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LA CIUDAD DE AYER

Homero Bazán Longi

 

En los años 50 y 60, la Plaza Washington fue el sitio preferido de reunión para los hijos de lo exótico, la baraja y el cascabel

Seguramente usted, capitalino de corazón, ha escuchado hablar sobre la famosa Plaza Washington y la turba de gitanos que, durante años, habitaron los edificios que la circundaban.

Existía en ese lugar un café, hoy convertido en hotel de paso, que durante los años 50 y 60 fue el sitio preferido de reunión para los hijos de la baraja y el cascabel.

Son innumerables las anécdotas que ocurrieron en ese lugar y que aún se cuentan entre los vecinos de la colonia Juárez, especialmente entre los que continúan siendo fieles colonos del cruce de Londres y la calle que da nombre a la plaza.

Se dice que durante todo el año los gitanos le daban vuelo a la hilacha con sus parrandas, sus lecturas de manos, sus conquistas exóticas, pero sobre todo, con sus peleas a causa de faldas, dinero u honor. Más de uno salió herido alguna vez por golpes, patadas o heridas de navaja, mientras departían al calor de las copas.

Una de las anécdotas que aún prevalece entre los vecinos de Washington, tuvo lugar durante el mes de diciembre, en un inicio de posadas de 1961. Todo comenzó en una animada fiesta donde fue invitada toda la prole gitana y que tuvo como escenario el edificio del portal o del café , sobrenombres con los que era conocido el predio en esa época.

Se cuenta que dos de ellos cargaban desde hacía tiempo con un gran rencor y que unos días antes pactaron arreglar sus cuentas al término de la posada.

Pero justo cuando fue rota la piñata, y cuando la mayoría de los presentes se encontraban en la total embriaguez, los ánimos comenzaron a calentarse, y alguien llamó a los patrulleros.

Fue entonces que los antes enemigos se unieron contra los gendarmes y se armó una trifulca de tales proporciones, que un policía salió descalabrado por un fuerte jicamazo que le propinó uno de los susodichos, seguramente el que se quedó con ganas de pegarle a la piñata.

Según la anécdota los dos amigos-enemigos, huyeron con dirección a la cercana calle de Nápoles, perseguidos por una patrulla y un grupo de policías con pistolas desenfundadas. Pero tal como dice el dicho "el ingenuo nace para que el gitano lo encuentre", los dos sujetos dieron la vuelta a la manzana y regresaron a la plaza donde se escondieron dentro de su mismo edificio.

Ahí, con la ayuda de sus paisanos, los dos autores de la animada posada fueron despojados rápidamente de sus largas cabelleras y barbas. En menos de unos minutos, ambos pasaron de ser unos pájaros de cuenta a unos pulcros señores que, incluso, cambiaron sus gastados atuendos por unos sacos y pantalones prestados.Y como ya es costumbre con nuestros guardianes del orden, esa noche se quedaron sin arresto. Aunque ya habían pedido un gran apoyo para catear el edificio y auxiliar al del jicamazo, tuvieron que conformarse con un amargo sabor de boca... casi tan amargo como los duros tejocotes con los que fueron ahuyentados poco después por otra turba de gitanos solidarios, entre quienes se encontraban dos rapados caballeros de elegante aspecto.

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Fuente: El Universal. Sábado 14 de diciembre de 2002. Ciudad

 

 

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