Miguel Fleta
(Tenor)
  �Una bella voz es un don del cielo�, dijo la famosa soprano Adelina Patti. Y lo mismo pudo repetir aquel muchacho aragon�s que vio la luz en el pueblecito oscense de Albalate de Cinca el 1 de diciembre de 1897. Nunca pudo suponer Miguel Burro Fleta, pues �se era su nombre, que en corto espacio de tiempo hab�a de alcanzar la m�s alta cumbre del arte l�rico. Fue como si un hada generosa le hubiese tocado con su varita m�gica, haci�ndole vivir lo que nunca lleg� ni a imaginar. De la pobreza y la oscuridad a la gloria y la opulencia.

Jotero aficionado en su ni�ez y juventud, y cabo de cornetas en el servicio militar, manifest� pronto una gran intuici�n musical. A los veinte a�os era todav�a mozo de labranza en Zaragoza; a los veintiuno estudiaba solfeo y canto en Barcelona y a los veintid�s deja pasmado al p�blico de Trieste interpretando en su teatro de �pera la parte de Paolo en FRANCESCA DA RIMINI. �C�mo pudo producirse este asombroso milagro?

Fleta, aunque inculto, pose�a una gran disposici�n para la m�sica. Si a ello a�adimos que su voz era, a la par, poderosa y dulce, bell�sima de timbre y capaz de expresar todos los matices, tendremos contestada, en parte, la pregunta. Hac�a falta el art�fice que tallara tan rico diamante y este fue una cantante francesa conocida en el mundo art�stico por Luisa Pierrick, que en seguida fue su amante y madre de sus hijos Miguel y Alfonso. Ella hizo a Fleta y cuando, convertido ya en un primer tenor, se produjo el alejamiento, Fleta se acab�. Fue como una luminaria poderos�sima que tras alcanzar su plenitud deslumbrante comenz� a declinar hasta acabar en tibios y tristes destellos.

Su iniciaci�n tuvo mucho de providencial. Cantor de jotas aragonesas, como su hermano y otros familiares, se traslad� a Barcelona a instancias de su hermano mayor, que desempe�aba la plaza de guardia urbano en la Ciudad Condal. Ocurr�a esto a mediados de 1918. Cuando pudieron disponer de una carta de recomendaci�n para entrar en el Conservatorio del Liceo. El maestro Lamote de Grignon, director entonces del famoso instituto, atendi� a aquel �jotero� con total indiferencia. Miguel tuvo que cantar una jota de prueba (no sab�a otra cosa) en el mismo rellano de la escalera, frente a un despacho donde se hallaba tambi�n otro de los catedr�ticos: el maestro Zamacois. Todo fue comenzar a fluir de la garganta de Fleta aquellas notas bellamente timbradas, y se interrumpi� de improviso la actividad del Conservatorio. Por todas las puertas empezaron a asomar cabezas intrigadas. El propio Lamote tuvo que admitir que aquel material era altamente aprovechable. Por desgracia, encontr�ndose ya iniciado el curso, y no habiendo plaza disponible en las clases para varones, el nuevo aspirante tendr�a que aguardar hasta el a�o siguiente. Pero una de aquellas cabezas asomadas era la de la profesora titular de la c�tedra de canto para mujeres. Ella s� ten�a plazas, e interes�ndose por el poseedor de ese �rgano vocal tan maravilloso, solicit� al maestro Lamote de Grignon el permiso para iniciar su ense�anza a la vera de las mujeres. Esa profesora se llamaba Luisa Pierrick.

El �milagro� comenz� a operarse aquel mismo d�a. El desarrollo de su carrera en el Conservatorio, cuya duraci�n normal se extend�a a cinco a�os, Fleta la cumpli� en menos de dos. El primer a�o apechug� con dos cursos de solfeo, tres de canto y el primero de idioma italiano; el segundo, uno de solfeo, dos de canto, dos de repertorio y segundo curso de italiano.

En septiembre de 1920 parte con destino a Italia, primera etapa de su gran aventura. Los ecos de la triunfal noche de Trieste se extendieron por todo el orbe l�rico y el joven tenor fue llamado por los grandes teatros. Su nombre era suficiente para llenar las salas. Las �peras se sucedieron: TOSCA, que nadie hab�a cantado con tanta exquisitez y emoci�n; AIDA, en la que consegu�a fundir en uno los cuatro tenores que en verdad necesitar�a; RIGOLETTO, cuyo d�o cantaba de manera maravillosa; PAGLIACCI, en la que daba medida de su temperamento dram�tico y, sobre todas, su portentosa interpretaci�n de �Don Jos� en CARMEN, como actor y cantante.

Para dar una idea de la magnitud del triunfo de Miguel Fleta, baste decir que los aficionados en el Teatro Real de Madrid exclamaron: �Desde los tiempos de Gayarre no se hab�a o�do a un tenor tan completo.� Lleg� el a�o 1922 cobrando seis mil pesetas, de las de entonces, y acabaron pag�ndole nueve mil por funci�n. Con sus actuaciones el regio coliseo recobr� sus antiguos esplendores. En Madrid no se habl� de otra cosa.

Luisa segu�a siendo para �l su ��ngel de la guarda�, como Miguel reconoc�a ante todos. Ese mismo a�o le acompa�� en su gira por Am�rica y m�s tarde, despu�s del nacimiento de su segundo hijo, acabaron por alejarse: �l de un teatro a otro cosechando triunfos; ella, la mayor parte del tiempo en Francia. Por esos d�as de 1926, Fleta estrena en el Teatro de la Scala, de Mil�n, TURANDOT, la �pera p�stuma de Puccini dirigida por Toscanini. Esta obra marca el cenit de su vertiginosa carrera. Sigue cantando, pero alejado de los cuidados de Luisa, falto de su autoridad y disciplina, se entrega a las aventuras galantes y a los amigos interesados y halagadores. Y llega, al fin, la esperada ruptura que se ultima por cartas. Los hijos quedan en poder de la madre.

Al iniciarse el a�o 1927 conoce en Salamanca a una joven de distinguida familia. Se llama Carmen Mirat y tal vez cree ver en su belleza morena a la Carmen de Bizet. Se casan en el mes de mayo en la iglesia de Santo Domingo. La nueva esposa acompa�a a su marido en la tourn�e que hace por Buenos Aires, Montevideo, R�o de Janeiro y otras capitales. Es la �ltima que hace como primer tenor. Al regreso, en 1928, se inicia el declive del gran divo. Su voz pierde brillantez y potencia. Es una voz fatigada por falta de los necesarios cuidados.

Ya no le llaman los grandes teatros. Gasta en demas�a y comienzan los apuros econ�micos. Entonces se refugia en la zarzuela al amparo de su nombre. Aquella voz, c�lida y aterciopelada, estaba ahora rota. Los sonidos se romp�an, fallaban los alientos, el timbre era opaco y las ca�das de tono frecuentes. Aquella voz que conmoviera a los p�blicos volvi� a la nada, de donde sali�. Pero, hasta en esas noches a menudo aciagas para el gran Fleta, pod�a muy bien sobrevenir un nuevo milagro. Y ello ocurr�a con mucha frecuencia. Muchas MARINA, LUISA FERNANDA y DO�A FRANCISQUITA penosamente iniciadas, hubieron de desembocar en interminables ovaciones con que el mismo p�blico vociferante del acto primero saludaba al gran artista al caer el tel�n por �ltima vez.

Miguel Fleta falleci� a causa de un ataque de uremia, a los cuarenta y un a�os, el 29 de mayo de 1938, envejecido y triste. Sucedi� en La Coru�a, en plena Guerra Civil. A su lado se hallaba Carmen Mirat y, m�s lejos, Luisa Pierrick con sus hijos.

La herencia fonogr�fica de Fleta, sin ser tan extensa como la de Caruso, representa un caudal importante, ya que sobrepasa los ochenta t�tulos (jotas, arias de �pera, romanzas de zarzuela y canciones), algunos de los cuales registr� por segunda vez al electrificarse el proceso de la grabaci�n.

Fragmentos y selecciones:

El trust de los tenorios, La Dolores (Romanza y jota), El d�o de La Africana (con Mar�a Bad�a), Los gavilanes, Do�a Francisquita, Emigrantes, La linda tapada, La Calesera, El guitarrico, Los de Arag�n, Sangre de reyes, El caser�o, El hu�sped del sevillano, La corte del amor, Marina (Selecci�n, con Emilio Sagi-Barba y Matilde Revenga), El trust de los tenorios (2.� versi�n), Sangre de reyes (2.� versi�n), La Dolores (Romanza, 2.� versi�n), El d�o de La Africana (con Matilde Revenga), El guitarrico (2.� versi�n), La Marsellesa, La bruja, La villana, Los p�caros estudiantes, Mar�a la Tempranica, Miguel�n, Luisa Fernanda Ed.: Gram�fono-La Voz de su Amo (1922-1934)
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