|
|
|
|
LA CIUDAD DE AYER Homero Bazán Longi Durante varias décadas, un tranvía recorrió la Plaza de la
Constitución, elemento que dio una variedad de escenarios a la vida citadina
Antes de que el cemento invadiera por completo su explanada, nuestro Zócalo
capitalino estaba adornado con algunas áreas verdes, muy al estilo de la
Alameda Central. Por ahí cruzaban los usuarios de su famosa terminal,
descrita en muchas viejas crónicas, como uno de los sitios de mayor actividad
en la capital. Su bullicio no cesaba durante todo el día. Desde las cinco de
la mañana ya había gran actividad. Los conductores de tranvía y los choferes
de camioncillos, desayunaban tamales y café negro a la Hemingway, es decir en
pequeños botes de leche condensada. La primera ronda de transportes del día partía hacia Niño
Perdido, rodeaban el palacio de Bellas Artes, seguían a lo largo de Reforma,
para después entrar por algunas calles de la Juárez hasta la avenida
Chapultepec; después cruzaban la Roma, la Condesa... en este punto, por lo
general se detenían un instante para despacharse un tepache o un refresco,
para después regresar hacia la Potrero de Romita, la Obrera, la Hidalgo,
llegando hasta la Guerrero y la Santa María la Ribera. Los tranvías y camiones colectivos de la vieja terminal del
Zócalo fueron desde 1910 y hasta entrados los años 30, los reyes del pasaje
urbano que transportaban a los 4 millones de capitalinos de entonces. El
ambiente que reinaba fue descrito en innumerables textos de la época donde se
destacaba su folklor y "esa capacidad de los pobres para hacer de sus
días una celebración". Había tres horarios fijos de salida, tanto para transportes
que iban, como para los que llegaban de su ronda. Los tranvías se acomodaban
en hileras dobles, dentro de vías diseñadas especialmente para ello; los
camiones eran más desordenados y a veces se estacionaban hasta en cuatro
filas ¡o cómo vayan llegando!, según gritaba un viejo acomodador. Si a usted se le hace familiar la perorata ¡Pásele, pásele,
hay lugar, pásele!, debe saber que ya desde 1910 existían los coyotes de
pasaje tal y como hoy los conocemos. Algunas personas iniciaron la tradición
de esta cantaleta y la repitieron hasta el final de sus últimos días, pero
otros preferían recitar el itinerario de las calles por donde cruzaría la
unidad. Por cierto, sería un astuto comerciante libanés, de los
primeros en aprovechar a los coyotes, adelantándose muchas décadas a las
barras de comerciales adoptadas por la radio. El susodicho contrató a coyotes
para que en sus recitaciones incluyeran alguna promoción para su negocio:
¡Pásele, pásele, Reforma, avenida Juárez, por cierto en el número 28 puede
usted encontrar las telas de mejor calidad y a los mejores precios, acuérdese
señora, caballero ¡telas Nabil, la mejor opción! Como a eso de mediodía la
mitad de los choferes y boleteros entregaban la primera vuelta de pasajes y
se sentaban a descansar en la larga banca de la caseta de terminal, aunque
algunos preferían matar el rato jugando a escondidas una baraja o un dominó. Pero otros preferían retirarse disimuladamente hacia alguno de
los praditos repletos de palmeras que por esos tiempos adornaban la explanada
capitalina; ahí, se tumbaban a dormir la mona, eso sí, pidiendo a algún
compañero que echara aguas por aquello de los supervisores de gorra azul. Sin
duda se extrañan esos tranvías, esos simpáticos camioncitos donde más de uno
viajó de piojo y aguilita, pero sobre todo, esa organización muy a la
mexicana de una ciudad sin prisas, cuando los capitalinos avanzaban en el
lento trajín de una romántica época que de momentos se añora y se extraña. Correo del autor: [email protected] Fuente: El Universal Sábado 10 de agosto de 2002 Ciudad |