Asepsia  y antisepsia

 

¡No puede ser!- , balbució sorprendido el veterano profesor de anatomía  al verlo atravesar la puerta de su oficina del primer piso. Se llevó las manos a la cabeza, sin que Ancísar se hubiese percatado del gesto.

¡Y yo pensaba que con los Montoya habíamos llenado la cuota de cochinos para el resto del siglo!- farfulló, mientras se ocupaba de una de sus gavetas llenas de documentos. 

 

Pinzón, el preparador de cadáveres, se encargó de atenderlo.

¿Qué se le ofrece, joven?- , se dirigió al estudiante con sequedad.

¿Aquí es donde venden las guías de anatomía?- preguntó Ancísar sin dejarse intimidar por la rudeza del auxiliar de cara aindiada y bigote de mariachi.

Veintidós  pesos las guías de disección y catorce  las de histología- . Lo miró fijamente  tratando de infundirle miedo, mientras colocaba con fuerza los cuadernillos mimeografiados sobre el separador. Más allá del mostrador de madera de color incierto, que como en los viejos almacenes del centro de Bogotá y en los juzgados, se movía sobre el eje de sus bisagras, sirviendo así también de puerta de acceso, Ancísar pudo ver el espacio reservado para las oficinas del jefe, el mítico mimeógrafo en que  se imprimían los exámenes de anatomía y del cual desaparecían durante el secado y el grapado las copias que luego se vendían con las preguntas que saldrían en los exámenes venideros. La mayoría, excepto los más puritanos,  lo sabía desde antes de comenzar el semestre. Y casi todos estarían dispuestos a pagar y a hacerse los de las gafas cuando sus notas resultaran superiores a sus esfuerzos. 

 

Sin cambiar de tono, Pinzón añadió:

¡Ojalá haya traído sencillo! -.

Se rascó la raíz de los genitales sin importarle la vulgaridad del gesto.

 

Los compañeros  miraron con impaciencia cómo Ancísar contaba uno a uno los billetes arrugados, hasta completar la suma solicitada.

Gracias, Profesor-  le dijo al auxiliar de bata blanca, mientras le ofrecía su mano diminuta, a sabiendas de que el otro no la tomaría.

¿Usted?…..-  Le preguntó Pinzón al siguiente. 

 

 

Años atrás,  la Facultad de Medicina de la Nacional había admitido a los  gemelos Montoya, el mayor  par de sucios que hubiese podido pasar por las instituciones educativas de Colombia, internados de tierra fría incluidos .

 

 La memoria prodigiosa del profesor de anatomía le permitía tener presentes nombres, apellidos y circunstancias de todos sus alumnos. Ninguno como los Montoya.

Hasta ahora, con la aparición de Ancísar.

 

                                                             

 

Al profesor le dolió recordar la derrota anterior.  Resignada, tras vanos  intentos por deshacerse de los gemelos, la facultad estaba por extenderles  el cartón  de internistas, como antes les había dado el de médicos, ante el asombro de quienes seguían pensando que lo mínimo que se le podía pedir a una escuela de medicina era  que les exigiera  a sus alumnos algo de higiene personal.

 

¡Ver para creer! Los Montoya, especialistas en medicina interna, tras concluir sus años de San Juan de Dios, con sus largas horas de trabajo, el sueño escaso, el erotismo desbordado y confuso, la sangre, los gritos de las putas borrachas los viernes por la noche, el  vómito de los intoxicados, los vahídos  de las histéricas y los tropeles de familiares ansiosos que las acompañaban; los apuñalados del corazón que se morían o vivían sin proferir queja; los asmáticos pobres desesperados por algo de aire; los frascos de  glucosa y aminofilina colgados de las camillas apiñadas en cualquier espacio  libre que quedara en los corredores de urgencias de la Hortúa.

 

Como poco  tenían  qué hacer, distinto a estudiar y escasamente en qué gastar, ya fuese en comida o ropa, la primera porque se las daba el hospital, la ropa  porque  rara vez se cambiaban, los Montoya ahorraban el sueldo completo y lo que les daban los demás en retribución por los turnos que les hacían. Por ello su fama de avaros creció tanto como la de cochinos y las especulaciones sobre su vida amorosa.

 

Para algunos compañeros eran unas máquinas de masturbación compulsiva,  aunque las manchas de sus pantalones blancos de turno  bien podían ser pus o vómito  de algún paciente, o poluciones nocturnas acumuladas  en la ropa exterior, lo mismo que en sus calzoncillos grises. Según otros ninguno de los dos se había corrido el prepucio, debajo del cual se acumulaban años de esmegma tan grueso como la capa  de mugre endurecida que hacía que sus  medias, al quitárselas, mantuvieran la forma del pie.

 

La línea negra del  sudor acumulado en  los  cuellos de sus  camisas almidonadas no parecía maltratarles sus pieles blancas  rojizas de bebé de tierra fría.

 

Medían, cada uno, algo más de un metro con cincuenta;  los dos eran gibosos y miopes, con gafas de marco de carey el uno y dorado el otro, que les caían sobre la punta de sus narices de brujo dándole a sus caras de  contento una  alegría perversa.

 

Excepto por las encargadas del aseo, que les abrían las ventanas y les traían mudas frescas de  sábanas y toallas una vez por semana, pocos se hubieran atrevido a entrar en el cuchitril fraterno, una pieza exclusiva en el noveno piso del hospital, de la cual se veían  salir en las mañanas llenos de lagañas, el pelo pegajoso escasamente humedecido a manotadas.

 

 

Profesores y alumnos por igual  se preguntaban cómo Bernal, el cardiólogo que veía a los presidentes y a sus ministros, o el Profesor Carrizosa Argáez, quien  había sido embajador en Viena y hablaba el alemán fluidamente, los habían dejado entrar a la Residencia de Medicina Interna, así hubieran sido magníficos estudiantes durante la carrera. Cierto es,  Manjarrés  y otros instructores costeños le daban un valor desproporcionado a  las calificaciones y seguramente en ellas habían encontrado los argumentos para protegerlos,  ya que  los Montoya siempre sacaban las mejores en los exámenes escritos y en los orales, única circunstancia en la que  iban convincentemente aseados.

 

                                                                

 

Ante el hecho consumado de la presencia de Ancísar, algunos le achacaron su admisión a un error improbable de computadora. Otros  mencionaron el  azar y diversas   razones estadísticas incomprensibles para la mayoría.  Solo quedó la  puerta de atrás como explicación plausible. Por años dicha puerta había sido utilizada para lograr ser admitidos en la facultad de medicina  por los de Odontología y los de Farmacia, frustrados en sus carreras iniciales. Después de algunos semestres, dichos estudiantes tomaban  los lugares de aquellos que abandonaban la facultad al encontrar que los cadáveres o la crudeza de la carrera eran  demasiado para sus frágiles espíritus románticos.

 

                                                              

Ancísar,  enfundado en sus batas de anfiteatro que le llegaban escasamente  hasta la cintura y no hasta la rodilla como las de los demás, parecía más un peluquero o un repartidor de paletas que un estudiante de la facultad. Su gorro, alargado hacia arriba como el de los panaderos,  no estaba amarrado en la parte de atrás como el de sus condiscípulos, muchos de los cuales empezaban a llevar el pelo largo a la manera de los Beatles.

 

¿A cómo el pan Ancísar?-  le gritaban los compañeros al verlo entrar al anfiteatro, ataviado con  sus prendas desiguales.

Será la arepa de tu madre, ¡gran hijueputa!-,  se defendía  Ancísar, sin que la ofensa o la respuesta pasaran a más. A Ancísar, al igual que hacen ciertos pueblos en Colombia con los niños pequeños y los loros, los demás lo  ponían a decir groserías y se las celebraban, ante lo cual Ancísar  respondía  con una retahíla propia cuando estaba de mal genio, o cuando la vida le sonreía con – no jodan, muchachos -,  todos éramos muchachos y muchachas, pronunciado moachos, como en Jardín, Antioquia, su pueblo.

 

 

 

A diferencia de los Montoya, ataviados por lo general de negro y  gris, Ancísar iba vestido de colores claros de tierra caliente con  su chaqueta de cantante de orquesta, a cuadros y líneas azul claro y amarillo con algunas rayas marrón intercaladas, su corbata de color indefinido, su pantalón grisáceo tan arriscado y con la correa tan apretada por arriba del ombligo, que se le alcanzaban a dibujar, generalmente echadas hacia el lado izquierdo, dos bultos mínimos, que debían ser las bolitas de la vida, pequeñas,  mucho más que las que dejaban ver las  taleguillas de los toreros.

 

La correa dividida en dos en la punta de tanto uso, no solo mantenía en sus sitio los pantalones sino también los calzoncillos, que de otra manera se escurrirían por falta de elástico. Las medias, enrolladas hacia abajo parecían  engullidas por sus  zapatos y dejaban  expuesta la piel gris del talón de Aquiles,  dispuesta en escamas por falta de estropajo. Las puntas  de los zapatos, dos números más grandes de lo necesario, miraban hacia arriba peladas pidiendo  a gritos una embolada. Sus manos que le quedaban flotando en los guantes de anatomía, de manera que las disecciones se le dificultaban, estaban coronadas por uñas largas y negras que Ancísar limpiaba a su manera con un lápiz romo que luego lo colocaba detrás de la oreja, en el mismo sitio donde guardaba los  palillos de dientes y los cigarrillos. Debajo de la axila, un  cuaderno de apuntes y los viernes, además del cuaderno, algún número viejo del Espacio o El Bogotano, doblado como el de los oficinistas y tan leído por los estudiantes de derecho de las residencias universitarias antes de caer en sus manos, que  la tinta estaba generalmente corrida y los pechos desnudos de las modelos de la penúltima página señalados con flechas y frases similares a los graffiti de los baños de la facultad. 

 

Alguien  alguna vez lo llamó sepsis, pero tal apodo pronto quedó en el olvido.

 

 

 

                                                                                

 

                                                                       

 

Anatomía fue tan dura como la habían anunciado.

 

No obstante, Ancísar, haciendo caso omiso de quienes apostaban que la perdería, estudiaba de día y de noche. Aún en las colas de la cafetería, ignoraba el ruido  de platos y  cubiertos y las  arengas políticas de los diversos grupos revolucionarios, mientras a fuerza de repetición metía en su cabeza cuanto músculo, inserción, función , tracto, apófisis, fosa virtual o real trajeran conferencias y apuntes de clase. 

 

La cafetería de la Nacional de entonces era  un mundo caótico. El ruido infernal del golpeteo de las bandejas de latón sonaba unos días  en señal de protesta, otros de alegría. Sobre las bandejas, el  menú de porciones  ilimitadas: papas, arroz o todo lo que se pudiera llevar en el plato, carne dura con muchos gordos, lonjas de  culebra que vendían por pescado del Amazonas, repollo hervido sin ningún aliño, yuca ñervosa, todo por menos de  un peso  con tal de que cupiera en el plato, incluida una sopa  grasosa a la que las niñas ricas le hacían el fo las primeras veces, hasta cuando se acostumbraban a ella y a los chiflidos de negros e indios provincianos que les pasaban la cuenta por su primiparada. Posteriormente  dejaban de ir vestidas de ricas, comenzaban a predicar la revolución y a ceder su virtud,  enfundadas ya en pantalones de pana desgastada,  luciendo sus ruanas, sus bufandas burdas, sus zapatos planos de goma y su novio revolucionario de  clase inferior y barba de cinco días.

 

 

 

 

 

Ancísar pasó  anatomía con mejor nota que la de muchos de sus críticos. Superior incluso a la de Javier, su compañero de mesa de disección, quien había apostado que Ancísar, como sucedía con las especies menores,  se eliminaría a sí mismo mediante el proceso de selección natural y no pasaría al siguiente semestre, mucho menos finalizaría la carrera.

 

No solo bruto y desaseado, sino marica; ¡para completar marica!- ,  decía con desparpajo Javier sin que nadie supiera porqué tendría que desprestigiar con detalles de su vida sexual a quien nadie suponía con posibilidades de una.

 

                                                                

 

 

 En los semestres posteriores a Anatomía, Ancísar, impertérrito, siguió con sus estudios, comiendo en la cafetería central, gorreando tinto o sobras de gaseosa y  aprovechando lo que fuera gratis, desde los conciertos del auditorio León de Greiff  recién inaugurado, hasta los espectáculos de los domingos en  la Media Torta, entre sirvientas y proletarios borrachos a punta de cerveza y rancheras. De vez en cuando se le veía con algunos de los  gamines que encontraban albergue en la impunidad de la universidad. Quizás por eso diría Javier que Ancísar era marica. 

 

O talvez sería porque no como no parecía tener ninguna consciencia de su diferencia  de clase, ni estaba conciente de su suciedad, algún defecto adicional había que encontrarle para que con la familiarización que traían los meses compartidos no fuera a terminar acercándose demasiado a los del grupo o visitando su casa y haciéndole pases a sus hermanas menores. Ancísar por su parte trataba por igual a todos, a Javier a pesar de sus inocultables  muescas de asco y  a Portocarrero y a Restrepo, quienes sin proponérselo le imponían distancias no solo a Ancísar sino a todos los demás.

 

 

                                                                

 

Solo dudó Ancísar de sí mismo el día que tomó  la palabra en una asamblea general de la universidad, en medio de risas y chiflidos.  Estas  hubieran continuado de no ser por Javier, quien salió en su defensa con la peor argumentación imaginable:

 

¡ Déjenlo hablar que él también es compañero!,  tan compañero como cualquiera- . Por entonces surgían por doquier apóstoles de la igualdad y de la tolerancia. Eran tartufos  en público quizás para contrarrestar los sentimientos íntimos. 

 

Más que descalificado, Ancísar se sintió halagado por el tono vehemente de Javier. Un gesto de solidaridad tal había que celebrarlo, más viniendo de quien venía. Al terminar la asamblea lo invitó a  gaseosa y roscón que pagó con billete nuevo, cuidadosamente doblado en partes iguales para ocasiones especiales. Javier no se atrevió a negarse. Con lo cual Ancísar pensó que sellaba una amistad duradera.

 

 

 A partir de entonces no se  desprendió de Javier.

 

 Javier, por su parte no supo que hacer, excepto acostumbrarse a la sombra incómoda de su compañero. Lo consolaba pensar que el contraste haría notar más sus virtudes.

 

Ancísar  tan sucio y él tan limpio. Antipático también pero sobre todo antiséptico, así lo había bautizado el mismo compañero que había llamado sepsis a Ancísar.  

 

 

                                                                   

 

 

 

En efecto, si alguien se hubiese  puesto a buscar  con lupa alguien más opuesto a Ancísar no lo hubiera logrado. Pero el azar los había puesto a él y a Javier en el mismo curso y en la misma mesa de disección de Anatomía y luego los habría de poner también juntos  en la de Bioquímica, la de  Parasitología,  la de Patología y más tarde aún los haría compartir prácticas y pacientes en el hospital.

 

 Javier había nacido en Bogotá de familia provinciana. Iba impecablemente vestido, al comienzo con versiones locales de lo que veía en los figurines de modas de su casa, saco espina de pescado de los de Everfit, un poco como  gerente de banco menor, luego con buzos y chaquetas iguales a las de quienes pasaban  sus vacaciones en los Estados Unidos o en Europa.

 

Fue el primero en mandar a hacer los zapatos a la medida y bordar sus pañuelos con una marca personal.   

 

Vivía en los Alcáceres, un barrio más bien modesto de casas construidas en serie en la época del General Rojas, pero él se consideraba de los del norte, de aquellos que sabían manejar, en su caso el automóvil americano de su papá, un Pontiac automático, modelo 59 o 60, suficiente para producirle envidia a la mayoría que montaba en bus y nunca había tenido a nadie en la familia con carro propio. 

 

A pesar de sus escasos 1, 70 de estatura, Javier era bien proporcionado. Ni  un pelo fuera de lugar, las uñas impecablemente cortadas y esmaltadas,  el anillo y otros excesos de una discreción aceptable, excepto tal vez por la bufanda de seda blanca con que se apareció en el Colón en el estreno de Carmen y siguió usando durante el resto de la temporada de Opera.  Allí desde su palco del segundo piso solía saludar a sus compañeros situados en primera fila de gallinero con una mueca de desdén, la cual  durante el intermedio, en el foyer del teatro, se convertía en venia ligera y a la salida en una bocanada de su pipa, en una sonrisa escasa y  un movimiento casi imperceptible de sus guantes de cabritilla.

 

 

                                                                    

 

Javier, resultaba especialmente divertido cuando hablaba de los maricas y de indios. A ambos los detestaba por igual y lo expresaba sin ambigüedad. Se burlaba en especial de Simbaqueba , un flaco alto, aindiado a pesar del cabello rubio quien  además pronunciaba  fucsia, marcando las sílabas, deletreando el color  para que los demás entendieran. Y hablaba con  acento inglés,  mostang, en lugar de  mustang como todos los demás , porque así  lo pronunciaban los chicos americanos como él llamaba a los gringos; así lo había oído en su estadía de varios meses en Aidajo. A Simbaqueba  le sonaba una jota débil que los demás no podían imitar–Idaho, el estado perdido donde se había teñido el pelo por primera vez y había aprendido a comer donas y hamburguers y a tener gestos delicados.  

 

 

Que los demás supieran, Javier era  católico de comunión los Primeros Viernes. De Tradición, Familia y Propiedad, un grupo fascista y conservador, de estandartes y capas encintadas y discurso incendiario en plazas públicas. Su función era salvar la sociedad del comunismo y el erotismo ateo de occidente. Eso explicaba su castidad pública y que su comportamiento sexual se redujera entonces a comentar las vidas de los otros y de vez en cuando mencionar un amor distante, sin entrar en los detalles que tanto le gustaban a él cuando se trataba de los demás. Tal discreción en lo personal  definitivamente  lo separaba del resto, agobiados  por los llamados de la carne y urgidos por sus hormonas; confundidos entre deseos de  libertad y anhelos desordenados.

 

                                                 

 

 

 

 

 Los semestres clínicos transcurrieron sin mucha novedad.

 

 

Hacia el final del último año hospitalario, Ancísar abordó a Javier con una pregunta inesperada.

 

Ve hombre Javier, ¿vos en que te vas a especializar?- 

Sin dudarlo Javier le contestó: Psiquiatría- Y haciendo un guiño aclaró:  para tratar a las locas -. Simbaqueba  me aprueba- añadió, mientras quebraba la muñeca de su mano derecha y la ponía delicadamente sobre su quijada, a la vez que  apoyaba el codo sobre la mano contraria. 

 

Ancísar no se sorprendió. Por el contrario le pareció la elección más adecuada. Los juicios de carácter de Javier eran certeros. Sin embargo, pensaba Ancísar, su obsesión por la limpieza y el orden lo hacían mas mejor candidato para  cirugía . Lo cual para él que lo consideraba su amigo y su protector sería mejor y encajaría con sus planes de especializarse en  Anestesiología por entonces una especialidad de segunda a la que solo aspiraban neuróticos y tipos raros.

 

Javier sin embargo  quería ser siquiatra. Así podría seguir ejercitando su lengua larga con las infidencias de los demás.

 

En eso ya había hecho camino. Por Javier se enteraron sus compañeros de los pecados reales e imaginarios de otros. No solo eran ellos las víctimas de sus lengua voraz, especialmente  las mujeres del curso,  sino los profesores que  aburridos de sus vidas conyugales desgastadas se atrevían a posar sus ojos en alguna estudiante, hasta cuando estas a su vez, cumplidos sus propios objetivos de ascenso académico, preñadas y abortadas o paridas en medio de angustias o de escándalos  les dejaban los niños a alguna abuela cansada, para seguir adelante con la profesión y con la vida y  botaban a sus profesores cuarentones y los remplazaban por algún compañero, algún poeta o algún vago a quienes ellas a su vez comenzaban a financiarles el ocio.

 

 

 

                                                         

 

 

De manera pues que mientras los demás andaban en vueltas de año rural, Javier anunciaba a los cuatro vientos que se iría para San Francisco, California, sin haber comenzado  su rural, requisito indispensable para ejercer la profesión en Colombia, pero no para hacer Residencia de Psiquiatría en los Estados Unidos.

 

Como la visa se demoraba, Javier decidió emplear los  meses de espera preparándose para los exámenes americanos. Su casa con su mamá y sus hermanas no era el mejor sitio para el estudio, pero  los compañeros a quienes les solicitó el arriendo de una habitación en sus pueblos de rural  no veían con buenos ojos su displicencia ante las angustias propias y sobre todo el hecho de que Javier no ofreciera nada en contrapartida fuera de la compañía. Por su parte, sin pedir nada a cambio Ancísar lo invitó a que lo acompañase en su rural de Somondoco, y sin saberse porqué Javier terminó aceptando. En Somondoco pagaban mal y nadie quería ir allí por miedo a quedar muerto en una de las balaceras que periódicamente sucedían entre los esmeralderos de la zona. Pero Ancísar feliz en su condición de doctor y más acompañado de su héroe, no objetó esta nueva oportunidad que le daba la vida.

 

En el pueblo a Ancísar  le comenzaron a pagar con esmeraldas o con gallinas . Resultó ser un médico práctico que con nada se complicaba. Ante los primeros síntomas de dificultad, metía a los pacientes en  la ambulancia del hospital y los  mandaba para Tunja o para Bogotá o para Bucaramanga, donde se los recibieran. Los de la ambulancia, felices de viaticar, aprovechaban cada oportunidad para sacar cualquier esmeralda del pueblo sin tener que someterse a los retenes y los chantajes de los militares.

 

 

Después de que Javier se fuera para los Estados Unidos, lleno de pompa y de despedidas que una  tía suya se encargó de hacer publicar en las paginas de “Bogotá Social”, Ancísar se sintió huérfano.  Y como en los pueblos, doctor es doctor y las mujeres de provincia no se ponían en esas  vainas de las bogotanas, tras unas pocas invitaciones a jugar billar pool el club del pueblo y unos cuantos paseos al río, se le apareció el amor, en la forma elemental de  una muchacha del pueblo, quien resultó ser  la hija de  Peña, un esmeraldero de oficio muy temido en la región.  El padre, al ver que su muchacha se casaba con un doctor no puso objeción alguna y la muchacha, una mula grande, a quien  nadie se atrevía sacar en los bailes por ser la hija de quien era, le entregó al médico sus generosos pechos y su metro con 80 de estatura. Ancísar animado, recorrió sin timidez la extensión total de los terrenos inexplorados hasta entonces y se casó por la iglesia en una ceremonia celebrada en medio de disparos al aire, mucho güisqui  Sello Negro y música de mariachis. El padre al ver la cara de felicidad de su hija adoptó al yerno como a hijo propio y lo llenó de comodidades.  

 

Para le fecha del grado todos se sorprendieron al ver a Ancísar  en su jeep de llantas gruesas, con ropa nueva y con un peinado que jamás le habían conocido. En vez de sus dientes negros y sus encías enrojecidas, lucía dentadura completa en buen estado. 

 

Los recién casados se establecieron en el Chicó en el norte de Bogotá y Ancísar comenzó a trabajar en una clínica del sur de la cual se hizo socio y pocos meses después dueño. Allí  daba anestesia y como no abandonaba los pacientes, le iba bien. Trabajaba y cobraba duro y ahora, rico, invitaba a sus compañeros a su clínica y estos ni cortos ni perezosos atendían allí sus pacientes mientras esperaban una oportunidad mejor en el  norte de Bogotá, talvez en  Palermo o en Marly  o en  la Fundación  que por entonces comenzaba a abrir sus servicios. Ancísar se sentía honrado con la  presencia de sus compañeros,  moachos les seguía diciendo y no se metía en chismes, ni en enredos.  Eso sí, cada dos meses cuando le llegaba una postal de los Estados Unidos con cuatro frases de Javier, Ancísar cumplía con el ritual de trasmitirles a sus condiscípulos  los saludos y la escasa información que Javier compartiera sobre su vida profesional en otras latitudes. 

 

Por boca de Ancísar se enteraron que Javier, contrario a lo que predicaba durante sus años de estudiante se  había ido a vivir con “Candy” sin casarse. Pero ya nadie se casaba , menos en los Estados Unidos, sin antes haber vivido matrimonios no oficiales seriados. Pocos le dieron trascendencia al asunto.  En resumen,  todo le iba a Javier tan bien como le podía ir a cualquier exilado.  Y Ancísar se enteraba primero que todos de su saga norteamericana.

 

 

 

Por eso cuando le llegaron con la historia de la muerte de Javier, al comienzo no quiso creerlo pensando que se trataba de una broma. Nadie podía morirse al comenzar la vida, tan enamorado de Candy y tan exitoso.

 

- ¿Cuándo lo traen?- fue  lo único que se atrevió a preguntar. 

Mañana, en el vuelo de Nueva York de  las cuatro de la tarde. 

 

Cuando el jumbo  rojo de Avianca se asomó en el cielo gris de octubre, en Bogotá caía una pertinaz llovizna. El frío húmedo calaba  hasta en los huesos. La madre de Javier y sus hermanas desconsoladas ya habían agotado toda lágrima y se movían como zombis. Sólo cuando aparecieron con la caja de las cenizas  todos los presentes incluidos la familia íntima, Ancísar y los demás compañeros, en especial las mujeres del grupo comenzaron a llorar a lágrima plena la muerte del primer compañero que los abandonaba. El aguacero arreció empapándolos, como si la naturaleza tuviera sentimientos. Por primera vez las amigas de antaño de Javier abrazaban a Ancísar como uno de los suyos y este las besaba en la frente, sin que nadie hiciera gestos de asco.

 

Todos entendían por primera vez cuanto los unía.

 

Ancísar  le ofreció su carro europeo con chofer a la madre y a las hermanas de Javier, quienes con la caja de su hijo y su hermano aferrada a sus regazos salieron rumbo a la capilla del Espíritu Santo donde depositarían las cenizas.

 

Todos saludaron con deferencia a Ancísar y a su esposa.  El tono de la conversación era de respeto profundo.

Javier había muerto en NY en brazos de su gran amor, Candy, un rubio californiano con quien había liderado las primeras cruzadas gay de los Estados Unidos

Juntos habían compartido todo, incluso el SIDA, que pronto se llevaría también al amigo del alma, su amor lejano y elusivo, aquel  que le mandaba desde tierras distantes su ropa de marca, sus bufandas y sus guantes de cabritilla con las que Javier ponía distancias desde su palco del Colón.

 

De regreso a la ciudad,  la mujer grandota de Ancísar lo consentía con ternura de dueña segura y él para corresponderle le batía la cola como perrito fiel. Era el mismo Ancísar de siempre,  solo que más limpio y ahora daba las ordenes y los moachos lo oían, y cuando no estaban cerca de él  murmuraban los detalles de sus vidas contradictorias.  Esa noche Ancísar se mandó a hacer la prueba  del SIDA  y aliviado comprobó que era negativo. 

 

Solo el lo sabe y mantiene el secreto.

 

 

En memoria de Javier, al  comenzar la jornada diaria de quirófano, Ancísar repite con reverencia ceremonial su lavado obsesivo de manos y mira con repugnancia a todos aquellos que se atreven a contaminar con su presencia la limpieza de sus vidas anodinas.  Quienes lo conocieron no dejar de pensar cuan tenue es la línea que separa sepsis de antisepsia.

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