|
|
|||
|
IV.
TAXONOMIA DEL PAISAJE EN LA OBRA DE MAURICIO RIZO. El arte del paisaje en la obra
de Mauricio Rizo, se destaca por la asunción histórica de su
contemporaneidad. El paisaje recreado por Rizo, con referente real o con referentes
imaginarios, no dan cuenta de una naturaleza en estadio arcádico, primigenio
o silvestre, sino que muestran un espacio cultivado, habitado o
urbanizado por el hombre. Deben ser leídos como espacios de encuentro
de la naturaleza y la cultura.
Espacios de agricultura
que evidencian las necesidades de reproducción ampliada de la especie humana.
Espacios de una antropología del poblador nicaraguense de ciertas regiones
del país. Espacios de zonas urbanizadas, no como metrópolis contemporáneas,
sino como iconos reales de nuestros pueblones (que llamamos ciudades) y que
no son más que expresiones de una sociedad semirural y semiurbana. Nadie como
Rizo ha plasmado y estetizado el paisaje de la región norte central del país
de la última mitad del siglo XX. Una primera clasificación del
arte del paisaje en la obra de Rizo es plausible de ordenarla por sus
elementos formantes, así: paisajes de cultivo, paisajes de cultivo con seres
humanos y/o animales, paisajes con ranchos campesinos con o sin presencia de
seres humanos y/o animal, paisajes urbanísticos de barrios en ¨pueblones¨
(ciudades nicas) con cultivos, seres humanos y/o animales. V.
PAISAJES DE CULTIVOS.
En nuestra pintura son célebres,
memorables y fundacionales los paisajes de cultivos de Mauricio Rizo. La
serie de platanales o chagüites, triunfos del trompe-l´oeil, por sus
dimensiones de tamaño natural, por la capacidad mimética de representar con
virtuosismo estas plantas de la familia de las musáceas en todas las etapas
de su desarrollo. Hijos, tallos florecidos, frutecidos, cortados y
derribados, formando un túnel de hojas rotas por el viento, hojas de
gradaciones cromáticas yendo del verde al amarillo con destellos morados de
una inmensa flor que promete su transfiguración en verdes y dorados frutos.
La alineación de las plantas que denotan cultura, la brillante luz solar que
cae sobre las hojas brillantes, las franjas de luz y sombra sobre el suelo de
una tierra luminosa y feraz. Pero es el dominio magistral de
la luz logrado por Rizo, una luz tropical única, una luz que se adhiere al
cuenco de las formas para apoderarse de nuestra visión como un túnel o un
capullo lo hacen, situando el punto de fuga al infinito al centro del cuadro,
al sin fin del trompe-l´oeil, viaducto mágico que conecta un simple chaguital
(platanal) con la categoría suprema del arte. La belleza de la luz
producida por el pincel de Rizo es aun más evidente en la serie cafetales de
los paisajes de cultivo. Paisaje que invita a penetrar en él para gozar de su
cálida luz, de su tiempo apacible, de su serena belleza. Entrar por ese
callejón derecho o sinuoso de los cafetales que divide las eras, bajo la
sombras de enhiestos árboles de un bosque benéfico y protector. La perfección mimética lograda
por Rizo de los referentes es única en su realismo. Hojas verdes, frutos
rojos de los cafetos, la ocre tierra, todo bajo una luz oro tenue,
cayendo sobre túneles verdes abigarrados, convirtiendo el verde en una
gradación del oro y viceversa, el conjunto plasmado bajo la fragorosa sombra
de los árboles y un cielo placentario, gris, frío, albiceleste, que nos
entrega la oxigenación del cuadro y nos coloca en el clima de las maternales
montañas del norte de Nicaragua. Casi siempre, frente al espacio
plasmado en la obra de arte el espectador dependiendo de su deseo u horror,
sentirá el impulso vital (y estético) por penetrar en él o huir de él. De
allí la necesidad de poseer los cuadros, de allí surgió la inevitabilidad del
mercado; la galería, la colección privada y el museo. Las obras de Rizo, en su
mayoría, poseen esta calidad de excelencia, de conducir al espectador a su
armonioso universo o provocar en él el deseo de colgar en un muro de la
casa, una ventana de luz imposible, la luz del arte, para exaltación del
espíritu. O como mejor dice el Maestro Donaldo Altamirano en su cimero ensayo
sobre la obra de Rizo, la simple luz de la existencia. De esta serie de paisajes de
cultivo, hay un cuadro extraordinario que incorpora la presencia del hombre.
Se trata de la obra Sentado en el cafetal, en la cual podemos observar
a un cortador o a un capataz en un momento de descanso en la media mañana, la
luz entra por el lado derecho. En el cuadro se nos abren dos túneles: el del
callejón al medio de las eras, amplio y con césped verde, circundado por
hileras de cafetos ya adultos por su altura o por pertenecer a la
variedad maragojipe, pero al lado izquierdo protegido por una alameda se abre
un camino por donde penetran los vehículos para transportar los sacos y
canastos con el café rojo cortado. Se yuxtaponen los colores puros
verde, rojo, y se armonizan con los colores mezclados, ocre de un canasto que
contiene el rojo del grano maduro, plata de un robusto saco pleno de granos,
el hombre de sombrero alón de paja ocre, camisa blanca, blue jeans, todo
invitando a entrar en el cuadro para irse en el punto de fuga de este túnel
que se resuelve en unas nubes y en un horizonte cenital albiceleste. Obra maestra de Rizo, un
creador cuya voluntad de conocimiento ha sido su propia academia, pero que ha
logrado alambicar en su cerebro logros del paisaje europeo como los del
holandés Jacobo van Rusdael (Harlem 1628-1682) en Paisaje de las cercanías de
Mindenburgo, como los del padre del paisaje, el inglés John Constable
(1776-1837) en Vista sobre el Stour y el molino de Flatford, los cielos
grises de Jean Batiste Camille Corot (1796-1875) en La lectora en la orilla
arbolada.
VI. PAISAJE
CON RANCHO. VI.
El hábitat
tradicional del campesino pobre nicaragüense es el rancho. De esta vivienda
que puede ser de cañas, tablas, taquezal y techo de paja o tejas,
Mauricio Rizo, la ha captado y convertido en un paisaje. En los paisajes con
rancho casi siempre encontramos la figura del campesino o las de su familia,
humanización del espacio que connota estas obras de belleza y calidez
extraordinarias. A guisa de ejemplo tomaremos dos obras: Rancho al amanecer y
Rancho al atardecer.
Bajo una
bóveda celestial de estío que ocupa la mitad del cuadro, resuelta en nubes y
profundidades de oxigeno, ozono e hidrógeno, plasmadas en tonos pasteles de
tenues ocres, delicados rosáceos de aurora, lilas insinuados, el albiceleste
de rigor, en el centro de alguna nube se insinúa una pequeña sombra que
denota su densidad, irisadas las nubes de un sol que débil pero decidido
empieza a rayar. La bóveda proyecta una luz dorada sobre la paja seca del
Rancho al amanecer que se concreta en ocre, se derraman distintas tonalidades
del ocre en las tablas viejas del rancho y la tierra misma donde un gallo y
una gallina con su cloqueo y canto inauguran la mañana. Al centro de
la escena, como un gozne que separa la tierra ocre del amarillo verdor de los
pastizales y los árboles, encontramos a un campesino cortando leña, el hacha
en sus manos sobre los leños después de dar el golpe, detrás de él empiezan
los árboles del patio, un jocote quizás o un pequeño jiñocuabo, a la derecha
percibimos la mitad de otra vivienda de barro y teja, en el plano siguiente
empiezan los pastizales de la propiedad y las frondas de auriverdes árboles
de un bosque ralo.Todo fugándose hacia al centro de un celaje nicaragüense
matutino de exaltante belleza. En Rancho al
atardecer la escena y los colores usados son puros para lograr una definida y
fuerte luz de véspero temprano. Al centro del cuadro y ocupando un cuarto de
su dimensión se posa un rancho de taquezal, caña y teja de nave central con
mediagua cocinera, circundado por arbustos, árboles y cerco de alambre con
prenderizos, bajo la luz y la sombra de una bóveda celeste eléctrico que
define la luz y las sombras. Una
yuxtaposición de colores ocres de la tierra manchados por la sombra del
cerco, arbustos y árboles, el verde de la misma vegetación, el volumen del
rancho rojizo a la sombra de él mismo, bajo la bóveda eléctrica
azulina e invernal. En este cuadro se logra una reificación de un estilo de
rancho nicaragüense. Aquí como en la obra de Pablo Antonio Cuadra Por los
caminos van los campesinos, el rancho es un personaje. Un mensaje estético
objetual del habitat rural. En otra
versión del mismo cuadro se encontraban personajes como la madre en el dintel
de la puerta, una joven mujer jugando con el niño en el frente del rancho que
creaban un momento dulce, apacible y lúdico del atardecer de parte de una
familia campesina, ya que los hombres no han vuelto de la faena, la ciudad
cercana o la última guerra. Lamentablemente esta otra versión no pudo ser
fotografiada por hallarse fuera de Nicaragua y no está publicada en este
texto. En esta serie
de ranchos campesinos de hecho encontramos plasmados con el realismo
necesario nuestra arquitectura rural y su entorno natural. Así mismo en esta
misma serie podemos encontrar en obras como Rancho bajo una lluvia de oro y
Dos ranchos, escalera de piedra y arroyo, lo que hemos dado en llamar la
estetización de la realidad. Más que plasmar miméticamente los referentes
pictóricos, se le confiere a la realidad cotidiana las propiedades de un
locus ideal donde lo que prima es la aceptación positiva por parte del
espectador de una belleza inobejetable e inevitable. Porque en Rizo
existe la tentación de El Paraíso, su pintura siempre intenta instalarnos en
la paz, la armonía, la belleza. Esta entrega de Rizo no la interpreto como un
gesto kitsch, tampoco como una concesión al ideal del gusto del mercado, sino
más bien como su potencia de embellecer el espacio, dar cuentas de lo
aprendido con los maestros de la pintura occidental y entregarnos a nuestra
realidad cotidiana transfigurado en un símbolo de identidad cultural
estetizada. Es en obras
como Rancho bajo una lluvia de oro y Dos ranchos, escalera de piedra y
arroyo, donde podemos encontrar su manera particular de plasmar el paisaje.
Cuando el Maestro Rizo decide estetizar un rancho, un rincón de barrio de
nuestras ciudades, un cafetal o unas montañas, logra su propia dimensión, su
estilo. |
|||
|
|||