Catequesis

SANTORAL SALESIANO

JUNIO

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12/06

José Kowalski y 5 jóvenes

La vigilia de la fiesta de María Auxiliadora. La Gestapo penetra en la casa inspectorial de los salesianos de Cracovia y en el estudiantado teológico. Arrestan a once sacerdotes a un coadjutor. Entre ellos se encuentra un sacerdote de rostro sereno y de ojos claros: Don José Kowalski. Ha prestado en la congregación su humilde servicio, desarrollando el trabajo de la secretaría en el centro inspectorial.
El coronel Fritsch que manda en el campo les dirá riendo: “saldréis de aquí por el tubo de la chimenea”. Pero Don José Kowalski no mira las chimeneas humeantes. Erguida, entre los vapores que se alzan por la campaña, la iglesia de María Auxiliadora, distante del campo dos quilómetros.
El Kapo Mitas gritó de improviso: “Que salga D. José Kowalski”. Al pasar por mi lado, me dio su chusco de pan susurrando: “Tómalo, Sigismundo, que yo ya no lo necesitaré”. Después dijo en voz alta a todos: “Rogad por mí y por mis perseguidores”. No le he visto nunca más. Y tampoco he visto su cuerpo. Después de torturarlo, como aún estaba vivo, lo echaron en una cloaca y lo ahogaron. Tenía 31 años.

23/06

San José Cafasso

Este humilde sacerdote fue quizás el más grande amigo y benefactor de San Juan Bosco y, de muchos seminaristas pobres más, uno de los mejores formadores de sacerdotes del siglo XIX.
Desde niño sobresalió por su gran inclinación a la piedad y a repartir ayudas a los pobres.
Cuando el niño campesino Juan Bosco quiso entrar al seminario, no tenía ni un centavo para costearse los estudios. Entonces el Padre Cafasso le costeó media beca, y obtuvo que los superiores del seminario le dieran otra media beca con tal de que hiciera de sacristán, de remendón y de peluquero.
La primera cualidad que las gentes notaban en este santo era "el don de consejo".
Otra gran cualidad que lo hizo muy popular fue su calma y su serenidad. Algo encorvado (desde joven) y pequeño de estatura, pero en el rostro siempre una sonrisa amable. Su voz sonora, y encantadora. De su conversación irradiaba una alegría contagiosa (que San Juan Bosco admiraba e imitaba grandemente). Todos elogiaban la tranquilidad inmutable del Padre José. La gente decía: "Es pequeño de cuerpo, pero gigante de espíritu". A sus sacerdotes les repetía: "Nuestro Señor quiere que lo imitemos en su mansedumbre".
Desde pequeñito fue devotísimo de la Sma. Virgen y a sus alumnos sacerdotes los entusiasmaba grandemente por esta devoción. Cuando hablaba de la Madre de Dios se notaba en él un entusiasmo extraordinario.
Un día en un sermón exclamó: "qué bello morir un día sábado, día de la Virgen, para ser llevados por Ella al cielo". Y así le sucedió: murió el sábado 23 de junio de 1860, a la edad de sólo 49 años.
Antes de morir escribió esta estrofa:
No será muerte sino un dulce sueño para ti, alma mía, si al morir te asiste Jesús, y te recibe la Virgen María.

José Kowalski y 5 jóvenes más

1939. En Alemania desfilan las “camisas negras”. En los micrófonos de la radio el dictador nazi Adolfo Hitler profiere un torrente de amenazas sobre el mundo. Mira con ojos rapaces al territorio polaco y proclama al mundo que ése es el “territorio clave” asignado por el destino para la expansión de la privilegiada raza germánica.

1 de septiembre de 1939. Dos mil aviones con la swástica sobre las alas bombardean Varsovia y los núcleos ferroviarios. Polonia queda prácticamente paralizada, mientras las divisiones acorazadas penetran en lo más profundo de su territorio. Comienza la segunda guerra mundial. En sólo cuatro semanas Polonia se rinde.

1940. Hitler proyecta invadir Rusia. Para llevar a cabo esta vasta operación militar, sus ejércitos necesitan poder disponer plenamente del territorio polaco. “El pueblo polaco – afirma Hitler con cinismo – es un pueblo de esclavos, cuyo destino es servir a la raza germánica. Los alemanes lucharán, los polacos les sustituirán en el trabajo en las fábricas y en las minas”.
Es el comienzo de la gran deportación del pueblo polaco. La Gestapo entra en las casas a las primeras luces del alba. Lo primero, arrestar a los intelectuales y a las personas con influencia que podrían organizar algún tipo de resistencia.

23 mayo . La vigilia de la fiesta de María Auxiliadora. La Gestapo penetra en la casa inspectorial de los salesianos de Cracovia y en el estudiantado teológico. Arrestan a once sacerdotes a un coadjutor. Entre ellos se encuentra un sacerdote de rostro sereno y de ojos claros: Don José Kowalski. Ha prestado en la congregación su humilde servicio, desarrollando el trabajo de la secretaría en el centro inspectorial. Si alguien abrigaba todavía alguna ilusión, la jornada del 27 de junio las arrebató todas. Cuatro sacerdotes salesianos de Cracovia son ajusticiados. Por esos mismos días, los otros arrestados son recluídos en el tristemente célebre campo de exterminio de Oswiecim, llamado Auschwitz por los alemanes. Encima del gran portal, un escrito fuertemente iluminado: “Arbeit macht frei”: “el trabajo os hace libres.”

El tatuaje marcado sobre el brazo izquierdo

Es sobradamente conocido que, para el funcionamiento de los “campos de esxterminio”, los jefes del nacismo no escogieron a personas normales, sino a delincuentes sacados de la cárcel, condenados por sadismo, anormalidad, delitos comunes. Son éstos, desde junio de 1941, los “superiores” de Don José y de sus infelices compañeros de penas.
En el campo, se les desnuda y se les arroja en una estancia para desinfección. Un superviviente escribe: “De improviso, el agua de las duchas cae hirviendo; pero inmediatamente después irrumpen en la estancia cuatro que, en medio de gritos y a empujones, nos agarran, bañados y desprendiendo vapor, y nos echan en una gélida estancia contigua; aquí, otros, bramando, nos echan encima no sé qué ropa y nos aplastan en la mano un par de zapatones con suela de madera; apenas tenemos tiempo de darnos cuenta de lo que está pasando y nos vemos ya fuera descalzos y desnudos, con todo el bagage en la mano, y tenemos que correr hasta otro barracón a un centenar de metros. Aquí se nos permite vestirnos. Al terminar, cada uno se ha quedado en su sitio sin atreverse a mirarse unos a otros. No hay donde mirarse, si bien nuestro aspecto lo vemos delante, reflejado en cien rostros lívidos, en cien muñecos sucios y miserables. Por primera vez nos damos cuenta que a nuestra lengua le faltan las palabras para expresar tanta ofensa, la destrucción de un hombre. Hemos tocado fondo. No existe, no se puede ni siquiera imaginar mayor degradación y miseria de la condición humana”. A esos hombres se les quitaba todo: vestidos, zapatos, cabello. Hasta el nombre. El nombre de Don José, en adelante, será 17.350. Mientras viva llevará el tatuaje sobre el brazo izquierdo con un sello de alfileres y tinta china grabado encima. Un mes antes, ha llegado a Oswiecim el Padre Maximiniano Kolbe y sobre su brazo se le ha marcado el número 16.670.

Más allá de las chimeneas humeantes, la iglesia de María Auxiliadora

En Oswiecim se trabaja a un ritmo infernal. Muy temprano por la mañana resuena la palabra wstawac: alzarsi. Comienza una agitación frenética. Se salta del camastro de madera y paja y, corriendo, se viste uno y se precipita en los aseos y lavabos con furia inhumana, ya que en cinco minutos empezará la distribución de chusco gris de brot, pan. El que llega tarde no recibe nada y tendrá que aguantar así hasta medio día con un hambre de perros.
Se trabaja del alba hasta el atardecer. Se va en columnas ordenadas, con paso veloz, y se vuelve casi a paso de carrera. Resulta una farsa trágica ver esas largas filas de hombres vestidos de tiras, en columnas rígidas, volver a paso de carrera, saltando con sus zapatones duros, mientras una absurda banda compuesta por otros hombres de tiras hace sonar marchas alegres en la plaza del campo.
Abajo, más allá de los barracones, humea sin cesar la larga chimenea de los hornos crematorios. Quien claudica ante el cansancio, quien no defiende ferozmente su ración, quien se retrasa en la carrera o tambalea y cae, sabe que acabará allí. Lo echarán en un carro de minero, muerto o moribundo, poco importa. El carrito bajará resbalando sobre las huellas marcadas de otros carros hasta la embocadura del horno. El coronel Fritsch que manda en el campo les dirá riendo: “saldréis de aquí por el tubo de la chimenea”.
Pero Don José Kowalski no mira las chimeneas humeantes. Erguida, entre los vapores que se alzan por la campaña, la iglesia de María Auxiliadora, distante del campo dos quilómetros. Entre lágrimas, que no logra parar, recuerda sus años felices de vida salesiana.

Justo en esta iglesia había entrado por primera vez 19 años antes. Tenía entonces 11 años y llevaba en el bolsillo un certificado de buena conducta escrito por su párroco. Se había arrodillado a los pies de la Virgen y le había pedido por su madre a quien había dejado en casa pocas horas antes, después de haberla besado sin parar. Cinco años después había entrado, una vez más, en la misma iglesia llevando en el bolsillo otra carta: era su petición para entrar en la Congregación Salesiana. Se la venía a enseñar a la Virgen antes de presentarla.

Una voluntad fuerte y perseverante

Hizo sus votos un año después. En su diario espiritual, poco después, escribió con el entusiasmo y la decisión propios de los 18 años:” Señor, dame una voluntad fuerte, firme y perseverante. Tengo que ser santo. Sin Ti no puedo hacer nada; pero con tu amor lo puedo todo”.
Esta voluntad perseverante le vino bien algunos años después, al término de la “prueba práctica” llevada a cabo en una casa salesiana. Pasó por una grave crisis espiritual que lo llevó al punto de casi querer abandonar la congregación. La reflexión profunda de sus ideales, bajo la guía de un buen consejero espiritual, le hizo superar la crisis.

1938.
Primera Misa. El inspector salesiano lo llama junto a él a desarrollar el trabajo humilde, pero muy estimado, de secretario inspectorial. Entre las cartas para archivar, las circulares a mandar y las cuentas a calcular, Don José no olvida su sacerdocio: de ello dan fe los cuadernos que contienen sus homilías, diligentemente preparadas cada semana. Y tampoco olvida que es un hijo de D. Bosco: apasionado por la música, reúne a los muchachos y crea una dinámica escolanía. Pero la segunda guerra mundial está al caer y Dios llama a la puerta.

19 cartas entre alambradas

En el campo de Oswiecim, el coronel Fritsch ha definido a los sacerdotes como “seres inútiles y parásitos de la sociedad”. Los ha reunido en un bloque especial, el número 17. Les confía los trabajos más inhumanos. Han de empujar, corriendo, cargas muy pesadas de cantos rodados, cortar árboles, desplazar troncons por terrenos accidentados.
Un testigo cuenta: “en aquel ambiente deshumanizante, D. José logró conservar su dignidad humana y hacer florecer el reino de Dios”. Se conservan como una reliquia las 19 cartas que escribió entre alambradas. Se trata de cartas que debían pasar la censura y por ello necesariamente optimistas. Pero se puede leer entre líneas la gran fuerza de espíritu de aquel sacerdote. El 12 de febrero de 1942 escribe: “Siento la fuerza de Dios a cada paso. Allí donde me encuentro, pase lo que pase, estoy en manos de la Providencia que vela sobre los pueblos y sobre cada hombre”.

Alguna cosa en la mano
2 de junio de 1942.

Ha llegado una orden del alto mando de los campos de concentración. Sesenta sacerdotes deben abandonar Oswiecim y trasladarse a Dachau. Es otro campo de exterminio donde hay, amontonados, tres mil sacerdotes. Don José Kowalski está entre los seleccionados para el viaje. Los sesenta sacerdotes han sido apretujados en un baño para la desinfección antes de partir. Lo que allí sucede la ha contado, bajo juramento, D. Conrado Szweda: “Estábamos juntos en el baño a la espera del turno para la desinfección. Entra Palitsch el más despiadado carnicero de Oswiecim. Se da cuenta de que Don Kowalski tiene algo en la mano: ¿qué tienes ahí? – le pregunta de mala manera. Y sin esperar respuesta le sacude la mano con la fusta, cayéndole al suelo un rosario. Aplástalo – le grita. D. Kowalski permanece inmóvil. Al instante lo separan del grupo y lo llevan a la compañía de disciplina. Ya no partirá jamás a Dachau. Lo turturarán y morirá en su Oswiecim. La crueldad de la compañía de disciplina es francamente feroz. Se paga por todo y a un precio altísimo. El más mínimo retraso o inadvertencia se castiga con la fusta, a puñetazos o a puntapiés.

11 de junio.
Algunos prisioneros intentan fugarse y fracasan. El castigo de los fugitivos no basta. Trescientos prisioneros son llevados, como lección, al crematorio. Entre ellos D. José Kowalski. Le atan las manos con alambre de espinas . Pero aún no ha llegado su hora. Sin motivo aparente, lo separan de los condenados a muerte, con otros diez, y lo destinan a trabajos forzados.

La oración de los desesperados

Los “forzados” forman una compañía de desesperados. No hay esperanza para ellos y hasta los torturadores los tratan como cosas. El profesor José Kret, testigo de aquellos días de crueldad, cuenta: “Exhaustos por el hambre, por el trabajo y las torturas, los prisioneros morían uno tras otro. El lagherführer Sipp, un día, se puso a burlarse delante de D. José y señalándole a sus compañeros de sufrimiento dijo: Las almas se te escapan, cura! Y sin tu pasaporte no serán aceptadas allá arriba. Súbete a esas pipas y da tu última bendicion a las ovejitas como viático para el cielo! Había en aquel lugar del campo una pipa estropeada. D. José tomó aquellas palabras en serio. Subió, se puso de rodillas y, hecha la señal de la cruz, inició el Padre Nuestro con voz fuerte y serena. Alguno de sus compañeros lo miró atónito y se unió a la oración. Después D. José murmuró: “Y ahora roguemos por los agonizantes y perseguidos”. Y entonó la Salve Regina. La sirena del mediodía interrumpió la plegaria.

4 Julio 1942.
El profesor Sigismundo Kolankowski cuenta: “Cada día, los jefes del campo escogían algunos prisioneros de la compañía de disciplina. Los turturaban y los mataban, después, en el patio.
Aquel día, después del recuento de la tarde, los prisioneros estaban ya extendidos en sus lechos de paja. El Kapo Mitas gritó de improviso: “Que salga D. José Kowalski”. Al pasar por mi lado, me dio su chusco de pan susurrando: “Tómalo, Sigismundo, que yo ya no lo necesitaré”. Después dijo en voz alta a todos: “Rogad por mí y por mis perseguidores”. No le he visto nunca más. Y tampoco he visto su cuerpo. Después de torturarlo, como aún estaba vivo, lo echaron en una cloaca y lo ahogaron. Tenía 31 años.

Los cinco mártires polacos

Eduardo Klinik


Eduardo Klinik fue el segundo de tres hijos. El padre, mecánico. Terminó el bachillerato en nuestra casa de Oswiecim y en Poznan superó el examen de madurez. Durante la ocupación trabajó en una empresa de construcción. Su hermana, Sor María, profesora de les Hermanas Ursulinas de Jesús Agonizante, testifica: "Cuando Eduardo frecuentó el Oratorio, su vida religiosa mejoró muchisimo. Empezó a participar en la misa como monaguillo. De esta vida oratoriana participó también su hermano menor. Era más bien tranquilo, tímido; pero desde su entrada en el oratorio se volvió mucho más movido. Estudiante metódico, responsable". En el grupo de los cinco destacaba por su compromiso en todo tipo de actividades, dando la impresión de ser el más serio y exigente. Bajo la guía de sus maestros salesianos, su vida espiritual se consolidaba cada vez más, poniendo en el centro el culto a la Eucaristía junto con una entrañable devoción mariana y un vivo entusiamo por los ideales de Don Bosco.

Kesy Franciszek


Francisco Kesi, en cambio, nació en Berlín a donde se habían trasladado sus padres por motivos de trabajo. Su padre era carpintero. Más tarde, se trasladó a Poznan donde trabajó en una central eléctrica de dicha ciudad. Francisco tenía la intención de entrar al noviciado salesiano. Durante la ocupación, al no poder continuar sus estudios, encontró un empleo en un centro industrial. El tiempo libre lo pasaba en el Oratorio donde, en estrecha comunicación de ideales con los otros cuatro, animaba los grupos y las actividades juveniles. Fue el tercero de cinco hijos de una familia pobre. Se recuerda de él que era sensible y frágil y que, frecuentemente, caía enfermo; pero, al mismo tiempo, era alegre, tranquilo,simpático, amaba a los animales, siempre dispuesto a ayudar a todos. Cada mañana iba a la iglesia y recibía la comunión casi a diario; por la tarde recitaba el rosario.

Jarogniew Wojciechowski


Jarogniew Wojciechowski era de Poznan. Su padre tenía una tienda de cosméticos. La vida de la familia se vio marcada largo tiempo por situaciones traumáticas debido al alcoholismo del padre, que acabó por abandonar la familia. Jarogniew debió cambiar de escuela y quedó bajo la tutela de su hermana mayor. En esta situación encontró apoyo en el oratorio salesiano en cuyas actividades participaba con entusiasmo. Testimonios suyos dicen de él que hacía de monaguillo en los salesianos y que participaba en las excursiones y colonias, acompañaba cantos religiosos al piano, participaba en la vida religiosa de la familia, que recibía la comunión a diario y que, al igual que los otros compañeros del grupo, se distinguía por su espíritu de fraternidad, de buen humor y en su compromiso en las actividades, en sus deberes y en el buen ejemplo. Destacaba entre los otros por su aspecto más reflexivo, tendía a ir al fondo de las cosas, miraba de entender los acontecimientos, sin caer por ello en la tristeza; era un auténtico dirigente en el mejor sentido de la palabra.

Czeslaw Jozwiak


Czeslaw Jozwiak estuvo ligado al oratorio salesiano de Poznan desde su infancia. Tenía diez años cuando puso allí el pie por primera vez. Su padre era funcionario de la policía judicial. Frecuentaba el bachillerato "San Juan Kanty" y era, al mismo tiempo, animador de un círculo juvenil en el oratorio. Al declararse la guerra, se puso a trabajar en una tienda de cosméticos, dada la imposibilidad de continuar la escuela. Decían de él que era algo violento de naturaleza, de gran espontaneidad y lleno de energía; pero también dueño de sí mismo, constante, siempre pronto al sacrificio y coherente. Guiado por el director don Agustín Piechura, se le notaba su aspiración consciente a la perfección cristiana y al progreso en la misma. Gozaba de una indiscutible autoridad ante los más jóvenes. Narra un compañero suyo de cárcel:"Tenía un carácter amable y un gran corazón, su alma era como de cristal...cuando se abrió a mí comprendí que su corazón estaba libre de todo pecado y de cualquier malicia...me confió un pensamiento que lo preocupaba: de jamás verse manchado de cualquier tipo de impureza".

Edward Kazmierski


Edward Kazmierski, nacido en Poznan, provenía de una familia pobre. Su padre era zapatero. Una vez terminada la escuela elemental tuvo que trabajar en una tienda y después hizo de mecánico. Muy pronto se inscribió en el oratorio salesiano y fue, en este ambiente, donde desarrolló sus poco comunes dotes musicales. Se decía de él: la religiosidad auténtica que recibió de su familia lo llevó muy pronto, bajo la guía de los salesianos, a la madurez cristiana. El tiempo libre después del trabajo lo pasaba en el ambiente del oratorio y crecía su devoción eucarística y mariana. A los 15 años tomó parte en la peregrinación a Czestokowa haciendo a pie una distancia de más de 500 km. Fue presidente del Círculo San Juan Bosco y se entusismó con el ideal salesiano. Repleto de fuerzas, constante en las decisiones, coherente, le gustaba cantar en la iglesia, en el coro y solo. A sus 15 años ya compuso algunas piezas musicales. Se caracterizaba por su sobriedad, prudencia, amabilidad. En la cárcel mostró un gran amor por sus compañeros. Ayudaba con placer a los ancianos y se vio libre de cualquier sentimiento de odio hacia sus perseguidores.

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San José Cafasso

Este humilde sacerdote fue quizás el más grande amigo y benefactor de San Juan Bosco y, de muchos seminaristas pobres más, uno de los mejores formadores de sacerdotes del siglo XIX.

Nació en 1811 en el mismo pueblo donde nació San Juan Bosco. En Castelnuovo (Italia). Una hermana suya fue la mamá de otro santo: San José Alamano, fundador de la comunidad de los Padres de la Consolata.

Desde niño sobresalió por su gran inclinación a la piedad y a repartir ayudas a los pobres.

En el año 1827, siendo Caffaso seminarista se encontró por primera vez con Juan Bosco. Cafasso era de familia acomodada del pueblo y Bosco era de una vereda y absolutamente pobre. Don Bosco narra así su primer encuentro con el que iba a ser después su Benefactor, su defensor y el que mejor lo comprendiera cuando los demás lo despreciaran: "Yo era un niño de doce años y una víspera de grandes fiestas en mi pueblo, vi junto a la puerta del templo a un joven seminarista que por su amabilidad me pareció muy simpático. Me acerqué y le pregunté: '¿Reverendo: no quiere ir a gozar un poco de nuestras fiestas?'. Él con una agradable sonrisa me respondió: 'Mira, amiguito: para los que nos dedicamos al servicio de Dios, las mejores fiestas son las que se celebran en el templo'. Yo, animado por su bondadoso modo de responder le añadí: 'Sí, pero también en nuestras fiestas de plaza hay mucho que alegra y hace pasar ratos felices'. Él añadió: 'Al buen amigo de Dios lo que más feliz lo hace es el participar muy devotamente de las celebraciones religiosas del templo'. Luego me preguntó qué estudios había hecho y si ya había recibido la sagrada comunión, y si me confesaba con frecuencia. Enseguida abrieron el templo, y él antes de despedirse me dijo: 'No se te olvide que para el que quiere seguir el sacerdocio nada hay más agradable ni que más le atraiga, que aquello que sirve para darle gloria a Dios y para salvar las almas'. Y de manera muy amable se despidió de mí. Yo me quedé admirado de la bondad de este joven seminarista. Averigüé cómo se llamaba y me dijeron: 'Es José Cafasso, un muchacho tan piadoso, que ya desde muy pequeño en el pueblo lo llamaban -el santito".

Cafasso que era un excelente estudiante tuvo que pedir dispensa para que lo ordenaran de sacerdote de sólo 21 años, y en vez de irse de una vez a ejercer su sacerdocio a alguna parroquia, dispuso irse a la capital, Turín, a perfeccionarse en sus estudios. Allá había un instituto llamado El Convictorio para los que querían hacer estudios de postgrado, y allí se matriculó. Y con tan buen resultado, que al terminar sus tres años de estudio fue nombrado profesor de ese mismo instituto, y al morir el rector fue aclamado para reemplazarlo, y estuvo de magnífico rector por doce años hasta su muerte.

San José Cafasso formó más de cien sacerdotes en Turín, y entre sus alumnos tuvo varios santos. Se propuso como modelos para imitar a San Francisco de Sales y a San Felipe Neri, y sus discípulos se alegraban al contestar que su comportamiento se asemejaba grandemente al de estos dos simpáticos santos.

En aquel entonces habían llegado a Italia unas tendencias muy negativas que prohibían recibir sacramentos si la persona no era muy santa (Jansenismo) y que insistían más en la justicia de Dios que en su misericordia (rigorismo).

El Padre Cafasso, en cambio, formaba a sus sacerdotes en las doctrinas de San Alfonso que insiste mucho en la misericordia de Dios, y en las enseñanzas de San Francisco de Sales, el santo más comprensivo con los pecadores. Y además a sus alumnos sacerdotes los llevaba a visitar cárceles y barrios supremamente pobres, para despertar en ellos una gran sensibilidad hacia los pobres y desdichados.

Cuando el niño campesino Juan Bosco quiso entrar al seminario, no tenía ni un centavo para costearse los estudios. Entonces el Padre Cafasso le costeó media beca, y obtuvo que los superiores del seminario le dieran otra media beca con tal de que hiciera de sacristán, de remendón y de peluquero. Luego cuando Bosco llegó al sacerdocio, Cafasso se lo llevó a Turín y allá le costeó los tres años de postgrado en el Convictorio. El fue el que lo llevó a las cárceles a presenciar los horrores que sufren los que en su juventud no tuvieron quién los educara bien. Y cuando Don Bosco empezó a recoger muchachos abandonados en la calle, y todos lo criticaban y lo expulsaban por esto, el que siempre lo comprendió y ayudó fue este superior. Y al ver la pobreza tan terrible con la que empezaba la comunidad salesiana, el Padre Cafasso obtenía ayudas de los ricos y se las llevaba al buen Don Bosco. Por eso la Comunidad Salesiana ha considerado siempre a este santo como su amigo y protector.

En Turín, que era la capital del reino de Saboya, las cárceles estaban llenas de terribles criminales, abandonados por todos. Y allá se fue Don Cafasso a hacer apostolado. Con infinita paciencia y amabilidad se fue ganando los presos uno por uno y los hacía confesarse y empezar una vida santa. Les llevaba ropa, comida, útiles de aseo y muchas otras ayudas, y su llegada a la cárcel cada semana era una verdadera fiesta para ellos.

San José Cafasso acompañó hasta la horca a más de 68 condenados a muerte, y aunque habían sido terribles criminales, ni uno sólo murió sin confesarse y arrepentirse. Por eso lo llamaban de otras ciudades para que asistiera a los condenados a muerte. Cuando a un reo le leían la sentencia a muerte, lo primero que pedía era: "Que a mi lado esté el Padre Cafasso, cuando me lleven a ahorcar" (Un día se llevó a su discípulo Juan Bosco, pero éste al ver la horca cayó desmayado. No era capaz de soportar un espectáculo tan tremendo. Y a Cafasso le tocaba soportarlo mes por mes. Pero allí salvaba almas y convertía pecadores).

La primera cualidad que las gentes notaban en este santo era "el don de consejo". Una cualidad que el Espíritu Santo le había dado para saber aconsejar lo que más le convenía a cada uno. Por eso a su despacho llegaban continuamente obispos, comerciantes, sacerdotes, obreros, militares, y toda clase de personas necesitadas de un buen consejo. Y volvían a su casa con el alma en paz y llena de buenas ideas para santificarse. Otra gran cualidad que lo hizo muy popular fue su calma y su serenidad. Algo encorvado (desde joven) y pequeño de estatura, pero en el rostro siempre una sonrisa amable. Su voz sonora, y encantadora. De su conversación irradiaba una alegría contagiosa (que San Juan Bosco admiraba e imitaba grandemente). Todos elogiaban la tranquilidad inmutable del Padre José. La gente decía: "Es pequeño de cuerpo, pero gigante de espíritu". A sus sacerdotes les repetía: "Nuestro Señor quiere que lo imitemos en su mansedumbre".

Desde pequeñito fue devotísimo de la Sma. Virgen y a sus alumnos sacerdotes los entusiasmaba grandemente por esta devoción. Cuando hablaba de la Madre de Dios se notaba en él un entusiasmo extraordinario. Los sábados y en las fiestas de la Virgen no negaba favores a quienes se los pedían. En honor de la Madre Santísima era más generoso que nunca estos días. Por eso los que necesitaban de él alguna limosna especial o algún favor extraordinario iban a pedírselo un sábado o en una fiesta de Nuestra Señora, con la seguridad de que en honor de la Madre de Jesús, les concedería su petición.

Un día en un sermón exclamó: "qué bello morir un día sábado, día de la Virgen, para ser llevados por Ella al cielo". Y así le sucedió: murió el sábado 23 de junio de 1860, a la edad de sólo 49 años.

Su oración fúnebre la hizo su discípulo preferido: San Juan Bosco.

Antes de morir escribió esta estrofa:

No será muerte sino un dulce sueño para ti, alma mía, si al morir te asiste Jesús, y te recibe la Virgen María.

Y seguramente así le sucedió en realidad.

El Papa Pío XII canonizó a José Cafasso en 1947, y nosotros le suplicamos a tan bondadoso protector que logremos imitarlo en su simpática santidad.

Arriba.-



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