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Eduardo Merlo El 16 de abril de 1531, onomástico del fundador, fray Toribio
de Benavente Motolinía, dio comienzo al experimento de “hacer una puebla” de
españoles, asentamiento exclusivo para los que sin oficio ni beneficio
vagaban por la Nueva España alterando el orden, vejando a los naturales y
dando un pésimo ejemplo. Los franciscanos pensaban que de ese modo se
arraigarían, se despertaría en ellos el amor a la tierra y se dedicarían a
trabajar practicando las técnicas y los modos de España. Apoyados por la reina doña Isabel de Portugal se buscó “el más
aparejado lugar que hubiere”, encontrándolo entre los antiguos de Tlaxcallan
y Cholollan, a la vera del río que de inmediato fue bautizado como San
Francisco. La “Puebla”, por petición de los frailes seráficos, fue
encomendado al patrocinio de los santos ángeles, y comenzó a poblarse con la
presencia de 33 españoles y una viuda, amén de las huestes indígenas traídas
de los pueblos cercanos para que auxiliaran a los vecinos en la construcción.
Trasladada unos meses después al otro lado del río, participaron en su traza
definitiva alarifes y agrimensores inmersos en el espíritu del Renacimiento,
de ahí la forma de parrilla con avenidas perfectamente rectas de oriente a
poniente y de norte a sur, y una ligera desviación al oeste para evitar las
frías corrientes del volcán La Malinche; todas las calles tenían una anchura
de 14 varas, lo que le dio a la ciudad un paisaje urbano sin igual. La
inclinación natural del terreno permitió que las aguas de lluvia desembocaran
en el río, sin provocar inundaciones. A los nuevos vecinos se les otorgó una
exención de impuestos por treinta años con tal de que establecieran
industrias en la “Puebla”, lo que fue recibido con júbilo y contribuyó a
aumentar la población. De España se trajeron los primeros pies de cría de
cerdos, constituyendo poco a poco un emporio de productos derivados: los
primeros jamones, chorizos y demás embutidos de la Nueva España eran de la
Puebla, con lo cual sus habitantes se ganaron el apodo de: “poblanos
chicharroneros”, porque justamente sus chicharrones eran los únicos que
“tronaban” en el reino; también se acostumbraba decir: “cuatro cosas come el
poblano: cerdo, cochino, puerco y marrano”. Pronto fueron notables las
industrias del jabón de lavar, “de olor”, que tanta fama alcanzaron en toda
la nación, lo mismo las Todo ese respaldo económico se tradujo en riqueza, ostentada
en la ciudad misma; los templos empezaron a cubrir sus cúpulas y torres con
los policromos azulejos que anunciaban a los santos patrones: negros y
blancos en la Soledad, amarillos y verdes en San José; azules y blancos en la
Inmaculada Concepción; blancos y verdosos en Santa Clara. Los herreros se
dieron vuelo en balcones, rejas, veletas y barandales, y los canteros
sublimaron sus creaciones para enmarcar puertas y ventanas, cornisas voladas,
cruces atriales y portadas ostentosas. Los indios que vinieron para ayudar a
los primeros vecinos, tardaron tanto en cumplir con los caprichos y
extravagancias, que se quedaron para siempre. Los primitivos campamentos de
naturales de Cholula, Huejotzingo, Calpan, Tlaxcala y Amozoc, paulatinamente
se tornaron en barrios fundamentales para la economía citadina. La grandeza
de la Puebla hizo venir a los mejores maestros de la pintura y la escultura,
quienes encontraban en este ámbito el dinero y la oportunidad para recrear su
inspiración, decorando los muros de templos y residencias. Los obispos
poblanos fueron notables. Un caso ejemplar es el de don Juan de Palafox y
Mendoza, quien alcanzando los títulos de virrey, presidente de la Audiencia y
arzobispo de México, prefirió seguir siendo obispo de la Puebla, donde además
concluyó la catedral, fundó varios colegios de educación superior y
estableció las bases de la grandiosa biblioteca que lleva su nombre. La importancia y extensión de la provincia de
la Puebla de los Ángeles abarcó de mar a mar, de tal forma que la Nao de China
arribaba a Acapulco, cargando la arriería en sus recuas las preciadas
mercaderías para tomar el camino real a la Puebla, donde eran repartidas, ya
fuera para la capital, o directamente a Veracruz, para ser embarcadas a
España, quedándose en la ciudad los objetos más preciados y hasta los
esclavos, como Catarina de San Juan: la China Poblana, quien poseía poderes
taumatúrgicos y murió “en olor de santidad” a finales del siglo xvii. La
precedieron en santidad el humilde franciscano Sebastián de Aparicio, quien
fue el primer constructor de caminos y carreteras, y la dulce sor María de
Jesús, el “Lirio de Puebla”, sin olvidar al ermitaño Juan Bautista de Jesús,
a quien se le arrebató la imagen afamada de Nuestra Señora de la Defensa, la
cual preside el altar de los reyes. La Puebla de los Ángeles fue también sede de leyendas y
sucedidos, desde los frailes que encadenados vienen a rogar por sufragios,
hasta la Llorona y el Nahual; tragedias como la del poeta Gutierre de Cetina,
el de los “Ojos claros, serenos...”, herido mortalmente al llevar una
serenata; o las travesuras de Martín Garatuza; sin olvidar al judío Diego de
Alvarado que fue sorprendido azotando a un Cristo de marfil, en venganza por
las persecuciones a sus correligionarios, o al impostor don Antonio de
Benavides, falso visitador cuya cabeza fue expuesta en el pórtico de la
Compañía. El cronista del siglo xviii, don Miguel de Alcalá y Mendiola,
entusiasmado en su obra e inspirado en la grandeza de la ciudad, no pudo
contener el arrullo de las musas y escribió: Si la angélica ciudad, Del cielo mide tu suelo, Te constituye de cielo Para mayor dignidad, No tuvieron igualdad Tus principios soberanos, Que admiran por ciudadanos, Cuando el cielo se despuebla, Los ángeles en la Puebla Y en la
gloria cortesanos. Fuente: Tips de Aeroméxico No. 13 Puebla / otoño 1999 |