iguales aunque los ritmos y los tiempos variasen;   felicidades eternamente truncas,  concupiscencias sin saciar. 

 

Tangos,  rancheras, valsecitos del sur : Los temas y nombres parecidos ahogados por el   humo, el olor a anís y a orines, el  jabón “Para mí”, la tiza del taco de billar, el limón y el mango biche, los  gritos de protesta o de llamada , las  tarreadas en passant, las sentadas impúdicas en las piernas de borrachos a medio afeitar. Generaciones, una tras otra que habían crecido igual en Buga, en  Manizales o en  Popayán, también  en Bogotá y en los puertos ribereños: queridas, fincas, rentas, putas, alcohol, derecho incuestionable a la ganancia y al tesoro del estado, jartera con las responsabilidades de la vida, desprecio por  los compromisos adquiridos.  

 

La decepción de Hilary con el relato de Miguel, no fue mayor. Pero no sabía como decírselo sin que lo tomara a mal. No quería darle la sensación de ser  mujer acostumbrada a historias parecidas, tampoco  de que su historia le importase poco. Aunque  la verdad fuese  que para las mujeres el contenido de las historias no era tan importante come el tono en que se las contaran. A ellas las decepcionaban otras cosas,  no un hombre entregado a sus pies, por patética que fuera la escena.

 

-   “No tiene importancia”,  dijo al fin.

 

Sus gestos querían ser controlados pero se veían extraños  y fuera de lugar. Su  pelo  abundante y tercamente peinado a la  manera de las heroínas de las películas de los treinta se obstinaba en  completar una caricatura cruel.

 

-   “¿O sea que  podemos ser más que amigos”?

 

Ella asintió aunque sabía que tenía que reponerse de la sorpresa;  borrar las imágenes que se formaban en su cabeza: la tierra caliente,  la putica cobriza de vestido rojo, el vomito mezclado con  alcohol, los genitales puercos, el río color de barro .

 

XI

 

A partir de entonces la posesión del objeto amado se manifestó  públicamente. Había   derecho a tomarse por el dedo meñique encorvado en cualquier circunstancia y lugar.

 

Esa misma noche se pusieron de acuerdo  en los diminutivos : “pocholo” él, “nenita” ella.

 

 Bajaron en un taxi hasta el “Estrada” donde las hermanas y los  padres de Miguel los esperaban. Les sirvieron comida completa sin importarles que ya hubieran comido. A todos les encantó oír de su propia voz el apellido y ver la cara que Miguel tanto les habían anunciado y admiraron su palidez extraña. A la mamá le gustó  que la llamara doña y al papá señor Morrison y a cada una de las Morrisones que  las llamara por su  nombre y a todos que su Miguel   fuera un  “pocholo” con su “nenita” propia.

 

 

 

 

SEGUNDO ACTO

 

 

 

XII

 

Como Morrison y Hilary muchos otros comenzaron a manifestar en público  signos de posesión. La mano en el trasero, en el bolsillo de atrás o sobre la cadera los más discretos; el intercambio de bufandas;  algo que los demás entendieran y  a ellos les diera  derechos exclusivos de  pavonearse con la conquista.

 

Margarita y Juan; Plata y Judith; Fabio y Yolanda; la lista se hizo grande. A casi todos los de su clase les llegó el momento.

 

 Pero no a  Flor, ni a Borda, ni  a los de los colegios del norte que miraban al resto entre atónitos y divertidos. 

 

Estos últimos no entendían porque los ex alumnos de los hermanos cristianos y los de los colegios nacionales tenían que tomarse  en serio eso de ser doctores cuando aun estaba tan lejos el grado, ni  lo de ser novios con declaración formal si eso ya no se usaba, ni  los vestidos de paño oscuro tan opacos para sus pocos años. 

 

No podían entender a esos muchachos de pelo corto y olor a lavandería de pobre que  eran lo más opuesto a su  frescura vital  y su vestimenta de sábado.

 

Menos entendían que fueran a la Universidad a  andar de la mano, con viejas tan feas como las de  la Nacional. 

 

Ellos, los ricos,   iban de melena larga con sus pesados chaquetones azules  y sus gabardinas de   color marfil claro para los días lluviosos, debajo de  las cuales,  el suéter  de tejido tupido en   trenzas discretas no dejaba  manchas de sudor en las axilas. Los ricos y los ingleses no sudaban. Y no hablaban de novias sino de amigas. Y sabían combinar sin repetirse cachemires, panas,  azul marino , blancos, grises, caqui, mezclas perfectas de colores tímidos y osados. Vestimentas de nenés cuyos padres eran  tú, o papi y mami,  no  papá y mamá a secas.

 

XIII

 

A  Camila y a  Sofía y  a las del liceo francés y las del Anglo, o a las del Andino, corrillos  de hijos de papi  las rondaban. Nunca uno solo, menos alguien  que las tomara de la mano. Eran amazonas deserotizadas en público. A la universidad, más a la Nacional se iba a estudiar y no a andar de amores.

 

Cuando no eran el “mono” Uribe,  pipíUmaña,   Esguerra,  Wiesner y otros  ricos  de su curso, eran los de cursos superiores; o  los moscardones de agronomía y los de veterinaria que solían andar juntos, uno que otro de ingeniería civil o los de economía que habían sido echados de  los Andes. Junto a ellos siempre Borda. Y cerca también Junguito y Víctor Héctor . El primero deseable por rico, por buen mozo, por cortés;  Víctor, por el contrario odiado  por chabacano, por ser  ex alumno del colegio nacional de los jesuitas y no de La Merced. Su elegancia excesiva a la usanza de Ciudad Kennedy le molestaba a  Camila, pero también Sofía y a los demás. 

 

 La charla era familiar, complaciente.  Todos se conocían, todos estaban de acuerdo.  No  hablaban como los demás  de   fútbol ni de ciclismo. Si acaso de los reinados para burlarse de ellos. Más bien las anécdotas  del fin de semana, los viajes,  los  eventos sociales, que los demás debían  leer en El Tiempo; las obras de teatro del TPB o de la “Mama”, los libros  de Sartre que no habían leído, las carreras de carros.

 

Al igual que sus mamis,  las niñas se vestían con  tweeds  y paños extranjeros. Cuando iban de falda, esta era escocesa y las medias eran grises o del  color de los suéteres, peludos,  suaves al tacto. No eran un tipo racial único pero algo las distinguía aparte de la ropa. Sus mejillas eran de un rojo distinto  y las de  pelo  colorado encendido eran  más desafiantes , las rubias más lánguidas y más distantes;  a las pálidas con piel de porcelana la capul  les caía sobre la frente con gracia infantil. A las morenas la ropa les quedaba bien. El frenillo les enderezaba a todas los dientes, logrando una sonrisa uniforme . Casi todas caminaban con paso de hombre, sin invitar a nada con las caderas como hacían  las calentanas.

 

Los fines de semana   se asoleaban en las fincas  de tierra fría o recibían el viento del páramo en el lago, por lo cual   los lunes se veían satisfechas y descansadas;  todas hablaban algún idioma extranjero así fuera a  sobresaltos. Generalmente era  inglés,  pero podía ser alemán o francés u holandés o yiddish.

 

Alemán o árabe o judío – acá se igualaban en  una hermandad de aquellos cuyos genes eran simplemente  diferentes a los de la tierra.

 

 Niñas y nenes   de caminados y ropas similares,  el  pelo recién mojado a las diez de la mañana, Volks- Wagen,   Peugeots,   Fíats ruidosos,  conducidos con dominio, cerrados a portazos. Gestos  de control muy bien aprendidos en las  fincas o en las fábricas. Vergara porque su papá era dueño de una clínica para locos; Pizano, porque su padre había sido embajador y también ministro.

 

Todos hacían rutas parecidas.  Los de Rosales 70 abajo y luego la 13  hasta la 45.  Los del Chicó por toda la 15 y luego por la treinta o por la Caracas. Cuando no había suficientes carros en la casa, o en casa de las amigas, los que iban para los Andes los dejaban en la esquina del Palermo y de allí en buseta o a píe : la Caracas, las casas viejas, la venta de  boletas de los partidos  de fútbol en la cigarrería  Milán, la droguería 1950, las miradas de las lobitas del Carmelo, los muros siempre sucios del colegio  Americano con sus  pinos polvorientos que no dejaban mirar hacia los campos deportivos, la cancha de madera  donde venían a jugar los del San Carlos, o  los  del Nueva Granada en territorio de los pobres. El colegio se llamaba Americano pero los ministros  presbiterianos eran de Honda o de Armero o de Barranquilla y no de Winsconsin ni de Carolina del Sur,  y los alumnos no creían en nada pero tenían que decir que eran protestantes para  poder estudiar. Jugaban basquetbol como los ricos   y les prestaban la cancha, pero eran diferentes. Hijos de taxistas o de tenderos, y no de banqueros, ni de cardiólogos,  ni magistrados.

 

XIV

 

 

Borda era un personaje raro. Cuando no andaba con  las niñas, era  con los del Campestre.

 

Generalmente iba  con la mirada perdida, que los demás atribuían a que se drogaba;  al menos eso decían los  graffitis de los baños de la facultad. Sus chistes subidos de tono no les gustaban a todos pero no eran más sórdidos que los graffitis y como ellos producía hilaridad más que rechazo. Más bien era su pose irritante y su cobardía   tan poco masculina las que lo hacían detestable.

 

XV

 

 En algunos casos,  como en el de Carlos Pérez el odio estaba plenamente justificado. Todavía hoy es difícil   mencionar delante suyo el episodio de Julia.

 

 Hacia el final del segundo año,  Borda de acuerdo con el “loro” Ortíz y   con Villar,  los del Campestre,  se  habían inventado una prueba con la esperanza de disuadir a Pérez de sus empeños de pertenecer a su pequeño grupo. Pérez había mostrado interés en unírseles  para no seguir socializando exclusivamente con sus antiguos compañeros  de Odontología que  como él habían logrado el traspaso a Medicina.

 

Mil veces le habían dicho a Pérez que no , pero como este insistiera le pusieron su  condición con la certeza de que no superaría la prueba.

 

Primero le señalaron el objetivo: Julia , una compañera pelirroja de pelo ensortijado a quien Borda había bautizado como “fritica” porque  le recordaba a la sirvienta de  su abuela,   permanentemente azarada y salpicada de manteca. Los rizos abundantes y desordenados cayéndole en cascada en la cara de infantil de fritica, en boca de Borda se habían convertido en carnada erótica,  para probar el temple de alguien desesperadamente necesitado de aceptación.

 

Luego le pusieron la condición: Debería poner a prueba sus escrúpulos y superar los temores  inducidos por las conversaciones de los del grupo. Tenía que seducirla como todos los del grupo juraban haberlo hecho  y traer al igual que ellos una prueba fehaciente del cometido: al menos un pelo del pubis arrancado con la boca en medio del calor de la batalla  amatoria, cuyas artes curiosamente desconocía Pérez, venido  del Francés.

 

Para convencerlo le mostraron unos cuantos pelos rojos idénticos a los de la cabeza de Julia solo que más cortos y más ensortijados, con aspecto de pertenecer a  partes ocultas de la anatomía. Borda mismo se los había arrancado de la cabeza al descuido durante una práctica de laboratorio, aprovechando que  Julia tenía las manos ocupadas en un experimento y no podía defenderse. Luego cada vez que los necesitaba, los enroscaba con los dedos, a medida que aumentaba la temperatura erótica de sus relatos.

 

Decidido a ser uno de ellos, Pérez había aceptado el reto y había buscado  momento y sitio adecuados para la obtención del  trofeo.

 

Tal como se lo habían sugerido la había encontrado al atardecer en la biblioteca de la facultad,  usualmente vacía excepto durante  la época de exámenes. Se armó de valor para acercarse a ella, quien desprevenida le sonrió sin entender su agitación. El,  animado por lo equívoco del gesto se colocó detrás de ella

 

-    “Julia. ¿Qué tal?”

-    “Estudiar”.  Señaló el libro abierto sin voltear la cabeza.

-    “¿Puedo mirar?”

 

La incomodaba la respiración agitada encima de la nuca pero no supo decirle que la dejara tranquila .

 

Cuando quiso hablar ya era tarde; Pérez fuera de control y excitado  le había puesto la mano en las piernas y quería besarla y tocarla desordenadamente.

 

-    “¿Y a usted qué le pasa?” dijo con firmeza Julia tratando de reponerse de la sorpresa 

 

Como un rayo se levantó del escritorio y le mandó un patada ágil que hizo blanco directo en la bragueta  de Pérez. Luego, sin voltearse a mirar atrás salió de la biblioteca como si nada hubiera pasado. La bibliotecaria que en ese momento regresaba de los baños de nada se había percatado, excepto de la dignidad del caminado de Julia.

 

Sin atinar a decir o a hacer nada, sin saber que hacer ni que esperar,  Pérez salió de la facultad y no volvió durante 15 días. Durante ellos   tuvo tiempo para reponerse de los genitales inflamados  y  de aclarar todo con Julia, primero por carta y luego por teléfono.

 

Solo lo convencieron de volver a la facultad el perdón generoso de Julia, a quien Pérez pudo descubrir ahora en su verdadera dimensión;  una muchacha  ingenua a quien la vida le había hecho coincidir con algo de crueldad su grado temprano de bachiller, su inteligencia rápida, su primera menstruación, su primera comunión , la última orinada en la cama y ahora  por gracia de la imaginación perniciosa de Borda un erotismo deformado por la  burla y el asco.

 

 La pobre Julia que apenas comenzaba a intuir las complejidades de la reproducción humana y de  la ciudad huraña en que había nacido.

 

XVI

 

A pesar de sus misterios y sus patanadas,  o tal vez a causa de ellos,   Borda era apetecido por varias mujeres de la facultad . No podían  resistir la  curiosidad de  saber que había detrás de sus  ojos azules profundos, su  mirada melancólica, su maldad a la vez infantil y diabólica. No les gustaba su comportamiento raro, pero adivinaban su fragilidad, como lo hacen tan bien todas las mujeres con los hombres.  Cómo resistirse a  la  tentación de salvar al desvalido,  en especial si era tan buen mozo como Borda.

 

Borda no era rico. Pero en la fauna  local era la combinación aceptable  de aspecto y apellidos. Los Bordas si eran rubios y colorados eran de los Bordas ricos,  aunque este no lo fuera. 

 

Al fin y al cabo los ricos lo reconocían como de los suyos. Martínez, cuando no encontraba quien lo acompañara  invitaba a  Borda a recorrer con él el campo de golf del San Andrés, así  Borda nunca hubiera podido coordinar los movimientos para pegarle bien a la pelota.  Borda, consciente de su dignidad heredada siempre iba bien vestido con la ropa que le dejaban sus primos de más al norte. Especialmente con la de Junguito, quien no parecía repetir prenda. Cuando no tenía para el bus, siempre había quien lo llevara en sus automóviles. Lo dejaban en la 72  y él  caminaba el resto, de vuelta a Chapinero, a la modesta casa de un  piso cerca del Paraíso, donde  tenia que oír los ensayos de las   serenatas y oler el eucalipto recalentado de los baños turcos.

 

Las niñas lo deseaban y las madres no objetaban   no importa donde viviese. Tampoco les importaba que hubiese estudiado en el “Virrey Solís” o en el   Max León” o el  “Germán Peña” si  en el caso de los hombres el colegio no importaba. A los ricos  también los echaban de los colegios y había que tener alternativas cuando ya se habían agotado la paciencia del Moderno y los colegios de religiosos, o cuando  los bolsillos de los papás no daban más.

 

Bordita, buen primo pobre había tenido que crecer con la responsabilidad de ser el comodín  chirriado,  el invitado de última hora a completar pareja cuando alguien hacia falta en las fiestas de los clubes y   las nocturnas de fines de semana

 

XVII

 

Borda las había acompañado a todas y había visto de gorra todo el cine que había que ver en Bogotá ; las funciones del  Teusaquillo” o el “Radio City”,  el “Libertador”, el  “Lucía”,  el “Palermo”, el  “Miramar”,  el  “Arlequín”. Había que  adelantarse a la motocicleta que llevaba los rollos de norte a sur   en las cadenas de Cine Colombia que daban simultáneas; había que estar informado sobre de  horarios  y turnos. Borda lo estaba; con él no se llegaba  después de los cortos y había tiempo para comprar los besitos ,  los charmes y las botellas de Kist

                                                   

XVIII

 

Borda se los conocía todos. Ahora eran  los teatros de estreno. En los años de bachillerato habían sido el  “Avenida Chile”, el “Copelia”, o cualquiera de los antros cuya boleta  pudiera comprarse  con su magra mesada semanal. El  “Caldas” aunque fuera  teatro de sirvientas y solo diera dobles mexicanos;  el “ Imperio”, aunque allí fueran los de  la barra de los Alcázares y a él le dieran miedo las peleas con cadenas. También  el “Santafé” que era el único donde podían ir las  familias  del barrio San Luis y del Palermo. O  El “Escorial” y   El “Nuria”, ratoneras de entrada diminuta en las  que había que agacharse como para entrar a un refugio antiaéreo; asientos de palo,  silletería con los resortes por fuera. Trampas sin escape posible. Quien entraba lo hacía a sabiendas que estaba expuesto a que en cualquier instante algún descuidado fumador le prendiera fuego a las  cortinas viejas y todo fuera una llama gigantesca en segundos.

 

Cuando las opciones del norte no parecían atractivas  el  “Lux”, el “Faenza” o el “San Jorge”, “ Coliseo”,  los cines  dobles del centro en los que se exploraban mundos mas sórdidos aun que los de Chapinero.

 

No había manera de evitar  ese noviciado; había que  compartir pulgas e ilusiones con el pueblo, aprender su lenguaje: violinazos”, “mamitas”; las expresiones y la música;  los  “¡uy! ¡uy! ¡uy! ¡Mucha chimba!” ; los vicios de los mayores y las verdades de la  vida. De vez en cuando  si se cometía el error de ir solo en busca algún numerito ocasional  de los colegios del sur o del centro, tener que evitar en vez los embistes de algún degenerado en busca de carne joven de varón.  Había que identificarlos en medio de la oscuridad y hacerse en el lado opuesto y escapar  pitado si el asedio era frontal. Se les salían los ojos al ver entrar la víctima en la oscuridad, el cazador cazado.

 

XIX

 

Días buenos  y malos se alternaban. En los mejores,  la  película era entretenida  y la espera daba frutos. El tedio, la compañía de Casas y su amabilidad pegajosa, sus comentarios sosos,  todo se transformaba con la entrada de dos colegialas en plan de exploración : el cambio de silla, el acercamiento gradual, el asecho y finalmente el asalto, la adrenalina,  la invasión progresiva de los espacios ajenos,  la mano por encima del hombro, el mensaje tímido,  la mirada de soslayo,  el terror, la  mano húmeda,  de vez en cuando ese olor a almizcle,  la humedad, los suspiros ahogados, el  miedo al escándalo o al error, el contacto aunque fuese  de un pedazo de vestido,  los pies que   involuntariamente pisaban los de ella  y ella que sí y luego las preguntas esperadas: “¿qué estudias?”, el mismo temor casi infantil de algún par de colegialas que siempre se hacían cuarto y se hacían invitar en pares a helado y se dejaban enamorar y tocar también en pares.

 

 Cuando mejor les iba los besos con lengua, las manos dentro de las blusas, la exploración de las piernas hasta llegar a la raíz. De pronto la sorpresa desagradable;  la de dientes frontales cariados, el  travesti apurando para que lo tocaran; la coja, las peludas, la sonrisa que en la oscuridad  invitaba ahora transformada en  un gesto desordenado, feo.

 

Igual que en los teatros, la misma cacería en   los buses llenos, camino a la “Luis Angel” y después al “Quiroga”; arrimarse, tocar,  sentir los cuerpos  de las hijas de los citadores y secretarios de notarias, las de los detectives, las de los buses amarillos o los que iban a “La Española” o a “Kennedy”; mirar primero que no hubiese ninguna cara conocida camino de los Andes.  

 

No. A  las mamás no les importaba que salieran con Borda, primoroso el chino,  estas sabían administrar dotes y casar hijas desechadas y despechadas por otros.

 

XX

 

 

Entre la gente bien y también en la universidad  todos sabían de la amiguita que Borda había traído desde el bachillerato , la única que se le había conocido.   Cuatro largos años desde cuando Teresita al contrario de otras no le había importado su pasito único de baile,  ni su vanidad . Y se veían los dos tan  lindos y cuadraban  ella con su cara de almendra y su pelo castaño blower y él  distinguido como todos los Bordas.

 

Borda estaba ahí y no le haría daño,  si acaso tocarle los pechos, oír los mismos discos los fines de semana,   robarle algunos intentos  impúdicos  al ombligo como hacía con los numeritos de los cines y después seguir con mil perdones.... no era lo que quería....  nuevos intentos ... nueva confusión, cuidando su castidad cuando ya no creía en el  pecado; carente ya de la inocencia como  se la habían enseñado los franciscanos en el “Virrey”. 

 

XXI

 

Alrededor del circulo privilegiado de los que se juntaban con Camila y los de los colegios de los ricos no había al comienzo  estudiantes de derecho,   desprestigiados  y provincianos ;  ni los de arquitectura, uniformados con sus chaquetas de gamuza o de pana , el  pelo sucio y  rubias de piernas largas y moral de artista, ni tampoco ninguno que viviera de los puentes de la 26 hacia el sur.

 

Las asambleas estudiantiles y la necesidad impuesta por la revolución inminente y el  romanticismo profundo del momento cambiarían todo  con el correr de los semestres. Y cambiaría a las niñas, pero no a Flor, la única compañera que había escapado de los dardos de Borda, como si para él no existiera.

 

XXII

 

Flor no  tenía   dueño.  Flor no era tampoco  una de las niñas. Ni de las otras. La taxonomía  de Borda y su grupo era precisa. Todos la entendían  sin que jamás se hubieran puesto a analizarla.   Había niñas y viejas. Por fuera de clasificación estaban las sin ningún interés, las que no encajaban en nada. Flor era una de estas.

 

XXIII

 

A  las niñas se podían  invitar a las discotecas. Por supuesto.

 

Primero fue “La Bomba” que solo frecuentaron los más atrevidos cuando  los hippies locales eran poco menos que gamines e hijos de alcahuetas y alcohólicas en busca de novio tardío. Luego las otras, El Elefante Blanco y La Mamut Rosa frente a la funeraria Gaviria de la 43 con 13. Luego las demás.

 

Jamás a los moteles. Eso es cosa de lobas.

 

Para eso estaban los estudios y las llaves compartidas y los caserones vacíos y las fincas. El apartamento sacado de un sótano del castillo del mono Osorio. Los padres llegaban de los cocteles en las madrugadas sin ningún interés por averiguar donde estaban sus niños ni las niñas.

 

XXIV

 

Delante de  ellas  se podía fumar marihuana y ofrecérselas. Las niñas siempre eran de fiar, sobre todo si entre  ellas  había  alguna de colegio de monjas por su solidez moral era para las mamás  garantía que aquietaba conciencias y les permitía irse a jugar canasta o bridge hasta la madrugada.

Ser niña era garantía de que todo quedaría entre los del círculo de gentes conocidas ; los preservativos encontrados al azar en sus carteras inocentes, las fórmulas de los ginecólogos,  los juegos dobles, la perica o la marimba,  aún los  muertos inesperados  de las carreras de  la cien  y  de la Pepe Sierra....

 

De las niñas salían las amigas. Las de casarse. Así casarse ya no estuviera de moda. 

 

XXV

 

Las otras,  las demás,  eran viejas. No era cuestión de edad.

 

Viejas  por ser material de desecho;  carne de cañón. No era que a las niñas no se las comieran, pero el precio era distinto.

 

La clasificación calculaba por igual  atributos físicos y actividad sexual de la poseedora de los epítetos.. Obleas a las que había que doblar para comérselas; papas fritas por  ruidosas, besitos las menos vocales.

 

Mientras las niñas salían con fulano de tal, las viejas  lo daban. Si era solo a un amante al que todos envidiaban culeadora ,  si a  más de uno, puta  a secas.

 

Los numeritos solo calentaban.

 

Todo lo distinguían y los distinguía;  sur y norte. Hasta las botellas de leche. Algarra en el norte. San Luís más al centro. En el sur la vendían directamente de la cantina.  Y  las lavanderías. Si los vestidos los  recogían en los barrios de los ricos,  con seguridad era los de la “Holywood”, con su camioneta Volks-Wagen amarillo mostaza y azul marino. Más hacia el sur, la camioneta era  negro y rojo, también de marca alemana pero la lavandería se llamaba “Imperial”.

 

Aún la funerarias y el cementerios eran distintos. Y las bodas se celebraban en diferentes iglesias, aunque todas lloraran  en ellas, sin importar la clase social.

 

XXVI

 

-   Ala,  ¿sabes quienes están saliendo?

 

Los primeros rumores sobre el cambio de Borda circularon antes del traspaso de la ciudad universitaria a la Hortúa, el hospital de los pobres  donde los estudiantes de la Nacional hacían sus años de prácticas clínicas.

 

Poco a poco Borda dejó de hacer chistes. Y comenzó a acompañar a Posadita. Se desviaban de camino por el Park Way, o seguían diagonalmente, paralelos al caño enladrillado del “Arzobispo” hasta llegar a la Magdalena, donde Posadita lo invitaba de vez en cuando a entrar a su casa de construcción inglesa. Y se enfrascaban en sus discusiones sin fin.

 

-    “O sea que Borda se está comiendo a la Posadita”, le preguntó un día Umaña a Camila.

-    “Cómo se ve que no lo conoces”.

-        “Ni a ella tampoco”, terció Sofía, la  pecosa amiga inseparable de Camila.

    -    “Posadita es del otro equipo”.

 

Y tenían  razón Camila y Sofía.  No había nada erótico entre Borda y Posadita, más bien una relación de complicidad y ganas de Borda de descubrir su verdad y la verdad del mundo, aquella  que no había podido descifrar en sus exploraciones por la ciudad ni a través del mundo de sus gracejos .

 

Andaban mucho y hablaban también mucho  y a Borda le gustaba que lo oyeran sin que esperaran de él un chiste, y  con Posadita se podía hablar como con casi todas las mujeres, solo que con ella no había riesgo de que la conversación los volviera íntimos de cuerpos y no solo de secretos.  Todos creían que no era posible conversación  entre hombre y mujer que no terminara en acercamientos eróticos o en desprecio.

 

O sea que Borda encontró en Posadita una confidente y con ella no le importaba desnudar el alma, decirle de verdad lo que el pensaba. Por fin a Borda no le daba miedo quitarse su careta de payaso.  Posadita no era amenazante, como decían que eran las del partido de las mujeres. Y con ella a Borda no le daba miedo de que de las confidencias de las  tardes frías saliera  una amante aburrida y un mal recuerdo.

 

TERCER ACTO

 

Sin embargo lo de Posadita pronto se acabó cuando las conversaciones se volvieron repetidas y predecibles. Entonces Borda se aisló nuevamente en su melancolía y sus voladas para vespertina o matiné se hicieron más frecuentes .

 

Tales  salidas apresuradas de la  universidad  solo se vieron alteradas por razones de fuerza mayor, como sucedió la tarde en que el aguacero interminable lo obligó a guarecerse dentro del edificio de la facultad.

 

Un aguacero de esos que los paraguas no aguantan lo dejó enfrentado a Flor.

 

Fue imposible no hablarle. Y al hablarle fue  imposible no mirarla.

 

Tenía dos  cicatrices de alguna varicela mal rascada. Su color entre cetrino y pálido de criolla expuesta al sol y al viento y su  cuerpo duro  eran de  otros climas.

 

Pensó en las muchachas compactas de tierra caliente que empezaban a aparecer en las piscinas del Boquerón  metidas en sus bikinis de telas baratas, el pelo mojado, piel sin filtros , cabezas sin sombreros que las protegieran del sol, chapuceando en los ríos o en las piscinas sin estar conscientes del efecto causado ni buscándolo, tetitas que podían caber en una mano sin que nada se desparramara por fuera de ellas. Nada que las destacara del paisaje. Sin embargo ahí estaban.

 

Ya lo había experimentado Borda anteriormente. Muchachas anónimas que se quedaban en la mente atormentándolo por las noches,  atizándole  fantasías que nunca llegaban a término. Ni feliz,  ni infeliz.

 

Y ellas, las muchachas de tierra caliente lo  sabían; y podían  estar a la espera del momento oportuno, sabían que llegaba porque el hechizo quedaba hecho;  lo sabían al verlos volver siempre la mirada atrás,  y luego al encontrarlos en las heladerías de los pueblos y ver sus reacciones,  aun sus embistes torpes.

 

Ellas podían ser de los pueblos y ellos de la capital, pero sus piernas sin medias veladas contaban como aliados instintos inequívocos que  siglos enteros de evolución no habían logrado cambiar. Piernas  y ojos conocían el deseo sin juegos ni afeites.  Aquí bajo el sol eran  deseables, así  en la ciudad pudieran ser tomadas por cualquier empleada  del Ley  o aun por una de las del servicio doméstico y las tías de los rolos dijeran que de dónde se había bajado a la india e hicieran como si mirasen  hacia arriba para ver en que árbol se había quedado enredado el guayuco. 

 

Qué más daba si las tías eran tan distinguidas, si ya sabían en todos los pueblos de provincia de doctores y notarios distinguidos pero sin un centavo. En cambio sus padres, los de las provincianas,  poco a poco acumulaban  los únicos capitales sólidos; nada de riesgo, comercio puro y limpio: graneros, delantal burdo de color caqui para el dueño y para todos; botica de antibióticos pasados y fórmulas magistrales; espera frente al establecimiento porque los clientes llegaban; partidas de cartas y de dominó en el andén;  la plata debajo del colchón si fuera necesario, donde no la fueran a alcanzar la especulación, ni la avaricia de banqueros jóvenes. 

 

Flor la inclasificable. Ni niña, ni vieja, ni  loba.

 

Mientras conversaban  Borda recordó el día que quiso insinuar algún defecto congénito inconfesable para explicar la soledad de Flor pero la presencia de los de Santander se lo había impedido.

 

Flor tampoco  hacía nada por desvirtuar especies que circularan sobre ella, ni sobre nadie. Qué más daba si decían que ella era hombruna  porque su cuerpo producía las hormonas equivocadas. Nada de eso parecía importarle. No iba a aprender en tan poco tiempo a capotear las reglas de una ciudad en la que nunca se quedaría a vivir . Simplemente las reglas acá eran otras y muy crueles si se tomaban en serio.

 

XXVIII

 

-   “De veras  no te importa Flor”, - le dijo Borda- , “lo que piensen de ti”

-   “Si me importa, pero no tanto como a ti , Borda”.

-   “¿De Pinchote?”

-   “Que no. ¿De dónde sacó eso? De allá son los cotudos. Yo  soy de  Zapatoca. A mucho honor”,  añadió  con orgullo provinciano. 

 

Hablaron de su pueblo. Borda parecía poner atención y no hablaba tanto como otras veces.

 

Le preguntó por las notas del último examen.

 

Se sorprendió de saber que estaba entre  las cinco mejores del curso. A Flor le pareció un poco raro este súbito interés por ella y sin quererlo dejo escapar un gesto entre sorpresa y sonrisa que Borda alcanzó a percibir como de desdén .

 

-    “No se ría Flor”

-    “No me río;  me sonrío. Algún día aprenderás a distinguir la diferencia”.

 

A Borda le sorprendió la familiaridad con que lo trataba. No lo evitaba. No le tenía miedo. Lo trataba de igual a igual. No hacía nada por impresionarlo. Era demasiado plana, demasiado simple. No le ofreció un cigarrillo como Camila o Sofía lo hubieran hecho. Ni se excusó por no tener vicios; ni  mostró  interés genuino o fingido por ningún arte ni ningún deporte.

 

Flor no quería ser reina del curso, ni representante estudiantil, ni echar discursos como Beatriz,  ni como esta  ser la madrina de todo equipo deportivo y de toda feria.

 

No tenía tampoco dichos picantes,  ni hacía gestos de sorpresa o de reproche cuando los santandereanos con quienes andaba usaban lenguaje subido de color.

Por más que hizo esfuerzos Borda no pudo encontrarle paralelo a Flor.

 

-    “No,  Borda. Mi padre es modesto. Pero pudiente, como dicen en mi pueblo”.

-    Uy,  Flor.  ¿Eso qué quiere decir?”

 

Por primera vez Flor hizo un gesto de que estaba consciente de qué clase de joya  tenía al  lado.

 

-   “¿Me vas a empezar a mamar gallo?”

-    “Me tienes en mal concepto”

 

Se  rió sin decir nada. Siempre de pocas palabras.

Borda especuló. O sea que el padre de Flor  tenía su platica. No  era tanta o  la habría enviado a la Javeriana.  Y no a las 10 de mayo, sino a las residencias de las monjas. La   lluvia larga hizo que continuaran tejiendo su historia.

 

 Flor había marchado al compás de  la banda de guerra de la Normal para señoritas de Zapatoca.

Marcha al frente,  con  compás ...ar.

 

Trató de imaginársela con su  falda plisada por debajo de la rodilla.  Y más bien vio al pie de ella a las gordiflonas de blusa blanca de una talla inferior a sus años y  pechos, los zapatos negro de hombre  y la medias tobilleras  , los cuellos plastificados de los  vestidos de gala, el peinado demodeé mantenido con laca. No había pueblo que resistiera la tentación de la banda de guerra o de las Tunas.   Con compás  un, dos, tres y cuatro tara ra ra tra ra ra ra ra ,  arrastradito de pie  y luego levantadito,  sin gracia, movimiento pendular del antebrazo . Cuando la tuna te de serenata no te enamores zapatocana...

 

XXIX

 

La lluvia no cesaba y dio para hablar de lluvia.  Flor tenía toda la colección de Enrique Guzmán y de Leonardo Favio.... “hoy corté  una flor y llovía y llovía”, al igual que hoy. Y cosa rara,  Flor le confesó que lloraba al oír su nombre en las canciones y Borda aunque quiso no pudo burlarse de la lluvia como la de hoy, ni de que Flor  llorara  con la flor y con la lluvia y con Manzanero y con Palito Ortega. Flor se  sabía todos los pasos,  los del vaquero que iba  cantando tonadas mientras  tardes moribundas caían en los ríos,  guere guere perdidos en la montaña, bohemios que soñaban  cumbias que iban  de ronda, cantos de amor nacidos  del corazón. Borda reconoció todas las melodías y le dio pena que el mundo de Flor coincidiese  tanto con el suyo.

 

Se  sonrojó pero pensó que el sonrojo había  pasado por alto. Tonto Borda. Ningún sonrojo pasa por alto.

 

 Flor se sintió un poco incómoda por haberle mostrado su intimidad .  Pero Borda no fue hostil. ¿Porqué habría de serlo?. Si Borda al fin y al cabo tarareaba todas las canciones que ella había oído y conocía todos los artistas “jamás podré olvidar la noche en que te besé. Esas son cosas que pasan... y, es el tiempo que después dirá...” le sorprendió que la cantara completa y se le aguaran los ojos.

 

La lluvia pasó. Y Flor no le preguntó nada,  y salieron cada cual para su lado ; él a andar las calles,  ella para sus residencias, sola,  modesta,  con sus libros debajo del brazo. Y hoy  con una sonrisa ingenua de niña, como si se sonriera con su ángel de la guarda.

 

XXX

 

Por la noche Borda repasó toda la conversación al verse  sorprendido por el insomnio, a pesar del cual  tomó varios pocillos más de tinto, acompañados de sendos “Pielroja”.  Se encontró grotesco tratando de imaginarse a Flor en las fiestas de su pueblo o en las de la universidad.

 

Fiestas. Nunca en las discotecas. Nadie se la hubiera imaginado a Flor en la Mamut Rosa oyendo los gemidos de una melodía de boga entonces,  susurros,  muchos susurros seguidos de música lenta de alcoba, gemidos incompletos in crescendo,  invitación a seguir, orden de no detenerse, asentimiento oui! : Ya la   hacían sonar en las emisoras in de Bogotá , y las mamás mandaban a apagar los  radios , pero las frases en voz ronca que no se alcanzaban a entender se colaban por las rendijas ; faite moi , algo terminado en é. Las mamás habían aprendido francés en el Sacre Coeur pero no entendían la letra de las canciones.....

 

XXXI

 

Una de tantas noches Borda se preguntó porque a Flor al contrario de la mayoría no la impresionaban los apellidos bogotanos, ni sus rituales.

 

Era cierto,  Bogotá era una ciudad pretenciosa. Parroquia grande en la que todos posaban de ingenio y sutileza; ya lo sabía, su ciudad era falsa, la mayoría    apenas comenzaba a salir de sus grandes caserones de  Las Cruces o más al sur en San Cristóbal o aún vivían entre paredes que amenazaban ruina como Borda en Chapinero, pero aun así los de provincia miraban a Bogotá como los bogotanos miraban a Europa

 

Cómo iba a estar  Flor para “pies” , ni  para  pankakes,  ni sopaipillas,  ni sanduches de wafreras, si ella venía de un pueblo. A ella que le dieran solo  pan, si no podían darle su  arepa santandereana. No . Jamás se podría presentar con una como ella donde sus hermanas o sus tías. 

 

XXXII

 

Y esa indiferencia de Flor hacia  sus valores éticos y estéticos le hizo ver por primera vez qué poco o nada sabían los bogotanos del país, excepto que los  calentanos comenzaban en  Facatativá, y de ahí para abajo todo tierra de mosquitos,  muchachos flacos y barrigones con mirada de idiotas

 

Un día Borda se sorprendió al ver bajar a Flor de un carro europeo como el de sus amigos. No le cuadraba. Se la  hubiera imaginado en una Doche o un Ford con platón atrás donde cupiesen todos los que volvían de los paseos al río junto con las ollas y las señoras gordas, que nunca se quedaban detrás y se entronizaban en los asientos de adelante.

 

Ya por entonces, a Borda se le empezaban a desbaratar todos sus esquemas.

 

XXXIII

 

Durante meses  Borda quiso convencerse de que  se había olvidado de su conversación con Flor. Pero le costaba trabajo más ahora que no hablaba con  casi nadie.  Cuando estaba en compañía de otros permanecía callado.

 

 La primera en notar el cambio fue Teresita, quien ya por esta época comenzaba a encontrar encantador a un pereirano de su facultad de filosofía. Borda no notó el distanciamiento aunque  a veces pensara que tal vez estaba enloqueciendo y que tal vez los otros tuvieran razón,  quienes decían que su personalidad era esquizoide. Cuando Teresita le planteó  que deberían discutir lo de su relación, Borda no quiso discutir nada y se despidió como si nada ocurriera. Simplemente  a partir de ese día no volvió, ni siquiera por los retratos. Una tarde se encontró a  su Teresita de brazo con el pereirano en el Cream Helado de la 32 y esa noche sí  y las siguientes lloró amargamente su soledad y sintió nostalgia por los  momentos de ternura compartidos con su Teresita

 

XXXIV

 

 La primera vez que Flor tuvo algo que decir en público fue tan corto y tan al grano que pasó desapercibido para todos excepto para Borda. Fue a raíz de una de las huelgas de la facultad cuando ya los del curso estaban en el hospital.

 

-   “¿Y qué carajos vamos a sacar con esta huelga?”  Había dicho Flor.

 

Esa  fue una ocasión memorable para todos los demás, no porque hubiera hablado Flor, sino porque el menos esperado se robaba el show.

 

-    “Compañeros; moción de orden,  compañero”.

 

Era Junguito, el primo rico de Borda, el que le dejaba los chaquetones que él ya no usaba. Junguito en  la misma tarima con Victor Héctor, ahora convertido en  una especie de Danton criollo de melena desordenada y labio fácil, animal en ascenso sin ningún escrúpulo, ni principio ético. El mismo a quien  Camila y Sofía le hacían gestos de desdén al comienzo de la carrera. 

 

Quién lo creyera. Junguito y Héctor haciéndose  eco. La burguesía condenada a desaparecer se tomaba la tarima y la revolución, junto con el hijo del pueblo. 

 

Alzaban la voz. No había micrófono.

 

-   “Los contra revolucionarios...... , los esquiroles que trabajan mientras el glorioso pueblo lucha, son sapos infectos que se ahogarán en el inmundo charco electoral en que ahora se refocilan y se untan a costa del sudor del pueblo; no nos seguirán haciendo pistola con los dedos de los pies. No los permitiremos”. La voz de Junguito llenaba el recinto.   Y Victor Héctor respondía  “ compañeros , los reaccionarios de la caverna docente- dicente  no merecen espacio en el estado socialista revolucionario  del futuro;  son tigres de papel que aplastaremos en nuestra marcha triunfante hacia el futuro de hermandad y solidaridad combativas , compañeros”.

 

Camila y Sofía, las niñas   repartían  propaganda revolucionaria. - -

 

-   “Compañero”..... Ya no lo llamaba Bordita, ni recordaba sus  cuentos decadentes

 

XXXV

 

Los años clínicos pasaron velozmente.  Camila y Junguito escasamente aprendían medicina y cada vez más se los vio con obreros y los del sindicato del hospital , a quienes empezaron a invitar a sus manzardas de Rosales, guaridas  con entrada propia, donde los hijos de papi se reunían  a conspirar contra papá y a meterse un cachito.

 

El papá de Junguito  reía y contaba historias de éxito,  hasta cuando la cosas se ponían color de hormiga y su primo gobernador le informaba que los tiras del DAS acababan de sacar a Junguito  y a Camila de una manifestación antes de empezar  a darle palo y bala a esos sin vergüenza que se querían tirar el país.

 

 Borda cada vez más solo,  ahora sin el grupo del Campestre y sin ningún plan definido dejaba que los años pasaran; sabía que  en las clínicas nadie se rajaba, solo bastaba ir y ser discreto;  no enfurecer a ninguno de los profesores. Mantener los egos inflados y las apariencias aceitadas. Algo se aprendía por inercia. 

 

XXXVI

 

Aunque no se metía con nadie y a nadie desafiaba a Flor se le veía feliz en su condición de mueble viejo. Cada cual  le iba cogiendo más  cariño a medida que  la carrera se acercaba hacia el fin  y la vida de verdad se les venía encima.

 

Durante los años de carrera las cargas se equilibraban y uno terminaba queriendo a su enemigo de antaño, sobre todo a los del grupo original que con tanto recelo había uno mirado el día de la matrícula. 

 

Pero mueble viejo y conocido,  todos esperaban con curiosidad el día de ponerle un poquito de torrente a las aguas quietas de Flor.  Pocos, no obstante se hubiesen atrevido a vaticinar por donde reventaría la cuerda.

 

Menos que  sería  Borda el encargado de hacer  florecer en público a Flor .

 

XXXVII

 

Todo sucedió hacia el final de la carrera.   Sería algo del ambiente. 

 

Tal y  como  había acaecido  muchos años atrás al finalizar el curso de anatomía, el ambiente hoy era el de una olla de vapor. En la fiesta de hace años  había que dejar salir todas las frustraciones acumuladas.  Que eran muchas: las malas notas,  los cierres de la U, las pedradas,  el formol  de  los cadáveres que impregnaban todo, las amenazas de expulsiones después de la guerra de guantes llenos de agua, el proyectil improvisado de unos  senos grasosos de muerta  sobre la cara del profesor, la reacción del maestro temido, la sonrisa estúpida de  las compañeras  curiosas yendo a ver el la generosa dotación de un costeño que tenían en las neveras de los cadáveres, la curiosidad babosa de los varones corriendo ante la falsa alarma de que había llegado el cadáver de una virgen al anfiteatro. .

 

Había  sido una fiesta memorable la de entonces. Por primera vez  los pereiranos  se habían atrevido a ofrecerle aguardiente a Borda  y este no solo no se los había rechazado sino que se les había tomado más de media botella y los  había abrazado sin tapujos sin importarle esta vez sus pantalones de material sintético  verde brillante y sus caminados de camaján,  sus boinas pueblerinas, ni que lo quisieran  acorralar y emborracharlo  para luego darle en la jeta.  Borda se los había bebido y lo de la golpiza se habría quedado para otro día.

 

Cómo no. El ambiente esta vez era similar. Ganas de emborracharse y de levantarse la bata. De olvidarlo todo. Ceremonia tribal de fin del carrera. Tiempo para olvidarse de todo.

 

Ya alguien lo llevaría a casa arrastrado si fuera necesario. Como sucedió entonces.  Ya abrirían las Borditas la puerta del zaguán con tal de ver a Sánchez o a cualquier buen samaritano que les trajera a su hermanito, raspado y vomitado, pero de una sola pieza.

 

Hoy también era momento de rebobinar la cinta, solo que esta era más larga. No  las anécdotas de un  curso sino las de toda la carrera.  Ocho  largos años acumulados, con huelgas incluidas

 

XXXVIII

 

Toda la facultad estaba y también los  de la Javeriana y   los del Rosario, todos en sus mejores galas. Sería la última vez que estarían juntos, pues después se irían a hacer el internado y luego se dispersarían por el mundo.

 

El ambiente era de fiesta aunque la excusa fuera la ciencia, o algo parecido como pretendía la casa comercial que ofrecía un futuro maravilloso libre de hipertensión y de muertes súbitas. Qué importaba el motivo, lo importante era llenar a los jóvenes doctores de buen whisky, ofrecerles el mundo del éxito que les esperaba a quienes formularan metil dopa.

 

La inversión valía la pena. Los doctores formularían la droga y las ganancias compensarían con creces la generosidad de los anfitriones de hoy

 

La  música variada hacía bailar a todos. Había mucho paseaito que era lo que más les gustaba a los bogotanos .

-    “¿Otro trago doctor?”

 

Y otro más. Todos eran doctores. Aun los barbilampiños. Y todos engullían pasabocas de camarones y salsa rosada  y lo bajaban con más whisky.

 

Los dos,  Flor y Borda sin palabras bailando  las notas , dejándose arrastrar por ellas, ella colgada al cuello, la mirada limpia,  la invitación a seguir,  a no irse.

 

 Y Borda bailarín de  pasodobles, ahora bailando boleros, el cuerpo cada vez más cerca,  imposible de separar. Los alientos confundidos. La súplica callada : no se vaya a desprender Borda;  no se le vaya ocurrir echar chistes,  no ahora Bordita;  no le vaya a dar miedo. Que la  música no se acabe y aunque se acabe, que nos quedemos  ahí prendidos,  quietos,  en un rincón, las luces de neón y de sodio y la ciudad fría al fondo.  Debajo de la blusa  la respiración la de ella, los pechos duros, firmes, bien hechos. Todo era un sacramento y Flor no olía a perfume barato sino francés bien discreto, y  los pezones perfectamente esculpidos estaban erectos y el cuerpo era demasiado real y compacto  y la sonrisa mostraba sus  dientes perfectos sin   estrellas de oro y sin mal aliento.

 

Y no había que pedir perdón por estar tan cerca,  ni declarar nada,  solo esperar que el tiempo no se fuera,  hasta cuando  se hizo inevitable el beso, la ceremonia  natural,  limpia,  bendecida por la vida.  Sin forcejeo.   Un beso largo,  luego dos, como si fueran uno continuo,   sin mediar sílaba,  ninguna tentación de estropearlo, ni  de quitar esa mirada tan limpia y tan linda que no era solo mirada de deseo. Sin ganas  de saber qué otras virtudes o garantía la acompañaban. Ni qué seguiría.  No iban a estropear la noche torpes exploraciones arriba de los muslos,  ni curiosidades por saber el color de los calzones.

 Flor la que no clasificaba de nada. La rara, la pueblerina, la de piel cetrina también daba visos y rubores. El calor era igual,  las pupilas se dilataban lo mismo. 

 

Al prenderse la luz ninguna gana de irse. Se habían quedado hasta la  última nota y participaban de un despedir muy largo, como si estuvieran embriagados, lo estaban,  tomados del brazo el uno y el otro afuera,  recibiendo el frío de la noche bajo una lluvia tonta como le gustaban a Flor.

 

Los santanderenos hoy no le armaban pelea y no querían nada;  solo venían y los abrazaban y se habían olvidado de los grafittis que le escribieron desde la primera semana  de la facultad: Borda deja tu cara de acólito y tus maneras de cura. Borda :  a ver si te vuelves hombre,  al pie de la oda a la caca y falos de distinta anatomía que pintaban los maricas.

 

¡Quien lo creyera! Borda, un camarada más  a quien no había que espantarlo del lado de la niña que todos habían protegido con solidaridad de provincianos.

 

Borda. No vayas a hacer tonterías. No vayas a proponer ningún sitio. En el asiento de atrás del taxi y no en los carros de los hijos de papi,  las manos cogidas hasta llegar su casa modesta de Chapinero, la despedida sin dramas, otro beso más en la mejilla. Los santandereanos se la llevaban y las luces rojas quedaban sobre el pavimento húmedo de la madrugada aun oscura de Bogotá,  amable, vacía.

 

XXXIX.

 

Nunca se volvió a hablar entre ellos de lo sucedido. No había derecho a la posesión, aunque hubiera derecho  a los sueños.  Pero todos los demás si hablaron  de la noche que Flor se quedó engarzada en los ojos de Borda.

 

El lunes después de la fiesta Borda se reunió con algunos de su grupo en la cafetería del hospital. Hubiera querido decirle que la iba a llamar pero su cobardía se lo había impedido. Y que desearía hablarle ahora como lo hacía con los ojos. Pero ya era hora de organizar internado y Flor era realista aunque él no lo fuera y él no hubiera juntado el valor necesario para sacarla de la cafetería ni de pasarle un papel delante de todos sin ganarse una rechifla. No hubiera querido ser sometido a la humillación de alguien que le dijera  hable como un hombre. Nunca  había aprendido a hacerlo.

 

Sentado en su esquina no hizo chistes,  ni habló de lobas,  ni de clubes,  ni del golf, ni  de Martínez que se había ido ya para Chicago a  estudiar en North Western porque las huelgas de acá no lo dejaban  terminar la carrera.

 

Todo quedó ahí. Flor de una noche, pero  no podía sacársela de   la cabeza y dejar de  sentir por ella un ternura que no sentía desde los 12 años cuando entregó  los primeros  besos furtivos a una gordita de pecas cuyo padre costeño había llegado al congreso unos días antes. Recordó los encuentros antes de que pasara el bus del colegio,  las primeras declaraciones de afán, las primeras promesas de respuesta, los días eternos de la espera, los primeros reclamos,  la incapacidad de acompañarla al baile al que ella tanto quería ir,  y él sin saber bailar ni el más simple de los pasitos, aunque a ella no le importara y quisiera enseñarle como hacerlo y mostrárselo a sus amigas del colegio, a su bogotanito, colorado y tierno.

 

XL

 

Muchos años y mucha vida los separaron y a él le quedo la nostalgia de los amores no correspondidos y de los amores cobardes. Nada los remplazó. Ni su soledad ahora terca, sin analgesia.

 

Un día,  sin planearlo,  se la encontró en una ciudad distinta.

 

Ya se lo habían dicho. Era una gran cirujana de cáncer.   Pocos de su curso  habían  hecho tanta historia en este o en cualquier otro campo de la medicina. Su paciencia y su habilidad con los casos  difíciles era proverbial .

 

Tenia tres varones  rubios como Borda 20,  18,  y 16 años cargados de hormonas criollas y facciones alemanas  por parte del doctor  Kampf,  un apicultor dulce con quien Flor se había casado durante sus estudios en Hamburgo.

 

Fue como aire fresco volver a verla tan cómoda en su domesticidad y sin afeites.

 

A pesar de la complejidad de sus obligaciones no perdía su aspecto de ama de casa que viene de compras;  saludaba y la saludaban como a vecina común; nada de autoridad, los mismos gestos simples, los zapatos siempre planos ahora muy finos,   su ropa europea de la mejor marca sin obedecer a ninguna  moda, parecida a la que le hubiera hecho Paulina en Zapatoca.

 

-   “¡Qué gusto me da verte!”.

-   “Mi único amor antes de tú”. Se lo presentó a su esposo alemán con la simplicidad de ella. El alemán se emocionó y lo abrazó.

 

 Borda se vio pequeño ante los dos metros del alemán ,y  ese día  sintió todo el peso de  sus paños de Bogotá,  incómodos en este clima,  a pesar de la brisa.

 

 

Hablaron de los viejos tiempos. 

 

-  “¿Qué hubo de  Morrisson y Hilary?”

-   “Casados y exitosos. Y aburridos”.

 

Flor sonrió.

 

-   “Trabajan juntos en  la Fundación, atendiendo a presidentes y a ejecutivos” .

Flor volvió a sonreír.  Borda continuó . Sus hijas estudian en el Anglo y evitan el sol como lo evitó su madre. Ya no hay Morrisones varones para saber si se mecen en la punta de los pies cuando están satisfechos. Atrás quedaron los recuerdos del Estrada y la vulgaridad aparente  de sus papás, a la cual remplazaba ahora otra vulgaridad más pegajosa, dulzona, estudiada, violenta, cruel. Lo habían logrado. La alianza había funcionado. Y los cálculos. 

 

 

 -  “Y todavía se dicen “pocholo” y “nenita””.

 

 

Borda se avergonzó del último gracejo y dejó que la conversación siguiera por otro rumbo. Flor lo entendió.

 

 Hablaron largo rato. A Camila la había enredado Víctor Héctor, el Danton criollo de las asambleas estudiantiles,  quien  se la había comido y luego la había abandonado  al ver que al papá de Camila, ni con  nieto en camino  había querido  aflojar un peso de la herencia.  Camila nunca pudo decidir qué le  había dolido más: si  hacer pública su virtud o  su entrega. El maldito Danton todo lo contaba.

 

Eso sí, fiel a sus convicciones tardías Camila había seguido predicando la revolución y la  igualdad que tanto le habían dolido al probarlas en carne propia. Ahora , flaca, con muchas canas y un cigarrillo prendido de sus labios a toda hora, ella   era la proletaria y se ganaba la vida haciendo consulta de medicina alternativa en uno de los barrios populares . Víctor Héctor, el lobo, se  enriquecía  a punta de psicoanálisis en New Haven.

 

 

-   “Y ¿Junguito?”

 

-   “Experto en ultrasonidos  irrelevantes e   interpretaciones de estudios  radiológicos en los que nadie cree. Sin embargo tiene las máquinas más modernas y lo adoran sus pacientes,  igual que siempre lo adoraron las mujeres. Todas, menos la suya cansada de su aristocracia sin sustancia, sus  hemorroides, su  acidez,  el alma triste,  los cócteles y la coca,  las miradas de  deseo de otras mujeres a quienes no les importa que Junguito no funcione, si al fin y al cabo sigue siendo bello”.

 

-      “¿Y vos Borda?” , los ojos le brillaron como aquella noche.

 

Borda permaneció en silencio

 

Bajo la luna cálida de otras tierras Borda y Flor se abrazaron y se besaron, con la nostalgia de la  noche de muchos años atrás.

 

Desde el avión Borda mira atrás la ciudad de Flor y la ve iluminada como si fuera de día.

 

 

Cali, Noviembre 2000.

Hosted by www.Geocities.ws

1