Días iguales
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CONSTANTINO POL
LETIER ESCRITOR
MEXICANO |
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Las dos cosas, pensó. Demasiados días iguales, días
zas. Pocos eran, incluidos los conmemorativos, los que se
escapaban de esa apabullante igualdad. En su conjunto, eran como una llanura
de hielo, como un desierto interminable, que a pesar de sus variaciones,
sabían a lo mismo. Así, con ellos, se habían ido los últimos veintitrés años. Justo en ese momento, en ningún otro, quiso hacer
algo diferente. Pero, ¿qué? Consumir las horas que quedaban de la tarde en un
bar, y más noche echarse la correría en un table dance, o escuchando
mariachis y cantar a gritos con ellos hasta enronquecer, no le pareció lo
suficientemente atractivo. Lo mismo sucedió cuando consideró irse a casa.
Podría entrar y no escuchar la letanía doméstica de su mujer, con un vengo
cansado y fastidiado, para refugiarse en el estudio y leer a sus anchas.
Tenía demasiados libros empezados. ¡Hacía tanto tiempo que no llegaba a final
alguno! No es lo que necesito, concluyó. Irse a meter al estudio de su casa, era como estar
prisionero. Si quisiera abandonar la lectura, era lo más seguro, sólo le
quedaría la televisión o la puerta de regreso a la sala, con la familia. ¡Ah, tantas cosas ventajosas que se dicen en nombre
de la familia! Idea desechada. Punto. Años cargados de toneladas de días iguales le
llegaron como un mazazo. Todos saturados de trabajo y más trabajo, celos de
la mujer, las parrandas de los viernes, actitudes inverosímiles e
insoportables de sus jefes, los quebrantos de su economía, los caprichos y la
incomprensión de los hijos, la monserga de los parientes cercanos y lejanos,
los excesos y la soberbia de los vecinos, el tránsito citadino y 6223 cosas
más. ¡Además, la edad! Aunque las mujeres lo consideraran en sus miradas
todavía, pensaba, ¿o sabía?, que el imán para ellas tal vez fuera su puesto.
Podía ser eso: un síndrome del status. Ya estaba en los cuarenta y uno. ¡Estoy en el
año difícil! Al angustiarse con esas ideas, sintió que recibía
otro impacto de gran magnitud, que lo hizo cimbrarse primero y luego lo
aplastó. Fue simultáneo, el caos en su mente y las sensaciones del cuerpo.
Sus músculos perdieron fuerza, como si fueran de goma y casi se cae. Se rehizo poco a poco hasta erguirse y demostrar
aplomo. Volteó la vista en varias direcciones y respiro profundo. ¡Que carajo! Soltó su rabia en esa expresión y se sintió aliviado.
Todos los que pasaban lo miraron como animal extraño y por primera vez no le
importó. Sacó las tarjetas de crédito y débito de su cartera y
fue a comprobar sus disponibilidades en el cajero electrónico más cercano.
Trazó números imaginarios, obtuvo resultados, y concluyendo, ejerció sus
privilegios bancarios. Recibió los billetes y el comprobante; retiró el
plástico de la ranura y sonrió. Podría repetir la operación algunos días más,
hasta agotarlas. Ese fue su plan. … Dos mil setecientos kilómetros después, habiendo
pasado la noche en una casa de huéspedes modesta pero confortable, Elías, que
así se llamaba, despertó. Tomó un trago grande del café sobrante de la noche
anterior y, con calma gustosa, comió una pieza de pan dulce. De la ventana, las cortinas abiertas, llegaba un
auténtico resplandor. Era el sol insolente y orgulloso, ese sol no menguado
por el smog, era el sol de la costa, el sol guerrero del mar en contubernio
con la brisa. Se asomó al paisaje, estirando el cuerpo relajado,
como un gato, incluyendo cada uno de los dedos de pies y manos. Una forma
perfecta para disponerse a la acción. Aspiró el aire tibio que enviaba la
playa. Se estiró más, tantas veces como quiso, disfrutando cada movimiento,
como si esa sensación que lo llenaba la viviera por primera vez. Se vistió con ropa sencilla, sin prisa. Con una sonrisa de satisfacción plena, tomó el
estuche de pinturas, la tela y el caballete plegable y salió silbando una
tonadita pegajosa. Es el primer día de muchos que vendrán, iguales, se
dijo convencido. ¡Pero sé que todos valdrán la pena! Constantino Pol Letier mayo 18 de 2006 |
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