Catequesis |
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SANTORAL SALESIANO JUNIO |
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1939. En Alemania desfilan las “camisas negras”. En los micrófonos de la radio el dictador nazi Adolfo Hitler profiere un torrente de amenazas sobre el mundo. Mira con ojos rapaces al territorio polaco y proclama al mundo que ése es el “territorio clave” asignado por el destino para la expansión de la privilegiada raza germánica. 1 de septiembre de 1939. Dos mil aviones con la swástica sobre las alas bombardean Varsovia y los núcleos ferroviarios. Polonia queda prácticamente paralizada, mientras las divisiones acorazadas penetran en lo más profundo de su territorio. Comienza la segunda guerra mundial. En sólo cuatro semanas Polonia se rinde. El tatuaje marcado sobre el brazo izquierdo Es sobradamente conocido que, para el funcionamiento de los “campos de esxterminio”, los jefes del nacismo no escogieron a personas normales, sino a delincuentes sacados de la cárcel, condenados por sadismo, anormalidad, delitos comunes. Son éstos, desde junio de 1941, los “superiores” de Don José y de sus infelices compañeros de penas. Más allá de las chimeneas humeantes, la iglesia de María Auxiliadora En Oswiecim se trabaja a un ritmo infernal. Muy temprano por la mañana resuena la palabra wstawac: alzarsi. Comienza una agitación frenética. Se salta del camastro de madera y paja y, corriendo, se viste uno y se precipita en los aseos y lavabos con furia inhumana, ya que en cinco minutos empezará la distribución de chusco gris de brot, pan. El que llega tarde no recibe nada y tendrá que aguantar así hasta medio día con un hambre de perros. Una voluntad fuerte y perseverante Hizo sus votos un año después. En su diario espiritual, poco después, escribió con el entusiasmo y la decisión propios de los 18 años:” Señor, dame una voluntad fuerte, firme y perseverante. Tengo que ser santo. Sin Ti no puedo hacer nada; pero con tu amor lo puedo todo”. 19 cartas entre alambradas En el campo de Oswiecim, el coronel Fritsch ha definido a los sacerdotes como “seres inútiles y parásitos de la sociedad”. Los ha reunido en un bloque especial, el número 17. Les confía los trabajos más inhumanos. Han de empujar, corriendo, cargas muy pesadas de cantos rodados, cortar árboles, desplazar troncons por terrenos accidentados. Alguna cosa en la mano Ha llegado una orden del alto mando de los campos de concentración.
Sesenta sacerdotes deben abandonar Oswiecim y trasladarse a Dachau. Es otro campo de exterminio donde hay, amontonados, tres mil sacerdotes. Don José Kowalski está entre los seleccionados para el viaje. Los sesenta sacerdotes han sido apretujados en un baño para la desinfección antes de partir. Lo que allí sucede la ha contado, bajo juramento, D. Conrado Szweda: “Estábamos juntos en el baño a la espera del turno para la desinfección. Entra Palitsch el más despiadado carnicero de Oswiecim. Se da cuenta de que Don Kowalski tiene algo en la mano: ¿qué tienes ahí? – le pregunta de mala manera. Y sin esperar respuesta le sacude la mano con la fusta, cayéndole al suelo un rosario. Aplástalo – le grita. D. Kowalski permanece inmóvil. Al instante lo separan del grupo y lo llevan a la compañía de disciplina. Ya no partirá jamás a Dachau. Lo turturarán y morirá en su Oswiecim. La crueldad de la compañía de disciplina es francamente feroz. Se paga por todo y a un precio altísimo. El más mínimo retraso o inadvertencia se castiga con la fusta, a puñetazos o a puntapiés. La oración de los desesperados Los “forzados” forman una compañía de desesperados. No hay esperanza para ellos y hasta los torturadores los tratan como cosas. El profesor José Kret, testigo de aquellos días de crueldad, cuenta: “Exhaustos por el hambre, por el trabajo y las torturas, los prisioneros morían uno tras otro. El lagherführer Sipp, un día, se puso a burlarse delante de D. José y señalándole a sus compañeros de sufrimiento dijo: Las almas se te escapan, cura! Y sin tu pasaporte no serán aceptadas allá arriba. Súbete a esas pipas y da tu última bendicion a las ovejitas como viático para el cielo! Había en aquel lugar del campo una pipa estropeada. D. José tomó aquellas palabras en serio. Subió, se puso de rodillas y, hecha la señal de la cruz, inició el Padre Nuestro con voz fuerte y serena. Alguno de sus compañeros lo miró atónito y se unió a la oración. Después D. José murmuró: “Y ahora roguemos por los agonizantes y perseguidos”. Y entonó la Salve Regina. La sirena del mediodía interrumpió la plegaria. Los cinco mártires polacos
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Este humilde sacerdote fue quizás el más grande amigo y benefactor de San Juan Bosco y, de muchos seminaristas pobres más, uno de los mejores formadores de sacerdotes del siglo XIX. Nació en 1811 en el mismo pueblo donde nació San Juan Bosco. En Castelnuovo (Italia). Una hermana suya fue la mamá de otro santo: San José Alamano, fundador de la comunidad de los Padres de la Consolata. Desde niño sobresalió por su gran inclinación a la piedad y a repartir ayudas a los pobres. En el año 1827, siendo Caffaso seminarista se encontró por primera vez con Juan Bosco. Cafasso era de familia acomodada del pueblo y Bosco era de una vereda y absolutamente pobre. Don Bosco narra así su primer encuentro con el que iba a ser después su Benefactor, su defensor y el que mejor lo comprendiera cuando los demás lo despreciaran: "Yo era un niño de doce años y una víspera de grandes fiestas en mi pueblo, vi junto a la puerta del templo a un joven seminarista que por su amabilidad me pareció muy simpático. Me acerqué y le pregunté: '¿Reverendo: no quiere ir a gozar un poco de nuestras fiestas?'. Él con una agradable sonrisa me respondió: 'Mira, amiguito: para los que nos dedicamos al servicio de Dios, las mejores fiestas son las que se celebran en el templo'. Yo, animado por su bondadoso modo de responder le añadí: 'Sí, pero también en nuestras fiestas de plaza hay mucho que alegra y hace pasar ratos felices'. Él añadió: 'Al buen amigo de Dios lo que más feliz lo hace es el participar muy devotamente de las celebraciones religiosas del templo'. Luego me preguntó qué estudios había hecho y si ya había recibido la sagrada comunión, y si me confesaba con frecuencia. Enseguida abrieron el templo, y él antes de despedirse me dijo: 'No se te olvide que para el que quiere seguir el sacerdocio nada hay más agradable ni que más le atraiga, que aquello que sirve para darle gloria a Dios y para salvar las almas'. Y de manera muy amable se despidió de mí. Yo me quedé admirado de la bondad de este joven seminarista. Averigüé cómo se llamaba y me dijeron: 'Es José Cafasso, un muchacho tan piadoso, que ya desde muy pequeño en el pueblo lo llamaban -el santito".
Cafasso que era un excelente estudiante tuvo que pedir dispensa para que lo ordenaran de sacerdote de sólo 21 años, y en vez de irse de una vez a ejercer su sacerdocio a alguna parroquia, dispuso irse a la capital, Turín, a perfeccionarse en sus estudios. Allá había un instituto llamado El Convictorio para los que querían hacer estudios de postgrado, y allí se matriculó. Y con tan buen resultado, que al terminar sus tres años de estudio fue nombrado profesor de ese mismo instituto, y al morir el rector fue aclamado para reemplazarlo, y estuvo de magnífico rector por doce años hasta su muerte. San José Cafasso formó más de cien sacerdotes en Turín, y entre sus alumnos tuvo varios santos. Se propuso como modelos para imitar a San Francisco de Sales y a San Felipe Neri, y sus discípulos se alegraban al contestar que su comportamiento se asemejaba grandemente al de estos dos simpáticos santos. En aquel entonces habían llegado a Italia unas tendencias muy negativas que prohibían recibir sacramentos si la persona no era muy santa (Jansenismo) y que insistían más en la justicia de Dios que en su misericordia (rigorismo). El Padre Cafasso, en cambio, formaba a sus sacerdotes en las doctrinas de San Alfonso que insiste mucho en la misericordia de Dios, y en las enseñanzas de San Francisco de Sales, el santo más comprensivo con los pecadores. Y además a sus alumnos sacerdotes los llevaba a visitar cárceles y barrios supremamente pobres, para despertar en ellos una gran sensibilidad hacia los pobres y desdichados. Cuando el niño campesino Juan Bosco quiso entrar al seminario, no tenía ni un centavo para costearse los estudios. Entonces el Padre Cafasso le costeó media beca, y obtuvo que los superiores del seminario le dieran otra media beca con tal de que hiciera de sacristán, de remendón y de peluquero. Luego cuando Bosco llegó al sacerdocio, Cafasso se lo llevó a Turín y allá le costeó los tres años de postgrado en el Convictorio. El fue el que lo llevó a las cárceles a presenciar los horrores que sufren los que en su juventud no tuvieron quién los educara bien. Y cuando Don Bosco empezó a recoger muchachos abandonados en la calle, y todos lo criticaban y lo expulsaban por esto, el que siempre lo comprendió y ayudó fue este superior. Y al ver la pobreza tan terrible con la que empezaba la comunidad salesiana, el Padre Cafasso obtenía ayudas de los ricos y se las llevaba al buen Don Bosco. Por eso la Comunidad Salesiana ha considerado siempre a este santo como su amigo y protector.
En Turín, que era la capital del reino de Saboya, las cárceles estaban llenas de terribles criminales, abandonados por todos. Y allá se fue Don Cafasso a hacer apostolado. Con infinita paciencia y amabilidad se fue ganando los presos uno por uno y los hacía confesarse y empezar una vida santa. Les llevaba ropa, comida, útiles de aseo y muchas otras ayudas, y su llegada a la cárcel cada semana era una verdadera fiesta para ellos. San José Cafasso acompañó hasta la horca a más de 68 condenados a muerte, y aunque habían sido terribles criminales, ni uno sólo murió sin confesarse y arrepentirse. Por eso lo llamaban de otras ciudades para que asistiera a los condenados a muerte. Cuando a un reo le leían la sentencia a muerte, lo primero que pedía era: "Que a mi lado esté el Padre Cafasso, cuando me lleven a ahorcar" (Un día se llevó a su discípulo Juan Bosco, pero éste al ver la horca cayó desmayado. No era capaz de soportar un espectáculo tan tremendo. Y a Cafasso le tocaba soportarlo mes por mes. Pero allí salvaba almas y convertía pecadores). La primera cualidad que las gentes notaban en este santo era "el don de consejo". Una cualidad que el Espíritu Santo le había dado para saber aconsejar lo que más le convenía a cada uno. Por eso a su despacho llegaban continuamente obispos, comerciantes, sacerdotes, obreros, militares, y toda clase de personas necesitadas de un buen consejo. Y volvían a su casa con el alma en paz y llena de buenas ideas para santificarse. Otra gran cualidad que lo hizo muy popular fue su calma y su serenidad. Algo encorvado (desde joven) y pequeño de estatura, pero en el rostro siempre una sonrisa amable. Su voz sonora, y encantadora. De su conversación irradiaba una alegría contagiosa (que San Juan Bosco admiraba e imitaba grandemente). Todos elogiaban la tranquilidad inmutable del Padre José. La gente decía: "Es pequeño de cuerpo, pero gigante de espíritu". A sus sacerdotes les repetía: "Nuestro Señor quiere que lo imitemos en su mansedumbre". Desde pequeñito fue devotísimo de la Sma. Virgen y a sus alumnos sacerdotes los entusiasmaba grandemente por esta devoción. Cuando hablaba de la Madre de Dios se notaba en él un entusiasmo extraordinario. Los sábados y en las fiestas de la Virgen no negaba favores a quienes se los pedían. En honor de la Madre Santísima era más generoso que nunca estos días. Por eso los que necesitaban de él alguna limosna especial o algún favor extraordinario iban a pedírselo un sábado o en una fiesta de Nuestra Señora, con la seguridad de que en honor de la Madre de Jesús, les concedería su petición. Un día en un sermón exclamó: "qué bello morir un día sábado, día de la Virgen, para ser llevados por Ella al cielo". Y así le sucedió: murió el sábado 23 de junio de 1860, a la edad de sólo 49 años. Su oración fúnebre la hizo su discípulo preferido: San Juan Bosco. Antes de morir escribió esta estrofa: No será muerte sino un dulce sueño para ti, alma mía, si al morir te asiste Jesús, y te recibe la Virgen María. Y seguramente así le sucedió en realidad. El Papa Pío XII canonizó a José Cafasso en 1947, y nosotros le suplicamos a tan bondadoso protector que logremos imitarlo en su simpática santidad. |
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