Borda hizo apenas un gesto.
Ella lo
siguió.
Al llegar al único rincón en
penumbras que dejaba el apretado grupo de bailarines, Flor le echó los brazos
al cuello, como si se tratase de una costumbre. No mediaron palabras. Se dejaron llevar por la música.
Detrás del gran
ventanal, las luces mortecinas de
sodio y de neón de la ciudad húmeda.
Nadie quiso admitir que los miraba.
II
A quienes los conocían, les extrañó
verlos juntos, ausentes, cómplices.
A Flor, huérfana de romances
conocidos durante toda la carrera, verla así, aun por un pequeño momento, era celebrar
la vida donde uno menos lo esperaba. Verlo a él expuesto a tal acto de humildad público era darle rostro
humano a quien se empeñó siempre en
ocultarlo, aquel cuyos dardos
envenenados tantos habían tenido que soportar desde el comienzo de la carrera.
Por eso la duda de si todo se trataba simplemente de una broma.
Cada cual repasó sus memorias de los años anteriores. Ninguna clave.
III
Siete años atrás Morisson
y Hilary
habían sido los primeros en dar
el paso y mostrar que a la facultad también se podía venir a algo más que a
estudiar.
Sucedió después de la
clase de antropología médica,
hacia el final del primer semestre.
Al comienzo los habían acercado las iniciales de sus apellidos que los ponían
el uno tras el otro en las listas de la facultad y en las prácticas de los
laboratorios. Con el tiempo se convencerían de que para ellos ese había
sido un signo ineludible de su destino
común. No era la única coincidencia;
sus historias de capitalinos
parroquiales eran similares , sus gustos parejos , sus
ambiciones grandes y pequeñas, aun sus prejuicios se complementaban.
IV
Se habían conocido mientras
asentaban la matrícula en
-
“¿Cómo te llamas?”
- “Hilary”.
- “¿Solamente?”
- “Mühlenbauer”.
Lo había pronunciado a la manera
criolla, sin considerar los
diptongos.
- “¡Mucho gusto!.. Morrrison, ... Miguel”. Tenía
el acento inconfundible de las clases
populares del sur de la ciudad.
Morrison. Mühlenbauer.
Sonaban bien juntos.
Morrison había omitido el López de su madre. El
Díaz materno, ella.
V
El apellido de
Miguel podía ser extranjero pero
su cara era inconfundiblemente sabanera, con sus cachetes expuestos desde niño
al sol de tierra fría. Su cuerpo doblado
y su
calvicie temprana le daban
aspecto de niño viejo. Esto en vez de molestarle lo enorgullecía pues lo separaba de los indios, de cabezas
hirsutas y barbilampiños.
Los curas mayores del colegio Salesiano habían visto a generaciones
sucesivas de Morissones del mismo molde pasar por sus
aulas. El primero de ellos en los años cuarenta venía de Faca
y era hijo de un empleado de la
finca de los Wills; los de más tarde llegaron de Fontibón, Trinidad , el Samper Mendoza y de otros barrios bogotanos. Todos pomposos, sin importarles la contradicción de
sus modestos logros. Tal como ahora Miguel, sus primos y sus tíos también
habían golpeado ruidosamente los talones y se levantaban en pequeños balanceos apoyándose
en la punta de pies, como lo hacen los militares de rango satisfechos. La
diferencia grande entre Miguel y los demás estaba en que este era el primer
bachiller completo de la familia, algo celebrado con gran alegría.
Ahora vivían en el “ Estrada” , en el norte, un motivo de orgullo adicional
especialmente para las hermanas de Miguel. Su padre, empresario de transportes medianamente
exitoso manejaba ágilmente el gremio de choferes al cual
había pertenecido por años. Su madre ayudaba despachando rutas de
VI
Mühlenbauer, el padre de Hilary,
era un judío inusual en la ciudad. En la colonia solo lo conocían quienes lo habían contratado como mecánico
independiente, el único en la ciudad capaz de reparar algunas de las máquinas
de la industria. Era un hombre callado y su discreción al decir de algunos era
a prueba de torturas.
Los
hermanos de Hilary, no habían sido
circuncidados, ni en su casa se hablaba yiddish, ni
se rezaba en hebreo, solamente en el español aprendido en Ubalá.
No era esa la historia acostumbrada de los judíos que generaciones antes habían llegado por el mar a Barranquilla y luego Magdalena y cordillera arriba hasta Bogotá. Los pioneros se habían
establecido en la décima o en el Santafé, en los únicos
edificios con ascensores de la ciudad. Más tarde se habían ido corriendo
hacia “
Ninguno, que se supiera había entrado por los pueblos,
como si hacían los palestinos. Excepto por unos cuantos que llegaron
por Buenaventura y habían
permanecido durante alguna temporada en
Palmira, antes de asentarse en Cali o en Medellín.
Ni su historia borrosa
, ni el haber sido bautizada por exigencia de su madre le impedían a Hilary llevar una
pequeña estrella de David al cuello. Era la forma de insistir en su pasado y
justificar la conveniencia de su apellido. Entre las clases populares las cas, las equis y las dobleus
se asociaban con éxito .
Guberek, el de Odontología, al
ser preguntado un día sobre el papá de Hilary había relatado
una versión oída de su padre
historiador, según la cual Mühlenbauer, el papá de Hilary había
sido el producto de una unión ocasional entre una gentil y un judío alemán cuyo
paradero se convirtió en misterio una
vez el escándalo de la preñez profana se regó entre los de la colonia. El niño
había sido llevado a estudiar a Bogotá y había vuelto adulto a Ubalá con el mismo
apellido paterno que los habitantes locales ya habían olvidado y un diploma de
técnico industrial del SENA.
Los Díaz de la madre de Hilary,
católicos como todos en el pueblo donde no había opción distinta a misa o ateísmo, al
comienzo se opusieron al matrimonio, pero los disuadió el cura del
pueblo con el único argumento posible del judaísmo de Cristo.
VII
Al venirse para Bogotá, Hilary ya mayorcita había
sido matriculada en
VIII
La tarde de la declaración, Hilary estaba como
de costumbre sentada en las filas del torreón de Medicina por encima de salida
principal. En las sillas situadas detrás del muro se podían estirar las piernas
y dormitar sin que el docente lo notara.
- “Tengo que hablarte de algo serio”, le había
anunciado Morrison al entrar a clase.
Cabal el profesor de melena blanca y papada
generosa, disertaba sobre psico- patología de la
holgura y sobre lo que sucedía cuando a
los miembros de una sociedad se les asignaban roles superiores a sus status.
Su hablar pausado y sabroso le permitían trasmitir con claridad sus ideas,
las únicas originales de la facultad donde pensar era anacrónico. Los de Tulane ya
por entonces arrasaban con cualquier asomo de humanismo e imponían técnica y
eficiencia.
La charla le pareció pesada a Hilary quien
usualmente las disfrutaba. Esa tarde solamente esperaba con anticipación las siete,
para hablar con Morisson.
IX
No salieron con todo el grupo como era su
costumbre, ni por la 26, sino que se dirigieron
hacia la 45 evitando mezclarse
con otros que hacían similar camino. Era como si necesitasen toda la ciudad para comunicarse sus secretos.
Cruzaron la treinta y observaron los
municipales de San Cristóbal que venían del Centro Nariño con sus trompas
sonrientes y subían hasta la trece antes de girar nuevamente al sur. La treinta
no tenia el tráfico de ahora. En su separador ratas
gigantes esquivaban las pedradas de los gamines ocultándose en el prado siempre alto y lleno de
basura.
Los bachilleratos y universidades nocturnos se empezaban a
llenar de ilusos atraídos por los
diplomas y la posibilidad de escapar
mundos rutinarios. Centros de enseñanza y cafetines ocupaban con
rapidez de invasores cuanto caserón viejo era desocupado o
cuanto edificio de colegio
se moviera hacia el norte, destruyendo para siempre la
memoria urbana de una ciudad que siempre había tenido vocación de mezquindad y
de tugurio. Vecindarios antes recatados
se llenaban de ruidos y caricias impúdicas.
Entonces también el transporte era sucio e incómodo, atiborrado de caras cansadas. El humo de
cigarrillo y el olor concentrado de los sobacos no dejaba respirar .
Choferes
maltratados por la vida,
dispuestos a asesinar ante la menor provocación cobraban desquite de
malos salarios y largas jornadas.
Al llegar a la 24 voltearon a la
izquierda. Luego pasaron la calle buscando parajes menos concurridos. Caminaron
hasta llegar a la ochenta y cinco. Sin darse cuenta habían dejado atrás Palermo, el parque del Alfonso López, lúgubre como siempre; Sears
y los reflejos de las luces del Campín recién estrenadas;
el 7 de agosto, la 72, el Lago.
Se metieron finalmente en “El
Chiquito”, al pie del Almirante.
Embebidos en lo suyo no se dieron
cuenta que Borda desde otra mesa les hacía un gesto de reconocimiento con la
mano.
X
Escogieron un lugar con vista a la calle desde
donde veían pasar los transeúntes.
Después de un rato insulso pidieron algo de
comer.
Mientras esperaban, Morrisson quiso ir
directo al grano, pero pudo más el miedo.
- “No sé cómo decirte esto.....”
Pensó en el dialogo ensayado toda la
semana.
Hilary tuvo tiempo para
componerse el ruedo de la falda mientras
él encontraba las palabras precisas.
Ella también había ensayado todas
las respuestas posibles : algunas frases por
si la sorprendían con propuestas indecentes; otras sobre su virtud y
otras más para confesar pequeñas indiscreciones, en caso de que se viese forzada a hacerlo; había que sincerarse si él lo hacía.
-
“¿Tu sabes como me llamaban los del colegio?”
Por fin acertó Miguel a ponerle orden a las palabras.
- “Pelo quieto” ,
respondió ella sin prevención.
Evitó reírse con su risa idiota de
caballo que ya sus compañeros imitaban.
-
“¿Y sabes la razón?”
-
“Sería de cuando se le comenzó a
caer el pelo” .
-
“No, Hilary.
La razón es otra y no sé cómo decírtela” .
Continuó dolorosamente entre silencios y frases
incompletas.
-
“Es “pelo quieto” ahora, pero
antes me llamaron “espere
quieto”. Y al comienzo
“espiroqueto” .
El esfuerzo era grande.
-
“No sé como lograron hacerse al documento. Pero
un día “el pútrido” apareció con una copia de un certificado de sanidad
antiguo que mi padre me había hecho
sacar para poder trabajar en vacaciones. Me pagaba cien pesos por ayudar a
controlar las planillas de las rutas”.
-
“Exigencias del ministerio del trabajo”, aclaró.
Bajó la vista y comenzó a llorar
avergonzado.
Sacó el certificado original. Miguel Morrison
López. Edad 15 años. Prueba de Wasserman. Serología positiva.
-
“Ya estoy curado”, dijo Miguel . “Me hice
el tratamiento completo”.
Juró sin necesidad, haciendo una
cruz con el índice y el pulgar al que le estampó un beso sonoro.
Siguió un incómodo silencio.
Hilary quiso
agradecer tanta sinceridad, pero no supo como hacerlo. Miró alrededor para
cerciorarse de que nadie los escuchara.
Borda en la mesa de atrás le señaló
silencio a Teresita, su amiga desde las épocas de colegio y se agachó por
debajo del respaldar del asiento para no dejarse ver.
-
“Y yo, ¿ qué tengo que ver con todo esto?” Fue lo único que se le vino en mente a Hilary.
-
“Pues que no sé si es posible que después de esto me pueda usted seguir estimando”.
-
“¿Estimarlo? Siempre lo he estimado Miguel. Usted es muy buen compañero” .
El
término lo ofendió.
-
“No me entiendes Hilary, lo que quiero decirte
es que no sé si después de esto todavía quieras ser mi novia”.
El cambio permanente de pronombres
era la norma en la ciudad, no solo entre los del pueblo.
-
“¿ Es eso una proposición formal?. ¿No le
parece un poco inoportuna?”
Miguel continuó sin detenerse y sin mirarla
directamente a los ojos.
-
“Tú entiendes”.
-
“Mejor dicho, usted me entiende...” - cambió nuevamente el tú por el
usted. - “Lo que yo quiero saber es si algún
día pueda usted ...quererme; al fin
y al cabo soy hombre...”
Habló de su pecado de juventud y de
las circunstancias. La feria de Girardot,
la cerveza , el baile, la rapidez con que todo había sucedido...
Le contó cómo su padre lo había
emborrachado y luego lo había llevado a celebrar sus 15 años al puerto, de
donde había vuelto bautizado de hombre.
- “¡Pringado!”,
quiso corregirle Hilary, pero se detuvo a tiempo.
No era el momento para interrumpir
ese relato desprevenido con que Miguel le abría una ventana sin censuras al mundo de los hombres, tan
misterioso en boca de su papá y sus
hermanos.
Ella lo
intuía, claro está. Porque aunque el colorido y el material del telón variasen
el final era siempre el mismo; tarde o
temprano los hombres de todas las
regiones y clases dejaban atrás el mundo protector de sus mujeres para
crecer en cafés atendidos por otras de
condición distinta, ensordecidos por música de quejas siempre iguales aunque
los ritmos y los tiempos variasen;
felicidades eternamente truncas,
concupiscencias sin saciar.
Tangos, rancheras, valsecitos del sur : Los temas y
nombres parecidos ahogados por el humo,
el olor a anís y a orines, el jabón
“Para mí”, la tiza del taco de billar, el limón y el mango biche, los gritos de protesta o de llamada , las tarreadas en passant, las sentadas impúdicas en las piernas de borrachos
a medio afeitar. Generaciones, una tras otra que habían crecido igual en Buga, en Manizales o
en Popayán, también en Bogotá y en los puertos ribereños:
queridas, fincas, rentas, putas, alcohol, derecho incuestionable a la ganancia
y al tesoro del estado, jartera con las
responsabilidades de la vida, desprecio por
los compromisos adquiridos.
La decepción de Hilary
con el relato de Miguel, no fue mayor. Pero no sabía como decírselo sin que lo
tomara a mal. No quería darle la sensación de ser mujer acostumbrada a historias parecidas,
tampoco de que su historia le importase
poco. Aunque la verdad fuese que para las mujeres el contenido de las
historias no era tan importante come el tono en que se las contaran. A ellas
las decepcionaban otras cosas, no un
hombre entregado a sus pies, por patética que fuera la escena.
-
“No tiene importancia”, dijo al
fin.
Sus gestos querían ser controlados
pero se veían extraños y fuera de lugar.
Su pelo
abundante y tercamente peinado a la
manera de las heroínas de las películas de los treinta se obstinaba en completar una caricatura cruel.
-
“¿O sea que podemos ser más que
amigos”?
Ella asintió aunque sabía que tenía
que reponerse de la sorpresa; borrar las
imágenes que se formaban en su cabeza: la tierra caliente, la putica cobriza
de vestido rojo, el vomito mezclado con
alcohol, los genitales puercos, el río color de barro
.
XI
A partir de entonces la posesión del
objeto amado se manifestó públicamente.
Había derecho a tomarse por el dedo
meñique encorvado en cualquier circunstancia y lugar.
Esa misma noche se pusieron de
acuerdo en los diminutivos
: “pocholo” él, “nenita” ella.
Bajaron en un taxi hasta el “Estrada” donde
las hermanas y los padres de Miguel los
esperaban. Les sirvieron comida completa sin importarles que ya hubieran
comido. A todos les encantó oír de su propia voz el apellido y ver la cara que
Miguel tanto les habían anunciado y admiraron su
palidez extraña. A la mamá le gustó que
la llamara doña y al papá señor Morrison y a cada una
de las Morrisones que
las llamara por su nombre y a
todos que su Miguel fuera un “pocholo” con su “nenita” propia.
SEGUNDO ACTO
XII
Como Morrison
y Hilary muchos otros comenzaron a manifestar en
público signos de posesión. La mano en
el trasero, en el bolsillo de atrás o sobre la cadera los más discretos; el
intercambio de bufandas; algo que los
demás entendieran y a ellos les
diera derechos exclusivos de pavonearse con la conquista.
Margarita y Juan; Plata y Judith;
Fabio y Yolanda; la lista se hizo grande. A casi todos los de su clase les
llegó el momento.
Pero no a
Flor, ni a Borda, ni a los de los
colegios del norte que miraban al resto entre atónitos y divertidos.
Estos
últimos no entendían porque los ex alumnos de los hermanos cristianos y los de
los colegios nacionales tenían que tomarse
en serio eso de ser doctores cuando aun estaba tan lejos el grado, ni lo de ser novios con declaración formal si
eso ya no se usaba, ni los vestidos de
paño oscuro tan opacos para sus pocos años.
No podían
entender a esos muchachos de pelo corto y olor a lavandería de pobre que eran lo más opuesto a su frescura vital y su vestimenta de sábado.
Menos
entendían que fueran a
Ellos, los
ricos, iban de melena larga con sus
pesados chaquetones azules y sus
gabardinas de color marfil claro para
los días lluviosos, debajo de las
cuales, el suéter de tejido tupido en trenzas discretas no dejaba manchas de sudor en las axilas. Los ricos y
los ingleses no sudaban. Y no hablaban de novias sino de amigas. Y sabían
combinar sin repetirse cachemires, panas,
azul marino , blancos, grises, caqui, mezclas
perfectas de colores tímidos y osados. Vestimentas de nenés
cuyos padres eran tú, o papi y mami, no papá y mamá a secas.
XIII
A Camila y a
Sofía y a las del liceo francés y
las del Anglo, o a las del Andino, corrillos
de hijos de papi las rondaban.
Nunca uno solo, menos alguien que las
tomara de la mano. Eran amazonas deserotizadas en
público. A la universidad, más a
Cuando no eran el “mono” Uribe, “pipí” Umaña, Esguerra, Wiesner y otros
ricos de su curso, eran los de
cursos superiores; o los moscardones de
agronomía y los de veterinaria que solían andar juntos, uno que otro de
ingeniería civil o los de economía que habían sido echados de los Andes. Junto a ellos siempre Borda. Y
cerca también Junguito y Víctor Héctor
. El primero deseable por rico, por buen mozo, por cortés; Víctor, por el contrario odiado por chabacano, por ser ex alumno del colegio nacional de los
jesuitas y no de
La charla era familiar, complaciente. Todos se conocían, todos estaban de
acuerdo. No hablaban como los demás de
fútbol ni de ciclismo. Si acaso de los reinados para burlarse de ellos.
Más bien las anécdotas del fin de
semana, los viajes, los eventos sociales, que los demás debían leer en El Tiempo; las obras de teatro del
TPB o de la “Mama”, los libros de Sartre que no habían leído, las carreras de carros.
Al igual que
sus mamis, las
niñas se vestían con tweeds y paños extranjeros. Cuando iban de falda,
esta era escocesa y las medias eran grises o del color de los suéteres, peludos, suaves al tacto. No eran un tipo racial único
pero algo las distinguía aparte de la ropa. Sus mejillas eran de un rojo
distinto y las de pelo
colorado encendido eran más desafiantes , las rubias más lánguidas y más distantes; a las pálidas con piel de porcelana la capul les caía sobre
la frente con gracia infantil. A las morenas la ropa les quedaba bien. El
frenillo les enderezaba a todas los dientes, logrando una sonrisa uniforme . Casi todas caminaban con paso de hombre, sin
invitar a nada con las caderas como hacían
las calentanas.
Los fines de
semana se asoleaban en las fincas de tierra fría o recibían el viento del
páramo en el lago, por lo cual los
lunes se veían satisfechas y descansadas;
todas hablaban algún idioma extranjero así fuera a sobresaltos. Generalmente era inglés,
pero podía ser alemán o francés u holandés o yiddish.
Alemán o
árabe o judío – acá se igualaban en una
hermandad de aquellos cuyos genes eran simplemente diferentes a los de la tierra.
Niñas y nenes
de caminados y ropas similares,
el pelo recién mojado a las diez
de la mañana, Volks- Wagen, Peugeots, Fíats
ruidosos, conducidos con dominio,
cerrados a portazos. Gestos de control
muy bien aprendidos en las fincas o en
las fábricas. Vergara porque su papá era dueño de una clínica para locos; Pizano, porque su padre había sido embajador y también
ministro.
Todos hacían
rutas parecidas. Los de Rosales 70 abajo
y luego la 13 hasta la 45. Los del Chicó por
toda la 15 y luego por la treinta o por
XIV
Borda era un
personaje raro. Cuando no andaba con las
niñas, era con los del Campestre.
Generalmente
iba con la mirada perdida,
que los demás atribuían a que se drogaba;
al menos eso decían los graffitis de los baños de la facultad. Sus chistes subidos
de tono no les gustaban a todos pero no eran más sórdidos que los graffitis y como ellos producía hilaridad más que rechazo.
Más bien era su pose irritante y su cobardía
tan poco masculina las que lo hacían detestable.
XV
En algunos casos, como en el de Carlos Pérez el odio estaba
plenamente justificado. Todavía hoy es difícil
mencionar delante suyo el episodio de Julia.
Hacia el final del segundo año, Borda de acuerdo con el “loro” Ortíz y con
Villar, los del Campestre, se
habían inventado una prueba con la esperanza de disuadir a Pérez de sus
empeños de pertenecer a su pequeño grupo. Pérez había mostrado interés en
unírseles para no seguir socializando
exclusivamente con sus antiguos compañeros
de Odontología que como él habían
logrado el traspaso a Medicina.
Mil veces le
habían dicho a Pérez que no , pero como este
insistiera le pusieron su condición con
la certeza de que no superaría la prueba.
Primero le
señalaron el objetivo: Julia , una compañera pelirroja
de pelo ensortijado a quien Borda había bautizado como “fritica”
porque le recordaba a la sirvienta
de su abuela, permanentemente azarada y salpicada de
manteca. Los rizos abundantes y desordenados cayéndole en cascada en la cara de
infantil de fritica, en boca de Borda se habían
convertido en carnada erótica, para
probar el temple de alguien desesperadamente necesitado de aceptación.
Luego le
pusieron la condición: Debería poner a prueba sus escrúpulos y superar los
temores inducidos por las conversaciones
de los del grupo. Tenía que seducirla como todos los del grupo juraban haberlo
hecho y traer al igual que ellos una
prueba fehaciente del cometido: al menos un pelo del pubis arrancado con la
boca en medio del calor de la batalla
amatoria, cuyas artes curiosamente desconocía Pérez, venido del Francés.
Para convencerlo
le mostraron unos cuantos pelos rojos idénticos a los de la cabeza de Julia
solo que más cortos y más ensortijados, con aspecto de pertenecer a partes ocultas de la anatomía. Borda mismo se
los había arrancado de la cabeza al descuido durante una práctica de
laboratorio, aprovechando que Julia
tenía las manos ocupadas en un experimento y no podía defenderse. Luego cada
vez que los necesitaba, los enroscaba con los dedos, a medida que aumentaba la
temperatura erótica de sus relatos.
Decidido a
ser uno de ellos, Pérez había aceptado el reto y había buscado momento y sitio adecuados para la obtención
del trofeo.
Tal como se
lo habían sugerido la había encontrado al atardecer en la biblioteca de la
facultad, usualmente vacía excepto
durante la época de exámenes. Se armó de
valor para acercarse a ella, quien desprevenida le sonrió sin entender su
agitación. El, animado por lo equívoco
del gesto se colocó detrás de ella
- “Julia. ¿Qué tal?”
- “Estudiar”.
Señaló el libro abierto sin voltear la cabeza.
- “¿Puedo mirar?”
La
incomodaba la respiración agitada encima de la nuca pero no supo decirle que la
dejara tranquila .
Cuando quiso
hablar ya era tarde; Pérez fuera de control y excitado le había puesto la mano en las piernas y
quería besarla y tocarla desordenadamente.
- “¿Y a usted qué le pasa?” dijo con firmeza
Julia tratando de reponerse de la sorpresa
Como un rayo
se levantó del escritorio y le mandó un patada ágil que hizo blanco directo en
la bragueta de Pérez. Luego, sin voltearse
a mirar atrás salió de la biblioteca como si nada hubiera pasado. La
bibliotecaria que en ese momento regresaba de los baños de nada se había
percatado, excepto de la dignidad del caminado de Julia.
Sin atinar a
decir o a hacer nada, sin saber que hacer ni que esperar, Pérez salió de la facultad y no volvió
durante 15 días. Durante ellos tuvo
tiempo para reponerse de los genitales inflamados y de
aclarar todo con Julia, primero por carta y luego por teléfono.
Solo lo
convencieron de volver a la facultad el perdón generoso de Julia, a quien Pérez
pudo descubrir ahora en su verdadera dimensión;
una muchacha ingenua a quien la
vida le había hecho coincidir con algo de crueldad su grado temprano de
bachiller, su inteligencia rápida, su primera menstruación, su primera comunión , la última orinada en la cama y ahora por gracia de la imaginación perniciosa de
Borda un erotismo deformado por la burla
y el asco.
La pobre Julia que apenas comenzaba a intuir
las complejidades de la reproducción humana y de la ciudad huraña en que había nacido.
XVI
A pesar de sus
misterios y sus patanadas, o tal vez a causa de ellos, Borda era apetecido por varias mujeres de la
facultad . No podían
resistir la curiosidad de saber que había detrás de sus ojos azules profundos, su mirada melancólica, su maldad a la vez
infantil y diabólica. No les gustaba su comportamiento raro, pero adivinaban su
fragilidad, como lo hacen tan bien todas las mujeres con los hombres. Cómo resistirse a la
tentación de salvar al desvalido,
en especial si era tan buen mozo como Borda.
Borda no era
rico. Pero en la fauna
local era la combinación aceptable
de aspecto y apellidos. Los Bordas si eran rubios y colorados eran de
los Bordas ricos, aunque este no lo
fuera.
Al fin y al
cabo los ricos lo reconocían como de los suyos. Martínez, cuando no encontraba
quien lo acompañara invitaba a Borda a recorrer con él el campo de golf del
San Andrés, así Borda nunca hubiera
podido coordinar los movimientos para pegarle bien a la pelota. Borda, consciente de su dignidad heredada
siempre iba bien vestido con la ropa que le dejaban sus primos de más al norte.
Especialmente con la de Junguito, quien no parecía
repetir prenda. Cuando no tenía para el bus, siempre había quien lo llevara en
sus automóviles. Lo dejaban en la 72 y
él caminaba el resto, de vuelta a
Chapinero, a la modesta casa de un piso
cerca del Paraíso, donde tenia que oír los ensayos de las serenatas y oler el eucalipto recalentado de
los baños turcos.
Las niñas lo
deseaban y las madres no objetaban no
importa donde viviese. Tampoco les importaba que hubiese estudiado en el
“Virrey Solís” o en el “ Max León” o el “Germán Peña” si en el caso de los hombres el colegio no
importaba. A los ricos también los
echaban de los colegios y había que tener alternativas cuando ya se habían
agotado la paciencia del Moderno y los colegios de religiosos, o cuando los bolsillos de los papás no daban más.
Bordita, buen
primo pobre había tenido que crecer con la responsabilidad de ser el
comodín chirriado, el invitado de última hora a completar pareja
cuando alguien hacia falta en las fiestas de los clubes y las nocturnas de fines de semana
XVII
Borda las
había acompañado a todas y había visto de gorra todo el cine que había que ver
en Bogotá ; las funciones del “Teusaquillo” o el
“Radio City”,
el “Libertador”, el “Lucía”, el “Palermo”, el “Miramar”,
el “Arlequín”. Había que adelantarse a la motocicleta que llevaba los
rollos de norte a sur en las cadenas de
Cine Colombia que daban simultáneas; había que estar informado sobre de horarios
y turnos. Borda lo estaba; con él no se llegaba después de los cortos y había tiempo para
comprar los besitos ,
los charmes y las botellas de Kist
XVIII
Borda se los
conocía todos. Ahora eran los teatros de
estreno. En los años de bachillerato habían sido el “Avenida Chile”, el “Copelia”,
o cualquiera de los antros cuya boleta
pudiera comprarse con su magra
mesada semanal. El “Caldas” aunque
fuera teatro de sirvientas y solo diera
dobles mexicanos; el “
Imperio”, aunque allí fueran los de
la barra de los Alcázares y a él le dieran miedo las peleas con cadenas.
También el “Santafé”
que era el único donde podían ir las
familias del barrio San Luis y del Palermo. O
El “Escorial” y El “Nuria”,
ratoneras de entrada diminuta en las que
había que agacharse como para entrar a un refugio antiaéreo; asientos de
palo, silletería
con los resortes por fuera. Trampas sin escape posible. Quien entraba lo hacía
a sabiendas que estaba expuesto a que en cualquier instante algún descuidado
fumador le prendiera fuego a las
cortinas viejas y todo fuera una llama gigantesca en segundos.
Cuando las
opciones del norte no parecían atractivas
el “Lux”, el “Faenza”
o el “San Jorge”, “ Coliseo”, los cines
dobles del centro en los que se exploraban mundos mas sórdidos aun que
los de Chapinero.
No había
manera de evitar ese noviciado; había
que compartir pulgas e ilusiones con el
pueblo, aprender su lenguaje: “ violinazos”,
“mamitas”; las expresiones y la música;
los “¡uy!
¡uy! ¡uy! ¡Mucha chimba!” ; los
vicios de los mayores y las verdades de la
vida. De vez en cuando si se
cometía el error de ir solo en busca algún numerito ocasional de los colegios del sur o del centro, tener
que evitar en vez los embistes de algún degenerado en busca de carne joven de
varón. Había que identificarlos en medio
de la oscuridad y hacerse en el lado opuesto y escapar pitado si el asedio era frontal. Se les
salían los ojos al ver entrar la víctima en la oscuridad, el cazador cazado.
XIX
Días buenos y malos se alternaban. En los mejores, la
película era entretenida y la
espera daba frutos. El tedio, la compañía de Casas y su amabilidad pegajosa,
sus comentarios sosos, todo se
transformaba con la entrada de dos colegialas en plan de exploración : el
cambio de silla, el acercamiento gradual, el asecho y finalmente el asalto, la
adrenalina, la invasión progresiva de
los espacios ajenos, la mano por encima
del hombro, el mensaje tímido, la mirada
de soslayo, el terror, la mano húmeda,
de vez en cuando ese olor a almizcle,
la humedad, los suspiros ahogados, el
miedo al escándalo o al error, el contacto aunque fuese de un pedazo de vestido, los pies que
involuntariamente pisaban los de ella
y ella que sí y luego las preguntas esperadas: “¿qué estudias?”, el
mismo temor casi infantil de algún par de colegialas que siempre se hacían
cuarto y se hacían invitar en pares a helado y se dejaban enamorar y tocar
también en pares.
Cuando mejor les iba
los besos con lengua, las manos dentro de las blusas, la exploración de las
piernas hasta llegar a la raíz. De pronto la sorpresa desagradable; la de dientes frontales cariados, el travesti apurando
para que lo tocaran; la coja, las peludas, la sonrisa que en la oscuridad invitaba ahora transformada en un gesto desordenado, feo.
Igual que en
los teatros, la misma cacería en los
buses llenos, camino a la “Luis Angel”
y después al “Quiroga”; arrimarse, tocar,
sentir los cuerpos de las hijas
de los citadores y secretarios de notarias, las de los detectives, las de los
buses amarillos o los que iban a “
No. A las mamás no les importaba que salieran con
Borda, primoroso el chino, estas sabían
administrar dotes y casar hijas desechadas y despechadas por otros.
XX
Entre la
gente bien y también en la universidad
todos sabían de la amiguita que Borda había traído desde el bachillerato , la única que se le había conocido. Cuatro largos años desde cuando Teresita al
contrario de otras no le había importado su pasito único de baile, ni su vanidad . Y se
veían los dos tan lindos y cuadraban ella con su cara de almendra y su pelo
castaño blower y él
distinguido como todos los Bordas.
Borda estaba
ahí y no le haría daño, si acaso tocarle
los pechos, oír los mismos discos los fines de semana, robarle algunos intentos impúdicos al ombligo como hacía con los numeritos de los
cines y después seguir con mil perdones.... no era lo que quería.... nuevos intentos ...
nueva confusión, cuidando su castidad cuando ya no creía en el pecado; carente ya de la inocencia como se la habían enseñado los franciscanos en el
“Virrey”.
XXI
Alrededor
del circulo privilegiado de los que se juntaban con Camila y los de los
colegios de los ricos no había al comienzo
estudiantes de derecho,
desprestigiados y provincianos ; ni los
de arquitectura, uniformados con sus chaquetas de gamuza o de pana , el pelo sucio y
rubias de piernas largas y moral de artista, ni tampoco ninguno que
viviera de los puentes de la 26 hacia el sur.
Las
asambleas estudiantiles y la necesidad impuesta por la revolución inminente y
el romanticismo profundo del momento
cambiarían todo con el correr de los
semestres. Y cambiaría a las niñas, pero no a Flor, la única compañera que
había escapado de los dardos de Borda, como si para él no existiera.
XXII
Flor no tenía
dueño. Flor no era tampoco una de las niñas. Ni de las otras. La
taxonomía de Borda y su grupo era
precisa. Todos la entendían sin que
jamás se hubieran puesto a analizarla.
Había niñas y viejas. Por fuera de clasificación estaban las sin ningún
interés, las que no encajaban en nada. Flor era una de estas.
XXIII
A las niñas se podían invitar a las discotecas. Por supuesto.
Primero fue
“
Jamás a los
moteles. Eso es cosa de lobas.
Para eso
estaban los estudios y las llaves compartidas y los caserones vacíos y las
fincas. El apartamento sacado de un sótano del castillo del mono Osorio. Los
padres llegaban de los cocteles en las madrugadas sin
ningún interés por averiguar donde estaban sus niños ni las niñas.
XXIV
Delante
de ellas
se podía fumar marihuana y ofrecérselas. Las niñas siempre eran de fiar,
sobre todo si entre ellas había
alguna de colegio de monjas por su solidez moral era para las mamás garantía que aquietaba conciencias y les
permitía irse a jugar canasta o bridge hasta la
madrugada.
Ser niña era
garantía de que todo quedaría entre los del círculo de gentes conocidas ; los
preservativos encontrados al azar en sus carteras inocentes, las fórmulas de
los ginecólogos, los juegos dobles, la
perica o la marimba, aún los muertos inesperados de las carreras de la cien
y de
De las niñas
salían las amigas. Las de casarse. Así casarse ya no estuviera de moda.
XXV
Las
otras, las demás, eran viejas. No era cuestión de edad.
Viejas por ser material de desecho; carne de cañón. No era que a las niñas no se
las comieran, pero el precio era distinto.
La
clasificación calculaba por igual
atributos físicos y actividad sexual de la poseedora de los epítetos.. Obleas a las que había que doblar para comérselas; papas
fritas por ruidosas, besitos las menos
vocales.
Mientras las
niñas salían con fulano de tal, las viejas
lo daban. Si era solo a un amante al que todos envidiaban culeadora , si a
más de uno, puta a secas.
Los
numeritos solo calentaban.
Todo lo
distinguían y los distinguía; sur y
norte. Hasta las botellas de leche. Algarra en el
norte. San Luís más al centro. En el sur la vendían directamente de la
cantina. Y las lavanderías. Si los vestidos los recogían en los barrios de los ricos, con seguridad era los de la “Holywood”, con su camioneta Volks-Wagen amarillo mostaza y azul marino. Más hacia el sur, la
camioneta era negro y
rojo, también de marca alemana pero la lavandería se llamaba “Imperial”.
Aún la funerarias y el cementerios eran distintos. Y las bodas
se celebraban en diferentes iglesias, aunque todas lloraran en ellas, sin importar la clase social.
XXVI
- Ala,
¿sabes quienes están saliendo?
Los primeros
rumores sobre el cambio de Borda circularon antes del traspaso de la ciudad
universitaria a
Poco a poco
Borda dejó de hacer chistes. Y comenzó a acompañar a Posadita. Se desviaban de
camino por el Park Way, o
seguían diagonalmente, paralelos al caño enladrillado del “Arzobispo” hasta
llegar a
- “O sea que Borda se está comiendo a
- “Cómo se ve que no lo conoces”.
-
“Ni a ella tampoco”, terció Sofía,
la pecosa amiga inseparable de Camila.
-
“Posadita es del otro equipo”.
Y
tenían razón Camila y Sofía. No había nada erótico entre Borda y Posadita,
más bien una relación de complicidad y ganas de Borda de descubrir su verdad y
la verdad del mundo, aquella que no
había podido descifrar en sus exploraciones por la ciudad ni a través del mundo
de sus gracejos .
Andaban
mucho y hablaban también mucho y a Borda
le gustaba que lo oyeran sin que esperaran de él un chiste, y con Posadita se podía hablar como con casi
todas las mujeres, solo que con ella no había riesgo de que la conversación los
volviera íntimos de cuerpos y no solo de secretos. Todos creían que no era posible
conversación entre hombre y mujer que no
terminara en acercamientos eróticos o en desprecio.
O sea que
Borda encontró en Posadita una confidente y con ella no le importaba desnudar
el alma, decirle de verdad lo que el pensaba. Por fin a Borda no le daba miedo
quitarse su careta de payaso. Posadita
no era amenazante, como decían que eran las del partido de las mujeres. Y con
ella a Borda no le daba miedo de que de las confidencias de las tardes frías saliera una amante aburrida y un mal recuerdo.
TERCER ACTO
Sin embargo
lo de Posadita pronto se acabó cuando las conversaciones se volvieron repetidas
y predecibles. Entonces Borda se aisló nuevamente en su melancolía y sus
voladas para vespertina o matiné se hicieron más frecuentes .
Tales salidas apresuradas de la universidad
solo se vieron alteradas por razones de fuerza mayor, como sucedió la
tarde en que el aguacero interminable lo obligó a guarecerse dentro del
edificio de la facultad.
Un aguacero
de esos que los paraguas no aguantan lo dejó enfrentado a Flor.
Fue
imposible no hablarle. Y al hablarle fue
imposible no mirarla.
Tenía
dos cicatrices de alguna varicela mal
rascada. Su color entre cetrino y pálido de criolla expuesta al sol y al viento
y su cuerpo duro eran de otros climas.
Pensó en las
muchachas compactas de tierra caliente que empezaban a aparecer en las piscinas
del Boquerón metidas en sus bikinis de
telas baratas, el pelo mojado, piel sin filtros ,
cabezas sin sombreros que las protegieran del sol, chapuceando en los ríos o en
las piscinas sin estar conscientes del efecto causado ni buscándolo, tetitas que podían caber en una mano sin que nada se
desparramara por fuera de ellas. Nada que las destacara del paisaje. Sin
embargo ahí estaban.
Ya lo había
experimentado Borda anteriormente. Muchachas anónimas que se quedaban en la
mente atormentándolo por las noches,
atizándole fantasías que nunca
llegaban a término. Ni feliz, ni
infeliz.
Y ellas, las
muchachas de tierra caliente lo sabían;
y podían estar a la espera del momento
oportuno, sabían que llegaba porque el hechizo quedaba hecho; lo sabían al verlos volver siempre la mirada
atrás, y luego al encontrarlos en las
heladerías de los pueblos y ver sus reacciones,
aun sus embistes torpes.
Ellas podían
ser de los pueblos y ellos de la capital, pero sus piernas sin medias veladas
contaban como aliados instintos inequívocos que
siglos enteros de evolución no habían logrado cambiar. Piernas y ojos conocían el deseo sin juegos ni
afeites. Aquí bajo el sol eran deseables, así en la ciudad pudieran ser tomadas por
cualquier empleada del Ley o aun por una de las del servicio doméstico y
las tías de los rolos dijeran que de dónde se había bajado a la india e
hicieran como si mirasen hacia arriba
para ver en que árbol se había quedado enredado el guayuco.
Qué más daba
si las tías eran tan distinguidas, si ya sabían en todos los pueblos de
provincia de doctores y notarios distinguidos pero sin un centavo. En cambio
sus padres, los de las provincianas,
poco a poco acumulaban los únicos
capitales sólidos; nada de riesgo, comercio puro y limpio: graneros, delantal
burdo de color caqui para el dueño y para todos; botica de antibióticos pasados
y fórmulas magistrales; espera frente al establecimiento porque los clientes
llegaban; partidas de cartas y de dominó en el andén; la plata debajo del colchón si fuera necesario,
donde no la fueran a alcanzar la especulación, ni la avaricia de banqueros
jóvenes.
Flor la
inclasificable. Ni niña, ni vieja, ni
loba.
Mientras
conversaban Borda recordó el día que
quiso insinuar algún defecto congénito inconfesable para explicar la soledad de
Flor pero la presencia de los de Santander se lo había impedido.
Flor
tampoco hacía nada por desvirtuar
especies que circularan sobre ella, ni sobre nadie. Qué más daba si decían que
ella era hombruna porque su cuerpo
producía las hormonas equivocadas. Nada de eso parecía importarle. No iba a
aprender en tan poco tiempo a capotear las reglas de una ciudad en la que nunca
se quedaría a vivir . Simplemente las reglas acá eran
otras y muy crueles si se tomaban en serio.
XXVIII
- “De veras
no te importa Flor”, - le dijo Borda- , “lo que piensen de ti”
- “Si me importa, pero no tanto como a ti , Borda”.
- “¿De Pinchote?”
- “Que no. ¿De dónde sacó eso? De allá son los
cotudos. Yo soy de Zapatoca. A mucho
honor”, añadió con orgullo provinciano.
Hablaron de
su pueblo. Borda parecía poner atención y no hablaba tanto como otras veces.
Le preguntó
por las notas del último examen.
Se
sorprendió de saber que estaba entre las
cinco mejores del curso. A Flor le pareció un poco raro este súbito interés por
ella y sin quererlo dejo escapar un gesto entre sorpresa y sonrisa que Borda
alcanzó a percibir como de desdén .
- “No se ría Flor”
- “No me río;
me sonrío. Algún día aprenderás a distinguir la diferencia”.
A Borda le
sorprendió la familiaridad con que lo trataba. No lo evitaba. No le tenía
miedo. Lo trataba de igual a igual. No hacía nada por impresionarlo. Era demasiado plana, demasiado simple. No le ofreció un
cigarrillo como Camila o Sofía lo hubieran hecho. Ni se excusó por no tener
vicios; ni mostró interés genuino o fingido por ningún arte ni
ningún deporte.
Flor no
quería ser reina del curso, ni representante estudiantil, ni echar discursos
como Beatriz, ni como esta ser la madrina de todo equipo deportivo y de
toda feria.
No tenía
tampoco dichos picantes, ni hacía gestos
de sorpresa o de reproche cuando los santandereanos con quienes andaba usaban
lenguaje subido de color.
Por más que
hizo esfuerzos Borda no pudo encontrarle paralelo a Flor.
- “No,
Borda. Mi padre es modesto. Pero pudiente, como dicen en mi pueblo”.
- “Uy, Flor.
¿Eso qué quiere decir?”
Por primera
vez Flor hizo un gesto de que estaba consciente de qué clase de joya tenía al
lado.
- “¿Me vas a empezar a mamar gallo?”
- “Me tienes en mal concepto”
Se rió sin decir nada. Siempre de pocas
palabras.
Borda
especuló. O sea que el padre de Flor
tenía su platica. No era tanta o
la habría enviado a
Flor había marchado al compás de la banda de guerra de
Marcha al
frente, con compás ...ar.
Trató de
imaginársela con su falda plisada por
debajo de la rodilla. Y más bien vio al
pie de ella a las gordiflonas de blusa blanca de una talla inferior a sus años
y pechos, los zapatos negro de
hombre y la medias tobilleras , los cuellos plastificados de
los vestidos de gala, el peinado demodeé mantenido con laca. No había pueblo que resistiera
la tentación de la banda de guerra o de las Tunas. Con compás
un, dos, tres y cuatro tara ra ra tra ra
ra ra ra , arrastradito de pie y luego levantadito, sin gracia, movimiento pendular del antebrazo
. Cuando la tuna te de serenata no te enamores zapatocana...
XXIX
La lluvia no
cesaba y dio para hablar de lluvia. Flor
tenía toda la colección de Enrique Guzmán y de Leonardo Favio....
“hoy corté una flor y llovía y llovía”,
al igual que hoy. Y cosa rara, Flor le
confesó que lloraba al oír su nombre en las canciones y Borda aunque quiso no
pudo burlarse de la lluvia como la de hoy, ni de que Flor llorara
con la flor y con la lluvia y con Manzanero y con Palito Ortega. Flor
se sabía todos los pasos, los del vaquero que iba cantando tonadas mientras tardes moribundas caían en los ríos, guere guere perdidos en la montaña, bohemios que soñaban cumbias que iban de ronda, cantos de amor nacidos del corazón. Borda reconoció todas las melodías
y le dio pena que el mundo de Flor coincidiese
tanto con el suyo.
Se sonrojó pero pensó que el sonrojo había pasado por alto. Tonto Borda. Ningún sonrojo
pasa por alto.
Flor se sintió un poco incómoda por haberle
mostrado su intimidad . Pero Borda no fue hostil. ¿Porqué habría de
serlo?. Si Borda al fin y al cabo tarareaba todas las
canciones que ella había oído y conocía todos los artistas “jamás podré olvidar
la noche en que te besé. Esas son cosas que pasan... y, es el tiempo que
después dirá...” le sorprendió que la cantara completa y se le aguaran los
ojos.
La lluvia
pasó. Y Flor no le preguntó nada, y
salieron cada cual para su lado ; él a andar las
calles, ella para sus residencias,
sola, modesta, con sus libros debajo del brazo. Y hoy con una sonrisa ingenua de niña, como si se
sonriera con su ángel de la guarda.
XXX
Por la noche
Borda repasó toda la conversación al verse
sorprendido por el insomnio, a pesar del cual tomó varios pocillos más de tinto,
acompañados de sendos “Pielroja”. Se encontró grotesco tratando de imaginarse a
Flor en las fiestas de su pueblo o en las de la universidad.
Fiestas.
Nunca en las discotecas. Nadie se la hubiera imaginado a Flor en
XXXI
Una de
tantas noches Borda se preguntó porque a Flor al contrario de la mayoría no la
impresionaban los apellidos bogotanos, ni sus rituales.
Era
cierto, Bogotá era una ciudad
pretenciosa. Parroquia grande en la que todos posaban de ingenio y sutileza; ya
lo sabía, su ciudad era falsa, la mayoría
apenas comenzaba a salir de sus grandes caserones de Las Cruces o más al sur en San Cristóbal o
aún vivían entre paredes que amenazaban ruina como Borda en Chapinero, pero aun
así los de provincia miraban a Bogotá como los bogotanos miraban a Europa
Cómo iba a
estar Flor para “pies”
, ni para pankakes, ni sopaipillas, ni sanduches de wafreras, si ella venía de un pueblo. A ella que le dieran solo pan, si
no podían darle su arepa santandereana. No . Jamás se podría presentar con una como ella donde sus
hermanas o sus tías.
XXXII
Y esa
indiferencia de Flor hacia sus valores
éticos y estéticos le hizo ver por primera vez qué poco o nada sabían los
bogotanos del país, excepto que los
calentanos comenzaban en Facatativá, y de ahí para abajo todo tierra de
mosquitos, muchachos flacos y barrigones
con mirada de idiotas
Un día Borda
se sorprendió al ver bajar a Flor de un carro europeo como el de sus amigos. No
le cuadraba. Se la hubiera imaginado en
una Doche o un Ford con
platón atrás donde cupiesen todos los que volvían de los paseos al río junto
con las ollas y las señoras gordas, que nunca se quedaban detrás y se
entronizaban en los asientos de adelante.
Ya por
entonces, a Borda se le empezaban a desbaratar todos sus esquemas.
XXXIII
Durante
meses Borda quiso convencerse de
que se había olvidado de su conversación
con Flor. Pero le costaba trabajo más ahora que no hablaba con casi nadie.
Cuando estaba en compañía de otros permanecía callado.
La primera en notar el cambio fue Teresita,
quien ya por esta época comenzaba a encontrar encantador a un pereirano de su facultad de filosofía. Borda no notó el
distanciamiento aunque a veces pensara
que tal vez estaba enloqueciendo y que tal vez los otros tuvieran razón, quienes decían que su personalidad era
esquizoide. Cuando Teresita le planteó
que deberían discutir lo de su relación, Borda no quiso discutir nada y
se despidió como si nada ocurriera. Simplemente
a partir de ese día no volvió, ni siquiera por los retratos. Una tarde
se encontró a su Teresita de brazo con
el pereirano en el Cream
Helado de la 32 y esa noche sí y las
siguientes lloró amargamente su soledad y sintió nostalgia por los momentos de ternura compartidos con su
Teresita
XXXIV
La primera vez que Flor tuvo algo que decir en
público fue tan corto y tan al grano que pasó
desapercibido para todos excepto para Borda. Fue a raíz de una de las huelgas
de la facultad cuando ya los del curso estaban en el hospital.
- “¿Y qué carajos
vamos a sacar con esta huelga?” Había
dicho Flor.
Esa fue una ocasión memorable para todos los
demás, no porque hubiera hablado Flor, sino porque el menos esperado se robaba
el show.
- “Compañeros; moción de orden, compañero”.
Era Junguito, el primo rico de Borda, el que le dejaba los
chaquetones que él ya no usaba. Junguito en la misma tarima con Victor
Héctor, ahora convertido en una especie
de Danton criollo de melena desordenada y labio
fácil, animal en ascenso sin ningún escrúpulo, ni principio ético. El mismo a
quien Camila y Sofía le hacían gestos de
desdén al comienzo de la carrera.
Quién lo
creyera. Junguito y Héctor haciéndose eco. La burguesía condenada a desaparecer se
tomaba la tarima y la revolución, junto con el hijo del pueblo.
Alzaban la
voz. No había micrófono.
- “Los contra revolucionarios...... , los
esquiroles que trabajan mientras el glorioso pueblo lucha, son sapos infectos
que se ahogarán en el inmundo charco electoral en que ahora se refocilan y se
untan a costa del sudor del pueblo; no nos seguirán haciendo pistola con los
dedos de los pies. No los permitiremos”. La voz de Junguito
llenaba el recinto. Y Victor Héctor respondía
“ compañeros , los reaccionarios de la caverna
docente- dicente no merecen espacio en
el estado socialista revolucionario del
futuro; son tigres de papel que
aplastaremos en nuestra marcha triunfante hacia el futuro de hermandad y
solidaridad combativas , compañeros”.
Camila y
Sofía, las niñas repartían propaganda revolucionaria. - -
- “Compañero”..... Ya no lo llamaba Bordita,
ni recordaba sus cuentos decadentes
XXXV
Los años
clínicos pasaron velozmente. Camila y Junguito escasamente aprendían medicina y cada vez más se
los vio con obreros y los del sindicato del hospital , a quienes empezaron a
invitar a sus manzardas de Rosales, guaridas con entrada propia, donde los hijos de papi
se reunían a conspirar contra papá y a
meterse un cachito.
El papá de Junguito reía y
contaba historias de éxito, hasta cuando
la cosas se ponían color de hormiga y su primo gobernador le informaba que los
tiras del DAS acababan de sacar a Junguito y a Camila de una manifestación antes de
empezar a darle palo y bala a esos sin
vergüenza que se querían tirar el país.
Borda cada vez más solo, ahora sin el grupo del Campestre y sin ningún
plan definido dejaba que los años pasaran; sabía que en las clínicas nadie se rajaba, solo bastaba
ir y ser discreto; no enfurecer a
ninguno de los profesores. Mantener los egos inflados y las apariencias
aceitadas. Algo se aprendía por inercia.
XXXVI
Aunque no se
metía con nadie y a nadie desafiaba a Flor se le veía feliz en su condición de
mueble viejo. Cada cual le iba cogiendo
más cariño a medida que la carrera se acercaba hacia el fin y la vida de verdad se les venía encima.
Durante los
años de carrera las cargas se equilibraban y uno terminaba queriendo a su
enemigo de antaño, sobre todo a los del grupo original que con tanto recelo
había uno mirado el día de la matrícula.
Pero mueble
viejo y conocido, todos esperaban con
curiosidad el día de ponerle un poquito de torrente a las aguas quietas de
Flor. Pocos, no obstante se hubiesen
atrevido a vaticinar por donde reventaría la cuerda.
Menos
que sería Borda el encargado de hacer florecer en público a Flor
.
XXXVII
Todo sucedió
hacia el final de la carrera. Sería
algo del ambiente.
Tal y como
había acaecido muchos años atrás
al finalizar el curso de anatomía, el ambiente hoy era el de una olla de vapor.
En la fiesta de hace años había que
dejar salir todas las frustraciones acumuladas.
Que eran muchas: las malas notas,
los cierres de
Había sido una fiesta memorable la de entonces. Por
primera vez los pereiranos se habían atrevido a ofrecerle aguardiente a
Borda y este no solo no se los había rechazado
sino que se les había tomado más de media botella y los había abrazado sin tapujos sin importarle
esta vez sus pantalones de material sintético
verde brillante y sus caminados de camaján, sus boinas pueblerinas, ni que lo
quisieran acorralar y emborracharlo para luego darle en la jeta. Borda se los había bebido y lo de la golpiza
se habría quedado para otro día.
Cómo no. El
ambiente esta vez era similar. Ganas de emborracharse y de levantarse la bata.
De olvidarlo todo. Ceremonia tribal de fin del carrera. Tiempo para olvidarse
de todo.
Ya alguien
lo llevaría a casa arrastrado si fuera necesario. Como sucedió entonces. Ya abrirían las Borditas la puerta del zaguán
con tal de ver a Sánchez o a cualquier buen samaritano que les trajera a su hermanito,
raspado y vomitado, pero de una sola pieza.
Hoy también
era momento de rebobinar la cinta, solo que esta era más larga. No las anécdotas de un curso sino las de toda la carrera. Ocho
largos años acumulados, con huelgas incluidas
XXXVIII
Toda la
facultad estaba y también los de
El ambiente
era de fiesta aunque la excusa fuera la ciencia, o algo parecido como pretendía
la casa comercial que ofrecía un futuro maravilloso libre de hipertensión y de
muertes súbitas. Qué importaba el motivo, lo importante era llenar a los
jóvenes doctores de buen whisky, ofrecerles el mundo
del éxito que les esperaba a quienes formularan metil
dopa.
La inversión
valía la pena. Los doctores formularían la droga y las ganancias compensarían
con creces la generosidad de los anfitriones de hoy
La música variada hacía bailar a todos. Había
mucho paseaito que era lo que más les gustaba a los bogotanos .
- “¿Otro trago doctor?”
Y otro más.
Todos eran doctores. Aun los barbilampiños. Y todos engullían pasabocas de camarones y salsa rosada y lo bajaban con más whisky.
Los dos, Flor y Borda sin palabras bailando las notas , dejándose arrastrar por ellas,
ella colgada al cuello, la mirada limpia,
la invitación a seguir, a no
irse.
Y Borda bailarín de pasodobles, ahora bailando boleros, el cuerpo
cada vez más cerca, imposible de
separar. Los alientos confundidos. La súplica callada :
no se vaya a desprender Borda; no se le
vaya ocurrir echar chistes, no ahora
Bordita; no le vaya a dar miedo. Que la música no se acabe y aunque se acabe, que nos
quedemos ahí prendidos, quietos,
en un rincón, las luces de neón y de sodio y la ciudad fría al
fondo. Debajo de la blusa la respiración la de ella, los pechos duros,
firmes, bien hechos. Todo era un sacramento y Flor no olía a perfume barato
sino francés bien discreto, y los
pezones perfectamente esculpidos estaban erectos y el cuerpo era demasiado real
y compacto y la sonrisa mostraba
sus dientes perfectos sin estrellas de oro y sin mal aliento.
Y no había
que pedir perdón por estar tan cerca, ni
declarar nada, solo esperar que el
tiempo no se fuera, hasta cuando se hizo inevitable el beso, la ceremonia natural,
limpia, bendecida por la
vida. Sin forcejeo. Un beso largo, luego dos, como si fueran uno continuo, sin mediar sílaba, ninguna tentación de estropearlo, ni de quitar esa mirada tan limpia y tan linda
que no era solo mirada de deseo. Sin ganas
de saber qué otras virtudes o garantía la acompañaban. Ni qué seguiría. No iban a estropear la noche torpes
exploraciones arriba de los muslos, ni
curiosidades por saber el color de los calzones.
Flor la que no clasificaba de nada. La rara,
la pueblerina, la de piel cetrina también daba visos y rubores. El calor era
igual, las pupilas se dilataban lo
mismo.
Al prenderse
la luz ninguna gana de irse. Se habían quedado hasta la última nota y participaban de un despedir muy
largo, como si estuvieran embriagados, lo estaban, tomados del brazo el uno y el otro afuera, recibiendo el frío de la noche bajo una
lluvia tonta como le gustaban a Flor.
Los santanderenos hoy no le armaban pelea y no querían
nada; solo venían y los abrazaban y se
habían olvidado de los grafittis que le escribieron
desde la primera semana de la facultad:
Borda deja tu cara de acólito y tus maneras de cura. Borda : a ver si te vuelves hombre, al pie de la oda a la caca y falos de distinta anatomía que pintaban los maricas.
¡Quien lo
creyera! Borda, un camarada más a quien
no había que espantarlo del lado de la niña que todos habían protegido con
solidaridad de provincianos.
Borda. No
vayas a hacer tonterías. No vayas a proponer ningún sitio. En el asiento de
atrás del taxi y no en los carros de los hijos de papi, las manos cogidas hasta llegar su casa
modesta de Chapinero, la despedida sin dramas, otro beso más en la mejilla. Los
santandereanos se la llevaban y las luces rojas quedaban sobre el pavimento
húmedo de la madrugada aun oscura de Bogotá,
amable, vacía.
XXXIX.
Nunca se
volvió a hablar entre ellos de lo sucedido. No había derecho a la posesión,
aunque hubiera derecho a los
sueños. Pero todos los demás si
hablaron de la noche que Flor se quedó
engarzada en los ojos de Borda.
El lunes
después de la fiesta Borda se reunió con algunos de su grupo en la cafetería
del hospital. Hubiera querido decirle que la iba a llamar pero su cobardía se
lo había impedido. Y que desearía hablarle ahora como lo hacía con los ojos.
Pero ya era hora de organizar internado y Flor era realista aunque él no lo
fuera y él no hubiera juntado el valor necesario para sacarla de la cafetería ni
de pasarle un papel delante de todos sin ganarse una rechifla. No hubiera
querido ser sometido a la humillación de alguien que le dijera hable como un hombre. Nunca había aprendido a hacerlo.
Sentado en
su esquina no hizo chistes, ni habló de
lobas, ni de clubes, ni del golf, ni de Martínez que se había ido ya para Chicago
a estudiar en North
Western porque las huelgas de acá no lo dejaban terminar la carrera.
Todo quedó
ahí. Flor de una noche, pero no podía
sacársela de la cabeza y dejar de sentir por ella un ternura que no sentía
desde los 12 años cuando entregó los
primeros besos furtivos a una gordita de
pecas cuyo padre costeño había llegado al congreso unos días antes. Recordó los
encuentros antes de que pasara el bus del colegio, las primeras declaraciones de afán, las
primeras promesas de respuesta, los días eternos de la espera, los primeros
reclamos, la incapacidad de acompañarla
al baile al que ella tanto quería ir, y
él sin saber bailar ni el más simple de los pasitos, aunque a ella no le
importara y quisiera enseñarle como hacerlo y mostrárselo a sus amigas del
colegio, a su bogotanito, colorado y tierno.
XL
Muchos años
y mucha vida los separaron y a él le quedo la nostalgia de los amores no
correspondidos y de los amores cobardes. Nada los remplazó. Ni su soledad ahora
terca, sin analgesia.
Un día, sin planearlo, se la encontró en una ciudad distinta.
Ya se lo
habían dicho. Era una gran cirujana de cáncer.
Pocos de su curso habían hecho tanta historia en este o en cualquier
otro campo de la medicina. Su paciencia y su habilidad con los casos difíciles era proverbial .
Tenia
tres varones rubios como Borda 20, 18, y
16 años cargados de hormonas criollas y facciones alemanas por parte del doctor Kampf, un apicultor dulce con quien Flor se había
casado durante sus estudios en Hamburgo.
Fue como
aire fresco volver a verla tan cómoda en su domesticidad y sin afeites.
A pesar de
la complejidad de sus obligaciones no perdía su aspecto de ama de casa que
viene de compras; saludaba y la
saludaban como a vecina común; nada de autoridad, los mismos gestos simples,
los zapatos siempre planos ahora muy finos,
su ropa europea de la mejor marca sin obedecer a ninguna moda, parecida a la que le hubiera hecho
Paulina en Zapatoca.
- “¡Qué gusto me da verte!”.
- “Mi único amor antes de tú”. Se lo presentó
a su esposo alemán con la simplicidad de ella. El alemán se emocionó y lo
abrazó.
Borda se vio pequeño ante los dos metros del alemán ,y ese
día sintió todo el peso de sus paños de Bogotá, incómodos en este clima, a pesar de la brisa.
Hablaron de
los viejos tiempos.
- “¿Qué hubo de
Morrisson y Hilary?”
- “Casados y exitosos. Y aburridos”.
Flor sonrió.
- “Trabajan juntos en
Flor volvió
a sonreír. Borda continuó
. Sus hijas estudian en el Anglo y evitan el sol como lo evitó su madre.
Ya no hay Morrisones varones para saber si se mecen
en la punta de los pies cuando están satisfechos. Atrás quedaron los recuerdos
del Estrada y la vulgaridad aparente de
sus papás, a la cual remplazaba ahora otra vulgaridad más pegajosa, dulzona,
estudiada, violenta, cruel. Lo habían logrado. La alianza había funcionado. Y
los cálculos.
- “Y
todavía se dicen “pocholo” y “nenita””.
Borda se
avergonzó del último gracejo y dejó que la conversación siguiera por otro
rumbo. Flor lo entendió.
Hablaron largo rato. A Camila la había
enredado Víctor Héctor, el Danton criollo de las
asambleas estudiantiles, quien se la había comido y luego la había
abandonado al ver que al papá de Camila,
ni con nieto en camino había querido
aflojar un peso de la herencia.
Camila nunca pudo decidir qué le
había dolido más: si hacer
pública su virtud o su entrega. El
maldito Danton todo lo contaba.
Eso sí, fiel
a sus convicciones tardías Camila había seguido predicando la revolución y
la igualdad que tanto le habían dolido
al probarlas en carne propia. Ahora , flaca, con
muchas canas y un cigarrillo prendido de sus labios a toda hora, ella era la proletaria y se ganaba la vida
haciendo consulta de medicina alternativa en uno de los barrios populares .
Víctor Héctor, el lobo, se enriquecía a punta de psicoanálisis en New Haven.
- “Y ¿Junguito?”
- “Experto en ultrasonidos irrelevantes e interpretaciones de estudios radiológicos en los que nadie cree. Sin
embargo tiene las máquinas más modernas y lo adoran sus pacientes, igual que siempre lo adoraron las mujeres.
Todas, menos la suya cansada de su aristocracia sin sustancia, sus hemorroides, su acidez,
el alma triste, los cócteles y la
coca, las miradas de deseo de otras mujeres a quienes no les
importa que Junguito no funcione, si al fin y al cabo
sigue siendo bello”.
- “¿Y vos Borda?” ,
los ojos le brillaron como aquella noche.
Borda
permaneció en silencio
Bajo la luna
cálida de otras tierras Borda y Flor se abrazaron y se besaron, con la
nostalgia de la noche de muchos años
atrás.
Desde el
avión Borda mira atrás la ciudad de Flor y la ve iluminada como si fuera de
día.
Cali, Noviembre
2000.