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El desastre bancario |
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México, Chobojos. Chobojo
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Editorial
de El Universal Viernes
03 de enero de 2003 Primera
sección José Luis
Calva
Sin duda, Salinas tiene razón en sus críticas del
rescate bancario y de sus secuelas sobre la economía real. Pero no hay que
olvidar que el desastre bancario se produjo como resultado de la
liberalización imprudencial del sistema financiero
mexicano, realizada en lo fundamental bajo el gobierno de Salinas; y que a
causa de esta precipitada reforma neoliberal, el sistema bancario cayó en
quiebra técnica desde fines de 1993. La cartera vencida valorada con
estándares internacionales superaba la suma del capital contable y las
provisiones preventivas de los bancos, de modo que la banca, globalmente
considerada, se encontraba técnicamente en quiebra desde 1993. Fue una de las
herencias que dejó Salinas. Hasta antes del experimento neoliberal, la banca
mexicana se desarrollaba bajo un régimen de controles y regulaciones que
tendían a cuidar la solvencia de los bancos, a proteger el ahorro financiero
de los mexicanos y a vigilar la canalización de la mayor parte del crédito
hacia actividades económicas consideradas prioritarias. Un primer instrumento fundamental de control y
regulación era el sistema de encajes legales o reservas obligatorias
depositadas por los bancos comerciales en el banco central, que fue
instituido desde 1924 con el propósito expreso de proteger los depósitos de
los ahorradores y garantizar la solvencia del sistema bancario; además de ser
utilizado por el banco central como instrumento de política monetaria, para
regular el circulante y el volumen agregado de crédito en la economía. Un segundo instrumento fundamental de control y
regulación era el sistema de cajones de asignación crediticia, que
estipulaban porcentajes obligatorios del ahorro captado por la banca
comercial que ésta debía canalizar hacia actividades consideradas
prioritarias, tales como el sector agropecuario, las pequeñas y medianas
industrias y la vivienda de interés social. El resto de la captación podía
ser canalizada libremente a créditos o valores de cualquier tipo, aunque
sujetándose a las disposiciones orientadas a diversificar riesgos, a evitar
la concentración del crédito y a asegurar la solvencia de los bancos. El tercer instrumento fundamental de la rectoría
gubernamental sobre el sistema bancario era la regulación de las tasas de
interés. El Banco de México fijaba las tasas que los bancos debían pagar a
los diversos tipos de depósitos; así como las tasas de interés de los
préstamos elegibles dentro de los cajones de asignación selectiva del
crédito, que generalmente eran inferiores a las tasas de mercado. Para el
resto de los préstamos, los bancos fijaban libremente sus tasas de interés.
Adicionalmente, otras regulaciones específicas tendían a asegurar tanto la
solvencia del sistema bancario como el buen resguardo y utilización del
ahorro financiero de los mexicanos. Bajo este régimen de controles y regulaciones, el
sistema bancario mexicano se desarrolló hasta cuadruplicar, en cuatro
décadas, su penetración en la economía (crédito bancario/PIB), acompañando el
crecimiento sostenido de la economía nacional, que alcanzó una tasa media del
6.2% anual entre 1934 y 1981. En 1982, el presidente López Portillo decretó la
estatización de la banca comercial, utilizándola como chivo expiatorio de la
crisis de la deuda externa. Sin embargo, no se introdujeron cambios en el
régimen de operación de la banca, de manera que siendo propiedad del
gobierno, la banca se desenvolvió, en lo esencial, bajo el mismo marco regulatorio precedente, hasta que en 1988, bajo la
conducción de Pedro Aspe como secretario de Hacienda, se inició el acelerado
proceso de liberalización. Durante un brevísimo lapso de 14 meses, entre
1988 y 1989 se realizaron a marchas forzadas los procesos básicos de
liberalización bancaria en sus tres vertientes fundamentales: la
desregulación de las tasas de interés, la supresión de los cajones de
asignación selectiva del crédito y la eliminación del sistema de encajes legales.
Simultáneamente, se suprimieron o flexibilizaron otras restricciones o
regulaciones operativas, a fin de otorgar mayor autonomía de gestión a la
banca. Posteriormente se realizó la reprivatización de la banca comercial
(entre 1991 y 1992) y se emprendió la apertura gradual del sistema bancario a
la inversión extranjera. (Ciertamente, las reformas que permitieron la
completa extranjerización de la banca se realizaron
bajo el gobierno de Zedillo). De acuerdo con la ortodoxia, la tecnocracia
neoliberal consideraba que la "represión financiera" (regulación de
las tasas de interés, asignación administrada del crédito a las actividades
prioritarias y sistema de encajes legales) causaba distorsiones en las tasas
de interés y en la asignación eficiente del crédito, así como obstrucciones
en la eficiencia técnica de la banca, de modo que la desregulación de
operaciones, la privatización bancaria y la apertura del sistema de nuevos
intermediarios, y progresivamente al capital extranjero, permitirían que el
sector cumpliera cabalmente sus funciones en el desarrollo económico,
acrecentando el ahorro nacional, abatiendo los márgenes de intermediación y
canalizando recursos crecientes hacia las actividades productivas Sin
embargo, lejos de cumplir sus propósitos en el desarrollo económico, la
reforma financiera neoliberal afectó negativamente a la economía real y
desembocó en el más profundo desastre bancario jamás observado en México. La
liberalización de las tasas de interés, en vez de producir un descenso en los
márgenes de intermediación financiera, produjo un brutal incremento de la
usura bancaria; la supresión de los encajes legales, combinada con el
relajamiento de los controles gubernamentales sobre las operaciones
bancarias, generó un febril otorgamiento de créditos sin control efectivo de
riesgos al sector privado, desembocando en un severo deterioro de los activos
bancarios y en una enorme brecha entre las reservas preventivas creadas y las
requeridas para hacer frente a los riesgos crediticios, de manera que la
banca se precipitó a una situación de quiebra técnica desde 1993, situación
que se agravó con el colapso financiero y cambiario de 1994-1995, y con el
programa recesivo de ajuste y estabilización aplicado por el gobierno de
Zedillo. Ciertamente, después de haber conducido al
sistema bancario hacia el precipicio, la tecnocracia neoliberal ya bajo la
conducción de Zedillo se dio a la tarea de sacarlo del fondo del abismo. Pero
los sucesivos programas de rescate bancario que incluyeron compras masivas de
carteras vencidas por el Fobaproa empeoraron la crisis de la Banca al generar
incentivos negativos entre los banqueros y los usuarios del crédito. Hoy día,
después de 14 años de iniciado el experimento neoliberal en la esfera
bancaria, los resultados agregados son los siguientes: el experimento está
costando a los mexicanos más de 100 mil millones de dólares, como precio del
rescate bancario; México perdió sus bancos porque más de 80% del sistema
bancario pasó a ser propiedad de extranjeros, y tenemos menos crédito
bancario del que teníamos antes del neoliberalismo. |