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Angel Valtierra Antes de que hubiera laguna ya estaba ahí el bosque que viste
a las montañas y el pueblo se llamaba San Francisco del Valle de
Temascaltepec. Hoy, esto es un paraíso que no deja de sorprendernos, pues hay
un Valle de Bravo para cada gusto, edad y presupuesto; hay deportes en agua,
tierra y aire; hay boutiques y artesanías, delikatessen y antojitos; güeros y
morenitos. Hoy, el pueblo lleva el apellido de Nicolás, el Bravo que
acaudilló a los vallesanos y a los Niños Héroes en la defensa de Chapultepec
en 1847. La parte gastronómica de esta escapada empieza en el centro de
Toluca, a un costado de la catedral, donde se encuentra una espléndida
tortería llamada LA VAQUITA NEGRA en la que además venden chorizos, lácteos,
conservas y encurtidos. Recomiendo una catalana (jamón serrano y queso
blanco) y una toluqueña (obviamente de chorizo). A unos cuantos pasos se
puede comprar el tradicional “mosquito”, licor originalmente de naranja,
aunque ya se hace de diferentes frutas. Avándaro nos recibe en medio de un aguacero. A lo lejos, entre
ocotes y oyameles, se asoma el lago y, poco a poco, aparecen signos de lo que
nos espera más adelante: un rancho, un primer club de golf, la pista de
go-karts y las casas de campo en un estilo arquitectónico entre alpino y
californiano, pero definitivamente montañés. Avándaro, que alguna vez estuvo
separado de Valle de Bravo, hoy es un espacio conurbado, una zona residencial
ciertamente de lujo pero muy respetuosa de su entorno, milagrosamente salvada
del aluminio y del mármol, y generosamente cubierta de flores y tejados. De
modo, pues, que el tramo de bosque que nos separa de Valle (con cascada y
todo) está salpicado de cabañas. Mientras dejamos el equipaje en el hotel,
para nuestra suerte, va escampando. Salimos a dar una vuelta de reconocimiento por la PLAZA
INDEPENDENCIA. Nos asomamos a la IGLESIA DE SAN FRANCISCO DE ASÍS, que aunque
de construcción reciente, tiene una torre del siglo XVI y unos vitrales que
rememoran la vida del hermano. En torno de la plaza hay lo mismo restaurantes
que ferreterías y juegos de maquinitas. Por la calle Alameda subimos hacia la
de Joaquín Arcadio Pagaza, donde encontramos el CENTRO CULTURAL JOAQUÍN
ARCADIO PAGAZA en una antigua residencia en la que se ve bastante movimiento,
y es que como hoy es el Día Internacional de los Museos, en unos minutos más
se celebrará un concierto de “música culta” de guitarra, saxofón y órgano por
los alumnos del taller que aquí se imparte. Cubierta nuestra cuota de actividades culturales, regresamos a
la plaza y avanzamos hacia el norte por Bocanegra admirando la elegancia de
las construcciones más sencillas, que no necesitan sino paredes blancas,
tejas, mucha madera y eventualmente ventanales y balcones de herrería. Frente
a EL TORITO WILLIS nos detienen el ambiente y el aroma de carnes bien cocidas
que cenamos con una ensalada y una cerveza. Inevitablemente, después de la cena el empedrado nos lleva
hasta EL MUELLE, corazón del pueblo, desde donde vemos el yate que ha zarpado
siguiendo el derrotero de la lunada a bordo, “con música para bailar, bar y
botanas”. Como hace un poco de frío, pedimos una carga de leña –que
viene con sus respectivas astillas de ocote– y me duermo absorto en la
siempre mágica danza de las llamas de la chimenea que iluminan la habitación. Sábado Hoy hay que salir con el traje de baño puesto y desayunar en
el ambiente ecológico y familiar de LOS CHURROS DEL VALLE en la calle 16 de
Septiembre, por el rumbo del MERCADO DE ARTESANÍAS. A las diez de la mañana aún son más los vendedores que los
turistas que llegan al mercado. Aunque algunos puestos están cerrados, el
aroma del ocojal y la madera no se quita. Del ocojal, escobillas que
alfombran y perfuman el bosque y que son las hojas del ocote, aquí se
fabrican cestos, paneras y un montón más de artesanía. Abordamos el carro y salimos hacia AVÁNDARO a visitar la
cascada que vimos ayer a un lado del camino. Allí averiguamos que la del VELO
DE NOVIA está más adelante, por el lado del club de golf. Llegamos al punto
desde donde sólo se sigue a pie o a caballo y optamos por el transporte
ecuestre –que no podemos decir que califica para el salto olímpico, pero es
mucho más joven, limpio y saludable que los de otros lugares–. A unos quince
minutos de camino tenemos una primera vista de la cascada, aunque es
necesario rodear un poco para bajar hasta donde el olor a pino es más intenso
y crece el ruido del agua al golpear las piedras del arroyo. Nos dicen que
como apenas empieza la temporada de aguas, el velo sólo cubre una pequeña
parte de la pared. De los asadores instalados en el área surgen las sabrosas
emanaciones de las arracheras y longanizas que familias y grupos de jóvenes
trajeron para el día de campo. Fuera zapatos y ropa, encontramos un chorro
que nos refresca y masajea. De regreso, decido no dar toda la vuelta y subo
por el atajo, aunque ello implica encargar que se traigan mi caballo y borra
en un dos por tres los refrescantes efectos de la mojada. Transcurrida la hora y negociado el pico que nos excedimos,
seremos depositados en el muelle apenas con las energías suficientes para
llegar a Los PERICOS, bar y comedor flotante donde recargaremos la pila con
una buena michelada y alguna botana que deje el apetito a punto para comer
más tarde en forma. Agenda para la siguiente hora: hotel, baño y ropa limpia.
Comida a las cuatro. Se puede incluir una siesta, nomás que no se vayan a
seguir de largo. El restaurante que hemos elegido está en la calle de Santa
María, que se identifica por la iglesia del mismo nombre, en la que se venera
a un Cristo negro. Ya íbamos llegando pero nos llamó la atención ver que los
intrépidos acróbatas del parapente parecían descender por aquel rumbo, así
que nos seguimos por la calle Marina Nacional y encontramos que, efectivamente,
la zona de aterrizaje está atrás de la iglesia, a la orilla del lago. Allí
pudimos observar de cerca las maniobras y algunas piruetas francamente
apantallantes, mientras los cuates de las Alas del Hombre nos explicaban lo
sencillo y seguro que es el vuelo en tándem, o sea donde uno viaja en calidad
de bulto y el artefacto va tripulado por un experto. Según el viento, el
viaje puede durar entre 20 y 30 minutos y la tarifa es de mil trescientos
pesos, seguro incluido. ¡Lástima que ora sí ya tenemos que irnos a comer! Entre los múltiples restaurantes y comederos de Valle de Bravo
sobresalen tres o cuatro por el buen gusto y la calidad en la cocina, la
decoración, el ambiente y el servicio. Uno de ellos es el MOSTAZAS que, como
dije, está en la calle de Santa María. Después de un fetuccini de calabacitas
o unos medallones en salsa roquefort acompañados de una copa de vino, se
recomienda visitar allí mismo la tienda, en la que se pueden adquirir algunos
platillos fríos como terrinas y lengua en áspic, o panes, salsas y aderezos
de la casa. Subiendo por la calle Santa María llegamos al principio de la
de Joaquín Arcadio, donde están las tiendas de postín, básicamente dedicadas
a los muebles y artículos para el hogar, importados o de diseño exclusivo y fabricados
en maderas finas, cristal y acero inoxidable; se puede conocer una boutique
especializada en angulas, endivias y lechugas frescas, aunque también expende
plantas de ornato y conservas exquisitas; una tienda de deportes en la que
puedes adquirir un parapente con curso y todo por 15 mil pesos o, como en
este caso, enterarte en Solo Bici que mañana por la mañana hay competencia de
ciclismo de montaña, a la cual –faltaba más– nos apuntamos… como
observadores. A mano izquierda, en un porche un poco por debajo del nivel de
la banqueta, está KEGEL-CAFÉ, donde dan un riquísimo pastel de manzana que va
muy bien con un café cargado. Para completar el mandado, hay que atravesar la calle y
comprar pan de natas, de cebolla, integral y cuernitos de mantequilla. Antes de retirarnos podemos estirar un poco el paseo en el BAR
LUNA, ya cerca de la plaza. Domingo Desayunamos en LA CUEVA DEL LEÓN que ofrece una sabrosísima
vista de la plaza. Ésta, siguiendo la tradición que reserva este día para la
misa y el mercado, se va llenando de fieles de ambas causas. Consumido el
refrigerio, tomamos por la calle de Independencia donde las vendedoras de
flores anuncian el camino del mercado. Allí todo es trajín,
frescura y colorido, como el que lucen las indígenas mazahuas que bordan y
venden manteles y carpetas. Mientras curioseamos, averiguamos cómo se sube al
deportivo donde va a celebrarse la carrera. Como la salida es a las doce, disponemos de un rato para
perdernos, aunque no lo logramos. Subiendo por Bocanegra se nos acaba el
pueblo y continuamos en una terracería por la que suben y bajan taxis. Más
adelante, los autos estacionados nos indican que hay que hacer lo propio y
unos metros más arriba encontramos los listones que marcan la ruta en la
montaña. Una música infernal nos conduce a un insospechado estadio, con pista
y gradas, en el que se ha instalado la parafernalia propia del evento. Allí, Alan Valencia, del Club Valle de Bravo Bikes, que es uno
de los organizadores, nos informa –para empezar– que la carrera está avalada
por CIMA y es puntuable para el campeonato regional. Hay cerca de 200
competidores de diferentes categorías. Nos dice que este circuito se
considera bastante rápido y técnico, pero muy “rodable”, y tiene el mérito de
que es 100% montaña y nada de pavimento. Además –digo yo– del atractivo del
paisaje, aunque la verdad no creo que los competidores le pongan mucha
atención. Muy pronto hay una primera pendiente que se baja derrapando;
más allá se vuelve a pedalear hasta llegar a una curva que exige frenar por
completo. De algún lado surgen voces que animan a los competidores (“¡Vamos
Kenia, tú puedes!”, “¡Vas solo Conejo, vas solo!”), ecos del espíritu
deportivo que se solidariza con desconocidos (“Despacio allí, compa: viene la
bajada”) y hasta opiniones de los que vienen sobre ruedas acerca del
respetable (“¡Újule, qué aguados!”). A partir de esta hora todo es adelantarse o quedar atascados
en el tráfico de regreso, así que pasamos a recoger las cosas que se quedaron
encargadas en el hotel y bajamos a la zona del embarcadero donde comemos en
una terraza con vista a la laguna. Aquí, el domingo los restaurantes ya no
sirven cena: los vallesanos la toman en la recuperada tranquilidad de sus
hogares, y los paseantes, de nuevo en casa, al borde del stres nuestro de
cada día. Por dónde Ir a Valle de Bravo saliendo del D. F. nos da la oportunidad
de recorrer la que podría llamarse –ésta sí– “ruta de la esperanza”: dos
horas y media de un camino como quisiéramos que fueran todos en nuestra
patria. Empieza –si quieren– en el zócalo y saliendo del centro toma Reforma,
pasa Chapultepec, sigue entre los verdes camellones de Las Lomas, atraviesa
el prodigio de ingeniería y urbanismo que es Santa Fe y nos pone ante la
posibilidad de escribir en nuestro propio libro de récord el de haber pagado
la carretera más cara del mundo. Por ésta, llegamos al paseo Tollocan,
flanqueado por un pujante corredor industrial oculto tras una cortina de
ahuehuetes. De Toluca salimos rumbo al sur por el Paseo Colón hasta la
Calzada al Pacífico, donde damos vuelta a la derecha y después de una leve
planicie encontramos la desviación que lleva a Valle por el hermoso camino
que bordea al Nevado. Después de atravesar asombrosos paisajes alpinos,
bosques espesos y numerosas pero bien trazadas y cuidadas curvas, llegamos a
nuestro destino por el exclusivo lado de Avándaro. A partir de Toluca esta ruta se conoce como la “del Nevado” o
“los Saucos”, y aunque ciertamente es un poco más sinuosa que la “del
monumento”, Amanalco o Villa Victoria, no tiene desperdicio. Fuente: México desconocido No. 306 / agosto 2002 |