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XII. VALORACION DE LA CRITICA
SOBRE LA OBRA DE RIZO.
La crítica de arte en Nicaragua
adolece de los mismos problemas que en cualquier otro país, gusto del
crítico, influencia del mercado vía galerías, bendiciones de los poderes
locales, aceptación del público, obsecuencia con la crítica internacional.
Nuestra crítica casi siempre hace lecturas acertadas pero poco
generosas. Prima más cálculo que entusiasmo y esto es muy bueno porque en un
jardín de pavorreales evita endiosamientos. La obra de Mauricio Rizo si bien
no ha tenido una abundante crítica, tanto como uno quisiera, ha impactado y
movido a escribir sobre ella con el conocimiento y calidad que los
caracteriza, a creadores e intelectuales de la talla de Leoncio Sáenz,
Alberto Ycaza, Donaldo Altamirano, Porfirio García Romano. Y a cronistas
culturales de perspicacia, talento e interés como Arnulfo Aguero, Guadalupe
Espinosa, Hilda Rosa Maradiaga y Sagrario Chamorro, Directora de
Galería. Es importante para este texto
reseñar las opiniones de algunos de estos críticos, porque sus intuiciones,
hermeneusis, análisis estructurales o meras opiniones, de muchas maneras
colocan algunos puntos importantes en la carta de navegación para el universo
pictórico de Mauricio Rizo. El Maestro Leoncio Sáenz ha
escrito en La Pintura de Mauricio Rizo, lo siguiente: En muchos de sus
cuadros se advierten influencias de paisajistas europeos en especial la
escuela de Barbizón y unos notables de la escuela inglesa, Constable, por
ejemplo, para no mencionar a todos la manera de pintar cuidadosa e impecable
en el tratamiento del color y mesurados empastes lo definen. Hay en sus
cuadros una tenue luz dorada que le da un punto de fuga en profundidad que
baña la tela totalmente, teniendo una atmósfera de misterio de evocación romántica;
sabe aplicar con delicadeza y mesura finos tonos de colores tierras, colores
sin estridencias, que le dan a su pintura un sentimiento tonal unitario a la
manera flamenca, sin descuidar el valor del detalle, la luz juega un papel
primordial que sabe utilizar con sabiduría de oficio, es una luz ideal que lo
envuelve todo con un manto de magia y misterio. Cuando el sol se pone en el
horizonte ilumina todavía, las altas nubes reflejan su luz dorada envolviendo
el paisaje, en un sutil y encantado velo desaparecen la sombras. (...) Mauricio Rizo en cada
obra que pinta deja un pedazo de su alma creadora que se convertirá en
luciérnaga, iluminando hacia un porvenir brillante, promisorio y fecundo. Por su parte el Maestro y
teórico de una estética utópica y católica, Alberto Ycaza, en una lectura
comparativa de la obra de dos extraordinarios pintores jóvenes, titulada Luz
y contraluz de Mauricio Rizo y el Juicio del arte de Mario Moya, ha escrito
esto: Mauricio Rizo y Mario Moya representan de alguna forma, al final del
siglo XX, esas tendencias renacentistas del siglo XIX, aunque menos marcadas
que en aquel siglo. Mario no se reduce a las formas prerrafaelistas que
llegaron hasta la supervaloración del grafismo lineal que separa las zonas
del color local del plano bidimensional en los carteles del Art Nouveau -que
nada tiene de nuevo o moderno más que en la etiqueta puesta por una
clasificación errónea y que no es más que la exageración de los ritmos
lineales usados por Boticelli y Leonardo para expresar gráficamente los
movimientos del agua, el aire o el fuego- y Mauricio no cae en los excesos de
acercamientos fotográficos de la imagen que pintan los impresionistas
reduciendo el significado metafórico de la luz a una insignificante copia de
fenómenos físicos. Mauricio y Mario, aunque parten del siglo XX, se dirigen
cada vez más al período de plenitud del Arte Clásico Católico que se sitúa
entre Leonardo y Goya, recuperando lo mejor del pasado como modelo para
construir un futuro mejor que el presente aún regido erróneamente por el
falso modelo de las modas modernas. El cronista cultural Arnulfo
Agüero opina en su artículo El éxito del hiperralismo rural hacia el nuevo
siglo, que: Estas trascendentales exhibiciones son claramente anunciadoras
del nacimiento con fuerza y continuidad de un triptolémico hiperrealismo
rural nicaragüense. La perfección de su fuente
primigenia comprometida con la naturaleza y costumbres de nuestras regiones
con una visión arcaica, precisa en su correcta estación del tiempo, luz,
ambiente y realidad provinciana, han sido los componentes de su rápido
triunfo. Por su parte el Maestro
Porfirio García Romano, pintor, arquitecto, poeta, historiador y crítico de
arte, con la mesura que lo caracteriza afirma lo siguiente: Las pinturas
de Mauricio Rizo, denotan el dominio de la atmósfera, la luz tamizada y
nocturna, el tono arrebatado que da una paleta muy matizada o la luz que se
extasía cayendo sobre los objetos en un instante dado y los contraluces. Pero
todo esto nunca fue aprendido, en un taller de escuela, sino en el arduo
interés particular por la búsqueda de la propia superación personal. Esto que
en lengua común se llama ser autodidacto. (...) En realidad tampoco su
temática puede señalarse con el duro término de anacrónico. Qué o cuáles
paisajes rurales o urbanos de los asuntos pictóricos de Mauricio Rizo, están
fuera del presente en que vivimos. Acaso no son estos paisajes, bajo la
creatividad del autor, la particular reproducción de las tierras campesinas y
pueblos marginales de nuestro país marginal, expuestos sin tapujos, de
nuestra realidad contemporánea. Para concluir voy a citar in
extenso algunas conclusiones del Maestro Donaldo Altamirano, pintor,
dibujante, poeta, cuentista y veedor de arte, de su magnífico ensayo sobre la
obra de Mauricio Rizo, La simple luz de la existencia. Mauricio Rizo, talentoso,
pulcro, disciplinado artífice de nuestros arcadismos reticentes, recesivos,
es un artista con una aguda intuición de contrastes y degradaciones tonales,
un trabajador de factura neta, limpia, de bordes precisos y contornos
definidos, que se vuelve insinuante apenas en las zonas liminares entre
sombra y penumbra. Mauricio es además un
concienzudo artista de la composición, celoso del equilibrio y la armonía de
todos los elementos complementarios que se dan cita sobre la superficie de su
tela. Posee una desarrollada intuición estructural, globalizante, de cada una
de sus obras. Es consciente de las diversas disciplinas que implica su
oficio. El dibujo, el sombreado, las sutilezas y requintes de la coloración.
Está advertido además de los valores rítmicos del espatulazo o de la
pincelada, empasta con una energía sobria, moderada por una noción de
austeridad y nitidez. Con cierta alegría de primer
tablero invicto resuelve los problemas formales de la composición, encuentra
las órbitas precisas, las coordenadas invisibles de situación de una posible
familia de objetos en un espacio dado, resuelve problemas de contraste, se
concentra durante horas en la alquimia del claroscuro, dilucida con esmero
cada accidente de los contornos. Y todo se traduce al final en unos remates
festivos del juego infinito entre las luces y las sombras, en la congelación
visible de los fragorosos combates de la luz. XIII. CONCLUSION. ENSAYO
FINAL. La pintura de paisajes de
Mauricio Rizo contienen la belleza de esa Nicaragua rural y urbana vista por
los ojos del amor. Un amor a la tierra, a la labor del ser humano y al arte de
pintar. Con pasión, sentido de pertenencia a un terruño y a una cultura, con
conciencia de la libertad del artista, Rizo ha dotado de belleza a nuestra
identidad. El paisaje nicaragüense
consolida su ser estético intemporal en la obra de Rizo. Este maestro
jinotegano desde su niñez fue atrapado por el arte y él le correspondió con
una entrega mística total. Su obra es un problema de la luz, el color y la
mística por la conquista de la perfección.
En un mundo postmoderno
globalizado y unipolar donde el arte ha tenido que dejar testimonio de la
crisis de sobrevivencia, existencial y de valores a través del feísmo,
ha plasmado el dolor, la angustia, la degradación del ser humano y su medio
natural, las perversiones sexuales, la saturación consumerista, la violencia
en todas sus formas, la negación de la comunicación y por ende del amor, el
poder y sus tentáculos succionadores, encontrar obras como la de Rizo
sin ser fuga, evasión. ni torre de marfil, alimentan la esperanza y la
fe en la utopía sabiendo que aún el mundo es bello y merecen, seres,
naturaleza y cultura ser amados. Mauricio Rizo no es un profeta conservador,
ni un plañidero por un mundo en vías de extinción. Los mensajes los
inferimos, acertados o no, los espectadores y críticos a partir de sus telas.
El lo único que ha hecho es construir una sólida y maravillosa obra desde su
niñez. Recordemos siempre que Rizo es un niño que quiso pintar al mundo y lo
ha logrado. Al menos su mundo, esa aldea que se universaliza cuando está bien
versada, bien contada, bien pintada. La obra de Mauricio Rizo es
clásica para todos los tiempos, destinada a ampliar la participación de su
disfrute, a conocerse y a estudiarse. Este texto es una primera aproximación
a una obra que nos desafía, nos completa y nos exalta. Nadie se quedará ciego
bajo la luz de Rizo, pero muchos aprenderemos a percibir la belleza del
crepúsculo en un rincón de Nicaragua. Anastasio
Lovo. Enero-Noviembre
2001.
BIBLIOGRAFIA. Altamirano, Donaldo: Mauricio Rizo :La simple
luz de la existencia, Revista Cultura de Paz No.24. Abril-Junio 2000,
IMLK-UPOLI, Managua. Bachelard, Gastón: La poética del espacio, Casa y
universo, Breviarios FCE, México, D.F.,1986. Cabanne, Pierre: Hombre, Creación y Arte,
Enciclopedia del arte universal en V Tomos, publicada para Enciclopedia
Británica, Editorial Argos-Vergara, Barcelona, 1986. Lezama Lima, José: La expresión americana, Mitos y
cansancio clásicos, en Confluencias, Editorial Letras Cubanas, La Habana,
1988. Sáenz, Leoncio: La Pintura de Mauricio Rizo, La Prensa
Literaria, Managua, Noviembre de 1996 Tibol, Raquel: Apuntes sobre el arte de
ilustrar mientras Iberoamérica pinta, en
Periolibros Iberoamérica Pinta, UNESCO-FCE,
México D.F., 1997. Ycaza, Alberto: Luz y Contraluz de Mauricio Rizo y el
Juicio del Arte de Mario Moya, Fax del Centro de Arte Clásico, San José, 26
de Febrero de 1999. |
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