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LUGAR DE HISTORIAS Y LEYENDAS En
la época antigua, existió hace mucho tiempo una cueva a la que las tribus
prehispánicas no se atrevían a entrar. Ellos la llamaban salachi, y dentro de
su fantasía, aseguraban que las formaciones eran la encarnación de los malos
espíritus que impedían el acceso al interior. Entonces,
fue a visitar a un anciano que le había permanecido fiel y lo trajo a la
gruta para que viese una "aparición divina". Una vez que el anciano
vio esto, regresó al seno de la tribu y contó con atemorizada actitud lo que
había visto dentro de la cueva Salachi, y seguido de los mayores de la tribu
y de otros indígenas, visitaron de nuevo la cueva donde la divinidad (la
hija) se encontraba sobre una maravillosa formación en el centro del lugar.
Cuando ella vio entrar a todos, levantó la voz en tono amenazante y dijo: "Arrasare
la región con los fuegos del infierno si no reponen el trono del príncipe
depuesto, pidiéndole perdón". De esta manera, el jefe de la tribu
recuperó su reino, y es sabido que la tribu continuó por mucho tiempo
adorando el secreto y misterioso santuario de la pretendida divinidad. Como
esta, existen muchas otras leyendas que se han ido tejiendo en torno al sitio
conocido como "Las Grutas de Cacahuamilpa", lugar por demás
enigmático e interesante, donde en 1834 el rico comerciante de Tetecala, don
Manuel Suárez de la Peña fue escondido por los indígenas de la región, quien
tras una riña con Juan Puyad era perseguido por la justicia española. Tras
un largo tiempo, don Manuel regresó a su hogar, despertando con sus
fantásticos relatos el asombro de las gentes de Tetecala, quienes visitaron
por primera vez este sitio, dando así comienzo con las visitas a estas
maravillosas grutas. Este
lugar de leyendas, al cual hoy en día se puede acceder en compañía de un guía
local, se encuentra localizado a 52 kilómetros de Taxco, y su nombre náhuatl
significa "En la Sementera del Cacahuate". Las
grutas, consideradas como las más grandes y bellas del planeta, tienen una
extensión de dos kilómetros en la parte abierta al público, sin embargo, a
través de ellas, es posible encontrar dos ríos subterráneos que son el
Chontalcoatlán, cuya extensión es de aproximadamente 8 kilómetros, así como
el San Jerónimo que mide 12. Ambos están bordeados por playas de arena, y la
oscuridad es total en la mayor parte del camino, por lo que pese a estar
abiertos para los visitantes, no son un lugar apropiado para el turismo;
quienes acceden a ellos, deben hacerlo con equipo especial, además de contar
con una preparación adecuada. En
su interior, se localizan 20 grandes salones separados por enormes paredes de
roca natural y comunicados entre si por una galería principal. La altura de
las grutas oscila entre los 30 metros en la parte más baja y los 70 metros en
la más alta. Dentro de ellas hay un sendero que recorre los dos kilómetros
del camino y la mayor parte está iluminada con luz artificial ya que es
imposible que la luz natural llegue a este sitio donde las formaciones de
rocas forman caras y objetos que se pueden apreciar claramente. Sin
embargo, la inmensidad de sus increíbles formaciones han hecho creer a los
especialistas que se trata de las grutas más grandes del mundo, que hacen de
ellas un lugar lleno de sorpresas inimaginables y sin duda uno de los lugares
más hermosos e impresionantes sobre la tierra. Las
grutas se abrieron al público en 1920, y el 23 de abril de 1936 fueron
declaradas por el gobierno de México como Parque Nacional. Existen
muchas versiones acerca de la historia de las Grutas, algunos dicen que los
habitantes del vecino Tetipac las usaron con fines religiosos; que a don
Vicente Guerrero le sirvieron de almacén durante la guerra de Independencia;
que la emperatriz Carlota grabó una inscripción en uno de los salones, y que
Juventino Rosas dirigió un concierto en su interior para Porfirio Díaz, sin
embargo, entre todas ellas, la única verdadera es que esta impresionante
formación natural constituye un maravilloso mundo aparte, de admirables
formas que sólo pudieron haber sido ideadas por la Madre Naturaleza.
Redacción: Lourdes Romero |