MAURICIO RIZO: EL IMPERIO DE LA LUZ

 

 

 

VII.  PAISAJES DE BARRIOS PAISAJES DEL ALMA.

 

Nicaragua, como gran parte de América, es una sociedad de un desarrollo económico desigual, combinado y a veces sin combinar. El rubro axial de este desarrollo ha sido la producción agropecuaria. Esta realidad histórica le ha impreso a los núcleos urbanos nicaragüenses, un perfil semiurbano y por ende semirural. A este perfil no escapa ni la capital, Managua (2,000,000 hab) donde todavía hoy, pasta el ganado en predios vecinos a la catedral de la ciudad o aledaños a la UCA (Universidad Centroamericana) y a la UNI (Universidad Nacional de Ingeniería). 

 

La semirruralidad de nuestros núcleos urbanos es más evidente en las capitales departamentales, llámense León, Matagalpa, Granada, Masaya, Jinotepe, Rivas, Juigalpa o Jinotega). A estos núcleos urbanos la geografía oficial les llama ciudades por su importancia en la organización política de la República, nosotros con cierta sorna y mucho cariño les llamamos pueblones, para denotar su identidad semirural y probablemente para conservar en nuestra memoria el entorno que nos vio crecer y que como producto del mismo desarrollo está destinado a transformarse y desaparecer.

 

Sin afán de hacer sociología, antropología, ni urbanismo, Mauricio Rizo con el poder del arte, ha logrado captar, atrapar, estetizar y atemporalizar, algunos rincones cotidianos y maravillosos de nuestras ciudades. Después de ver la pintura de Mauricio Rizo, cada rincón de Nicaragua lo miraremos así como el amor ve a la belleza. Nadie ha estetizado nuestra realidad cotidiana como él. Dueño de un poder creativo y de una factura clásica excepcionales, ha logrado mágica y magistralmente, la concreción de un bello nuevo mundo construido por la luz, el color, la sombra, la fuerza y la armonía.

 

La serie paisajes de barrios de Mauricio Rizo, en el conjunto de su obra, es cuantiosa, contrastante, inquietante, misteriosa y audaz en su planteamiento del problema de la luz. Si bien en los paisajes de cultivos y  de campos, Rizo juega con la luz solar captándola en diversos estadios temporales (amaneceres, atardeceres, mediodías, medias mañanas y mediastardes), en esta serie de paisajes de barrios, introduce el elemento contrastante y problematizador de la luz eléctrica, de la luz artificial.

 

Nos enfrentamos a un fenómeno novedoso y original para nuestra pintura, para la plástica latinoamericana y universal. El de una realidad semiurbana de rincones de barrios de ciudades nicaragüenses, una calle dos o tres casas, murallas florecidas de buganvilias o patios jardines, con personajes populares, señoras con ventas sobre la acera, muchachas acicalándose, un trovador tañendo una guitarra, toda estas escenas sectorial y doblemente iluminadas por la luz natural y la artificial. 

 

No puedo obviar la magistral lección inaugural de este tema de René Magritte en su obra El imperio de la luz (1954). En este cuadro se presenta la luz del día arriba en la bóveda celeste, las sombras de la noche que dibujan las siluetas de los árboles y el contorno del volumen de una casa de dos pisos inmersa en la oscuridad, pero que a su vez está alumbrada por un farol que refracta su luminosidad en una pared de tonos pasteles, más dos ventanas rectangulares que en el segundo piso están iluminadas, además toda esta luz  riela iridiscente y multicolor en un estanque. Síntesis extraordinaria sobre las posibilidades de la luz lograda por el  fantástico poder de creación de Magritte.

 

 La utilización de la luz artificial, generalmente bombillos (bujías) con pantalla de aluminio y lámparas de mercurio izadas en postes del alumbrado público o luz de bujías de las salas de las casas, dota  los cuadros de una atmósfera poética, mágica, maravillosa. De alguna manera es someter al escrutinio virtual de la luz, la ocre tierra de las calles, viejas casas solariegas de adobes, de piedras o  más recientes de ladrillos, con techo de tejas, inmersas en la vegetación tropical del país donde con generosidad se nos entregan las veraneras o buganvilias, las grandes hojas verdes jaspeadas, las loterías multicolor, las avispas, las plantas de sábila, las hojas de colores vivos y algunos árboles frutales o madereros. 

 

Estas obras atrapan un mundo en transformación que  muy pronto por el implacable discurrir de Cronos y los embates del progreso, desaparecerá y como testimonios solamente quedarán los cuadros de Rizo, depósitos de una saudade prefigurada y presentida. He allí su magia, su poesía plasmada en una atmósfera de  evocación de la belleza cotidiana de nuestros pueblos. En la fuerza de la evocación de un mundo desapareciendo encontramos al niño que pinta, aquél que desde temprana edad en la tierra, en las paredes con palitos, carbones o tiza, decidió pintar al mundo.

 

La cotidianeidad del espacio representado por Rizo oblitera su belleza. Cuando acuño el verbo estetizar la realidad, reconozco  poderes de percepción, de recreación, creación y evocación muy especiales a este joven maestro de la pintura. Miles de nosotros hemos pasados cientos de veces por calles de Jinotega, El Sauce, Juigalpa, sin advertir que estamos frente a un espacio susceptible de convertirse en un evento estético.

 

Rizo lo ha hecho, ha descubierto una belleza no evidente, que siempre nos ha habitado y que a partir de su obra se convierte en una exteriorización objetual de nuestra identidad paisajística y en un símbolo estético de nuestra identidad cultural nicaragüense. 

 

El tratamiento cromático dado por Rizo en las obras de la serie Paisajes de rincones de barrios, ahora problematizado por una doble presencia de fuentes de energía lumínica,  va oscilar entre la yuxtaposición de colores puros para unos cuadros y la aplicación de colores pasteles para otros. Me atrevo a aventurar a manera de hipótesis, que en aquellos cuadros con predominio tonal del color puro temporalmente están ubicados en el crepúsculo vespertino cercano a la noche y en aquellas obras donde los tonos pasteles dominan señalan su presencia en el atardecer pre-crepuscular.

 

Hay dos obras extraordinarias de tono pastel de la serie aquí analizada que merecen la atención del crítico y del lector. Se trata de Una calle jinotegana y Esquina Sauceña  las dos elaboradas en 1996. A continuación describo analítica y sucintamente Una calle jinotegana por ser paradigmática para la hipótesis enunciada.

 

En Una calle jinotegana se nos entrega la imagen de una vieja casa esquinera de adobe y tejas, con  acera de ladrillos donde se deposita como una cornucopia un saco en cuya boca se nos presenta una pana de aluminio con papas pipianes chiltomas, el culo del saco asemeja una paloma o una gallina al borde de un pequeño recipiente metálico donde bebe agua. Imágenes ambiguas que en la dual luz del temprano atardecer juegan mágicamente con nuestra percepción.

 

A la izquierda nuestra se yergue de pie una anciana de perfil que sostiene una pana de aluminio  y un niño de pies sobre la acera que indica con su mano izquierda un punto donde quiere ir a jugar a  una mujer sentada en la acera que lo anuda el zapato. 

 

Sobre la acera una pequeña y baja mesa de madera despliega el abanico de cinco hermosas rodajas de sandías, detrás de la señora un canasto tapado, tres robustas sandías verdes, una escoba de paja, estos tres elementos bajo el dintel de una puerta de arco rústico y doble hoja batiente abierta de par en par. La mirada entra a la casa para descubrir recostadas a la pared y sentadas en una banca de madera a un par de mujeres, una sosteniéndose la quijada la otra con los brazos cruzadas bajo un bombillo de luz. 

 

Esta casa esquinera es presentada en toda su antigüedad, al borde de la acera hacen faltas partes del ladrillo, la pared lateral se nos muestra descascarada al centro de ella, hace falta el repello creando un agujero que nos permite ver sus íntimos  adobes. La casa esquinera inaugura la perspectiva de una alineación de casas al borde de la calle que ocupa el tercio derecho del cuadro y al otro lado de ella, la fila de casas correspondientes, un par de postes con sus luminarias encendidas, al fondo las montañas azules, bajo una bóveda albiceleste manchada de nimbostratos de rosáceos, azulíneos y levísimos oros. 

 

 

VIII. LOS NOCTURNOS.

 

En la serie rincones de barrios encontramos los célebres Nocturnos de Rizo. Obras que transitan sobre el filo de la navaja del tiempo. El crepúsculo vespertino empezando a convertirse en noche. Lo efímero del crepúsculo convertido en eternidad. Mezcla de colores puros en sus definiciones frías y cálidas. La mágica, espiritual y maternal presencia de la casa.

 

El símbolo a merced de la luz. la sombra y el color. Exaltación de violentas inflorescencias y exuberante follaje. Muros por donde se derrama el color, remansos de luz, sombras, celajes eléctricos de una bóveda iluminada, perceptible más allá de la luz artificial. Momento poético por excelencia, los nocturnos. Cuadros sonoros donde podemos llegar a percibir sonidos propios de la noche, el chirriar de los grillos, el croar de las ranas, el canto de los pocoyos.

 

Gastón Bachelard en  La poética del espacio dice: Toda gran imagen simple es reveladora de un estado del alma. La casa es, más aún que el paisaje, un estado del alma. Incluso reproducida en su aspecto exterior, dice una intimidad. En los nocturnos de Rizo, el objeto central de mímesis y recreación es la casa, rodeada por calles, flores, muros, postes con luz. Reproducidas en su aspecto exterior, como obra del ser humano y sometida a los embates del tiempo. La casa en los Nocturnos adquiere una dimensión simbólica.

 

En una hermeneusis del símbolo casa en los Nocturnos de Rizo, sometida a la refracción de la luz artificial y a la luz natural de cielos de la noche iluminados, si bien en su imagen podríamos encontrar la cueva amniótica, protectora y maternal, también es plausible hallar la visión del retorno al rincón amado. Todas están situadas en una perspectiva íntima de gradual aproximación por los pasos de él o la que regresa al hogar. Sólo una visión exultante, apasionada,  conocedora y estetizante podría plasmar tanta belleza.

 

Un elemento inquietante en los Nocturnos que merece un análisis particular es el cielo. Si bien es la hora crítica del crepúsculo vespertino y ya las luminarias han sido encendidas, los cielos son de un azul eléctrico con algunas nubes esfuminadas que le confieren a la atmósfera un toque  sublime y definitivo.

 

Los nocturnos se convierten en depósitos de nostalgia, saudade, cavanga. Participan de esa magia propia de la noche, aunque sus formas sean precisas y definidas, la ambigüedad de las luces le confiere a lo real lo maravilloso de una visión ideal, espiritual. Los nocturnos de Rizo son paisajes del alma, de la suya como creador y de la nuestra como espectadores. Es en ese gozne de la participación del espíritu en el arte cuando la obra paisajística de Mauricio Rizo se convierte en un evento inédito.

 

Esta dialéctica de paisaje exterior- paisaje interior es lograda en toda su complejidad y belleza en la extraordinaria obra El laberinto de la soledad de Mauricio Rizo. En este cuadro se nos presenta una angosta calle con dos esquinas asimétricas, la del lado izquierdo del espectador en un plano más cercano a él y la del lado derecho en un plano más lejano. Detrás de ésta un poste de luz con su luminaria encendida y del patio se alza majestuoso un gran algarrobo cuyas vigorosas y extendidas ramas tejen y filtran la bóveda azul de un cielo nocturno. Al fondo de la calle otra casa con una inmensa macetera en su acera y más allá las azules montañas en cuyas cumbres se abre el punto de fuga del mismo cielo azul.

 

En la casa de madera encalada y descascarada de  la izquierda, la más próxima al espectador, después del primer plano de la calle, de un segundo de gradas y acera, se abre como un largo nicho el dintel de arco de  las puertas. Adentro de la casa en las sombras, apenas iluminada por la luz roja de una veladora, se encuentra sentada en un mueble muy bajo, que la hace ver casi en cuclillas, una anciana mujer vestida de blanco y acompañada por un perro blanco. Afuera la belleza de la luz se apodera de las calles, los exteriores de las casas, el gran árbol de extensos ramajes, la luz del cielo que envuelve todo y que cae sobre las montañas en el horizonte. 

 

Como espectadores nosotros incorporamos la totalidad del paisaje de un  golpe de vista. La mujer, ese ser humano hundida en las sombras de su casa donde una luz mancha de rojo la escena, ese ser humano viviendo la soledad de los años, se incorpora a nuestra percepción total del paisaje sin participar del goce de tenerlo porque lo que para nosotros es un evento para ella es cotidianeidad. Así en esta magistral obra se nos plantea esta dialéctica del paisaje exterior-paisaje interior, donde ni la belleza puede acompañar la soledad del viejo ser. Aquí entonces el paisaje de Rizo se convierte en un espacio de evocación y nostalgia sobre la soledad del ser humano, la del personaje, la del espectador y la de su autor.

 


IX.  EL RETRATO DE RIZO COMO FIDELIDAD CLASICA.

 

El arte del retrato es difícil. Precisa de maestría en las técnicas de dibujo, iluminación, aplicación del color, sentido de la composición, creación de una atmósfera pertinente y -conditio sine qua non- agudeza psicológica para captar y lograr la plasmación de los rasgos esenciales e identitarios de un personaje en una obra.

 

Los estudiantes de bellas artes, para cumplir con el pensum o por pasión personal, seguirán por los siglos de los siglos inevitablemente ejercitándose en el retrato. Los maestros de la pintura frente a la labor de retratar un personaje sentirán el reto de un desafío inicial y una vez concluida, la insatisfacción por la perfección no alcanzada. Todo retrato es imperfecto sencillamente porque no es el personaje, el sujeto real, aunque su esencia haya sido captada. Y sabemos que la insatisfacción es el dínamo más potente en la evolución y revolución del arte en su devenir histórico.

 
Ante el caudal infinito del arte del retrato en la plástica universal, sólo cabría afirmar que todo gran pintor es un buen retratista. El pintor ha encarado el desafío del retrato como un exquisito campo de experimentación en el dominio de las técnicas pictóricas y como objetivaciones concretas de una propuesta o un discurso estético. Así Picasso se atreve a afirmar la estética cubista diciendo o más bien mostrando en 1910, este es el Retrato de D.H. Kanhweiler.

 

El Maestro Mauricio Rizo al afrontar los desafíos  del retrato, ha logrado una serie magnífica de personajes que muestran su personalidad y generan su propio espacio pictórico sin ceñirse a un estilo particular. Rizo en su producción de retratos no utiliza un molde único o una retorta universal, sino que experimenta las técnicas en consonancia a las rasgos fisonómicos, anímicos y psicológicos de sus personajes

Lograr lo anterior en un país de excelentes retratistas, que marcan rumbos y señalizan fronteras, como Rodrigo Peñalba, Fernando Saravia, Armando Morales, Arnoldo Guillén, Róger Pérez de la Rocha, Lezamón, Alvaro Gutiérrez,  es una proeza.

 

La hipótesis sobre la serie retratos de Rizo se postula para analizar su calidad de mantenerse fiel a una manera clásica y neoclásica de pintar, percibida por el crítico en tres hechos fundamentales: la captación psicológica de los rasgos anímicos y físicos del personaje, una poderosa connotación alegórica de los sujetos representados  y una concreción mimética realista y en algunos casos hiperrealista del referente.

 

Cierto es que el campo semántico del archiconcepto clásico y el concepto neoclásico son vastos y bien se podría contra argumentar que en esos sacos de ciego cabe casi todo. Por razones de análisis ceñimos el ser clásico de los retratos de Rizo a los tres factuales arriba enunciados.

 

La alegoría es una figura del arte y su estética concretada en una figuración simbólica de una idea abstracta. No debemos olvidar que la alegoría es una de las formas pictóricas y escultóricas muy estimadas en el arte clásico y neoclásico. Las alegorías son aquellas encarnaciones de ideas como la libertad, la justicia, la belleza, la paz, etc.

 

Los retratos de Rizo poseen poder alegórico, son obras connotadas por la alegoría. Así en Plegaria, retrato realizado en 1998, lo que se nos representa no es una mujer rezando u orando. Sino lo que vemos como espectadores es el busto de una mujer vestida y arrebozada a la usanza europea renacentista con influencia judía con unas telas azules de amplios pliegues cuyos bordes gualda  enmarcan el rostro y el cuello, para esconder y aludir a los dorados cabellos del modelo.

 

Vemos el  rostro puro de una mujer blanca en un leve giro próximo al perfil de tres cuartos, de amplias facciones armónicas, que con grandes ojos verdes de virginal pureza mira con ternura, admiración, respeto y súplica a la Divinidad. Plegaria no es una mujer que dice una oración. Plegaria es la oración misma en el cielo teológico, tal como connotan el nicho de nubes que la rodea, intercesora frente a la presencia magnífica de la divinidad entregando sus peticiones, deseos y votos. Plegaria es un retrato magnífico y un cuadro metafísico, si los hay. 

 

Plegaria con su ropaje realiza una alusión cultural a la Purísima Virgen María, Madre de Jesús,  patrona de todos los nicaragüense y la gran intercesora par excellence. La mujer plegaria con el color de su ropaje integra características de la siempre virgen María y al hacerlo ella misma se torna virginal. Aquí entonces la alegoría amén de ser una forma simbólica adopta la fuerza de un icono, de un símbolo cultural poderoso de nuestra religiosidad popular nicaragüense como  es la Santísima Virgen. Lo que convierte al retrato plegaria en un discurso de fe, en una afirmación teológica, que la plegaria existe como una bella, dulce y fuerte mujer que maternal  nos asiste frente a Dios.

 

Nuestro pintor, Mauricio Rizo,  realizó un Retrato de  modelo, donde aplica otras técnicas de composición y presentación más cercanas a la fotografía. En este cuadro se nos presenta el busto de la modelo vestida con una sencilla blusa blanca, de la boca de la blusa se alza el pecho, un largo ebúrneo y rosáceo cuello, que sostiene un rostro apacible y ladeado, sus amplias facciones, sus grandes ojos soñadores y místicos, con un carmín en sus amplias mejillas y la sensualidad de una boca entreabierta pintados los labios de rojos que dejan ver unos blancos y firmes dientes.

 

Rizo aquí le da al entorno del retrato del personaje un tratamiento fotográfico, el busto esta rodeado por una aureola de manchas ocres y está soportado a sus espaldas por un hueco verde oscuro. Los trazos del pincel son más gruesos y vigorosos, más de Rembrandt o de Goya, que en Plegaria donde evidentemente prestó pincel a Rafael o a Ingrés.

 

Hay dos retratos de Mauricio Rizo que describiremos brevemente aquí, aunque no están reproducidos en este libro, porque sitúan a sus personajes en el campo, poseen una calidad mimética precisa y abordan con fidelidad los rasgos de los modelos. Las obras son Campesino con salbeque y El caballero Don Piero Cohen.

 

En Campesino con salbeque  se nos presenta en una toma de medio plano a un campesino nicaragüense de más de 60 años, mestizo pero con ascendencia española más que india, un rostro surcado por arrugas, una barba canosa, unas arqueadas y negras cejas enmarcan un par de ojillos que miran fijamente al espectador. Tiene en su cabeza un sombrero de pita, viste una camisa desteñida y sucia que el pincel resuelve en ocre como el sombrero y desde su brazo izquierdo pende un salbeque donde están todas sus pertenencias. Detrás de él un cerco de reglas, unas florecillas rosadas, las hojas de la lengua de suegra, otras hojas de colores, un arbusto de brillantes hojas,  la pared y el techo de una casa y en penúltimo plano otro techo de zinc, al fondo el entramado de una ramaje que permiten vislumbrar lo celeste de la bóveda.

 

Hay toda una lección de anatomía leonardesca en la manera de dibujar y pintar los músculos de los brazos, surcados de venas y arrugas, así como el cuello y el rostro del modelo. El tratamiento dado a los volúmenes de las telas de  la manga de la camisa recogida en pliegues y al salbeque, al borde superior de las bolsas laterales de la camisa sucios de grasa y polvo, dotan de un realismo contundente a la figura.

 

El campesino con salbeque nos mira un tanto sorprendido de ser modelo para un pintor, pero se afirma en él, asume sus años, laboriosidad y cansancio. Hay un rictus de firmeza en sus mejillas y en su boca apretada. Vive el momento de su inmortalidad. Hay una satisfacción en su mirada seguro que siempre estará viendo al espectador, después que él como ser vivo haya desaparecido, por obra de la mano de Rizo.

 

En El Caballero Don Piero Cohen, se nos presenta al banquero montado en un alazán de brioso paso peruano cuyos cascos alzan el polvo de un camino chinandegano, al fondo los cultivos de extensos platanales tiernos a la izquierda y adultos  a la derecha de la figura central. A la mitad del cuadro las faldas cultivadas del volcán Cosigüina a la izquierda y un fragoroso ramaje  Corot-Fragonard auriverde a su izquierda.

 

La figura central y el principal volumen del cuadro es el caballero en su montura. El caballero es un hombre de mediana edad, pelo blanco rostro pulcro y sanguíneo, con una mirada apacible pero sagaz ve hacia el espectador. Viste una camisa a cuadros y un pantalón gris uva que se corresponde con el volumen del caballo. La luz le cae a sus espaldas, es una luz dorada que estalla en el oro del polvo del camino. Las ancas del corcel y la cola se impregnan de este  polvo de aro. El caballero se sostiene con aplomo de equitador en su silla, la mano izquierda sostiene con firmeza las riendas del cuadrúpedo, éste avanza con un paso elegante, con determinación, fuerza y energía.

 

El poder alegórico que postulo como hipótesis para los retratos de Rizo, en este cuadro lo percibo como la imagen de un exitoso empresario nicaragüense con mucha fuerza, empuje y determinación, en pleno gobierno de su existencia, propiedades, empresas y sus circunstancias.

 

Otro de los excelentes retratos de Mauricio Rizo, es el que realizó del Doctor Noel Ramírez, Presidente del Banco Central, para la galería de Presidentes de esa entidad. Aporto este dato porque esta galería, supongo  para mantener la armonía con los retratos de todos los presidentes de la institución utilizan un modelo de cuadro un tanto formal que no se presta a la experimentación. Aún así como retrato de un personaje conocido por casi todos los nicaragüenses contemporáneos por sus importante labor macroeconómica, es digno de admiración por haber captado con propiedad y soltura los rasgos físicos de su modelo.

 

Hay una obra de Rizo en la serie de retratos que destaca por su calidad. Se trata de Retrato de Armando Morales. Rizo capta la fuerza de creador, la llama trascendente  en la mirada, la potente personalidad del maestro. En este cuadro Rizo encara el desafío de retratar a uno de los maestros de la plástica latinoamericana  contemporánea, convirtiendo esta  labor en un reto metapictórico.

 

Además del obvio significado de homenajear al Maestro Armando Morales realizando su retrato, el cuadro me sugiere otros significados. La imagen de Morales está tomada de una conocida fotografía. Se nos muestra de frente, su cabeza cubierta con la  famosas pañoleta con la cual trabaja, una camisa blanca y un par de anchos tirantes componen la sencilla indumentaria del maestro en su taller. El  rostro de Morales mira, con ojos serenos pero críticos, no al espectador sino a la última pincelada que acaba de dar en un cuadro. La imagen busto de Morales está en un primer plano, la luz lo ilumina cayendo del lado derecho del cuadro si lo tomamos de frente. 

 

La figura de Morales emerge de unas manchas de gruesos pinceles, casi brochazos en blanco hueso y verde esmeralda, que a su vez han ocultado algunas figuras cuyas formas se pueden percibir a la altura de la punta de la pañoleta. Rizo insinúa para el crítico, la evolución de nuestra plástica de lo figurativo a la abstracto. Coloca a Morales como uno de los paradigmas latinoamericanos que después de haber experimentado con propiedad, holgura, aporte y potencia germinativa lo abstracto, es personalidad determinante, eminente e histórica en la restauración y aceptación de un arte figurativo novedoso.

 

Armando Morales en este retrato emerge de la manchas de la pintura, connotado por su pañoleta como un pescador o un partisano,  con la fuerza de un creador capaz de pescar  su propio mundo real maravilloso, metafísico y subvertirlo revolucionándolo.

 
 

 

 

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