MAURICIO RIZO: EL IMPERIO DE LA LUZ

 

 

 

X. NATURALEZA MUERTA Y NATURALEZA VIVA: LOS BODEGONES DE RIZO.

 

En el siglo XVII en España se acuñó el término bodegón, palabra sonora que en nuestro idioma comprende aquellas composiciones pictóricas que muestran objetos inanimados como frutas, verduras, flores, panes, cerámicas, utensilios de cocina, líquidos, cristales, carnes o animales muertos, instrumentos musicales, papeles, telas, etc. El arte de pintar naturalezas muertas se remonta en la tradición pictórica universal, a las frutas que se pintaban en las tumbas de los antiguos egipcios para acompañar al muerto en su viaje al más allá

Este arte ha poseído históricamente un carácter ornamental, pero de esta característica no podemos desprender que sea un arte menor y poco importante para la evolución de la pintura. Por el contrario este espacio pictórico, casi siempre interior (la mesa, los mesones, la cocina, la alacena, los muebles, los marcos de las ventanas) se ha convertido en un campo de experimentación de la composición, las luces y lo cromático. Así como es un testimonio fehaciente de  viandas y objetos que han acompañado al ser humano en su devenir.

 

Los bodegones de muchas maneras aluden a usos, costumbres, en fin a la cultura de los seres humanos. Muestran lo fruible, consumible, cotidiano y banal, sublimado y convertido en arte. Sería ocioso enumerar una lista de pintores célebres de oriente y occidente que no se han resistido a realizar una naturaleza muerta, porque prácticamente quedarían muy pocos. Casi todos los maestros nos han entregados los testimonios de mesas, cocinas, aparadores, alacenas, ventanas, donde han hecho concurrir naturalezas muertas, para apropiarse y enaltecer una realidad íntima y cotidiana.

 

La serie de bodegones en la obra de Mauricio Rizo es la menos extensa mas no por ello menos significativa. Este pintor ha trabajado naturalezas muertas en el sentido estricto del término y en ocasiones, ha colocado sus naturalezas muertas en ventanas que se abren a la naturaleza viva. De allí el título ambiguo de este acápite, Naturaleza muerta, naturaleza viva: los bodegones de Rizo.

 

Estricta naturaleza muerta de Rizo es Pepinos, tomates, platos y cacharros. En este cuadro percibimos la capacidad de representación de los referentes vegetales, los pepinos y tomates plasmados en todos su fulgor de verdes y rojos espléndidos. Un par de cacharros de metal y barros contra los que apilan los pepinos para ser apreciados en su extensión. Detrás  cuatro grandes platos de loza unos sobre otros. Una  pana metálica sobre la cual se encuentra una oblonga tapa de plástico blanco de un termo. Al fondo  la pared iluminada por la luz verde de los pepinos.

 

En el bodegón mixto (naturaleza muerta y viva) de Rizo, tenemos la presencia de un elemento curioso y simbólico, una vela encendida que proporciona la luz a los espacios interno y externo. En el bodegón Frutos de la tierra, la composición y los elementos que concurren son simbólicos y complejos. Aluden no solo a la naturaleza en sus dos estadios sino que explícitamente a la información y a la cultura humana. Además de la vela encendida que proporciona luz a los espacios, encontramos en ese mismo plano crítico y agonal entre las naturalezas, la página de un diario.

 

En Frutos de la tierra encontramos en primer plano la superficie de una mesa marrón pulida, en un segundo plano una fiesta de color danzante, cebollas moradas, naranjas a medio mondar, verdes mandarinas con pintas de oro, la albitud ocre de un par de cabezas de ajo con su penachito de pelos cafés, el ayote auriverde, las naranjas con cáscaras, un par de bananos de oro, un repollo morado y brillante. Esto constituye el conjunto de los frutos de la tierra.

 

Entre este conjunto y la ventana a una línea de elementos fabricados por la mano del hombre donde se connota a la cultura e información humanas. La vela encendida sobre un pequeño candelabro de barro, colocada sobre un objeto cubierto por una tela, la hoja de un diario estrujada porque contuvo a algunas de las viandas, una tinaja de barro con su tapa de madera que reproduce en su panza diversas tonalidades cromáticas de los elementos que la anteceden. Detrás de la tinaja una pared de listones de madera de la casa donde penden de un clavo dos cebollas con sus tallos.

 

La vela está puesta bajo el dintel de la ventana que se abre a un salvaje jardin de largas hojas verdes iluminado en forma de túnel por ella. Más allá las sombras de árboles con sus ramas que se pierden en la noche de celeste cielo con luz ectoplasmática y lunar. 

 

En los Frutos de la tierra, Rizo logra una apertura de la naturaleza muerta a una naturaleza viva cultivada, alcanza a cifrar un mensaje con la presencia de elementos de indudable factura humana (cultura), creando un espacio bello y complejo en su significación. Son frutos de la tierra y de la labor de un ser humano cuya imagen está ausente pero la densidad significativa de su obra no.
 

 

XI. OTROS TEMAS Y EXPERIENCIAS FORMALES EN LA PINTURA DE RIZO.

 

Otros temas no incluidos en la clasificación desarrollada arriba de la obra de Rizo, son las carretas, las lavanderas en los ríos, el ordeño, la belleza de la mujer, los gallos. Estos temas reciben el mismo tratamiento formal y son obras que alcanzan los mismos  niveles de calidad.

 

En la obra Los Gallos hallamos dos espléndidos ejemplares de ellos, uno blanco con colorado y el otro colorado más una gallina gris plomo detrás de ellos echada en posición de estar poniendo huevos. Las aves están en un rincón del cafetal. El gallo blanco del primer plano tiene su pata alzada y está en una pose altiva, guerrera, invitando a un choque para decidir quien se queda con la hembra. El colorado avanza decidido a enfrentar la situación y a proteger a la gallina que acaba de castizar y que está a su espalda. El plumaje de las aves, sus picos, ojos crestas y patas están pintadas con un pincel dueño del realismo más virtuoso.  

 

Las Ninfas es un cuadro donde se exalta la belleza femenina como símbolo de la potencia, fuerza y creación incesante de la Madre Naturaleza. En las rocas de un río se encuentran dos ninfas vestidas de blanco. Telas que no son óbice para percibir la sensualidad del cuerpo femenino, más cuando las aguas y las brisas del río las han mojado en veladuras que transparentan la dulzura frutal de la carne de las ninfas.

 

El paisaje es un locus ideal. Un río que viniendo en medio de riscos de piedra y abundante vegetación verde, serpentea, hasta llegar a las rocas donde se encuentran las ninfas. El río en un plano más cercano y sin el sfumato recuerda al paisaje que La Gioconda de Leonardo da Vinci tiene a sus espaldas. Un detalle curioso de esta obra es que a los pies de la ninfa de la izquierda hay un libro de arte con sus páginas abiertas con un desnudo, inmerso en las límpidas aguas.

 

Mauricio Rizo se caracteriza por ser un estudioso de las formas pictóricas y en sus 25 años de labor creativa ha experimentado con otras técnicas que no están comprendidos en la manera de pintar paisajes, retratos y bodegones. Este joven maestro dueño de la luz, de un sentido de la composición, de la perspectiva y la profundidad de campos, ha experimentado con una pintura prácticamente plana, como la prehispánica, cuando los personajes son unas mujeres de marcada ascendencia india.

 

El desafío para Rizo ha sido gobernar la perspectiva clásica y en un alarde de uso de otra técnica, negarla. Así lo podemos observar en su cuadro Las tres indias, donde encontramos a tres robustas mujeres de un pelo obstinadamente negro como mejor escribió en La Carne Contigua  Ernesto Mejía Sánchez, vestidas de amarillo, rojo y celeste.

  

Las mujeres son volúmenes cromáticos que ocupan como un trébol el centro del cuadro. Dos de ellas, la de celeste de cuyo brazo cuelga una canastita y la de rojo que entre sus manos sostiene una margarita,  están de pies. En el suelo amamantado a un crío se encuentra la tercera vestida de amarillo. Las tres están en un paisaje desértico de un oro extenso, al fondo los azules volcanes y el cielo de tenue celeste y una difusa mancha de oro.

 

La ilusión de profundidad de esta pintura plana está dada por el buen gobierno y mejor aplicación del color. Es un juego cromático quien realiza la composición para situar a estas tres gracias de nuestra raza en un espacio mítico y eternal.

 

La mímesis del paisaje, de personajes y de objetos obviamente demanda unos niveles de disciplina, racionalidad, habilidad y energía encausada que pueden ser extenuantes. De allí que Mauricio Rizo de vez en cuando cultive como alimento para su férreo espíritu, la fantasía y la imaginación desbordadas de un surrealismo vibrante de raíz dalíana.

 

En este texto se reproducen dos obras de corte surrealista Guitarra y El ojo de Dios. Guitarra es un cuadro rectangular de sentido vertical, que muestra una mujer desnuda caminando sobre las aguas. Al cuerpo de la mujer se le yuxtapone una guitarra entre fantasmal y concreta que vela, transparenta y oculta su cuerpo. Guitarra onírica cuyo brazo se curva y se alarga como una sierpe musical sobre un paisaje de aguas volcanes y cárdenos cielos. Alegoría surrealista de la música capaz de ser bella y sensual como una mujer, de ser leve, transparente y concreta, cuyo sonido de alados pies puede andar sobre las aguas y obviar las distancias para entregarse al dulce caracol del oído.

 

Sin cadenas o El ojo de Dios es la obra maestra del  surrealismo vibrante y musical de Rizo. Obra abierta, polisémica, densa en significados y símbolos. Aquí la riqueza pictórica de la obra acompaña muy bien a una multiplicidad de interpretaciones, si es que pretendemos decodificar el mensaje consciente o no del autor. En este tipo de surrealismo del cual Salvador Dalí es su faro, la posible lectura de su anécdota puede ser aceptada, reconstruida y racionalizada como un evento onírico, como un sueño.

 

En este cuadro un hombre desnudo camina sobre un inmenso brazo serpenteante de guitarra que penetra en una playa marina. Atrás el hombre ha dejado sobre la inmensa caja de resonancia de la guitarra sus ropas, sus botas y una inmensa bola negra susceptible de leerse como un pesado y atroz grillete y al mismo tiempo como una inmensa bomba. El hombre camina sobre el brazo de la guitarra que semeja una escalera porque por su curvatura, sube y baja, yendo a derecha e izquierda. Reminiscencias de los relojes derretidos en Persistencia de la memoria de Dalí. 

 

Las clavijas del brazo de la guitarra terminan donde esta cayendo una inmensa lágrima brotada de un ojo gigante que como un sol se está hundiendo en un horizonte cuya posición no está al final sino en medio de la composición. El líquido de la lágrima ha anegado la arena de la playa formando un gran charco o laguneta donde se extiende la guitarra con su caminante. El charco de lágrimas se encuentra con la playa de un mar de embravecidas olas, en las que podemos ver el ocaso del ojo y un violento atardecer de ígneos colores rojos, marrones y azules. El rojo tiñe la inmensidad del mar como si de sangre se tratara.

 

Sin mencionar el despliegue de técnicas pictóricas como los usos y misterios de la luz, su refracción cromática en los líquidos y objetos, el encuentro de la verde laguneta de lágrimas y el inmenso océano de sangre, las transparencias y veladuras, frente a obras delirantes como está sólo caben preguntas. 

 

¿Caminar desnudo sobre el brazo de una guitarra es caminar sobre el arte? ¿El camino del arte conduce a un terrible ojo sol que es el ojo de un Dios que llora? ¿El caminar del ser humano deja la destrucción pero conduce al sufrimiento, al dolor? ¿Los sueños en technicolor son magníficos pero al final sueños son? Hipocrite lecteur, mon frere, contesta tú el teléfono.

 
 
 

 

 

 

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