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En los primeros años del automóvil la forma de conseguir más potencia fue relativamente sencilla: si se querían más caballos se subía la cilindrada, bien empleando pistones de mayor tamaño o bien aumentando el número de cilindros. Este tipo de solución no presentaba problemas graves en vehículos de uso normal, pero en competición pronto se demostró que no era la solución ideal. También se aumentó la velocidad de giro de los motores, pero la fragilidad y el aumento de peso no favorecían lo más mínimo a la hora de competir. Ante este problema surgió una tercera vía para conseguir más potencia. Si ésta, en definitiva, dependía de la cantidad de gasolina que se quemaba dentro de los motores, si se forzaba su entrada a los mismos se podrían conseguir más caballos sin necesidad de construirlos con cilindradas enormes o con más cilindros.
La idea de la sobrealimentación es casi centenaria y existen patentes que se remontan al siglo XIX. Ya los hermanos Daimler patentaron un tipo de compresor en 1896, y el ingeniero Büchi también presentó en 1905 la primera idea de lo que podría ser un turbocompresor, la cual completó en 1910 con un sistema básicamente igual al que se utiliza hoy día. El mismo Büchi trabajó intensamente con su idea y en 1925 llegó a perfeccionarlo de tal manera que su invento aún está vigente en determinados tipos de motores diesel.
La llegada del turbo al motor de combustión interna se produjo más
tarde y su aplicación comenzó en la competición después
de que por los años sesenta se utilizase con profusión el
compresor volumétrico. Los éxitos más notables en
la implantación del turbo vinieron de la mano del ingeniero francés
Auguste Rateau. Después, por encargo de Renault, comenzó
en los años setenta, ya con los debidos medios, su aplicación
a motores de competición en la categoría de los Sport Prototipos.
Así nació el Renault Alpine A-442 que sirvió de base
para el motor de Fórmula 1 que debuto en 1977. A partir de ese momento,
comenzó una vertiginosa carrera en la aplicación del turbo
para motores de vehículos de gran serie, hasta el punto de que en
la actualidad no hay fabricante de prestigio que no comercialice alguno
de sus modelos dotado de turbo.
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