Ni un solo genio

 EMMANUEL CARBALLO

ESCRITOR MEXICANO


08 de noviembre de 2006

 

La literatura mexicana ha sido y es una literatura tímida. Y digo tímida porque le ha tenido miedo a las grandes rupturas, a las grandes audacias. Desde el siglo XIX hasta los primeros años del XXI, México no ha producido un solo genio, dándole a esta palabra la aceptación de cualquier diccionario modesto.

La prosa y la poesía del XIX son la expresión de un país que ha alcanzado la libertad política, pero que no conoce lo que es la verdadera libertad económica, que no tiene tiempo para vivir en paz porque sufre constantes guerras intestinas y debe luchar contra naciones invasoras. Además, los escritores más significativos del XIX son periodistas (como en casi toda la América Latina) porque actúan como patriotas y saben que lo necesario en ese momento no es crear grandes obras artísticas que no puede leer un pueblo compuesto por una abrumadora cantidad de analfabetos y unos cientos de personas que si bien saben leer no poseen una cultura literaria.

Las letras mexicanas así entendidas, es decir de acuerdo con las tesis de Altamirano, el teórico más lúcido del siglo antes del Modernismo, deben cumplir funciones ancilares y después funciones estéticas. Por eso, entre otras razones, los autores de la época no se lanzan al vacío, no procuran la gran obra literaria sino que van a lo seguro, a modelos puestos en práctica en otros países y que pagan buenos dividendos, aunque no tan altos que puedan identificarse con las obras que aniquilan el pasado inmediato. Y en literatura la única manera de obtener la vida perdurable consiste en apartarse de la literatura anterior, y coetánea, después de haberlas asimilado, y jugar a locas y a ciegas a descubrir nuevos temblores de ánimo que modifiquen la realidad.

Si en México se dan en el siglo XX unos cuantos escritores sobresalientes ello se debe, creo yo, a varios factores, entre otros al terror que siente el mexicano de encontrarse a sí mismo, es decir de desnudarse en público y contar su vida sin afeites ni máscaras; también, al horror que le causa (algo así como una extraña enfermedad de montaña) referir los designios del corazón, la piel y los testículos; otro factor es el miedo a la cursilería, al desenfreno de los sentidos y los instintos, ingredientes que se dan cita en casi todas las obras maestras (la poesía de López Velarde, que pudo romper esta limitación, muere de muerte natural a los 33 años); el afán de síntesis, de reducir a sus rasgos esenciales las vivencias y experiencias (los hai-kus de Tablada, las prosas de Torri y Arreola); la simulación tan bien observada en El gesticulador de Usigli, que da gato por liebre, muñeco por hombre; y, por último, la corrupción, que desgasta lentamente los mecanismos que producen la verdad o, por lo menos, hacen que surjan voces ganadas por el enojo y la protesta.

Ahora bien, si las letras mexicanas no han producido escritores absolutamente modificantes, sí han dado a conocer, en todas las épocas y escuelas, poetas, narradores, ensayistas y dramaturgos que a escala del idioma ocupan lugares sobresalientes. A lo largo de su evolución, nuestra literatura cuenta con grupos y equipos de escritores uniformes en cuanto a calidad que si bien no han innovado los estilos imperantes en muchos aspectos los han enriquecido. Si no sabemos en qué consisten las embriagueces de la conquista sí estamos seguros de lo que representan los goces y dolores de la colonización de predios literarios que a fuerza de tesón dejan de ser hostiles y llegan a convertirse en benévolos. En otras palabras, no somos, o no queremos ser, una literatura de conquistadores y sí de colonizadores, con la excepción involuntaria de Fernández de Lizardi, creador en este continente de la novela y, aún hoy, pontífice insuperado de obras narrativas que privilegian los valores políticos, morales y pedagógicos.

A fuerza de estrellarse contra sus limitaciones, la literatura mexicana ha adquirido su sello característico, hecho de modestia, habilidad, resignación y una carga refrenada de violencia. Si no la mejor literatura de América Latina, ni la que a fuerza de intrepideces produce seres de excepción (como Darío, Neruda y Vallejo, para hablar sólo de la poesía), tiene en su haber el mayor número de equipos, de probada y comprobada eficacia, que han matizado y enriquecido las letras hispanoamericanas.

Así es la literatura mexicana (o por lo menos yo así la miro) y no se observa, a corto plazo, la personalidad que pueda desmentir sus notas distintivas.

 


 

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