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Angeles González Gamio Hoy, que se festeja San Artemio, es buena ocasión para
recordar a uno de los grandes cronistas que ha tenido la ciudad de México:
don Artemio de Valle Arizpe. El brillante y polémico escritor nos ha dejado
obras extraordinarias que nos permiten conocer y fantasear la vida de la
capital de los siglos pasados. Además de algunos rigurosos trabajos
históricos, escribió historias noveladas en las que une magistralmente la
realidad y la imaginación, con un elaborado pero ameno lenguaje y con un gran
sentido del humor. Don Artemio nació en Saltillo en 1884 y murió en la ciudad de
México en 1961. El padre fue gobernador durante el porfiriato y convenció al
hijo de que estudiara abogacía, con la esperanza de que se dedicara a la
política. Su mayor acercamiento fue un periodo como diputado por un distrito
del estado de Chiapas, mismo que nunca conoció. Al término de esa encomienda,
en 1919, ingresó al servicio diplomático, donde se desempeñó como segundo
secretario, adscrito a las legaciones de México en Madrid, Bruselas y La
Haya. Durante su estancia en España aprovechó para investigar en las
bibliotecas y archivos, donde obtuvo información que más adelante habría de
nutrir buena parte de sus 58 libros. En 1943 fue nombrado cronista de la ciudad de México, como
reconocimiento a su vasta obra sobre la capital: historia, leyendas, novelas,
narraciones, cuentos y su popular crónica en el periódico El Universal:
"Del tiempo pasado". El fue el sucesor de su gran amigo don Luis González
Obregón y sería sucedido por otro de sus amigos cercanos: Salvador Novo. Años
más tarde fueron nombrados José Luis Martínez, Miguel León Portilla y por
último Guillermo Tovar, quien propuso acertadamente que en virtud de las
dimensiones de la actual urbe metropolitana, labor imposible para una
persona, se creara un Consejo de la Crónica, lo que se hizo en 1987 y sigue
funcionando exitosamente con la colaboración del Comité Director, integrado
por 24 distinguidos intelectuales, entre los que se encuentran los tres
mencionados y los cronistas de las delegaciones, barrios y pueblos que
conforman esta magna metrópoli, ciudad de ciudades. Continuamos con don Artemio; cabe recordar que fue miembro de
número de la Academia Mexicana de la Lengua y que en 1952 se puso su nombre a
la calle donde vivía, en la colonia Del Valle. Al respecto hay una anécdota
muy graciosa de Miguel León Portilla, quien habita en Coyoacán: cuando era
cronista se le comentó que habría que poner su nombre a la calle donde vive,
a lo que respondió con su gran sentido del humor: "Nada más esperen a
que me cambie a vivir al Paseo de la Reforma". Entre las obras más conocidas del singular cronista sobresalen
la novela picaresca El Canillitas, en la que platica las aventuras de un
pícaro sin fortuna, por los barrios miserables de la ciudad. En materia
histórica son indispensables El Palacio Nacional, Por la vieja calzada de
Tlacopan, Biografía de un viejo paseo e Historia de la ciudad de México según
los relatos de sus cronistas. Sin embargo, las que encantan, en el sentido más amplio del
término, son sus obras sobre tradiciones y leyendas del México virreinal, que
están contenidas en 24 libros en los que se desborda su fantástica
imaginación y se aprecia a plenitud su peculiar prosa, que describe muy bien
su biógrafo Luis Rublúo: "Un barroquismo exquisito, que llega al hastío,
pero al hastío que produce el sabor de una golosina deliciosa. Los adjetivos,
los arcaísmos, la repetición de las palabras, la detenidísima descripción de
retratos y objetos, forman la base de su estilo". Como tenía que ser en un hombre tan exquisito, era amante de
la buena mesa, por lo que hoy tenemos que escoger muy bien el restaurante. Se
me ocurre que un sitio que hubiera disfrutado don Artemio es Los Placeres,
ubicado ni más ni menos que en la preciosa plaza Río de Janeiro, en el número
56, en los bajos del pintoresco edificio conocido como La Casa de las Brujas.
Con muy buena vista a la linda plaza, está decorado con excelente buen gusto,
en estilo art-decó, y tiene magnífico servicio y excelente comida. Tiene una
carta pequeña -lo que da confianza- y un par de sugerencias del día. Es
difícil escoger platillo, pues todo se antoja; algunas muestras: como botana
hay terrinas y tapas, muy buenas ensaladas, pastas, como el fetuccini con
salsa de cilantro y pistaches, y de plato fuerte, media gallinita rock
cornish o medallones de atún; cierre el festín con un pastel de requesón. Fuente: La Jornada - 20 de octubre de 2002 Ciudad |