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Ángel Valtierra
Antes de decidir dónde cenar, salude a la Catedral. Y a sólo
media cuadra de ella encontrará el COLEGIO DE SAN ILDEFONSO, que otrora fuera
el corazón de la Universidad. Una cuadra al norte, sobre la calle República
de Argentina, está la SECRETARIA DE EDUCACIÓN PÚBLICA, en cuyos muros Diego
Rivera dio rienda suelta a la pintura de la recién triunfante Revolución.
Además, en las numerosas librerías de viejo de la zona todavía es posible
encontrar libros agotados o ediciones antiguas. A la derecha del Templo Mayor, en el número 32 de Guatemala,
puede subir hasta la azotea, donde se encuentra LA CASA DE LAS SIRENAS,
excelente sitio para merendar una deliciosa gallina en mole de mango,
mientras admira la Catedral desde un ángulo poco conocido, así como el
Palacio Nacional y las cúpulas que adornan el paisaje. Si da vuelta a la derecha por Guatemala y llega hasta Brasil
número 5, hallará una tortería muy bullanguera a la entrada del BAR LEÓN, que
también es catedral, pero de la salsa. Admisión $45 y música viva hasta las
tres. Sábado Ahora, caminando hacia el norte, puede recorrer el portal (que
se llamó de mercaderes), e incluso comprarse un sombrero típico de cualquier
estado del país. Llegamos, así, al costado de la Catedral, en donde: a) hay
un módulo de información turística del gobierno del D. F.; b) se encuentra el
monumento que marca el origen de las carreteras que parten de la ciudad y que
informaba sobre el nivel de las aguas del lago de Texcoco, y c) está la
terminal de los bicitaxis. Las diez treinta es una hora propicia para ser de los primeros
frente al célebre Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central, mural
que Diego Rivera pintó para el Hotel del Prado, víctima de los sismos del 85.
En la obra aparecen, además del autor y la famosa calavera Catrina, Frida
Kahlo y toda una multitud de personajes de nuestra historia. Afuera le espera
en vivo LA ALAMEDA que vio retratada. Aunque lleva allí más de dos siglos, su
trazo actual es de fines del XIX, cuando se fue poblando con las fuentes,
monumentos y estatuas que aún podemos admirar. Continuando por Av. Hidalgo llegamos al Eje Central, donde hay
dos obras formidables del arquitecto Adamo Boari, emprendidas a principios
del siglo XX: el PALACIO DE BELLAS ARTES y el EDIFICIO CENTRAL DE CORREOS, el
cual lo dejará boquiabierto, pues su dorada filigrana vuelve a lucir una vez
concluida la restauración del edificio. En el piso superior está el MUSEO
POSTAL. Éste no exhibe una colección filatélica sino una de buzones, en
especial hay una pieza que vale la visita: un “lienzo con efectos de
mosaico”, de 4x5 metros, realizado por Pablo Magaña con 48 234 timbres de los
años 1890 a 1934. Ahora, en la PLAZA MANUEL TOLSÁ, en la primera calle de
Tacuba, entre al PALACIO DE MINERÍA, joya fundamental del neoclásico
proyectada a finales del siglo XVIII por el arquitecto y escultor valenciano,
y el PALACIO DE COMUNICACIONES, inaugurado durante las fiestas del Centenario
de la Independencia y que hoy aloja al MUSEO NACIONAL DE ARTE (MUNAL). Al
centro de la Plaza está El Caballito, la estatua ecuestre de Carlos IV que
algunos todavía vimos frente al edificio de la Lotería. El MUNAL presenta ahora los frutos de su replanteamiento
integral, ofreciendo un panorama de las artes en México, desde la época
prehispánica hasta mediados del siglo XX. Siguiendo por la calle de Filomeno Mata, dando vuelta a la derecha
y a media cuadra, está la cantina más antigua de la ciudad, el BAR LA ÓPERA,
en el que uno puede imaginar la irrupción de Francisco Villa, quien dejó en
el techo unos tiros cuyas marcas aún se observan, en contraste con su
afrancesada decoración. Le sugerimos que pida sopa de médula y pregunte por
sus leyendas. Avanzando hacia el final de la Av. 5 de Mayo puede hacer una
“visita de doctor” al PALACIO DE BELLAS ARTES, cuya construcción fue
concluida por los gobiernos revolucionarios, lo que determinó esa singular
competencia de grandezas: el fasto porfiriano de la arquitectura, el art decó
de los detalles, así como los murales de Orozco, Siqueiros, Montenegro y
Tamayo; adentro, el famoso telón-vitral, hecho por Tiffany; arriba está el
MUSEO DE ARQUITECTURA, y a mano izquierda, el lugar ideal para tomarse el
café que dejó pendiente. Recorremos la ruta del duque Job: desde las puertas de La
Sorpresa/ hasta la esquina del Jockey Club (aunque en sentido contrario).
Avanzaremos por la calle de Madero, la cual recorrían para flirtear los
“niños bien” de principios del siglo XX. Veremos la CASA DE LOS AZULEJOS,
construida en el siglo XVI y cuya fachada se cubre con azulejos de Puebla.
Enfrente, el TEMPLO DE SAN FRANCISCO que conserva en su interior un retablo del
siglo XVIII dedicado a la Virgen de Guadalupe. Una cuadra más adelante está el que fuera PALACIO DE ITURBIDE.
Ahí expone Banamex hasta el 6 de enero la magnífica muestra México, los
proyectos de una nación 1821-1888. Verá nuestro primer sello postal, la “pata”
de Santa Anna y reproducciones de lo que eran una botica y un café en
aquellos años, entre valiosísimas piezas que exceden del millar. Al llegar a la esquina de Allende con Madero, en el primer
piso se encuentra el BAZAR DE FOTOGRAFÍA CASASOLA, donde los herederos del
ilustre fotógrafo le venderán gustosos reproducciones de las más famosas
fotos de la Revolución. El siguiente crucero corresponde a una calle peatonal:
Motolinía. Allí está la CASA DEL MARQUÉS DE PRADO ALEGRE. Enfrente, en un
edificio moderno, un mascarón señala el nivel hasta el que llegó el agua
durante la inundación de 1619. Dejamos la antigua calle de Plateros y pasamos
frente a la IGLESIA DE LA PROFESA para admirar los francesísimos edificios
que la escoltan y, atravesando el ZÓCALO, llegamos al ANTIGUO PALACIO DEL
ARZOBISPADO en la calle de Moneda, donde –para compensar el tropical de ayer–
hoy el concierto es de música antigua. Ha caído la noche. Antes de llegar a la esquina de la Catedral
se nos atraviesa EL NIVEL, ineludible escala en nuestro cultural itinerario.
Ahí uno puede descansar de un día agitado y ejercitarse en las artes
matemáticas a través del dominó. Por cierto, esta cantina posee la licencia
número uno expedida en la ciudad. Una botana, una cerveza y hasta mañana. Domingo Saliendo, a mano izquierda hay un pasaje por detrás de la
catedral, donde hay una decidida mayoría de tiendas dedicada a la venta de
santos, cirios y custodias, aunque la de la entrada vende muy buenas y
baratas reproducciones de pinturas célebres. En domingo esta es todavía una buena hora para conocer el
metro. Entramos a la estación Zócalo para tomar la dirección hacia Taxqueña,
adonde arribaremos después de 30 minutos. Al llegar, abordaremos el tren
ligero, que en 25 minutos más (y sin haber salido de la ciudad) nos dejará en
XOCHIMILCO. Unas dos cuadras a la izquierda de la terminal está el
mercado, de antigua tradición florística y aún eje del abasto de la zona. En
este sitio también podrá comprar algo ligero para almorzar a bordo de una
trajinera. Encontrará acociles y tripas de pato o, si no se anima, compre
barbacoa y quesadillas. Le sugerimos el embarcadero de Belén, que está como a tres
cuadras y tiene una mampara con las tarifas oficiales: $110 o $130 la hora.
Eso depende de la embarcación. También hay colectivos de ruta fija que cobran
siete pesos. A esta hora todavía se puede disfrutar de un paseo apacible,
admirar el reflejo de una nube en los canales, comprar una cerveza fría a esa
heredera de María Candelaria que le alcanza en su chalupa, o encontrar –entre
mariachis locos y tríos norteños– a la pequeña orquesta que con un salterio
interpreta melodías como Las bicicletas y Adiós mamá Carlota. De regreso al Zócalo comprobamos que también esta plaza
mantiene su precortesiana vocación tianguística: de aquí al Templo Mayor no
falta quien le venda papalotes, esquites, teponaxtles, fotos del “sub”,
máscaras de Salinas; tampoco faltan los danzantes que cobran por la foto, el
merolico o la señora que hace limpias. Llegando a Mesones damos vuelta a la izquierda y seguimos
hasta Las Cruces. Allí está la FONDA EL HOTENTOTE. Dispongámonos a saborear
una exquisita comida mexicana que en otro lugar costaría una fortuna: gusanos
de maguey, pechuga rellena de cuitlacoche en salsa de flor de calabaza y
torta de elote. El lugar, restaurado y limpio, está decorado con originales
de José Gómez Rosas (a) El Hotentote. En domingo hay hasta donde
estacionarse; entre semana la zona es territorio de los ambulantes y los
sábados la fonda no abre. Para cerrar con broche de oro esta escapada, vaya a la esquina
de Madero y el Eje Central. Por treinta pesos súbase al mirador del piso 44
de la TORRE LATINOAMERICANA, inaugurada en 1956. Si la tarde está limpia
podrá ver los volcanes, el Toreo de Cuatro Caminos, el Ajusco y la Villa de
Guadalupe; si no, mire hacia abajo: Bellas Artes, la Alameda Central, el
Zócalo. En todo caso, imagine cuánta gente hay a sus pies y recuerde lo que
dijo Salvador Novo: “Del sueño y del trabajo de todos esos hombres, ejercido
en el valle más hermoso del mundo, está labrada la grandeza de la Ciudad de
México”. Fuente: México
desconocido No. 298 / diciembre 2001 |