Asepsia y antisepsia
¡No puede ser!- , balbució sorprendido el
veterano profesor de anatomía al verlo
atravesar la puerta de su oficina del primer piso. Se llevó las manos a la
cabeza, sin que Ancísar se hubiese percatado del
gesto.
¡Y yo pensaba que con los Montoya habíamos llenado la cuota
de cochinos para el resto del siglo!- farfulló, mientras se ocupaba de una de
sus gavetas llenas de documentos.
Pinzón, el preparador de cadáveres, se encargó de atenderlo.
¿Qué se le ofrece, joven?- , se dirigió al estudiante con
sequedad.
¿Aquí es donde venden las guías de anatomía?- preguntó Ancísar sin dejarse intimidar por la rudeza del auxiliar de
cara aindiada y bigote de mariachi.
Veintidós pesos las
guías de disección y catorce las de
histología- . Lo miró fijamente tratando
de infundirle miedo, mientras colocaba con fuerza los cuadernillos
mimeografiados sobre el separador. Más allá del mostrador de madera de color
incierto, que como en los viejos almacenes del centro de Bogotá y en los
juzgados, se movía sobre el eje de sus bisagras, sirviendo así también de
puerta de acceso, Ancísar pudo ver el espacio
reservado para las oficinas del jefe, el mítico mimeógrafo en que se imprimían los exámenes de anatomía y del
cual desaparecían durante el secado y el grapado las copias que luego se
vendían con las preguntas que saldrían en los exámenes venideros. La mayoría,
excepto los más puritanos, lo sabía
desde antes de comenzar el semestre. Y casi todos estarían dispuestos a pagar y
a hacerse los de las gafas cuando sus notas resultaran superiores a sus
esfuerzos.
Sin cambiar de tono, Pinzón añadió:
¡Ojalá haya traído sencillo! -.
Se rascó la raíz de los genitales sin importarle la
vulgaridad del gesto.
Los compañeros
miraron con impaciencia cómo Ancísar contaba
uno a uno los billetes arrugados, hasta completar la suma solicitada.
Gracias, Profesor- le
dijo al auxiliar de bata blanca, mientras le ofrecía su mano diminuta, a
sabiendas de que el otro no la tomaría.
¿Usted?…..- Le
preguntó Pinzón al siguiente.
Años atrás,
La memoria prodigiosa
del profesor de anatomía le permitía tener presentes nombres, apellidos y
circunstancias de todos sus alumnos. Ninguno como los Montoya.
Hasta ahora, con la aparición de Ancísar.
Al profesor le dolió recordar la derrota anterior. Resignada, tras vanos intentos por deshacerse de los gemelos, la
facultad estaba por extenderles el
cartón de internistas, como antes les
había dado el de médicos, ante el asombro de quienes seguían pensando que lo
mínimo que se le podía pedir a una escuela de medicina era que les exigiera a sus alumnos algo de higiene personal.
¡Ver para creer! Los Montoya, especialistas en medicina
interna, tras concluir sus años de San Juan de Dios, con sus largas horas de
trabajo, el sueño escaso, el erotismo desbordado y confuso, la sangre, los
gritos de las putas borrachas los viernes por la noche, el vómito de los intoxicados, los vahídos de las histéricas y los tropeles de
familiares ansiosos que las acompañaban; los apuñalados del corazón que se
morían o vivían sin proferir queja; los asmáticos pobres desesperados por algo
de aire; los frascos de glucosa y aminofilina colgados de las camillas apiñadas en cualquier
espacio libre que quedara en los
corredores de urgencias de
Como poco tenían qué hacer, distinto a estudiar y escasamente
en qué gastar, ya fuese en comida o ropa, la primera porque se las daba el
hospital, la ropa porque rara vez se cambiaban, los Montoya ahorraban
el sueldo completo y lo que les daban los demás en retribución por los turnos
que les hacían. Por ello su fama de avaros creció tanto como la de cochinos y
las especulaciones sobre su vida amorosa.
Para algunos compañeros eran unas máquinas
de masturbación compulsiva, aunque las
manchas de sus pantalones blancos de turno
bien podían ser pus o vómito de
algún paciente, o poluciones nocturnas acumuladas en la ropa exterior, lo mismo que en sus
calzoncillos grises. Según otros ninguno de los dos se había corrido el
prepucio, debajo del cual se acumulaban años de esmegma
tan grueso como la capa de mugre
endurecida que hacía que sus medias, al
quitárselas, mantuvieran la forma del pie.
La línea negra del sudor acumulado en los
cuellos de sus camisas
almidonadas no parecía maltratarles sus pieles blancas rojizas de bebé de tierra fría.
Medían, cada uno, algo más de un metro con cincuenta; los dos eran gibosos y miopes, con gafas de
marco de carey el uno y dorado el otro, que les caían sobre la punta de sus
narices de brujo dándole a sus caras de
contento una alegría perversa.
Excepto por las encargadas del aseo, que les abrían las
ventanas y les traían mudas frescas de
sábanas y toallas una vez por semana, pocos se hubieran atrevido a
entrar en el cuchitril fraterno, una pieza exclusiva en el noveno piso del
hospital, de la cual se veían salir en
las mañanas llenos de lagañas, el pelo pegajoso escasamente humedecido a
manotadas.
Profesores y alumnos por igual se preguntaban cómo Bernal, el cardiólogo que
veía a los presidentes y a sus ministros, o el Profesor Carrizosa
Argáez, quien
había sido embajador en Viena y hablaba el alemán fluidamente, los
habían dejado entrar a
Ante el hecho consumado de la presencia de Ancísar, algunos le achacaron su admisión a un error improbable
de computadora. Otros mencionaron
el azar y diversas razones estadísticas incomprensibles para la
mayoría. Solo quedó la puerta de atrás como explicación plausible.
Por años dicha puerta había sido utilizada para lograr ser admitidos en la facultad
de medicina por los de Odontología y los
de Farmacia, frustrados en sus carreras iniciales. Después de algunos
semestres, dichos estudiantes tomaban
los lugares de aquellos que abandonaban la facultad al encontrar que los
cadáveres o la crudeza de la carrera eran
demasiado para sus frágiles espíritus románticos.
Ancísar,
enfundado en sus batas de anfiteatro que le llegaban escasamente hasta la cintura y no hasta la rodilla como
las de los demás, parecía más un peluquero o un repartidor de paletas que un
estudiante de la facultad. Su gorro, alargado hacia arriba como el de los
panaderos, no estaba amarrado en la
parte de atrás como el de sus condiscípulos, muchos de los cuales empezaban a
llevar el pelo largo a la manera de los Beatles.
¿A cómo el pan Ancísar?- le gritaban los compañeros al verlo entrar al
anfiteatro, ataviado con sus prendas
desiguales.
Será la arepa de tu madre, ¡gran hijueputa!-, se defendía
Ancísar, sin que la ofensa o la respuesta
pasaran a más. A Ancísar, al igual que hacen ciertos
pueblos en Colombia con los niños pequeños y los loros, los demás lo ponían a decir groserías y se las celebraban,
ante lo cual Ancísar
respondía con una retahíla propia
cuando estaba de mal genio, o cuando la vida le sonreía con – no jodan,
muchachos -, todos éramos muchachos y
muchachas, pronunciado moachos, como en Jardín,
Antioquia, su pueblo.
A diferencia de los Montoya, ataviados por lo general de
negro y gris, Ancísar
iba vestido de colores claros de tierra caliente con su chaqueta de cantante de orquesta, a
cuadros y líneas azul claro y amarillo con algunas rayas marrón intercaladas,
su corbata de color indefinido, su pantalón grisáceo tan arriscado y con la
correa tan apretada por arriba del ombligo, que se le alcanzaban a dibujar,
generalmente echadas hacia el lado izquierdo, dos bultos mínimos, que debían
ser las bolitas de la vida, pequeñas,
mucho más que las que dejaban ver las
taleguillas de los toreros.
La correa dividida en dos en la punta de tanto uso, no solo
mantenía en sus sitio los pantalones sino también los
calzoncillos, que de otra manera se escurrirían por falta de elástico. Las
medias, enrolladas hacia abajo parecían
engullidas por sus zapatos y
dejaban expuesta la piel gris del talón
de Aquiles, dispuesta en escamas por
falta de estropajo. Las puntas de los
zapatos, dos números más grandes de lo necesario, miraban hacia arriba peladas
pidiendo a gritos una embolada. Sus
manos que le quedaban flotando en los guantes de anatomía, de manera que las
disecciones se le dificultaban, estaban coronadas por uñas largas y negras que Ancísar limpiaba a su manera con un lápiz romo que luego lo
colocaba detrás de la oreja, en el mismo sitio donde guardaba los palillos de dientes y los cigarrillos. Debajo
de la axila, un cuaderno de apuntes y
los viernes, además del cuaderno, algún número viejo del Espacio o El Bogotano,
doblado como el de los oficinistas y tan leído por los estudiantes de derecho
de las residencias universitarias antes de caer en sus manos, que la tinta estaba generalmente corrida y los
pechos desnudos de las modelos de la penúltima página señalados con flechas y
frases similares a los graffiti de los baños de la facultad.
Alguien alguna vez lo
llamó sepsis, pero tal apodo pronto quedó en el olvido.
Anatomía fue tan dura como la habían
anunciado.
No obstante, Ancísar, haciendo
caso omiso de quienes apostaban que la perdería, estudiaba de día y de noche.
Aún en las colas de la cafetería, ignoraba el ruido de platos y
cubiertos y las arengas políticas
de los diversos grupos revolucionarios, mientras a fuerza de repetición metía
en su cabeza cuanto músculo, inserción, función ,
tracto, apófisis, fosa virtual o real trajeran conferencias y apuntes de
clase.
La cafetería de
Ancísar pasó anatomía con mejor nota que la de muchos de
sus críticos. Superior incluso a la de Javier, su compañero de mesa de
disección, quien había apostado que Ancísar, como
sucedía con las especies menores, se
eliminaría a sí mismo mediante el proceso de selección natural y no pasaría al
siguiente semestre, mucho menos finalizaría la carrera.
No solo bruto y desaseado, sino
marica; ¡para completar marica!- , decía
con desparpajo Javier sin que nadie supiera porqué tendría que desprestigiar
con detalles de su vida sexual a quien nadie suponía con posibilidades de una.
En los semestres
posteriores a Anatomía, Ancísar, impertérrito, siguió
con sus estudios, comiendo en la cafetería central, gorreando tinto o sobras de
gaseosa y aprovechando lo que fuera
gratis, desde los conciertos del auditorio León de Greiff recién inaugurado, hasta los espectáculos de
los domingos en
O talvez sería porque no como no parecía tener ninguna
consciencia de su diferencia de clase,
ni estaba conciente de su suciedad, algún defecto adicional había que
encontrarle para que con la familiarización que traían los meses compartidos no
fuera a terminar acercándose demasiado a los del grupo
o visitando su casa y haciéndole pases a sus hermanas menores. Ancísar por su parte trataba por igual a todos, a Javier a
pesar de sus inocultables muescas de
asco y a Portocarrero
y a Restrepo, quienes sin proponérselo le imponían distancias no solo a Ancísar sino a todos los demás.
¡ Déjenlo hablar que él también es
compañero!, tan compañero como
cualquiera- . Por entonces surgían por doquier apóstoles de la igualdad y de la
tolerancia. Eran tartufos en público quizás
para contrarrestar los sentimientos íntimos.
Más que descalificado, Ancísar
se sintió halagado por el tono vehemente de Javier. Un gesto de solidaridad tal
había que celebrarlo, más viniendo de quien venía. Al terminar la asamblea lo
invitó a gaseosa y roscón que pagó con
billete nuevo, cuidadosamente doblado en partes iguales para ocasiones
especiales. Javier no se atrevió a negarse. Con lo cual Ancísar
pensó que sellaba una amistad duradera.
A
partir de entonces no se desprendió de
Javier.
Javier, por su parte no supo que hacer,
excepto acostumbrarse a la sombra incómoda de su compañero. Lo consolaba pensar
que el contraste haría notar más sus virtudes.
Ancísar tan sucio y él tan limpio. Antipático también
pero sobre todo antiséptico, así lo había bautizado el mismo compañero que
había llamado sepsis a Ancísar.
En efecto, si alguien se
hubiese puesto a buscar con lupa alguien más opuesto a Ancísar no lo hubiera logrado. Pero el azar los había
puesto a él y a Javier en el mismo curso y en la misma mesa de disección de
Anatomía y luego los habría de poner también juntos en la de Bioquímica, la de Parasitología, la de Patología y más tarde aún los haría
compartir prácticas y pacientes en el hospital.
Javier había nacido en Bogotá de familia
provinciana. Iba impecablemente vestido, al comienzo con versiones locales de
lo que veía en los figurines de modas de su casa, saco espina de pescado de los
de Everfit, un poco como gerente de banco menor, luego con buzos y
chaquetas iguales a las de quienes pasaban
sus vacaciones en los Estados Unidos o en Europa.
Fue el primero en mandar a hacer los
zapatos a la medida y bordar sus pañuelos con una marca personal.
Vivía en los Alcáceres,
un barrio más bien modesto de casas construidas en serie en la época del
General Rojas, pero él se consideraba de los del norte, de aquellos que sabían
manejar, en su caso el automóvil americano de su papá, un Pontiac
automático, modelo 59 o 60, suficiente para producirle envidia a la mayoría que
montaba en bus y nunca había tenido a nadie en la familia con carro
propio.
A pesar de sus escasos 1, 70 de
estatura, Javier era bien proporcionado. Ni
un pelo fuera de lugar, las uñas impecablemente cortadas y
esmaltadas, el anillo y otros excesos de
una discreción aceptable, excepto tal vez por la bufanda de seda blanca con que
se apareció en el Colón en el estreno de Carmen y siguió usando durante el
resto de la temporada de Opera. Allí
desde su palco del segundo piso solía saludar a sus compañeros situados en
primera fila de gallinero con una mueca de desdén, la cual durante el intermedio, en el foyer del teatro, se convertía en venia ligera y a la
salida en una bocanada de su pipa, en una sonrisa escasa y un movimiento casi imperceptible de sus guantes
de cabritilla.
Javier, resultaba especialmente divertido cuando hablaba de
los maricas y de indios. A ambos los detestaba por
igual y lo expresaba sin ambigüedad. Se burlaba en especial de Simbaqueba ,
un flaco alto, aindiado a pesar del cabello rubio quien además pronunciaba fucsia, marcando las sílabas, deletreando el
color para que los demás entendieran. Y
hablaba con acento inglés, mostang, en lugar
de mustang como todos los demás , porque así lo
pronunciaban los chicos americanos como él llamaba a los gringos; así lo había
oído en su estadía de varios meses en Aidajo. A Simbaqueba le sonaba
una jota débil que los demás no podían imitar–Idaho,
el estado perdido donde se había teñido el pelo por primera vez y había
aprendido a comer donas y hamburguers y a tener
gestos delicados.
Que los demás supieran, Javier era católico de comunión los Primeros Viernes. De
Tradición, Familia y Propiedad, un grupo fascista y conservador, de estandartes
y capas encintadas y discurso incendiario en plazas públicas. Su función era
salvar la sociedad del comunismo y el erotismo ateo de occidente. Eso explicaba
su castidad pública y que su comportamiento sexual se redujera entonces a comentar
las vidas de los otros y de vez en cuando mencionar un amor distante, sin
entrar en los detalles que tanto le gustaban a él cuando se trataba de los
demás. Tal discreción en lo personal
definitivamente lo separaba del
resto, agobiados por los llamados de la
carne y urgidos por sus hormonas; confundidos entre deseos de libertad y anhelos desordenados.
Los semestres
clínicos transcurrieron sin mucha novedad.
Sin dudarlo Javier le contestó: Psiquiatría- Y haciendo un
guiño aclaró: para
tratar a las locas -. Simbaqueba me aprueba- añadió, mientras quebraba la
muñeca de su mano derecha y la ponía delicadamente sobre su quijada, a la vez
que apoyaba el codo sobre la mano
contraria.
Ancísar no se sorprendió. Por el contrario
le pareció la elección más adecuada. Los juicios de carácter de Javier eran
certeros. Sin embargo, pensaba Ancísar, su obsesión
por la limpieza y el orden lo hacían mas mejor candidato para cirugía . Lo cual
para él que lo consideraba su amigo y su protector sería mejor y encajaría con
sus planes de especializarse en
Anestesiología por entonces una especialidad de segunda a la que solo
aspiraban neuróticos y tipos raros.
Javier sin embargo
quería ser siquiatra. Así podría seguir ejercitando su lengua larga con
las infidencias de los demás.
En eso ya había hecho camino. Por Javier se enteraron sus
compañeros de los pecados reales e imaginarios de otros. No solo eran ellos las
víctimas de sus lengua voraz, especialmente
las mujeres del curso, sino los
profesores que aburridos de sus vidas
conyugales desgastadas se atrevían a posar sus ojos en alguna estudiante, hasta
cuando estas a su vez, cumplidos sus propios objetivos de ascenso académico,
preñadas y abortadas o paridas en medio de angustias o de escándalos les dejaban los niños a alguna abuela
cansada, para seguir adelante con la profesión y con la vida y botaban a sus profesores cuarentones y los
remplazaban por algún compañero, algún poeta o algún vago a quienes ellas a su
vez comenzaban a financiarles el ocio.
De manera pues que mientras los demás andaban en vueltas de
año rural, Javier anunciaba a los cuatro vientos que se iría para San
Francisco, California, sin haber comenzado
su rural, requisito indispensable para ejercer la profesión en Colombia,
pero no para hacer Residencia de Psiquiatría en los Estados Unidos.
Como la visa se demoraba, Javier decidió emplear los meses de espera preparándose para los
exámenes americanos. Su casa con su mamá y sus hermanas no era el mejor sitio
para el estudio, pero los compañeros a
quienes les solicitó el arriendo de una habitación en sus pueblos de rural no veían con buenos ojos su displicencia ante
las angustias propias y sobre todo el hecho de que Javier no ofreciera nada en
contrapartida fuera de la compañía. Por su parte, sin pedir nada a cambio Ancísar lo invitó a que lo acompañase en su rural de Somondoco, y sin saberse porqué Javier terminó aceptando.
En Somondoco pagaban mal y nadie quería ir allí por
miedo a quedar muerto en una de las balaceras que periódicamente sucedían entre
los esmeralderos de la zona. Pero Ancísar feliz en su
condición de doctor y más acompañado de su héroe, no objetó esta nueva
oportunidad que le daba la vida.
En el pueblo a Ancísar le comenzaron a pagar con esmeraldas o con gallinas . Resultó ser un médico práctico que con nada se
complicaba. Ante los primeros síntomas de dificultad, metía a los pacientes
en la ambulancia del hospital y los mandaba para Tunja o para Bogotá o para
Bucaramanga, donde se los recibieran. Los de la ambulancia, felices de
viaticar, aprovechaban cada oportunidad para sacar cualquier esmeralda del
pueblo sin tener que someterse a los retenes y los chantajes de los militares.
Después de que Javier se fuera para los Estados Unidos, lleno
de pompa y de despedidas que una tía
suya se encargó de hacer publicar en las paginas de
“Bogotá Social”, Ancísar se sintió huérfano. Y como en los pueblos, doctor es doctor y las
mujeres de provincia no se ponían en esas
vainas de las bogotanas, tras unas pocas invitaciones a jugar billar
pool el club del pueblo y unos cuantos paseos al río, se le apareció el amor,
en la forma elemental de una muchacha
del pueblo, quien resultó ser la hija
de Peña, un esmeraldero de oficio muy
temido en la región. El padre, al ver
que su muchacha se casaba con un doctor no puso objeción alguna y la muchacha,
una mula grande, a quien nadie se
atrevía sacar en los bailes por ser la hija de quien era, le entregó al médico
sus generosos pechos y su metro con 80 de estatura. Ancísar
animado, recorrió sin timidez la extensión total de los terrenos inexplorados
hasta entonces y se casó por la iglesia en una ceremonia celebrada en medio de
disparos al aire, mucho güisqui Sello
Negro y música de mariachis. El padre al ver la cara de felicidad de su hija
adoptó al yerno como a hijo propio y lo llenó de comodidades.
Para le fecha del grado todos se sorprendieron al ver a Ancísar en su jeep
de llantas gruesas, con ropa nueva y con un peinado que jamás le habían
conocido. En vez de sus dientes negros y sus encías enrojecidas, lucía
dentadura completa en buen estado.
Los recién casados se establecieron en el Chicó en el norte de Bogotá y Ancísar
comenzó a trabajar en una clínica del sur de la cual se hizo socio y pocos meses
después dueño. Allí daba anestesia y
como no abandonaba los pacientes, le iba bien. Trabajaba y cobraba duro y
ahora, rico, invitaba a sus compañeros a su clínica y estos ni cortos ni
perezosos atendían allí sus pacientes mientras esperaban una oportunidad mejor
en el norte de Bogotá, talvez en Palermo o en Marly o en
Por boca de Ancísar se enteraron
que Javier, contrario a lo que predicaba durante sus años de estudiante se había ido a vivir con “Candy”
sin casarse. Pero ya nadie se casaba , menos en los
Estados Unidos, sin antes haber vivido matrimonios no oficiales seriados. Pocos
le dieron trascendencia al asunto. En
resumen, todo le iba a Javier tan bien
como le podía ir a cualquier exilado. Y Ancísar se enteraba primero que todos de su saga
norteamericana.
Por eso cuando le llegaron con la historia de la muerte de
Javier, al comienzo no quiso creerlo pensando que se trataba de una broma.
Nadie podía morirse al comenzar la vida, tan enamorado de Candy
y tan exitoso.
- ¿Cuándo lo traen?- fue lo único que se atrevió a preguntar.
Mañana, en el vuelo de Nueva York
de las cuatro de la tarde.
Cuando el jumbo rojo
de Avianca se asomó en el cielo gris de octubre, en
Bogotá caía una pertinaz llovizna. El frío húmedo calaba hasta en los huesos. La madre de Javier y sus
hermanas desconsoladas ya habían agotado toda lágrima y se movían como zombis.
Sólo cuando aparecieron con la caja de las cenizas todos los presentes incluidos la familia
íntima, Ancísar y los demás compañeros, en especial
las mujeres del grupo comenzaron a llorar a lágrima plena la muerte del primer
compañero que los abandonaba. El aguacero arreció empapándolos, como si la
naturaleza tuviera sentimientos. Por primera vez las amigas de antaño de Javier
abrazaban a Ancísar como uno de los suyos y este las
besaba en la frente, sin que nadie hiciera gestos de asco.
Todos entendían por primera vez
cuanto los unía.
Ancísar
le ofreció su carro europeo con chofer a la madre y a las hermanas de
Javier, quienes con la caja de su hijo y su hermano aferrada a sus regazos
salieron rumbo a la capilla del Espíritu Santo donde depositarían las cenizas.
Todos saludaron con deferencia a Ancísar
y a su esposa. El tono de la
conversación era de respeto profundo.
Javier había muerto en NY en brazos de su gran amor, Candy, un rubio californiano con quien había liderado las
primeras cruzadas gay de los Estados Unidos
Juntos habían compartido todo, incluso el SIDA, que pronto
se llevaría también al amigo del alma, su amor lejano y elusivo, aquel que le mandaba desde tierras distantes su
ropa de marca, sus bufandas y sus guantes de cabritilla con las que Javier
ponía distancias desde su palco del Colón.
De regreso a la ciudad,
la mujer grandota de Ancísar lo consentía con
ternura de dueña segura y él para corresponderle le batía la cola como perrito
fiel. Era el mismo Ancísar de siempre, solo que más limpio y ahora daba las ordenes
y los moachos lo oían, y cuando no estaban cerca de
él murmuraban los detalles de sus vidas
contradictorias. Esa noche Ancísar se mandó a hacer la prueba del SIDA
y aliviado comprobó que era negativo.
Solo el lo sabe y mantiene el secreto.
En memoria de Javier, al
comenzar la jornada diaria de quirófano, Ancísar
repite con reverencia ceremonial su lavado obsesivo de manos y mira con repugnancia
a todos aquellos que se atreven a contaminar con su presencia la limpieza de
sus vidas anodinas. Quienes lo
conocieron no dejar de pensar cuan tenue es la línea que separa sepsis de
antisepsia.