Capítulo XVI. De lo que le sucedió al ingenioso hidalgo en la venta que él imaginaba ser castillo
El ventero, que vio a don Quijote atravesado en el asno, preguntó a Sancho qué mal traía. Sancho le respondió que no era nada, sino que había dado una caída de una peña abajo, y que venía algo brumadas las costillas. Tenía el ventero por mujer a una, no de la condición que suelen tener las de semejante trato, porque naturalmente era caritativa y se dolía de las calamidades de sus prójimos; y así, acudió luego a curar a don Quijote y hizo que una hija suya, doncella, muchacha y de muy buen parecer, la ayudase a curar a su huésped. Servía en la venta, asimesmo, una moza asturiana, ancha de cara, llana de cogote, de nariz roma, del un ojo tuerta y del otro no muy sana. Verdad es que la gallardía del cuerpo suplía las demás faltas: no tenía siete palmos de los pies a la cabeza, y las espaldas, que algún tanto le cargaban, la hacían mirar al suelo más de lo que ella quisiera. Esta gentil moza, pues, ayudó a la doncella, y las dos hicieron una muy mala cama a don Quijote en un camaranchón que, en otros tiempos, daba manifiestos indicios que había servido de pajar muchos años. En la cual también alojaba un arriero, que tenía su cama hecha un poco más allá de la de nuestro don Quijote. Y, aunque era de las enjalmas y mantas de sus machos, hacía mucha ventaja a la de don Quijote, que sólo contenía cuatro mal lisas tablas, sobre dos no muy iguales bancos, y un colchón que en lo sutil parecía colcha, lleno de bodoques, que, a no mostrar que eran de lana por algunas roturas, al tiento, en la dureza, semejaban de guijarro, y dos sábanas hechas de cuero de adarga, y una frazada, cuyos hilos, si se quisieran contar, no se perdiera uno solo de la cuenta. En esta maldita cama se acostó don Quijote, y luego la ventera y su hija le emplastaron de arriba abajo, alumbrándoles Maritornes, que así se llamaba la asturiana; y, como al bizmalle viese la ventera tan acardenalado a partes a don Quijote, dijo que aquello más parecían golpes que caída. No fueron golpes dijo Sancho, sino que la peña tenía muchos picos y tropezones. Y que cada uno había hecho su cardenal. Y también le dijo: Haga vuestra merced, señora, de manera que queden algunas estopas, que no faltará quien las haya menester; que también me duelen a mí un poco los lomos. Desa manera respondió la ventera, también debistes vos de caer. No caí dijo Sancho Panza, sino que del sobresalto que tomé de ver caer a mi amo, de tal manera me duele a mí el cuerpo que me parece que me han dado mil palos. Bien podrá ser eso dijo la doncella; que a mí me ha acontecido muchas veces soñar que caía de una torre abajo y que nunca acababa de llegar al suelo, y, cuando despertaba del sueño, hallarme tan molida y quebrantada como si verdaderamente hubiera caído. Ahí está el toque, señora respondió Sancho Panza: que yo, sin soñar nada, sino estando más despierto que ahora estoy, me hallo con pocos menos cardenales que mi señor don Quijote. ¿Cómo se llama este caballero? preguntó la asturiana Maritornes. Don Quijote de la Mancha respondió Sancho Panza, y es caballero aventurero, y de los mejores y más fuertes que de luengos tiempos acá se han visto en el mundo. ¿Qué es caballero aventurero? replicó la moza. ¿Tan nueva sois en el mundo que no lo sabéis vos? respondió Sancho Panza. Pues sabed, hermana mía, que caballero aventurero es una cosa que en dos palabras se ve apaleado y emperador. Hoy está la más desdichada criatura del mundo y la más menesterosa, y mañana tendría dos o tres coronas de reinos que dar a su escudero. Pues, ¿cómo vos, siéndolo deste tan buen señor dijo la ventera, no tenéis, a lo que parece, siquiera algún condado? Aún es temprano respondió Sancho, porque no ha sino un mes que andamos buscando las aventuras, y hasta ahora no hemos topado con ninguna que lo sea. Y tal vez hay que se busca una cosa y se halla otra. Verdad es que, si mi señor don Quijote sana desta herida o caída y yo no quedo contrecho della, no trocaría mis esperanzas con el mejor título de España. Todas estas pláticas estaba escuchando, muy atento, don Quijote, y, sentándose en el lecho como pudo, tomando de la mano a la ventera, le dijo: Creedme, fermosa señora, que os podéis llamar venturosa por haber alojado en este vuestro castillo a mi persona, que es tal, que si yo no la alabo, es por lo que suele decirse que la alabanza propria envilece; pero mi escudero os dirá quién soy. Sólo os digo que tendré eternamente escrito en mi memoria el servicio que me habedes fecho, para agradecéroslo mientras la vida me durare; y pluguiera a los altos cielos que el amor no me tuviera tan rendido y tan sujeto a sus leyes, y los ojos de aquella hermosa ingrata que digo entre mis dientes; que los desta fermosa doncella fueran señores de mi libertad. Confusas estaban la ventera y su hija y la buena de Maritornes oyendo las razones del andante caballero, que así las entendían como si hablara en griego, aunque bien alcanzaron que todas se encaminaban a ofrecimiento y requiebros; y, como no usadas a semejante lenguaje, mirábanle y admirábanse, y parecíales otro hombre de los que se usaban; y, agradeciéndole con venteriles razones sus ofrecimientos, le dejaron; y la asturiana Maritornes curó a Sancho, que no menos lo había menester que su amo. Había el arriero concertado con ella que aquella noche se refocilarían juntos, y ella le había dado su palabra de que, en estando sosegados los huéspedes y durmiendo sus amos, le iría a buscar y satisfacerle el gusto en cuanto le mandase. Y cuéntase desta buena moza que jamás dio semejantes palabras que no las cumpliese, aunque las diese en un monte y sin testigo alguno; porque presumía muy de hidalga, y no tenía por afrenta estar en aquel ejercicio de servir en la venta, porque decía ella que desgracias y malos sucesos la habían traído a aquel estado. El duro, estrecho, apocado y fementido lecho de don Quijote estaba primero en mitad de aquel estrellado establo, y luego, junto a él, hizo el suyo Sancho, que sólo contenía una estera de enea y una manta, que antes mostraba ser de anjeo tundido que de lana. Sucedía a estos dos lechos el del arriero, fabricado, como se ha dicho, de las enjalmas y todo el adorno de los dos mejores mulos que traía, aunque eran doce, lucios, gordos y famosos, porque era uno de los ricos arrieros de Arévalo, según lo dice el autor desta historia, que deste arriero hace particular mención, porque le conocía muy bien, y aun quieren decir que era algo pariente suyo. Fuera de que Cide Mahamate Benengeli fue historiador muy curioso y muy puntual en todas las cosas; y échase bien de ver, pues las que quedan referidas, con ser tan mínimas y tan rateras, no las quiso pasar en silencio; de donde podrán tomar ejemplo los historiadores graves, que nos cuentan las acciones tan corta y sucintamente que apenas nos llegan a los labios, dejándose en el tintero, ya por descuido, por malicia o ignorancia, lo más sustancial de la obra. ¡Bien haya mil veces el autor de Tablante de Ricamonte, y aquel del otro libro donde se cuenta los hechos del conde Tomillas; y con qué puntualidad lo describen todo! Digo, pues, que después de haber visitado el arriero a su recua y dádole el segundo pienso, se tendió en sus enjalmas y se dio a esperar a su puntualísima Maritornes. Ya estaba Sancho bizmado y acostado, y, aunque procuraba dormir, no lo consentía el dolor de sus costillas; y don Quijote, con el dolor de las suyas, tenía los ojos abiertos como liebre. Toda la venta estaba en silencio, y en toda ella no había otra luz que la que daba una lámpara que colgada en medio del portal ardía. Esta maravillosa quietud, y los pensamientos que siempre nuestro caballero traía de los sucesos que a cada paso se cuentan en los libros autores de su desgracia, le trujo a la imaginación una de las estrañas locuras que buenamente imaginarse pueden. Y fue que él se imaginó haber llegado a un famoso castillo que, como se ha dicho, castillos eran a su parecer todas las ventas donde alojaba, y que la hija del ventero lo era del señor del castillo, la cual, vencida de su gentileza, se había enamorado dél y prometido que aquella noche, a furto de sus padres, vendría a yacer con él una buena pieza; y, teniendo toda esta quimera, que él se había fabricado, por firme y valedera, se comenzó a acuitar y a pensar en el peligroso trance en que su honestidad se había de ver, y propuso en su corazón de no cometer alevosía a su señora Dulcinea del Toboso, aunque la mesma reina Ginebra con su dama Quintañona se le pusiesen delante. Pensando, pues, en estos disparates, se llegó el tiempo y la hora que para él fue menguada de la venida de la asturiana, la cual, en camisa y descalza, cogidos los cabellos en una albanega de fustán, con tácitos y atentados pasos, entró en el aposento donde los tres alojaban en busca del arriero. Pero, apenas llegó a la puerta, cuando don Quijote la sintió, y, sentándose en la cama, a pesar de sus bizmas y con dolor de sus costillas, tendió los brazos para recebir a su fermosa doncella. La asturiana, que, toda recogida y callando, iba con las manos delante buscando a su querido, topó con los brazos de don Quijote, el cual la asió fuertemente de una muñeca y, tirándola hacía sí, sin que ella osase hablar palabra, la hizo sentar sobre la cama. Tentóle luego la camisa, y, aunque ella era de harpillera, a él le pareció ser de finísimo y delgado cendal. Traía en las muñecas unas cuentas de vidro, pero a él le dieron vislumbres de preciosas perlas orientales. Los cabellos, que en alguna manera tiraban a crines, él los marcó por hebras de lucidísimo oro de Arabia, cuyo resplandor al del mesmo sol escurecía. Y el aliento, que, sin duda alguna, olía a ensalada fiambre y trasnochada, a él le pareció que arrojaba de su boca un olor suave y aromático; y, finalmente, él la pintó en su imaginación de la misma traza y modo que lo había leído en sus libros de la otra princesa que vino a ver el mal ferido caballero, vencida de sus amores, con todos los adornos que aquí van puestos. Y era tanta la ceguedad del pobre hidalgo, que el tacto, ni el aliento, ni otras cosas que traía en sí la buena doncella, no le desengañaban, las cuales pudieran hacer vomitar a otro que no fuera arriero; antes, le parecía que tenía entre sus brazos a la diosa de la hermosura. Y, teniéndola bien asida, con voz amorosa y baja le comenzó a decir: Quisiera hallarme en términos, fermosa y alta señora, de poder pagar tamaña merced como la que con la vista de vuestra gran fermosura me habedes fecho, pero ha querido la fortuna, que no se cansa de perseguir a los buenos, ponerme en este lecho, donde yago tan molido y quebrantado que, aunque de mi voluntad quisiera satisfacer a la vuestra, fuera imposible. Y más, que se añade a esta imposibilidad otra mayor, que es la prometida fe que tengo dada a la sin par Dulcinea del Toboso, única señora de mis más escondidos pensamientos; que si esto no hubiera de por medio, no fuera yo tan sandio caballero que dejara pasar en blanco la venturosa ocasión en que vuestra gran bondad me ha puesto. Maritornes estaba congojadísima y trasudando, de verse tan asida de don Quijote, y, sin entender ni estar atenta a las razones que le decía, procuraba, sin hablar palabra, desasirse. El bueno del arriero, a quien tenían despierto sus malos deseos, desde el punto que entró su coima por la puerta, la sintió; estuvo atentamente escuchando todo lo que don Quijote decía, y, celoso de que la asturiana le hubiese faltado la palabra por otro, se fue llegando más al lecho de don Quijote, y estúvose quedo hasta ver en qué paraban aquellas razones, que él no podía entender. Pero, como vio que la moza forcejaba por desasirse y don Quijote trabajaba por tenella, pareciéndole mal la burla, enarboló el brazo en alto y descargó tan terrible puñada sobre las estrechas quijadas del enamorado caballero, que le bañó toda la boca en sangre; y, no contento con esto, se le subió encima de las costillas, y con los pies más que de trote, se las paseó todas de cabo a cabo. El lecho, que era un poco endeble y de no firmes fundamentos, no pudiendo sufrir la añadidura del arriero, dio consigo en el suelo, a cuyo gran ruido despertó el ventero, y luego imaginó que debían de ser pendencias de Maritornes, porque, habiéndola llamado a voces, no respondía. Con esta sospecha se levantó, y, encendiendo un candil, se fue hacia donde había sentido la pelaza. La moza, viendo que su amo venía, y que era de condición terrible, toda medrosica y alborotada, se acogió a la cama de Sancho Panza, que aún dormía, y allí se acorrucó y se hizo un ovillo. El ventero entró diciendo: ¿Adónde estás, puta? A buen seguro que son tus cosas éstas. En esto, despertó Sancho, y, sintiendo aquel bulto casi encima de sí, pensó que tenía la pesadilla, y comenzó a dar puñadas a una y otra parte, y entre otras alcanzó con no sé cuántas a Maritornes, la cual, sentida del dolor, echando a rodar la honestidad, dio el retorno a Sancho con tantas que, a su despecho, le quitó el sueño; el cual, viéndose tratar de aquella manera y sin saber de quién, alzándose como pudo, se abrazó con Maritornes, y comenzaron entre los dos la más reñida y graciosa escaramuza del mundo. Viendo, pues, el arriero, a la lumbre del candil del ventero, cuál andaba su dama, dejando a don Quijote, acudió a dalle el socorro necesario. Lo mismo hizo el ventero, pero con intención diferente, porque fue a castigar a la moza, creyendo sin duda que ella sola era la ocasión de toda aquella armonía. Y así como suele decirse: el gato al rato, el rato a la cuerda, la cuerda al palo, daba el arriero a Sancho, Sancho a la moza, la moza a él, el ventero a la moza, y todos menudeaban con tanta priesa que no se daban punto de reposo; y fue lo bueno que al ventero se le apagó el candil, y, como quedaron ascuras, dábanse tan sin compasión todos a bulto que, a doquiera que ponían la mano, no dejaban cosa sana. Alojaba acaso aquella noche en la venta un cuadrillero de los que llaman de la Santa Hermandad Vieja de Toledo, el cual, oyendo ansimesmo el estraño estruendo de la pelea, asió de su media vara y de la caja de lata de sus títulos, y entró ascuras en el aposento, diciendo: ¡Ténganse a la justicia! ¡Ténganse a la Santa Hermandad! Y el primero con quien topó fue con el apuñeado de don Quijote, que estaba en su derribado lecho, tendido boca arriba, sin sentido alguno, y, echándole a tiento mano a las barbas, no cesaba de decir: ¡Favor a la justicia! Pero, viendo que el que tenía asido no se bullía ni meneaba, se dio a entender que estaba muerto, y que los que allí dentro estaban eran sus matadores; y con esta sospecha reforzó la voz, diciendo: ¡Ciérrese la puerta de la venta! ¡Miren no se vaya nadie, que han muerto aquí a un hombre! Esta voz sobresaltó a todos, y cada cual dejó la pendencia en el grado que le tomó la voz. Retiróse el ventero a su aposento, el arriero a sus enjalmas, la moza a su rancho; solos los desventurados don Quijote y Sancho no se pudieron mover de donde estaban. Soltó en esto el cuadrillero la barba de don Quijote, y salió a buscar luz para buscar y prender los delincuentes; mas no la halló, porque el ventero, de industria, había muerto la lámpara cuando se retiró a su estancia, y fuele forzoso acudir a la chimenea, donde, con mucho trabajo y tiempo, encendió el cuadrillero otro candil.
Capítulo XVII. Donde se prosiguen los innumerables trabajos que el bravo don Quijote y su buen escudero Sancho Panza pasaron en la venta que, por su mal, pensó que era castillo
Había ya vuelto en este tiempo de su parasismo don Quijote, y, con el mesmo tono de voz con que el día antes había llamado a su escudero, cuando estaba tendido en el val de las estacas, le comenzó a llamar, diciendo: Sancho amigo, ¿duermes? ¿Duermes, amigo Sancho? ¿Qué tengo de dormir, pesia a mí respondió Sancho, lleno de pesadumbre y de despecho; que no parece sino que todos los diablos han andado conmigo esta noche? Puédeslo creer ansí, sin duda respondió don Quijote, porque, o yo sé poco, o este castillo es encantado. Porque has de saber... Mas, esto que ahora quiero decirte hasme de jurar que lo tendrás secreto hasta después de mi muerte. Sí juro respondió Sancho. Dígolo replicó don Quijote, porque soy enemigo de que se quite la honra a nadie. Digo que sí juro tornó a decir Sancho que lo callaré hasta después de los días de vuestra merced, y plega a Dios que lo pueda descubrir mañana. ¿Tan malas obras te hago, Sancho respondió don Quijote, que me querrías ver muerto con tanta brevedad? No es por eso respondió Sancho, sino porque soy enemigo de guardar mucho las cosas, y no querría que se me pudriesen de guardadas. Sea por lo que fuere dijo don Quijote; que más fío de tu amor y de tu cortesía; y así, has de saber que esta noche me ha sucedido una de las más estrañas aventuras que yo sabré encarecer; y, por contártela en breve, sabrás que poco ha que a mí vino la hija del señor deste castillo, que es la más apuesta y fermosa doncella que en gran parte de la tierra se puede hallar. ¿Qué te podría decir del adorno de su persona? ¿Qué de su gallardo entendimiento? ¿Qué de otras cosas ocultas, que, por guardar la fe que debo a mi señora Dulcinea del Toboso, dejaré pasar intactas y en silencio? Sólo te quiero decir que, envidioso el cielo de tanto bien como la ventura me había puesto en las manos, o quizá, y esto es lo más cierto, que, como tengo dicho, es encantado este castillo, al tiempo que yo estaba con ella en dulcísimos y amorosísimos coloquios, sin que yo la viese ni supiese por dónde venía, vino una mano pegada a algún brazo de algún descomunal gigante y asentóme una puñada en las quijadas, tal, que las tengo todas bañadas en sangre; y después me molió de tal suerte que estoy peor que ayer cuando los gallegos, que, por demasías de Rocinante, nos hicieron el agravio que sabes. Por donde conjeturo que el tesoro de la fermosura desta doncella le debe de guardar algún encantado moro, y no debe de ser para mí. Ni para mí tampoco respondió Sancho, porque más de cuatrocientos moros me han aporreado a mí, de manera que el molimiento de las estacas fue tortas y pan pintado. Pero dígame, señor, ¿cómo llama a ésta buena y rara aventura, habiendo quedado della cual quedamos? Aun vuestra merced menos mal, pues tuvo en sus manos aquella incomparable fermosura que ha dicho, pero yo, ¿qué tuve sino los mayores porrazos que pienso recebir en toda mi vida? ¡Desdichado de mí y de la madre que me parió, que ni soy caballero andante, ni lo pienso ser jamás, y de todas las malandanzas me cabe la mayor parte! Luego, ¿también estás tú aporreado? respondió don Quijote. ¿No le he dicho que sí, pesia a mi linaje? dijo Sancho. No tengas pena, amigo dijo don Quijote, que yo haré agora el bálsamo precioso con que sanaremos en un abrir y cerrar de ojos. Acabó en esto de encender el candil el cuadrillero, y entró a ver el que pensaba que era muerto; y, así como le vio entrar Sancho, viéndole venir en camisa y con su paño de cabeza y candil en la mano, y con una muy mala cara, preguntó a su amo: Señor, ¿si será éste, a dicha, el moro encantado, que nos vuelve a castigar, si se dejó algo en el tintero? No puede ser el moro respondió don Quijote, porque los encantados no se dejan ver de nadie. Si no se dejan ver, déjanse sentir dijo Sancho; si no, díganlo mis espaldas. También lo podrían decir las mías respondió don Quijote, pero no es bastante indicio ése para creer que este que se vee sea el encantado moro. Llegó el cuadrillero, y, como los halló hablando en tan sosegada conversación, quedó suspenso. Bien es verdad que aún don Quijote se estaba boca arriba, sin poderse menear, de puro molido y emplastado. Llegóse a él el cuadrillero y díjole: Pues, ¿cómo va, buen hombre? Hablara yo más bien criado respondió don Quijote, si fuera que vos. ¿Úsase en esta tierra hablar desa suerte a los caballeros andantes, majadero? El cuadrillero, que se vio tratar tan mal de un hombre de tan mal parecer, no lo pudo sufrir, y, alzando el candil con todo su aceite, dio a don Quijote con él en la cabeza, de suerte que le dejó muy bien descalabrado; y, como todo quedó ascuras, salióse luego; y Sancho Panza dijo: Sin duda, señor, que éste es el moro encantado, y debe de guardar el tesoro para otros, y para nosotros sólo guarda las puñadas y los candilazos. Así es respondió don Quijote, y no hay que hacer caso destas cosas de encantamentos, ni hay para qué tomar cólera ni enojo con ellas; que, como son invisibles y fantásticas, no hallaremos de quién vengarnos, aunque más lo procuremos. Levántate, Sancho, si puedes, y llama al alcaide desta fortaleza, y procura que se me dé un poco de aceite, vino, sal y romero para hacer el salutífero bálsamo; que en verdad que creo que lo he bien menester ahora, porque se me va mucha sangre de la herida que esta fantasma me ha dado. Levántose Sancho con harto dolor de sus huesos, y fue ascuras donde estaba el ventero; y, encontrándose con el cuadrillero, que estaba escuchando en qué paraba su enemigo, le dijo: Señor, quien quiera que seáis, hacednos merced y beneficio de darnos un poco de romero, aceite, sal y vino, que es menester para curar uno de los mejores caballeros andantes que hay en la tierra, el cual yace en aquella cama, malferido por las manos del encantado moro que está en esta venta. Cuando el cuadrillero tal oyó, túvole por hombre falto de seso; y, porque ya comenzaba a amanecer, abrió la puerta de la venta, y, llamando al ventero, le dijo lo que aquel buen hombre quería. El ventero le proveyó de cuanto quiso, y Sancho se lo llevó a don Quijote, que estaba con las manos en la cabeza, quejándose del dolor del candilazo, que no le había hecho más mal que levantarle dos chichones algo crecidos, y lo que él pensaba que era sangre no era sino sudor que sudaba con la congoja de la pasada tormenta. En resolución, él tomó sus simples, de los cuales hizo un compuesto, mezclándolos todos y cociéndolos un buen espacio, hasta que le pareció que estaban en su punto. Pidió luego alguna redoma para echallo, y, como no la hubo en la venta, se resolvió de ponello en una alcuza o aceitera de hoja de lata, de quien el ventero le hizo grata donación. Y luego dijo sobre la alcuza más de ochenta paternostres y otras tantas avemarías, salves y credos, y a cada palabra acompañaba una cruz, a modo de bendición; a todo lo cual se hallaron presentes Sancho, el ventero y cuadrillero; que ya el arriero sosegadamente andaba entendiendo en el beneficio de sus machos. Hecho esto, quiso él mesmo hacer luego la esperiencia de la virtud de aquel precioso bálsamo que él se imaginaba; y así, se bebió, de lo que no pudo caber en la alcuza y quedaba en la olla donde se había cocido, casi media azumbre; y apenas lo acabó de beber, cuando comenzó a vomitar de manera que no le quedó cosa en el estómago; y con las ansias y agitación del vómito le dio un sudor copiosísimo, por lo cual mandó que le arropasen y le dejasen solo. Hiciéronlo ansí, y quedóse dormido más de tres horas, al cabo de las cuales despertó y se sintió aliviadísimo del cuerpo, y en tal manera mejor de su quebrantamiento que se tuvo por sano; y verdaderamente creyó que había acertado con el bálsamo de Fierabrás, y que con aquel remedio podía acometer desde allí adelante, sin temor alguno, cualesquiera ruinas, batallas y pendencias, por peligrosas que fuesen. Sancho Panza, que también tuvo a milagro la mejoría de su amo, le rogó que le diese a él lo que quedaba en la olla, que no era poca cantidad. Concedióselo don Quijote, y él, tomándola a dos manos, con buena fe y mejor talante, se la echó a pechos, y envasó bien poco menos que su amo. Es, pues, el caso que el estómago del pobre Sancho no debía de ser tan delicado como el de su amo, y así, primero que vomitase, le dieron tantas ansias y bascas, con tantos trasudores y desmayos que él pensó bien y verdaderamente que era llegada su última hora; y, viéndose tan afligido y congojado, maldecía el bálsamo y al ladrón que se lo había dado. Viéndole así don Quijote, le dijo: Yo creo, Sancho, que todo este mal te viene de no ser armado caballero, porque tengo para mí que este licor no debe de aprovechar a los que no lo son. Si eso sabía vuestra merced replicó Sancho, ¡mal haya yo y toda mi parentela!, ¿para qué consintió que lo gustase? En esto, hizo su operación el brebaje, y comenzó el pobre escudero a desaguarse por entrambas canales, con tanta priesa que la estera de enea, sobre quien se había vuelto a echar, ni la manta de anjeo con que se cubría, fueron más de provecho. Sudaba y trasudaba con tales parasismos y accidentes, que no solamente él, sino todos pensaron que se le acababa la vida. Duróle esta borrasca y mala andanza casi dos horas, al cabo de las cuales no quedó como su amo, sino tan molido y quebrantado que no se podía tener. Pero don Quijote, que, como se ha dicho, se sintió aliviado y sano, quiso partirse luego a buscar aventuras, pareciéndole que todo el tiempo que allí se tardaba era quitársele al mundo y a los en él menesterosos de su favor y amparo; y más con la seguridad y confianza que llevaba en su bálsamo. Y así, forzado deste deseo, él mismo ensilló a Rocinante y enalbardó al jumento de su escudero, a quien también ayudó a vestir y a subir en el asno. Púsose luego a caballo, y, llegándose a un rincón de la venta, asió de un lanzón que allí estaba, para que le sirviese de lanza. Estábanle mirando todos cuantos había en la venta, que pasaban de más de veinte personas; mirábale también la hija del ventero, y él también no quitaba los ojos della, y de cuando en cuando arrojaba un sospiro que parecía que le arrancaba de lo profundo de sus entrañas, y todos pensaban que debía de ser del dolor que sentía en las costillas; a lo menos, pensábanlo aquellos que la noche antes le habían visto bizmar. Ya que estuvieron los dos a caballo, puesto a la puerta de la venta, llamó al ventero, y con voz muy reposada y grave le dijo: Muchas y muy grandes son las mercedes, señor alcaide, que en este vuestro castillo he recebido, y quedo obligadísimo a agradecéroslas todos los días de mi vida. Si os las puedo pagar en haceros vengado de algún soberbio que os haya fecho algún agravio, sabed que mi oficio no es otro sino valer a los que poco pueden, y vengar a los que reciben tuertos, y castigar alevosías. Recorred vuestra memoria, y si halláis alguna cosa deste jaez que encomendarme, no hay sino decilla; que yo os prometo, por la orden de caballero que recebí, de faceros satisfecho y pagado a toda vuestra voluntad. El ventero le respondió con el mesmo sosiego: Señor caballero, yo no tengo necesidad de que vuestra merced me vengue ningún agravio, porque yo sé tomar la venganza que me parece, cuando se me hacen. Sólo he menester que vuestra merced me pague el gasto que esta noche ha hecho en la venta, así de la paja y cebada de sus dos bestias, como de la cena y camas. Luego, ¿venta es ésta? replicó don Quijote. Y muy honrada respondió el ventero. Engañado he vivido hasta aquí respondió don Quijote, que en verdad que pensé que era castillo, y no malo; pero, pues es ansí que no es castillo sino venta, lo que se podrá hacer por agora es que perdonéis por la paga, que yo no puedo contravenir a la orden de los caballeros andantes, de los cuales sé cierto, sin que hasta ahora haya leído cosa en contrario, que jamás pagaron posada ni otra cosa en venta donde estuviesen, porque se les debe de fuero y de derecho cualquier buen acogimiento que se les hiciere, en pago del insufrible trabajo que padecen buscando las aventuras de noche y de día, en invierno y en verano, a pie y a caballo, con sed y con hambre, con calor y con frío, sujetos a todas las inclemencias del cielo y a todos los incómodos de la tierra. Poco tengo yo que ver en eso respondió el ventero; págueseme lo que se me debe, y dejémonos de cuentos ni de caballerías, que yo no tengo cuenta con otra cosa que con cobrar mi hacienda. Vos sois un sandio y mal hostalero respondió don Quijote. Y, poniendo piernas al Rocinante y terciando su lanzón, se salió de la venta sin que nadie le detuviese, y él, sin mirar si le seguía su escudero, se alongó un buen trecho. El ventero, que le vio ir y que no le pagaba, acudió a cobrar de Sancho Panza, el cual dijo que, pues su señor no había querido pagar, que tampoco él pagaría; porque, siendo él escudero de caballero andante, como era, la mesma regla y razón corría por él como por su amo en no pagar cosa alguna en los mesones y ventas. Amohinóse mucho desto el ventero, y amenazóle que si no le pagaba, que lo cobraría de modo que le pesase. A lo cual Sancho respondió que, por la ley de caballería que su amo había recebido, no pagaría un solo cornado, aunque le costase la vida; porque no había de perder por él la buena y antigua usanza de los caballeros andantes, ni se habían de quejar dél los escuderos de los tales que estaban por venir al mundo, reprochándole el quebrantamiento de tan justo fuero. Quiso la mala suerte del desdichado Sancho que, entre la gente que estaba en la venta, se hallasen cuatro perailes de Segovia, tres agujeros del Potro de Córdoba y dos vecinos de la Heria de Sevilla, gente alegre, bien intencionada, maleante y juguetona, los cuales, casi como instigados y movidos de un mesmo espíritu, se llegaron a Sancho, y, apeándole del asno, uno dellos entró por la manta de la cama del huésped, y, echándole en ella, alzaron los ojos y vieron que el techo era algo más bajo de lo que habían menester para su obra, y determinaron salirse al corral, que tenía por límite el cielo. Y allí, puesto Sancho en mitad de la manta, comenzaron a levantarle en alto y a holgarse con él como con perro por carnestolendas. Las voces que el mísero manteado daba fueron tantas, que llegaron a los oídos de su amo; el cual, determinándose a escuchar atentamente, creyó que alguna nueva aventura le venía, hasta que claramente conoció que el que gritaba era su escudero; y, volviendo las riendas, con un penado galope llegó a la venta, y, hallándola cerrada, la rodeó por ver si hallaba por donde entrar; pero no hubo llegado a las paredes del corral, que no eran muy altas, cuando vio el mal juego que se le hacía a su escudero. Viole bajar y subir por el aire, con tanta gracia y presteza que, si la cólera le dejara, tengo para mí que se riera. Probó a subir desde el caballo a las bardas, pero estaba tan molido y quebrantado que aun apearse no pudo; y así, desde encima del caballo, comenzó a decir tantos denuestos y baldones a los que a Sancho manteaban, que no es posible acertar a escribillos; mas no por esto cesaban ellos de su risa y de su obra, ni el volador Sancho dejaba sus quejas, mezcladas ya con amenazas, ya con ruegos; mas todo aprovechaba poco, ni aprovechó, hasta que de puro cansados le dejaron. Trujéronle allí su asno, y, subiéndole encima, le arroparon con su gabán. Y la compasiva de Maritornes, viéndole tan fatigado, le pareció ser bien socorrelle con un jarro de agua, y así, se le trujo del pozo, por ser más frío. Tomóle Sancho, y llevándole a la boca, se paró a las voces que su amo le daba, diciendo: ¡Hijo Sancho, no bebas agua! ¡Hijo, no la bebas, que te matará! ¿Ves? Aquí tengo el santísimo bálsamo y enseñábale la alcuza del brebaje, que con dos gotas que dél bebas sanarás sin duda. A estas voces volvió Sancho los ojos, como de través, y dijo con otras mayores: ¿Por dicha hásele olvidado a vuestra merced como yo no soy caballero, o quiere que acabe de vomitar las entrañas que me quedaron de anoche? Guárdese su licor con todos los diablos y déjeme a mí. Y el acabar de decir esto y el comenzar a beber todo fue uno; mas, como al primer trago vio que era agua, no quiso pasar adelante, y rogó a Maritornes que se le trujese de vino, y así lo hizo ella de muy buena voluntad, y lo pagó de su mesmo dinero; porque, en efecto, se dice della que, aunque estaba en aquel trato, tenía unas sombras y lejos de cristiana. Así como bebió Sancho, dio de los carcaños a su asno, y, abriéndole la puerta de la venta de par en par, se salió della, muy contento de no haber pagado nada y de haber salido con su intención, aunque había sido a costa de sus acostumbrados fiadores, que eran sus espaldas. Verdad es que el ventero se quedó con sus alforjas en pago de lo que se le debía; mas Sancho no las echó menos, según salió turbado. Quiso el ventero atrancar bien la puerta así como le vio fuera, mas no lo consintieron los manteadores, que eran gente que, aunque don Quijote fuera verdaderamente de los caballeros andantes de la Tabla Redonda, no le estimaran en dos ardites.
Capítulo XVIII. Donde se cuentan las razones que pasó Sancho Panza con su señor Don Quijote, con otras aventuras dignas de ser contadas
Llegó Sancho a su amo marchito y desmayado; tanto, que no podía arrear a su jumento. Cuando así le vio don Quijote, le dijo: Ahora acabo de creer, Sancho bueno, que aquel castillo o venta, de que es encantado sin duda; porque aquellos que tan atrozmente tomaron pasatiempo contigo, ¿qué podían ser sino fantasmas y gente del otro mundo? Y confirmo esto por haber visto que, cuando estaba por las bardas del corral mirando los actos de tu triste tragedia, no me fue posible subir por ellas, ni menos pude apearme de Rocinante, porque me debían de tener encantado; que te juro, por la fe de quien soy, que si pudiera subir o apearme, que yo te hiciera vengado de manera que aquellos follones y malandrines se acordaran de la burla para siempre, aunque en ello supiera contravenir a las leyes de la caballería, que, como ya muchas veces te he dicho, no consienten que caballero ponga mano contra quien no lo sea, si no fuere en defensa de su propria vida y persona, en caso de urgente y gran necesidad. También me vengara yo si pudiera, fuera o no fuera armado caballero, pero no pude; aunque tengo para mí que aquellos que se holgaron conmigo no eran fantasmas ni hombres encantados, como vuestra merced dice, sino hombres de carne y hueso como nosotros; y todos, según los oí nombrar cuando me volteaban, tenían sus nombres: que el uno se llamaba Pedro Martínez, y el otro Tenorio Hernández, y el ventero oí que se llamaba Juan Palomeque el Zurdo. Así que, señor, el no poder saltar las bardas del corral, ni apearse del caballo, en ál estuvo que en encantamentos. Y lo que yo saco en limpio de todo esto es que estas aventuras que andamos buscando, al cabo al cabo, nos han de traer a tantas desventuras que no sepamos cuál es nuestro pie derecho. Y lo que sería mejor y más acertado, según mi poco entendimiento, fuera el volvernos a nuestro lugar, ahora que es tiempo de la siega y de entender en la hacienda, dejándonos de andar de Ceca en Meca y de zoca en colodra, como dicen. ¡Qué poco sabes, Sancho respondió don Quijote, de achaque de caballería! Calla y ten paciencia, que día vendrá donde veas por vista de ojos cuán honrosa cosa es andar en este ejercicio. Si no, dime: ¿qué mayor contento puede haber en el mundo, o qué gusto puede igualarse al de vencer una batalla y al de triunfar de su enemigo? Ninguno, sin duda alguna. Así debe de ser respondió Sancho, puesto que yo no lo sé; sólo sé que, después que somos caballeros andantes, o vuestra merced lo es (que yo no hay para qué me cuente en tan honroso número), jamás hemos vencido batalla alguna, si no fue la del vizcaíno, y aun de aquélla salió vuestra merced con media oreja y media celada menos; que, después acá, todo ha sido palos y más palos, puñadas y más puñadas, llevando yo de ventaja el manteamiento y haberme sucedido por personas encantadas, de quien no puedo vengarme, para saber hasta dónde llega el gusto del vencimiento del enemigo, como vuestra merced dice. Ésa es la pena que yo tengo y la que tú debes tener, Sancho respondió don Quijote; pero, de aquí adelante, yo procuraré haber a las manos alguna espada hecha por tal maestría, que al que la trujere consigo no le puedan hacer ningún género de encantamentos; y aun podría ser que me deparase la ventura aquella de Amadís, cuando se llamaba el Caballero de la Ardiente Espada, que fue una de las mejores espadas que tuvo caballero en el mundo, porque, fuera que tenía la virtud dicha, cortaba como una navaja, y no había armadura, por fuerte y encantada que fuese, que se le parase delante. Yo soy tan venturoso dijo Sancho que, cuando eso fuese y vuestra merced viniese a hallar espada semejante, sólo vendría a servir y aprovechar a los armados caballeros, como el bálsamo; y los escuderos, que se los papen duelos. No temas eso, Sancho dijo don Quijote, que mejor lo hará el cielo contigo. Es estos coloquios iban don Quijote y su escudero, cuando vio don Quijote que por el camino que iban venía hacia ellos una grande y espesa polvareda; y, en viéndola, se volvió a Sancho y le dijo: Éste es el día, ¡oh Sancho!, en el cual se ha de ver el bien que me tiene guardado mi suerte; éste es el día, digo, en que se ha de mostrar, tanto como en otro alguno, el valor de mi brazo, y en el que tengo de hacer obras que queden escritas en el libro de la Fama por todos los venideros siglos. ¿Ves aquella polvareda que allí se levanta, Sancho? Pues toda es cuajada de un copiosísimo ejército que de diversas e innumerables gentes por allí viene marchando. A esa cuenta, dos deben de ser dijo Sancho, porque desta parte contraria se levanta asimesmo otra semejante polvareda. Volvió a mirarlo don Quijote, y vio que así era la verdad; y, alegrándose sobremanera, pensó, sin duda alguna, que eran dos ejércitos que venían a embestirse y a encontrarse en mitad de aquella espaciosa llanura; porque tenía a todas horas y momentos llena la fantasía de aquellas batallas, encantamentos, sucesos, desatinos, amores, desafíos, que en los libros de caballerías se cuentan, y todo cuanto hablaba, pensaba o hacía era encaminado a cosas semejantes. Y la polvareda que había visto la levantaban dos grandes manadas de ovejas y carneros que, por aquel mesmo camino, de dos diferentes partes venían, las cuales, con el polvo, no se echaron de ver hasta que llegaron cerca. Y con tanto ahínco afirmaba don Quijote que eran ejércitos, que Sancho lo vino a creer y a decirle: Señor, ¿pues qué hemos de hacer nosotros? ¿Qué? dijo don Quijote: favorecer y ayudar a los menesterosos y desvalidos. Y has de saber, Sancho, que este que viene por nuestra frente le conduce y guía el grande emperador Alifanfarón, señor de la grande isla Trapobana; este otro que a mis espaldas marcha es el de su enemigo, el rey de los garamantas, Pentapolén del Arremangado Brazo, porque siempre entra en las batallas con el brazo derecho desnudo. Pues, ¿por qué se quieren tan mal estos dos señores? preguntó Sancho. Quierénse mal respondió don Quijote porque este Alefanfarón es un foribundo pagano y está enamorado de la hija de Pentapolín, que es una muy fermosa y además agraciada señora, y es cristiana, y su padre no se la quiere entregar al rey pagano si no deja primero la ley de su falso profeta Mahoma y se vuelve a la suya. ¡Para mis barbas dijo Sancho, si no hace muy bien Pentapolín, y que le tengo de ayudar en cuanto pudiere! En eso harás lo que debes, Sancho dijo don Quijote, porque, para entrar en batallas semejantes, no se requiere ser armado caballero. Bien se me alcanza eso respondió Sancho, pero, ¿dónde pondremos a este asno que estemos ciertos de hallarle después de pasada la refriega? Porque el entrar en ella en semejante caballería no creo que está en uso hasta agora. Así es verdad dijo don Quijote. Lo que puedes hacer dél es dejarle a sus aventuras, ora se pierda o no, porque serán tantos los caballos que tendremos, después que salgamos vencedores, que aun corre peligro Rocinante no le trueque por otro. Pero estáme atento y mira, que te quiero dar cuenta de los caballeros más principales que en estos dos ejércitos vienen. Y, para que mejor los veas y notes, retirémonos a aquel altillo que allí se hace, de donde se deben de descubrir los dos ejércitos. Hiciéronlo ansí, y pusierónse sobre una loma, desde la cual se vieran bien las dos manadas que a don Quijote se le hicieron ejército, si las nubes del polvo que levantaban no les turbara y cegara la vista; pero, con todo esto, viendo en su imaginación lo que no veía ni había, con voz levantada comenzó a decir: Aquel caballero que allí ves de las armas jaldes, que trae en el escudo un león coronado, rendido a los pies de una doncella, es el valeroso Laurcalco, señor de la Puente de Plata; el otro de las armas de las flores de oro, que trae en el escudo tres coronas de plata en campo azul, es el temido Micocolembo, gran duque de Quirocia; el otro de los miembros giganteos, que está a su derecha mano, es el nunca medroso Brandabarbarán de Boliche, señor de las tres Arabias, que viene armado de aquel cuero de serpiente, y tiene por escudo una puerta que, según es fama, es una de las del templo que derribó Sansón, cuando con su muerte se vengó de sus enemigos. Pero vuelve los ojos a estotra parte y verás delante y en la frente destotro ejército al siempre vencedor y jamás vencido Timonel de Carcajona, príncipe de la Nueva Vizcaya, que viene armado con las armas partidas a cuarteles, azules, verdes, blancas y amarillas, y trae en el escudo un gato de oro en campo leonado, con una letra que dice: Miau, que es el principio del nombre de su dama, que, según se dice, es la sin par Miulina, hija del duque Alfeñiquén del Algarbe; el otro, que carga y oprime los lomos de aquella poderosa alfana, que trae las armas como nieve blancas y el escudo blanco y sin empresa alguna, es un caballero novel, de nación francés, llamado Pierres Papín, señor de las baronías de Utrique; el otro, que bate las ijadas con los herrados carcaños a aquella pintada y ligera cebra, y trae las armas de los veros azules, es el poderoso duque de Nerbia, Espartafilardo del Bosque, que trae por empresa en el escudo una esparraguera, con una letra en castellano que dice así: Rastrea mi suerte. Y desta manera fue nombrando muchos caballeros del uno y del otro escuadrón, que él se imaginaba, y a todos les dio sus armas, colores, empresas y motes de improviso, llevado de la imaginación de su nunca vista locura; y, sin parar, prosiguió diciendo: A este escuadrón frontero forman y hacen gentes de diversas naciones: aquí están los que bebían las dulces aguas del famoso Janto; los montuosos que pisan los masílicos campos; los que criban el finísimo y menudo oro en la felice Arabia; los que gozan las famosas y frescas riberas del claro Termodonte; los que sangran por muchas y diversas vías al dorado Pactolo; los númidas, dudosos en sus promesas; los persas, arcos y flechas famosos; [los] partos, los medos, que pelean huyendo; los árabes, de mudables casas; los citas, tan crueles como blancos; los etiopes, de horadados labios, y otras infinitas naciones, cuyos rostros conozco y veo, aunque de los nombres no me acuerdo. En estotro escuadrón vienen los que beben las corrientes cristalinas del olivífero Betis; los que tersan y pulen sus rostros con el licor del siempre rico y dorado Tajo; los que gozan las provechosas aguas del divino Genil; los que pisan los tartesios campos, de pastos abundantes; los que se alegran en los elíseos jerezanos prados; los manchegos, ricos y coronados de rubias espigas; los de hierro vestidos, reliquias antiguas de la sangre goda; los que en Pisuerga se bañan, famoso por la mansedumbre de su corriente; los que su ganado apacientan en las estendidas dehesas del tortuoso Guadiana, celebrado por su escondido curso; los que tiemblan con el frío del silvoso Pirineo y con los blancos copos del levantado Apenino; finalmente, cuantos toda la Europa en sí contiene y encierra. ¡Válame Dios, y cuántas provincias dijo, cuántas naciones nombró, dándole a cada una, con maravillosa presteza, los atributos que le pertenecían, todo absorto y empapado en lo que había leído en sus libros mentirosos! Estaba Sancho Panza colgado de sus palabras, sin hablar ninguna, y, de cuando en cuando, volvía la cabeza a ver si veía los caballeros y gigantes que su amo nombraba; y, como no descubría a ninguno, le dijo: Señor, encomiendo al diablo hombre, ni gigante, ni caballero de cuantos vuestra merced dice parece por todo esto; a lo menos, yo no los veo; quizá todo debe ser encantamento, como las fantasmas de anoche. ¿Cómo dices eso? respondió don Quijote. ¿No oyes el relinchar de los caballos, el tocar de los clarines, el ruido de los atambores? No oigo otra cosa respondió Sancho sino muchos balidos de ovejas y carneros. Y así era la verdad, porque ya llegaban cerca los dos rebaños. El miedo que tienes dijo don Quijote te hace, Sancho, que ni veas ni oyas a derechas; porque uno de los efectos del miedo es turbar los sentidos y hacer que las cosas no parezcan lo que son; y si es que tanto temes, retírate a una parte y déjame solo, que solo basto a dar la victoria a la parte a quien yo diere mi ayuda. Y, diciendo esto, puso las espuelas a Rocinante, y, puesta la lanza en el ristre, bajó de la costezuela como un rayo. Diole voces Sancho, diciéndole: ¡Vuélvase vuestra merced, señor don Quijote, que voto a Dios que son carneros y ovejas las que va a embestir! ¡Vuélvase, desdichado del padre que me engendró! ¿Qué locura es ésta? Mire que no hay gigante ni caballero alguno, ni gatos, ni armas, ni escudos partidos ni enteros, ni veros azules ni endiablados. ¿Qué es lo que hace? ¡Pecador soy yo a Dios! Ni por ésas volvió don Quijote; antes, en altas voces, iba diciendo: ¡Ea, caballeros, los que seguís y militáis debajo de las banderas del valeroso emperador Pentapolín del Arremangado Brazo, seguidme todos: veréis cuán fácilmente le doy venganza de su enemigo Alefanfarón de la Trapobana! Esto diciendo, se entró por medio del escuadrón de las ovejas, y comenzó de alanceallas con tanto coraje y denuedo como si de veras alanceara a sus mortales enemigos. Los pastores y ganaderos que con la manada venían dábanle voces que no hiciese aquello; pero, viendo que no aprovechaban, desciñéronse las hondas y comenzaron a saludalle los oídos con piedras como el puño. Don Quijote no se curaba de las piedras; antes, discurriendo a todas partes, [decía]: ¿Adónde estás, soberbio Alifanfuón? Vente a mí; que un caballero solo soy, que desea, de solo a solo, probar tus fuerzas y quitarte la vida, en pena de la que das al valeroso Pentapolín Garamanta. Llegó en esto una peladilla de arroyo, y, dándole en un lado, le sepultó dos costillas en el cuerpo. Viéndose tan maltrecho, creyó sin duda que estaba muerto o malferido, y, acordándose de su licor, sacó su alcuza y púsosela a la boca, y comenzó a echar licor en el estómago; mas, antes que acabase de envasar lo que a él le parecía que era bastante, llegó otra almendra y diole en la mano y en el alcuza tan de lleno que se la hizo pedazos, llevándole de camino tres o cuatro dientes y muelas de la boca, y machucándole malamente dos dedos de la mano. Tal fue el golpe primero, y tal el segundo, que le fue forzoso al pobre caballero dar consigo del caballo abajo. Llegáronse a él los pastores y creyeron que le habían muerto; y así, con mucha priesa, recogieron su ganado, y cargaron de las reses muertas, que pasaban de siete, y, sin averiguar otra cosa, se fueron. Estábase todo este tiempo Sancho sobre la cuesta, mirando las locuras que su amo hacía, y arrancábase las barbas, maldiciendo la hora y el punto en que la fortuna se le había dado a conocer. Viéndole, pues, caído en el suelo, y que ya los pastores se habían ido, bajó de la cuesta y llegóse a él, y hallóle de muy mal arte, aunque no había perdido el sentido, y díjole: ¿No le decía yo, señor don Quijote, que se volviese, que los que iba a acometer no eran ejércitos, sino manadas de carneros? Como eso puede desparecer y contrahacer aquel ladrón del sabio mi enemigo. Sábete, Sancho, que es muy fácil cosa a los tales hacernos parecer lo que quieren, y este maligno que me persigue, envidioso de la gloria que vio que yo había de alcanzar desta batalla, ha vuelto los escuadrones de enemigos en manadas de ovejas. Si no, haz una cosa, Sancho, por mi vida, porque te desengañes y veas ser verdad lo que te digo: sube en tu asno y síguelos bonitamente, y verás cómo, en alejándose de aquí algún poco, se vuelven en su ser primero, y, dejando de ser carneros, son hombres hechos y derechos, como yo te los pinté primero... Pero no vayas agora, que he menester tu favor y ayuda; llégate a mí y mira cuántas muelas y dientes me faltan, que me parece que no me ha quedado ninguno en la boca. Llegóse Sancho tan cerca que casi le metía los ojos en la boca, y fue a tiempo que ya había obrado el bálsamo en el estómago de don Quijote; y, al tiempo que Sancho llegó a mirarle la boca, arrojó de sí, más recio que una escopeta, cuanto dentro tenía, y dio con todo ello en las barbas del compasivo escudero. ¡Santa María! dijo Sancho, ¿y qué es esto que me ha sucedido? Sin duda, este pecador está herido de muerte, pues vomita sangre por la boca. Pero, reparando un poco más en ello, echó de ver en la color, sabor y olor, que no era sangre, sino el bálsamo de la alcuza que él le había visto beber; y fue tanto el asco que tomó que, revolviéndosele el estómago, vomitó las tripas sobre su mismo señor, y quedaron entrambos como de perlas. Acudió Sancho a su asno para sacar de las alforjas con qué limpiarse y con qué curar a su amo; y, como no las halló, estuvo a punto de perder el juicio. Maldíjose de nuevo, y propuso en su corazón de dejar a su amo y volverse a su tierra, aunque perdiese el salario de lo servido y las esperanzas del gobierno de la prometida ínsula. Levantóse en esto don Quijote, y, puesta la mano izquierda en la boca, porque no se le acabasen de salir los dientes, asió con la otra las riendas de Rocinante, que nunca se había movido de junto a su amo tal era de leal y bien acondicionado, y fuese adonde su escudero estaba, de pechos sobre su asno, con la mano en la mejilla, en guisa de hombre pensativo además. Y, viéndole don Quijote de aquella manera, con muestras de tanta tristeza, le dijo: Sábete, Sancho, que no es un hombre más que otro si no hace más que otro. Todas estas borrascas que nos suceden son señales de que presto ha de serenar el tiempo y han de sucedernos bien las cosas; porque no es posible que el mal ni el bien sean durables, y de aquí se sigue que, habiendo durado mucho el mal, el bien está ya cerca. Así que, no debes congojarte por las desgracias que a mí me suceden, pues a ti no te cabe parte dellas. ¿Cómo no? respondió Sancho. Por ventura, el que ayer mantearon, ¿era otro que el hijo de mi padre? Y las alforjas que hoy me faltan, con todas mis alhajas, ¿son de otro que del mismo? ¿Que te faltan las alforjas, Sancho? dijo don Quijote. Sí que me faltan respondió Sancho. Dese modo, no tenemos qué comer hoy replicó don Quijote. Eso fuera respondió Sancho cuando faltaran por estos prados las yerbas que vuestra merced dice que conoce, con que suelen suplir semejantes faltas los tan malaventurados andantes caballeros como vuestra merced es. Con todo eso respondió don Quijote, tomara yo ahora más aína un cuartal de pan, o una hogaza y dos cabezas de sardinas arenques, que cuantas yerbas describe Dioscórides, aunque fuera el ilustrado por el doctor Laguna. Mas, con todo esto, sube en tu jumento, Sancho el bueno, y vente tras mí; que Dios, que es proveedor de todas las cosas, no nos ha de faltar, y más andando tan en su servicio como andamos, pues no falta a los mosquitos del aire, ni a los gusanillos de la tierra, ni a los renacuajos del agua; y es tan piadoso que hace salir su sol sobre los buenos y los malos, y llueve sobre los injustos y justos. Más bueno era vuestra merced dijo Sancho para predicador que para caballero andante. De todo sabían y han de saber los caballeros andantes, Sancho dijo don Quijote, porque caballero andante hubo en los pasados siglos que así se paraba a hacer un sermón o plática, en mitad de un campo real, como si fuera graduado por la Universidad de París; de donde se infiere que nunca la lanza embotó la pluma, ni la pluma la lanza. Ahora bien, sea así como vuestra merced dice respondió Sancho, vamos ahora de aquí, y procuremos donde alojar esta noche, y quiera Dios que sea en parte donde no haya mantas, ni manteadores, ni fantasmas, ni moros encantados; que si los hay, daré al diablo el hato y el garabato. Pídeselo tú a Dios, hijo dijo don Quijote, y guía tú por donde quisieres, que esta vez quiero dejar a tu eleción el alojarnos. Pero dame acá la mano y atiéntame con el dedo, y mira bien cuántos dientes y muelas me faltan deste lado derecho de la quijada alta, que allí siento el dolor. Metió Sancho los dedos, y, estándole tentando, le dijo: ¿Cuántas muelas solía vuestra merced tener en esta parte? Cuatro respondió don Quijote, fuera de la cordal, todas enteras y muy sanas. Mire vuestra merced bien lo que dice, señor respondió Sancho. Digo cuatro, si no eran cinco respondió don Quijote, porque en toda mi vida me han sacado diente ni muela de la boca, ni se me ha caído ni comido de neguijón ni de reuma alguna. Pues en esta parte de abajo dijo Sancho no tiene vuestra merced más de dos muelas y media, y en la de arriba, ni media ni ninguna, que toda está rasa como la palma de la mano. ¡Sin ventura yo! dijo don Quijote, oyendo las tristes nuevas que su escudero le daba, que más quisiera que me hubieran derribado un brazo, como no fuera el de la espada; porque te hago saber, Sancho, que la boca sin muelas es como molino sin piedra, y en mucho más se ha de estimar un diente que un diamante. Mas a todo esto estamos su-jetos los que profesamos la estrecha orden de la caballería. Sube, amigo, y guía, que yo te seguiré al paso que quisieres. Hízolo así Sancho, y encaminóse hacia donde le pareció que podía hallar acogimiento, sin salir del camino real, que por allí iba muy seguido. Yéndose, pues, poco a poco, porque el dolor de las quijadas de don Quijote no le dejaba sosegar ni atender a darse priesa, quiso Sancho entretenelle y divertille diciéndole alguna cosa; y, entre otras que le dijo, fue lo que se dirá en el siguiente capítulo.
Capítulo XIX. De las discretas razones que Sancho pasaba con su amo, y de la aventura que le sucedió con un cuerpo muerto, con otros acontecimientos famosos
Paréceme, señor mío, que todas estas desventuras que estos días nos han sucedido, sin duda alguna han sido pena del pecado cometido por vuestra merced contra la orden de su caballería, no habiendo cumplido el juramento que hizo de no comer pan a manteles ni con la reina folgar, con todo aquello que a esto se sigue y vuestra merced juró de cumplir, hasta quitar aquel almete de Malandrino, o como se llama el moro, que no me acuerdo bien. Tienes mucha razón, Sancho dijo don Quijote; mas, para decirte verdad, ello se me había pasado de la memoria; y también puedes tener por cierto que por la culpa de no habérmelo tú acordado en tiempo te sucedió aquello de la manta; pero yo haré la enmienda, que modos hay de composición en la orden de la caballería para todo. Pues, ¿juré yo algo, por dicha? respondió Sancho. No importa que no hayas jurado dijo don Quijote: basta que yo entiendo que de participantes no estás muy seguro, y, por sí o por no, no será malo proveernos de remedio. Pues si ello es así dijo Sancho, mire vuestra merced no se le torne a olvidar esto, como lo del juramento; quizá les volverá la gana a las fantasmas de solazarse otra vez conmigo, y aun con vuestra merced si le ven tan pertinaz. En estas y otras pláticas les tomó la noche en mitad del camino, sin tener ni descubrir donde aquella noche se recogiesen; y lo que no había de bueno en ello era que perecían de hambre; que, con la falta de las alforjas, les faltó toda la despensa y matalotaje. Y, para acabar de confirmar esta desgracia, les sucedió una aventura que, sin artificio alguno, verdaderamente lo parecía. Y fue que la noche cerró con alguna escuridad; pero, con todo esto, caminaban, creyendo Sancho que, pues aquel camino era real, a una o dos leguas, de buena razón, hallaría en él alguna venta. Yendo, pues, desta manera, la noche escura, el escudero hambriento y el amo con gana de comer, vieron que por el mesmo camino que iban venían hacia ellos gran multitud de lumbres, que no parecían sino estrellas que se movían. Pasmóse Sancho en viéndolas, y don Quijote no las tuvo todas consigo; tiró el uno del cabestro a su asno, y el otro de las riendas a su rocino, y estuvieron quedos, mirando atentamente lo que podía ser aquello, y vieron que las lumbres se iban acercando a ellos, y mientras más se llegaban, mayores parecían; a cuya vis-ta Sancho comenzó a temblar como un azogado, y los cabellos de la cabeza se le erizaron a don Quijote; el cual, animándose un poco, dijo: Ésta, sin duda, Sancho, debe de ser grandísima y peligrosísima aventura, donde será necesario que yo muestre todo mi valor y esfuerzo. ¡Desdichado de mí! respondió Sancho; si acaso esta aventura fuese de fantasmas, como me lo va pareciendo, ¿adónde habrá costillas que la sufran? Por más fantasmas que sean dijo don Quijote, no consentiré yo que te toque en el pelo de la ropa; que si la otra vez se burlaron contigo, fue porque no pude yo saltar las paredes del corral, pero ahora estamos en campo raso, donde podré yo como quisiere esgremir mi espada. Y si le encantan y entomecen, como la otra vez lo hicieron dijo Sancho, ¿qué aprovechará estar en campo abierto o no? Con todo eso replicó don Quijote, te ruego, Sancho, que tengas buen ánimo, que la experiencia te dará a entender el que yo tengo. Sí tendré, si a Dios place respondió Sancho. Y, apartándose los dos a un lado del camino, tornaron a mirar atentamente lo que aquello de aquellas lumbres que caminaban podía ser; y de allí a muy poco descubrieron muchos encamisados, cuya temerosa visión de todo punto remató el ánimo de Sancho Panza, el cual comenzó a dar diente con diente, como quien tiene frío de cuartana; y creció más el batir y dentellear cuando distintamente vieron lo que era, porque descubrieron hasta veinte encamisados, todos a caballo, con sus hachas encendidas en las manos; detrás de los cuales venía una litera cubierta de luto, a la cual seguían otros seis de a caballo, enlutados hasta los pies de las mulas; que bien vieron que no eran caballos en el sosiego con que caminaban. Iban los encamisados murmurando entre sí, con una voz baja y compasiva. Esta estraña visión, a tales horas y en tal despoblado, bien bastaba para poner miedo en el corazón de Sancho, y aun en el de su amo; y así fuera en cuanto a don Quijote, que ya Sancho había dado al través con todo su esfuerzo. Lo contrario le avino a su amo, al cual en aquel punto se le representó en su imaginación al vivo que aquélla era una de las aventuras de sus libros. Figurósele que la litera eran andas donde debía de ir algún mal ferido o muerto caballero, cuya venganza a él solo estaba reservada; y, sin hacer otro discurso, enristró su lanzón, púsose bien en la silla, y con gentil brío y continente se puso en la mitad del camino por donde los encamisados forzosamente habían de pasar, y cuando los vio cerca alzó la voz y dijo: Deteneos, caballeros, o quienquiera que seáis, y dadme cuenta de quién sois, de dónde venís, adónde vais, qué es lo que en aquellas andas lleváis; que, según las muestras, o vosotros habéis fecho, o vos han fecho, algún desaguisado, y conviene y es menester que yo lo sepa, o bien para castigaros del mal que fecistes, o bien para vengaros del tuerto que vos ficieron. Vamos de priesa respondió uno de los encamisados y está la venta lejos, y no nos podemos detener a dar tanta cuenta como pedís. Y, picando la mula, pasó adelante. Sintióse desta respuesta grandemente don Quijote, y, trabando del freno, dijo: Deteneos y sed más bien criado, y dadme cuenta de lo que os he preguntado; si no, conmigo sois todos en batalla. Era la mula asombradiza, y al tomarla del freno se espantó de manera que, alzándose en los pies, dio con su dueño por las ancas en el suelo. Un mozo que iba a pie, viendo caer al encamisado, comenzó a denostar a don Quijote, el cual, ya encolerizado, sin esperar más, enristrando su lanzón, arremetió a uno de los enlutados, y, mal ferido, dio con él en tierra; y, revolviéndose por los demás, era cosa de ver con la presteza que los acometía y desbarataba; que no parecía sino que en aquel instante le habían nacido alas a Rocinante, según andaba de ligero y orgulloso. Todos los encamisados era gente medrosa y sin armas, y así, con facilidad, en un momento dejaron la refriega y comenzaron a correr por aquel campo con las hachas encendidas, que no parecían sino a los de las máscaras que en noche de regocijo y fiesta corren. Los enlutados, asimesmo, revueltos y envueltos en sus faldamentos y lobas, no se podían mover; así que, muy a su salvo, don Quijote los apaleó a todos y les hizo dejar el sitio mal de su grado, porque todos pensaron que aquél no era hombre, sino diablo del infierno que les salía a quitar el cuerpo muerto que en la litera llevaban. Todo lo miraba Sancho, admirado del ardimiento de su señor, y decía entre sí: Sin duda este mi amo es tan valiente y esforzado como él dice. Estaba una hacha ardiendo en el suelo, junto al primero que derribó la mula, a cuya luz le pudo ver don Quijote; y, llegándose a él, le puso la punta del lanzón en el rostro, diciéndole que se rindiese; si no, que le mataría. A lo cual respondió el caído: Harto rendido estoy, pues no me puedo mover, que tengo una pierna quebrada; suplico a vuestra merced, si es caballero cristiano, que no me mate; que cometerá un gran sacrilegio, que soy licenciado y tengo las primeras órdenes. Pues, ¿quién diablos os ha traído aquí dijo don Quijote, siendo hombre de Iglesia? ¿Quién, señor? replicó el caído: mi desventura. Pues otra mayor os amenaza dijo don Quijote, si no me satisfacéis a todo cuanto primero os pregunté. Con facilidad será vuestra merced satisfecho respondió el licenciado; y así, sabrá vuestra merced que, aunque denantes dije que yo era licenciado, no soy sino bachiller, y llámome Alonso López; soy natural de Alcobendas; vengo de la ciudad de Baeza con otros once sacerdotes, que son los que huyeron con las hachas; vamos a la ciudad de Segovia acompañando un cuerpo muerto, que va en aquella litera, que es de un caballero que murió en Baeza, donde fue depositado; y ahora, como digo, llevábamos sus huesos a su sepultura, que está en Segovia, de donde es natural. ¿Y quién le mató? preguntó don Quijote. Dios, por medio de unas calenturas pestilentes que le dieron respondió el bachiller. Desa suerte dijo don Quijote, quitado me ha Nuestro Señor del trabajo que había de tomar en vengar su muerte si otro alguno le hubiera muerto; pero, habiéndole muerto quien le mató, no hay sino callar y encoger los hombros, porque lo mesmo hiciera si a mí mismo me matara. Y quiero que sepa vuestra reverencia que yo soy un caballero de la Mancha, llamado don Quijote, y es mi oficio y ejercicio andar por el mundo enderezando tuertos y desfaciendo agravios. No sé cómo pueda ser eso de enderezar tuertos dijo el bachiller, pues a mí de derecho me habéis vuelto tuerto, dejándome una pierna quebrada, la cual no se verá derecha en todos los días de su vida; y el agravio que en mí habéis deshecho ha sido dejarme agraviado de manera que me quedaré agraviado para siempre; y harta desventura ha sido topar con vos, que vais buscando aventuras. No todas las cosas respondió don Quijote suceden de un mismo modo. El daño estuvo, señor bachiller Alonso López, en venir, como veníades, de noche, vestidos con aquellas sobrepellices, con las hachas encendidas, rezando, cubiertos de luto, que propiamente semejábades cosa mala y del otro mundo; y así, yo no pude dejar de cumplir con mi obligación acometiéndoos, y os acometiera aunque verdaderamente supiera que érades los memos satanases del infierno, que por tales os juzgué y tuve siempre. Ya que así lo ha querido mi suerte dijo el bachiller, suplico a vuestra merced, señor caballero andante (que tan mala andanza me ha dado), me ayude a salir de debajo desta mula, que me tiene tomada una pierna entre el estribo y la silla. ¡Hablara yo para mañana! dijo don Quijote. Y ¿hasta cuándo aguardábades a decirme vuestro afán? Dio luego voces a Sancho Panza que viniese; pero él no se curó de venir, porque andaba ocupado desvalijando una acémila de repuesto que traían aquellos buenos señores, bien bastecida de cosas de comer. Hizo Sancho costal de su gabán, y, recogiendo todo lo que pudo y cupo en el talego, cargó su jumento, y luego acudió a las voces de su amo y ayudó a sacar al señor bachiller de la opresión de la mula; y, poniéndole encima della, le dio la hacha, y don Quijote le dijo que siguiese la derrota de sus compañeros, a quien de su parte pidiese perdón del agravio, que no había sido en su mano dejar de haberle hecho. Díjole también Sancho: Si acaso quisieren saber esos señores quién ha sido el valeroso que tales los puso, diráles vuestra merced que es el famoso don Quijote de la Mancha, que por otro nombre se llama el Caballero de la Triste Figura. Con esto, se fue el bachiller; y don Quijote preguntó a Sancho que qué le había movido a llamarle el Caballero de la Triste Figura, más entonces que nunca. Yo se lo diré respondió Sancho: porque le he estado mirando un rato a la luz de aquella hacha que lleva aquel malandante, y verdaderamente tiene vuestra merced la más mala figura, de poco acá, que jamás he visto; y débelo de haber causado, o ya el cansancio deste combate, o ya la falta de las muelas y dientes. No es eso respondió don Quijote, sino que el sabio, a cuyo cargo debe de estar el escribir la historia de mis hazañas, le habrá parecido que será bien que yo tome algún nombre apelativo, como lo tomaban todos los caballeros pasados: cuál se llamaba el de la Ardiente Espada; cuál, el del Unicornio; aquel, de las Doncellas; aquéste, el del Ave Fénix; el otro, el Caballero del Grifo; estotro, el de la Muerte; y por estos nombres e insignias eran conocidos por toda la redondez de la tierra. Y así, digo que el sabio ya dicho te habrá puesto en la lengua y en el pensamiento ahora que me llamases el Caballero de la Triste Figura, como pienso llamarme desde hoy en adelante; y, para que mejor me cuadre tal nombre, determino de hacer pintar, cuando haya lugar, en mi escudo una muy triste figura. No hay para qué gastar tiempo y dineros en hacer esa figura dijo Sancho, sino lo que se ha de hacer es que vuestra merced descubra la suya y dé rostro a los que le miraren; que, sin más ni más, y sin otra imagen ni escudo, le llamarán el de la Triste Figura; y créame que le digo verdad, porque le prometo a vuestra merced, señor, y esto sea dicho en burlas, que le hace tan mala cara la hambre y la falta de las muelas, que, como ya tengo dicho, se podrá muy bien escusar la triste pintura. Rióse don Quijote del donaire de Sancho, pero, con todo, propuso de llamarse de aquel nombre en pudiendo pintar su escudo, o rodela, como había imaginado. [En esto volvió el bachiller y le dijo a don Quijote:] Olvidábaseme de decir que advierta vuestra merced que queda descomulgado por haber puesto las manos violentamente en cosa sagrada: juxta illud: Si quis suadente diabolo, etc. No entiendo ese latín respondió don Quijote, mas yo sé bien que no puse las manos, sino este lanzón; cuanto más, que yo no pensé que ofendía a sacerdotes ni a cosas de la Iglesia, a quien respeto y adoro como católico y fiel cristiano que soy, sino a fantasmas y a vestiglos del otro mundo; y, cuando eso así fuese, en la memoria tengo lo que le pasó al Cid Ruy Díaz, cuando quebró la silla del embajador de aquel rey delante de Su Santidad del Papa, por lo cual lo descomulgó, y anduvo aquel día el buen Rodrigo de Vivar como muy honrado y valiente caballero. En oyendo esto el bachiller, se fue, como queda dicho, sin replicarle palabra. Quisiera don Quijote mirar si el cuerpo que venía en la litera eran huesos o no, pero no lo consintió Sancho, diciéndole: Señor, vuestra merced ha acabado esta peligrosa aventura lo más a su salvo de todas las que yo he visto; esta gente, aunque vencida y desbaratada, podría ser que cayese en la cuenta de que los venció sola una persona, y, corridos y avergonzados desto, volviesen a rehacerse y a buscarnos, y nos diesen en qué entender. El jumento está como conviene, la montaña cerca, la hambre carga, no hay que hacer sino retirarnos con gentil compás de pies, y, como dicen, váyase el muerto a la sepultura y el vivo a la hogaza. Y, antecogiendo su asno, rogó a su señor que le siguiese; el cual, pareciéndole que Sancho tenía razón, sin volverle a replicar, le siguió. Y, a poco trecho que caminaban por entre dos montañuelas, se hallaron en un espacioso y escondido valle, donde se apearon; y Sancho alivió el jumento, y, tendidos sobre la verde yerba, con la salsa de su hambre, almorzaron, comieron, merendaron y cenaron a un mesmo punto, satisfaciendo sus estómagos con más de una fiambrera que los señores clérigos del difunto que pocas veces se dejan mal pasar en la acémila de su repuesto traían. Mas sucedióles otra desgracia, que Sancho la tuvo por la peor de todas, y fue que no tenían vino que beber, ni aun agua que llegar a la boca; y, acosados de la sed, dijo Sancho, viendo que el prado donde estaban estaba colmado de verde y menuda yerba, lo que se dirá en el siguiente capítulo.
Capítulo XX. De la jamás vista ni oída aventura que con más poco peligro fue acabada de famoso caballero en el mundo, como la que acabó el valeroso don Quijote de la Mancha
No es posible, señor mío,
sino que estas yerbas dan testimonio de que por aquí cerca debe
de estar alguna fuente o arroyo que estas yerbas humedece; y así,
será bien que vamos un poco más adelante, que ya toparemos
donde podamos mitigar esta terrible sed que nos fatiga, que, sin duda,
causa mayor pena que la hambre. Parecióle bien el consejo a don
Quijote, y, tomando de la rienda a Rocinante, y Sancho del cabestro a su
asno, después de haber puesto sobre él los relieves que de
la cena quedaron, comenzaron a caminar por el prado arriba a tiento, porque
la escuridad de la noche no les dejaba ver cosa alguna; mas, no hubieron
andado docientos pasos, cuando llegó a sus oídos un grande
ruido de agua, como que de algunos grandes y levantados riscos se despeñaba.
Alegróles el ruido en gran manera, y, parándose a escuchar
hacia qué parte sonaba, oyeron a deshora otro estruendo que les
aguó el contento del agua, especialmente a Sancho, que naturalmente
era medroso y de poco ánimo. Digo que oyeron que daban unos golpes
a compás, con un cierto crujir de hierros y cadenas, que, acompañados
del furioso estruendo del agua, que pusieran pavor a cualquier otro corazón
que no fuera el de don Quijote. Era la noche, como se ha dicho, escura,
y ellos acertaron a entrar entre unos árboles altos, cuyas hojas,
movidas del blando viento, hacían un temeroso y manso ruido; de
manera que la soledad, el sitio, la escuridad, el ruido del agua con el
susurro de las hojas, todo causaba horror y espanto, y más cuando
vieron que ni los golpes cesaban, ni el viento dormía, ni la mañana
llegaba; añadiéndose a todo esto el ignorar el lugar donde
se hallaban. Pero don Quijote, acompañado de su intrépido
corazón, saltó sobre Rocinante, y, embrazando su rodela,
terció su lanzón y dijo: Sancho amigo, has de saber que yo
nací, por querer del cielo, en esta nuestra edad de hierro, para
resucitar en ella la de oro, o la dorada, como suele llamarse. Yo soy aquél
para quien están guardados los peligros, las grandes hazañas,
los valerosos hechos. Yo soy, digo otra vez, quien ha de resucitar los
de la Tabla Redonda, los Doce de Francia y los Nueve de la Fama, y el que
ha de poner en olvido los Platires, los Tablantes, Olivantes y Tirantes,
los Febos y Belianises, con toda la caterva de los famosos caballeros andantes
del pasado tiempo, haciendo en este en que me hallo tales grandezas, estrañezas
y fechos de armas, que escurezcan las más claras que ellos ficieron.
Bien notas, escudero fiel y legal, las tinieblas desta noche, su estraño
silencio, el sordo y confuso estruendo destos árboles, el temeroso
ruido de aquella agua en cuya busca venimos, que parece que se despeña
y der[r]umba desde los altos montes de la luna, y aquel incesable golpear
que nos hiere y lastima los oídos; las cuales cosas, todas juntas
y cada una por sí, son bastantes a infundir miedo, temor y espanto
en el pecho del mesmo Marte, cuanto más en aquel que no está
acostumbrado a semejantes acontecimientos y aventuras. Pues todo esto que
yo te pinto son incentivos y despertadores de mi ánimo, que ya hace
que el corazón me reviente en el pecho, con el deseo que tiene de
acometer esta aventura, por más dificultosa que se muestra. Así
que, aprieta un poco las cinchas a Rocinante y quédate a Dios, y
espérame aquí hasta tres días no más, en los
cuales, si no volviere, puedes tú volverte a nuestra aldea, y desde
allí, por hacerme merced y buena obra, irás al Toboso, donde
dirás a la incomparable señora mía Dulcinea que su
cautivo caballero murió por acometer cosas que le hiciesen digno
de poder llamarse suyo. Cuando Sancho oyó las palabras de su amo,
comenzó a llorar con la mayor ternura del mundo y a decille: Señor,
yo no sé por qué quiere vuestra merced acometer esta tan
temerosa aventura: ahora es de noche, aquí no nos vee nadie, bien
podemos torcer el camino y desviarnos del peligro, aunque no bebamos en
tres días; y, pues no hay quien nos vea, menos habrá quien
nos note de cobardes; cuanto más, que yo he oído predicar
al cura de nuestro lugar, que vuestra merced bien conoce, que quien busca
el peligro perece en él; así que, no es bien tentar a Dios
acometiendo tan desaforado hecho, donde no se puede escapar sino por milagro;
y basta los que ha hecho el cielo con vuestra merced en librarle de ser
manteado, como yo lo fui, y en sacarle vencedor, libre y salvo de entre
tantos enemigos como acompañaban al difunto. Y, cuando todo esto
no mueva ni ablande ese duro corazón, muévale el pensar y
creer que apenas se habrá vuestra merced apartado de aquí,
cuando yo, de miedo, dé mi ánima a quien quisiere llevarla.
Yo salí de mi tierra y dejé hijos y mujer por venir a servir
a vuestra merced, creyendo valer más y no menos; pero, como la cudicia
rompe el saco, a mí me ha rasgado mis esperanzas, pues cuando más
vivas las tenía de alcanzar aquella negra y malhadada ínsula
que tantas veces vuestra merced me ha prometido, veo que, en pago y trueco
della, me quiere ahora dejar en un lugar tan apartado del trato humano.
Por un solo Dios, señor mío, que non se me faga tal desaguisado;
y ya que del todo no quiera vuestra merced desistir de acometer este fecho,
dilátelo, a lo menos, hasta la mañana; que, a lo que a mí
me muestra la ciencia que aprendí cuando era pastor, no debe de
haber desde aquí al alba tres horas, porque la boca de la Bocina
está encima de la cabeza, y hace la media noche en la línea
del brazo izquierdo. ¿Cómo puedes tú, Sancho dijo
don Quijote, ver dónde hace esa línea, ni dónde está
esa boca o ese colodrillo que dices, si hace la noche tan escura que no
parece en todo el cielo estrella alguna? Así es dijo Sancho, pero
tiene el miedo muchos ojos y vee las cosas debajo de tierra, cuanto más
encima en el cielo; puesto que, por buen discurso, bien se puede entender
que hay poco de aquí al día. Falte lo que faltare respondió
don Quijote; que no se ha de decir por mí, ahora ni en ningún
tiempo, que lágrimas y ruegos me apartaron de hacer lo que debía
a estilo de caballero; y así, te ruego, Sancho, que calles; que
Dios, que me ha puesto en corazón de acometer ahora esta tan no
vista y tan temerosa aventura, tendrá cuidado de mirar por mi salud
y de consolar tu tristeza. Lo que has de hacer es apretar bien las cinchas
a Rocinante y quedarte aquí, que yo daré la vuelta presto,
o vivo o muerto. Viendo, pues, Sancho la última resolución
de su amo y cuán poco valían con él sus lágrimas,
consejos y ruegos, determinó de aprovecharse de su industria y hacerle
esperar hasta el día, si pudiese; y así, cuando apretaba
las cinchas al caballo, bonitamente y sin ser sentido, ató con el
cabestro de su asno ambos pies a Rocinante, de manera que cuando don Quijote
se quiso partir, no pudo, porque el caballo no se podía mover sino
a saltos. Viendo Sancho Panza el buen suceso de su embuste, dijo: Ea, señor,
que el cielo, conmovido de mis lágrimas y plegarias, ha ordenado
que no se pueda mover Rocinante; y si vos queréis porfiar, y espolear,
y dalle, será enojar a la fortuna y dar coces, como dicen, contra
el aguijón. Desesperábase con esto don Quijote, y, por más
que ponía las piernas al caballo, menos le podía mover; y,
sin caer en la cuenta de la ligadura, tuvo por bien de sosegarse y esperar,
o a que amaneciese, o a que Rocinante se menease, creyendo, sin duda, que
aquello venía de otra parte que de la industria de Sancho; y así,
le dijo: Pues así es, Sancho, que Rocinante no puede moverse, yo
soy contento de esperar a que ría el alba, aunque yo llore lo que
ella tardare en venir. No hay que llorar respondió Sancho, que yo
entretendré a vuestra merced contando cuentos desde aquí
al día, si ya no es que se quiere apear y echarse a dormir un poco
sobre la verde yerba, a uso de caballeros andantes, para hallarse más
descansado cuando llegue el día y punto de acometer esta tan desemejable
aventura que le espera. ¿A qué llamas apear o a qué
dormir? dijo don Quijote. ¿Soy yo, por ventura, de aquellos caballeros
que toman reposo en los peligros? Duerme tú, que naciste para dormir,
o haz lo que quisieres, que yo haré lo que viere que más
viene con mi pretensión. No se enoje vuestra merced, señor
mío respondió Sancho, que no lo dije por tanto. Y, llegándose
a él, puso la una mano en el arzón delantero y la otra en
el otro, de modo que quedó abrazado con el muslo izquierdo de su
amo, sin osarse apartar dél un dedo: tal era el miedo que tenía
a los golpes, que todavía alternativamente sonaban. Díjole
don Quijote que contase algún cuento para entretenerle, como se
lo había prometido, a lo que Sancho dijo que sí hiciera si
le dejara el temor de lo que oía. Pero, con todo eso, yo me esforzaré
a decir una historia que, si la acierto a contar y no me van a la mano,
es la mejor de las historias; y estéme vuestra merced atento, que
ya comienzo. «Érase que se era, el bien que viniere para todos
sea, y el mal, para quien lo fuere a buscar...» Y advierta vuestra
merced, señor mío, que el principio que los antiguos dieron
a sus consejas no fue así comoquiera, que fue una sentencia de Catón
Zonzorino, romano, que dice: "Y el mal, para quien le fuere a buscar",
que viene aquí como anillo al dedo, para que vuestra merced se esté
quedo y no vaya a buscar el mal a ninguna parte, sino que nos volvamos
por otro camino, pues nadie nos fuerza a que sigamos éste, donde
tantos miedos nos sobresaltan. Sigue tu cuento, Sancho dijo don Quijote,
y del camino que hemos de seguir déjame a mí el cuidado.
«Digo, pues prosiguió Sancho, que en un lugar de Estremadura
había un pastor cabrerizo (quiero decir que guardaba cabras), el
cual pastor o cabrerizo, como digo, de mi cuento, se llamaba Lope Ruiz;
y este Lope Ruiz andaba enamorado de una pastora que se llamaba Torralba,
la cual pastora llamada Torralba era hija de un ganadero rico, y este ganadero
rico...» Si desa manera cuentas tu cuento, Sancho dijo don Quijote,
repitiendo dos veces lo que vas diciendo, no acabarás en dos días;
dilo seguidamente y cuéntalo como hombre de entendimiento, y si
no, no digas nada. De la misma manera que yo lo cuento respondió
Sancho, se cuentan en mi tierra todas las consejas, y yo no sé contarlo
de otra, ni es bien que vuestra merced me pida que haga usos nuevos. Di
como quisieres respondió don Quijote; que, pues la suerte quiere
que no pueda dejar de escucharte, prosigue. «Así que, señor
mío de mi ánima prosiguió Sancho, que, como ya tengo
dicho, este pastor andaba enamorado de Torralba, la pastora, que era una
moza rolliza, zahareña y tiraba algo a hombruna, porque tenía
unos pocos de bigotes, que parece que ahora la veo.» Luego, ¿conocístela
tú? dijo don Quijote. No la conocí yo respondió Sancho,
pero quien me contó este cuento me dijo que era tan cierto y verdadero
que podía bien, cuando lo contase a otro, afirmar y jurar que lo
había visto todo. «Así que, yendo días y viniendo
días, el diablo, que no duerme y que todo lo añasca, hizo
de manera que el amor que el pastor tenía a la pastora se volviese
en omecillo y mala voluntad; y la causa fue, según malas lenguas,
una cierta cantidad de celillos que ella le dio, tales que pasaban de la
raya y llegaban a lo vedado; y fue tanto lo que el pastor la aborreció
de allí adelante que, por no verla, se quiso ausentar de aquella
tierra e irse donde sus ojos no la viesen jamás. La Torralba, que
se vio desdeñada del Lope, luego le quiso bien, mas que nunca le
había querido.» Ésa es natural condición de
mujeres dijo don Quijote: desdeñar a quien las quiere y amar a quien
las aborrece. Pasa adelante, Sancho. «Sucedió dijo Sancho
que el pastor puso por obra su determinación, y, antecogiendo sus
cabras, se encaminó por los campos de Estremadura, para pasarse
a los reinos de Portugal. La Torralba, que lo supo, se fue tras él,
y seguíale a pie y descalza desde lejos, con un bordón en
la mano y con unas alforjas al cuello, donde llevaba, según es fama,
un pedazo de espejo y otro de un peine, y no sé qué botecillo
de mudas para la cara; mas, llevase lo que llevase, que yo no me quiero
meter ahora en averiguallo, sólo diré que dicen que el pastor
llegó con su ganado a pasar el río Guadiana, y en aquella
sazón iba crecido y casi fuera de madre, y por la parte que llegó
no había barca ni barco, ni quien le pasase a él ni a su
ganado de la otra parte, de lo que se congojó mucho, porque veía
que la Torralba venía ya muy cerca y le había de dar mucha
pesadumbre con sus ruegos y lágrimas; mas, tanto anduvo mirando,
que vio un pescador que tenía junto a sí un barco, tan pequeño
que solamente podían caber en él una persona y una cabra;
y, con todo esto, le habló y concertó con él que le
pasase a él y a trecientas cabras que llevaba. Entró el pescador
en el barco, y pasó una cabra; volvió, y pasó otra;
tornó a volver, y tornó a pasar otra.» Tenga vuestra
merced cuenta en las cabras que el pescador va pasando, porque si se pierde
una de la memoria, se acabará el cuento y no será posible
contar más palabra dél. «Sigo, pues, y digo que el
desembarcadero de la otra parte estaba lleno de cieno y resbaloso, y tardaba
el pescador mucho tiempo en ir y volver. Con todo esto, volvió por
otra cabra, y otra, y otra...» Haz cuenta que las pasó todas
dijo don Quijote: no andes yendo y viniendo desa manera, que no acabarás
de pasarlas en un año. ¿Cuántas han pasado hasta agora?
dijo Sancho. ¡Yo qué diablos sé! respondió don
Quijote. He ahí lo que yo dije: que tuviese buena cuenta. Pues,
por Dios, que se ha acabado el cuento, que no hay pasar adelante. ¿Cómo
puede ser eso? respondió don Quijote. ¿Tan de esencia de
la historia es saber las cabras que han pasado, por estenso, que si se
yerra una del número no puedes seguir adelante con la historia?
No señor, en ninguna manera respondió Sancho; porque, así
como yo pregunté a vuestra merced que me dijese cuántas cabras
habían pasado y me respondió que no sabía, en aquel
mesmo instante se me fue a mí de la memoria cuanto me quedaba por
decir, y a fe que era de mucha virtud y contento. ¿De modo dijo
don Quijote que ya la historia es acabada? Tan acabada es como mi madre
dijo Sancho. Dígote de verdad respondió don Quijote que tú
has contado una de las más nuevas consejas, cuento o historia, que
nadie pudo pensar en el mundo; y que tal modo de contarla ni dejarla, jamás
se podrá ver ni habrá visto en toda la vida, aunque no esperaba
yo otra cosa de tu buen discurso; mas no me maravillo, pues quizá
estos golpes, que no cesan, te deben de tener turbado el entendimiento.
Todo puede ser respondió Sancho, mas yo sé que en lo de mi
cuento no hay más que decir: que allí se acaba do comienza
el yerro de la cuenta del pasaje de las cabras. Acabe norabuena donde quisiere
dijo don Quijote, y veamos si se puede mover Rocinante. Tornóle
a poner las piernas, y él tornó a dar saltos y a estarse
quedo: tanto estaba de bien atado. En esto, parece ser, o que el frío
de la mañana, que ya venía, o que Sancho hubiese cenado algunas
cosas lenitivas, o que fuese cosa natural que es lo que más se debe
creer, a él le vino en voluntad y deseo de hacer lo que otro no
pudiera hacer por él; mas era tanto el miedo que había entrado
en su corazón, que no osaba apartarse un negro de uña de
su amo. Pues pensar de no hacer lo que tenía gana, tampoco era posible;
y así, lo que hizo, por bien de paz, fue soltar la mano derecha,
que tenía asida al arzón trasero, con la cual, bonitamente
y sin rumor alguno, se soltó la lazada corrediza con que los calzones
se sostenían, sin ayuda de otra alguna, y, en quitándosela,
dieron luego abajo y se le quedaron como grillos. Tras esto, alzó
la camisa lo mejor que pudo y echó al aire entrambas posaderas,
que no eran muy pequeñas. Hecho esto que él pensó
que era lo más que tenía que hacer para salir de aquel terrible
aprieto y angustia, le sobrevino otra mayor, que fue que le pareció
que no podía mudarse sin hacer estrépito y ruido, y comenzó
a apretar los dientes y a encoger los hombros, recogiendo en sí
el aliento todo cuanto podía; pero, con todas estas diligencias,
fue tan desdichado que, al cabo al cabo, vino a hacer un poco de ruido,
bien diferente de aquel que a él le ponía tanto miedo. Oyólo
don Quijote y dijo: ¿Qué rumor es ése, Sancho? No
sé, señor respondió él. Alguna cosa nueva debe
de ser, que las aventuras y desventuras nunca comienzan por poco. Tornó
otra vez a probar ventura, y sucedióle tan bien que, sin más
ruido ni alboroto que el pasado, se halló libre de la carga que
tanta pesadumbre le había dado. Mas, como don Quijote tenía
el sentido del olfato tan vivo como el de los oídos, y Sancho estaba
tan junto y cosido con él que casi por línea recta subían
los vapores hacia arriba, no se pudo escusar de que algunos no llegasen
a sus narices; y, apenas hubieron llegado, cuando él fue al socorro,
apretándolas entre los dos dedos; y, con tono algo gangoso, dijo:
Paréceme, Sancho, que tienes mucho miedo. Sí tengo respondió
Sancho; mas, ¿en qué lo echa de ver vuestra merced ahora
más
que nunca? En que ahora más que nunca hueles, y no a ámbar
respondió don Quijote. Bien podrá ser dijo Sancho, mas yo
no tengo la culpa, sino vuestra merced, que me trae a deshoras y por estos
no acostumbrados pasos. Retírate tres o cuatro allá, amigo
dijo don Quijote (todo esto sin quitarse los dedos de las narices), y desde
aquí adelante ten más cuenta con tu persona y con lo que
debes a la mía; que la mucha conversación que tengo contigo
ha engendrado este menosprecio. Apostaré replicó Sancho que
piensa vuestra merced que yo he hecho de mi persona alguna cosa que no
deba. Peor es meneallo, amigo Sancho respondió don Quijote. En estos
coloquios y otros semejantes pasaron la noche amo y mozo. Mas, viendo Sancho
que a más andar se venía la mañana, con mucho tiento
desligó a Rocinante y se ató los calzones. Como Rocinante
se vio libre, aunque él de suyo no era nada brioso, parece que se
resintió, y comenzó a dar manotadas; porque corvetas con
perdón suyo no las sabía hacer. Viendo, pues, don Quijote
que ya Rocinante se movía, lo tuvo a buena señal, y creyó
que lo era de que acometiese aquella temerosa aventura. Acabó en
esto de descubrirse el alba y de parecer distintamente las cosas, y vio
don Quijote que estaba entre unos árboles altos, que ellos eran
castaños, que hacen la sombra muy escura. Sintió también
que el golpear no cesaba, pero no vio quién lo podía causar;
y así, sin más detenerse, hizo sentir las espuelas a Rocinante,
y, tornando a despedirse de Sancho, le mandó que allí le
aguardase tres días, a lo más largo, como ya otra vez se
lo había dicho; y que, si al cabo dellos no hubiese vuelto, tuviese
por cierto que Dios había sido servido de que en aquella peligrosa
aventura se le acabasen sus días. Tornóle a referir el recado
y embajada que había de llevar de su parte a su señora Dulcinea,
y que, en lo que tocaba a la paga de sus servicios, no tuviese pena, porque
él había dejado hecho su testamento antes que saliera de
su lugar, donde se hallaría gratificado de todo lo tocante a su
salario, rata por cantidad, del tiempo que hubiese servido; pero que si
Dios le sacaba de aquel peligro sano y salvo y sin cautela, se podía
tener por muy más que cierta la prometida ínsula. De nuevo
tornó a llorar Sancho, oyendo de nuevo las lastimeras razones de
su buen señor, y determinó de no dejarle hasta el último
tránsito y fin de aquel negocio. Destas lágrimas y determinación
tan honrada de Sancho Panza saca el autor desta historia que debía
de ser bien nacido, y, por lo menos, cristiano viejo. Cuyo sentimiento
enterneció algo a su amo, pero no tanto que mostrase flaqueza alguna;
antes, disimulando lo mejor que pudo, comenzó a caminar hacia la
parte por donde le pareció que el ruido del agua y del golpear venía.
Seguíale Sancho a pie, llevando, como tenía de costumbre,
del cabestro a su jumento, perpetuo compañero de sus prósperas
y adversas fortunas; y, habiendo andado una buena pieza por entre aquellos
castaños y árboles sombríos, dieron en un pradecillo
que al pie de unas altas peñas se hacía, de las cuales se
precipitaba un grandísimo golpe de agua. Al pie de las peñas,
estaban unas casas mal hechas, que más parecían ruinas de
edificios que casas, de entre las cuales advirtieron que salía el
ruido y estruendo de aquel golpear, que aún no cesaba. Alborotóse
Rocinante con el estruendo del agua y de los golpes, y, sosegándole
don Quijote, se fue llegando poco a poco a las casas, encomendándose
de todo corazón a su señora, suplicándole que en aquella
temerosa jornada y empresa le favoreciese, y de camino se encomendaba también
a Dios, que no le olvidase. No se le quitaba Sancho del lado, el cual alargaba
cuanto podía el cuello y la vista por entre las piernas de Rocinante,
por ver si vería ya lo que tan suspenso y medroso le tenía.
Otros cien pasos serían los que anduvieron, cuando, al doblar de
una punta, pareció descubierta y patente la misma causa, sin que
pudiese ser otra, de aquel horrísono y para ellos espantable ruido,
que tan suspensos y medrosos toda la noche los había tenido. Y eran
si no lo has, ¡oh lector!, por pesadumbre y enojo seis mazos de batán,
que con sus alternativos golpes aquel estruendo formaban. Cuando don Quijote
vio lo que era, enmudeció y pasmóse de arriba abajo. Miróle
Sancho, y vio que tenía la cabeza inclinada sobre el pecho, con
muestras de estar corrido. Miró también don Quijote a Sancho,
y viole que tenía los carrillos hinchados y la boca llena de risa,
con evidentes señales de querer reventar con ella, y no pudo su
melanconía tanto con él que, a la vista de Sancho, pudiese
dejar de reírse; y, como vio Sancho que su amo había comenzado,
soltó la presa de manera que tuvo necesidad de apretarse las ijadas
con los puños, por no reventar riendo. Cuatro veces sosegó,
y otras tantas volvió a su risa con el mismo ímpetu que primero;
de lo cual ya se daba al diablo don Quijote, y más cuando le oyó
decir, como por modo de fisga: «Has de saber, ¡oh Sancho amigo!,
que yo nací, por querer del cielo, en esta nuestra edad de hierro,
para resucitar en ella la dorada, o de oro. Yo soy aquél para quien
están guardados los peligros, las hazañas grandes, los valerosos
fechos...» Y por aquí fue repitiendo todas o las más
razones que don Quijote dijo la vez primera que oyeron los temerosos golpes.
Viendo, pues, don Quijote que Sancho hacía burla dél, se
corrió y enojó en tanta manera, que alzó el lanzón
y le asentó dos palos, tales que, si, como los recibió en
las espaldas, los recibiera en la cabeza, quedara libre de pagarle el salario,
si no fuera a sus herederos. Viendo Sancho que sacaba tan malas veras de
sus burlas, con temor de que su amo no pasase adelante en ellas, con mucha
humildad le dijo: Sosiéguese vuestra merced; que, por Dios, que
me burlo. Pues, porque os burláis, no me burlo yo respondió
don Quijote. Venid acá, señor alegre: ¿paréceos
a vos que, si como éstos fueron mazos de batán, fueran otra
peligrosa aventura, no había yo mostrado el ánimo que convenía
para emprendella y acaballa? ¿Estoy yo obligado, a dicha, siendo,
como soy, caballero, a conocer y destinguir los sones y saber cuáles
son de batán o no? Y más, que podría ser, como es
verdad, que no los he visto en mi vida, como vos los habréis visto,
como villano ruin que sois, criado y nacido entre ellos. Si no, haced vos
que estos seis mazos se vuelvan en seis jayanes, y echádmelos a
las barbas uno a uno, o todos juntos, y, cuando yo no diere con todos patas
arriba, haced de mí la burla que quisiéredes. No haya más,
señor mío replicó Sancho, que yo confieso que he andado
algo risueño en demasía. Pero dígame vuestra merced,
ahora que estamos en paz (así Dios le saque de todas las aventuras
que le sucedieren tan sano y salvo como le ha sacado désta), ¿no
ha sido cosa de reír, y lo es de contar, el gran miedo que hemos
tenido? A lo menos, el que yo tuve; que de vuestra merced ya yo sé
que no le conoce, ni sabe qué es temor ni espanto. No niego yo respondió
don Quijote que lo que nos ha sucedido no sea cosa digna de risa, pero
no es digna de contarse; que no son todas las personas tan discretas que
sepan poner en su punto las cosas. A lo menos respondió Sancho,
supo vuestra merced poner en su punto el lanzón, apuntándome
a la cabeza, y dándome en las espaldas, gracias a Dios y a la diligencia
que puse en ladearme. Pero vaya, que todo saldrá en la colada; que
yo he oído decir: "Ése te quiere bien, que te hace llorar";
y más, que suelen los principales señores, tras una mala
palabra que dicen a un criado, darle luego unas calzas; aunque no sé
lo que le suelen dar tras haberle dado de palos, si ya no es que los caballeros
andantes dan tras palos ínsulas o reinos en tierra firme. Tal podría
correr el dado dijo don Quijote que todo lo que dices viniese a ser verdad;
y perdona lo pasado, pues eres discreto y sabes que los primeros movimientos
no son en mano del hombre, y está advertido de aquí adelante
en una cosa, para que te abstengas y reportes en el hablar demasiado conmigo;
que en cuantos libros de caballerías he leído, que son infinitos,
jamás he hallado que ningún escudero hablase tanto con su
señor como tú con el tuyo. Y en verdad que lo tengo a gran
falta, tuya y mía: tuya, en que me estimas en poco; mía,
en que no me dejo estimar en más. Sí, que Gandalín,
escudero de Amadís de Gaula, conde fue de la ínsula Firme;
y se lee dél que siempre hablaba a su señor con la gorra
en la mano, inclinada la cabeza y doblado el cuerpo more turquesco. Pues,
¿qué diremos de Gasabal, escudero de don Galaor, que fue
tan callado que, para declararnos la excelencia de su maravilloso silencio,
sola una vez se nombra su nombre en toda aquella tan grande como verdadera
historia? De todo lo que he dicho has de inferir, Sancho, que es menester
hacer diferencia de amo a mozo, de señor a criado y de caballero
a escudero. Así que, desde hoy en adelante, nos hemos de tratar
con más respeto, sin darnos cordelejo, porque, de cualquiera manera
que yo me enoje con vos, ha de ser mal para el cántaro. Las mercedes
y beneficios que yo os he prometido llegarán a su tiempo; y si no
llegaren, el salario, a lo menos, no se ha de perder, como ya os he dicho.
Está bien cuanto vuestra merced dice dijo Sancho, pero querría
yo saber, por si acaso no llegase el tiempo de las mercedes y fuese necesario
acudir al de los salarios, cuánto ganaba un escudero de un caballero
andante en aquellos tiempos, y si se concertaban por meses, o por días,
como peones de albañir. No creo yo respondió don Quijote
que jamás los tales escuderos estuvieron a salario, sino a merced.
Y si yo ahora te le he señalado a ti en el testamento cerrado que
dejé en mi casa, fue por lo que podía suceder; que aún
no sé cómo prueba en estos tan calamitosos tiempos nuestros
la caballería, y no querría que por pocas cosas penase mi
ánima en el otro mundo. Porque quiero que sepas, Sancho, que en
él no hay estado más peligroso que el de los aventureros.
Así es verdad dijo Sancho, pues sólo el ruido de los mazos
de un batán pudo alborotar y desasosegar el corazón de un
tan valeroso andante aventurero como es vuestra merced. Mas, bien puede
estar seguro que, de aquí adelante, no despliegue mis labios para
hacer donaire de las cosas de vuestra merced, si no fuere para honrarle,
como a mi amo y señor natural. Desa manera replicó don Quijote,
vivirás sobre la haz de la tierra; porque, después de a los
padres, a los amos se ha de respetar como si lo fuesen.