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Carlos Franco Sodja Muchas de las calles, puentes y callejones de la capital de la
Nueva España tomaron sus nombres debido a sucesos ocurridos en las mismas, a
los templos o conventos que en ellas se establecieron o por haber vivido y
tenido sus casas personajes y caballeros famosos, capitanes y gentes de
alcurnia. La calle de La Quemada, que hoy lleva el nombre de 5a. Calle de
Jesús María y según nos cuenta esta dramática leyenda, tomó precisamente ese
nombre en virtud a lo que ocurrió a mediados del Siglo XVI. Cuéntase que en esos días regía los destinos de la Nueva
España don Luis de Velasco I., (después fue virrey su hijo del mismo nombre,
40 años más tarde), que vino a reemplazar al virrey don Antonio de Mendoza
enviado al Perú con el mismo cargo. Por esa misma fecha vivían en una amplia
y bien fabricada casona don Gonzalo Espinosa de Guevara con su hija Beatriz,
ambos españoles llegados de la Villa de Illescas, trayendo gran fortuna que
el caballero hispano acrecentó aquí con negocios, minas y encomiendas. Y
dícese en viejas crónicas desleídas por los siglos, que si grande era la
riqueza de don Gonzalo, mucho mayor era la hermosura de su hija. Veinte años
de edad, cuerpo de graciosas formas, ojos glaucos, rostro hermoso y de una
blancura de azucena, enmarcado en abundante y sedosa cabellera bruna que le
caía por los hombros y formaba una cascada hasta la espalda de fina
curvadura. Asegurábase en ese entonces que su grandiosa hermosura corría
pareja con su alma toda bondad y toda dulzura, pues gustaba de amparar a los
enfermos, curar a los apestados y socorrer a los humildes por los cuales
llegó a despojarse de sus valiosas joyas en plena calle, para dejarlas en
esas manos temblorosas y cloróticas. Con todas estas cualidades, de belleza, alma generosa y noble
cuna a lo cual se sumaba la inmensa fortuna de su padre, lógico es pensar que
no le faltaron galanes que comenzaron a requerirla en amores para
posteriormente solicitarla como esposa. Muchos caballeros y nobles galanes
desfilaron ante la casa de doña Beatríz, sin que esta aceptara a ninguno de
ellos, por más que todos ellos eran buenos partidos para efectuar un
ventajoso matrimonio. Por fin llegó aquel caballero a quien el destino le había
deparado como esposo, en la persona de don Martín de Scópoli, Marqués de
Piamonte y Franteschelo, apuesto caballero italiano que se prendó de
inmediato de la hispana y comenzó a amarla no con tiento y discreción, sino
con abierta locura. Y fue tal el enamoramiento del marqués de Piamonte, que
plantado en mitad de la calleja en donde estaba la casa de doña Beatríz o
cerca del convento de Jesús María, se oponía al paso de cualquier caballero
que tratara de transitar cerca de la casa de su amada. Por este motivo no
faltaron altivos caballeros que contestaron con hombría la impertinencia del
italiano, saliendo a relucir las espadas. Muchas veces bajo la luz de la luna
y frente al balcón de doña Beatriz, se cruzaron los aceros del Marqués de
Piamonte y los demás enamorados, habiendo resultado vencedor el italiano. Al amanecer, cuando pasaba la ronda por esa calle, siempre
hallaba a un caballero muerto, herido o agonizante a causa de las heridas que
produjera la hoja toledana del señor de Piamonte. Así, uno tras otro iban
cayendo los posibles esposos de la hermosa dama de la Villa de Illescas. Doña Beatriz, que amaba ya intensamente a don Martín, por su
presencia y galanura, por las frases ardientes de amor que le había dirigido
y las esquelas respetuosas que le hizo llegar por manos y conducto de su ama,
supo lo de tanta sangre corrida por su culpa y se llenó de pena y de angustia
y de dolor por los hombres muertos y por la conducta celosa que observaba el
de Piamonte. Una noche, después de rezar ante la imagen de Santa Lucía,
vírgen mártir que se sacó los ojos, tomó una terrible decisión tendiente a
lograr que don Martín de Scúpoli marqués de Piamonte y Franteschelo dejara de
amarla para siempre. Al dia siguiente, después de arreglar ciertos asuntos que no
quiso dejar pendientes, como su ayuda a los pobres y medicinas y alimentos
que debían entregarse periódicamente a los pobres y conventos, despidió a
toda la servidumbre, después de ver que su padre salía con rumbo a la Casa
del Factor. LLevó hasta su alcoba un brasero, colocó carbón y le puso
fuego. Las brasas pronto reverberaron en la estancia, el calor en el anafre
se hizo intenso y entonces, sin dejar de invocar a Santa Lucía y pronunciando
entre lloros el nombre de don Martín, se puso de rodillas y clavó con
decisión, su hermoso rostro sobre el brasero. Crepitaron las brasas, un olor a carne quemada se esparció por
la alcoba antes olorosa a jazmín y almendras y después de unos minutos, doña
Beatriz pegó un grito espantoso y cayó desmayada junto al anafre. Quiso Dios y la suerte que acertara a pasar por allí el fraile
mercedario Fray Marcos de Jesús y Gracia, quien por ser confesor de doña
Beatriz entró corriendo a la casona después de escuchar el grito tan agudo y
doloroso. Encontró a doña Beatriz aún en el piso, la levantó con gran
cuidado y quiso colocarle hierbas y vinagre sobre el rostro quemado, al mismo
tiempo que le preguntaba qué le había ocurrido. Y doña Beatriz que no mentía y menos a Fray Marcos de Jesús y
Gracia que era su confesor, le explicó los motivos que tuvo para llevar al
cabo tan horrendo castigo. Terminando por decirle al mercedario que esperaba
que ya con el rostro horrible, don Martín el de Piamonte no la celaría,
dejar&iacuta; de amarla y los duelos en la calleja terminarían para
siempre. El religioso fue en busca de don Martín y le explicó lo
sucedido, esperando también que la reacción del italiano fuera en el sentido
en que doña Beatriz había pensado, pero no fue así. El caballero italiano se
fue de prisa a la casa de doña Beatriz su amada, a quien halló sentada en un
sillón sobre un cojín de terciopelo carmesí, su rostro cubierto con un velo
negro que ya estaba manchado de sangre y carne negra. Con sumo cuidado le descubrió el rostro a su amada y al
hacerlo no retrocedió horrorizado, se quedó atónito, apenado, mirando la cara
hermosa y blanca de doña Beatriz, horriblemente quemada. Bajo sus antes
arqueadas y pobladas cejas, había dos agujeros con los párpados chamuscados,
sus mejillas sonrosadas, eran cráteres abiertos por donde escurría sanguaza y
los labios antes bellos, carnosos, dignos de un beso apasionado, eran una
rendija que formaban una mueca horrible. Con este sacrificio, doña Beatriz pensó que don Martín iba a
rechazarla, a despreciarla como esposa, pero no fue así. El marqués de
Piamonte se arrodilló ante ella y le dijo con frases en las que campeaba la
ternura: -Ah, doña Beatriz, yo os amo no por vuestra belleza física,
sino por vuestras cualidades morales, sóis buena y generosa, sóis noble y
vuestra alma es grande... El llanto cortó estas palabras y ambos lloraron de amor
y de ternura. -En cuanto regrese vuestro padre, os pediré para esposa, si es
que vos me amáis. Terminó diciendo el caballero. La boda de doña Beatriz y el marqués de Piamonte se
celebró en el templo de La Profesa y fue el acontecimiento más sensacional de
aquellos tiempos. Don Gonzalo de Espinosa y Guevara gastó gran fortuna en los
festejos y por su parte el marqués de Piamonte regaló a la novia vestidos,
alhajas y mobiliario traídos desde Italia. Claro está que doña Beatriz al llegar ante el altar se cubría
el rostro con un tupido velo blanco, para evitar la insana curiosidad de la
gente y cada vez que salía a la calle, sola al cercano templo a escuchar misa
o acompañada del esposo, lo hacía con el rostro cubierto por un velo negro. A partir de entonces, la calle se llamó Calle de la Quemada,
en memoria de este acontecimiento que ya en cuento o en leyenda, han repetido
varios autores, siendo estos datos los auténticos y que obran en polvosos
documentos. Fuente: Leyendas Mexicanas de antes y después de la Conquista Carlos Franco Sodja Edit. EDAMEX |