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Carta
abierta postmortem de Benito Juárez a Fidel Castro |
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El
recurso epistolar, y la suma de la
inteligencia, la capacidad de análisis y la visión histórica, dan como
resultado esta excelente aportación –una visión sensata sobre la situación de
Cuba. Correo recibido desde el Grupo Cuento Universal. Chobojo Master dixit
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Cuauhtémoc Amezcua Dromundo Comandante Fidel Castro Ruz, Jefe de Estado y de Gobierno de la República de Cuba: Excelentísimo señor: Esta es una carta postmortem, no podría ser
de otra manera. Nuestros tiempos sobre la faz de la Tierra no coincidieron.
Puedo sin embargo dirigirme a usted porque aunque mi corazón dejó de latir
hace muchos años, las ideas perviven como perviven también los anhelos de los
pueblos. Las ideas que yo enarbolé forman parte del patrimonio común del
pueblo de México y se fraguó a lo largo de la Historia. Su raíz data de
Cuauhtémoc, de su ejemplo de férrea lucha sin tregua contra el invasor por
poderoso que fuera. Luego, este patrimonio se nutrió con el pensamiento de
Hidalgo, el Padre de la Patria mexicana, y de Morelos, el más avanzado de su
época. El sacrificio de los Niños Héroes y de tantos compatriotas que dieron
sangre y vida frente a la invasión del ejército de Estados Unidos le dio
mayor temple y fortaleza. Yo me esforcé por servir de manera fiel a la misma
causa. La defensa de la soberanía y de la autodeterminación. La defensa del
derecho de todos los pueblos de construir su presente y su porvenir por sí
mismos. El rechazo a toda pretensión injerencista.
Tal y como usted lo hace, señor comandante Castro. No soy yo físicamente
quien le escribe, eso sería imposible. Sin embargo, son mis ideas, son mis
ideales los que se dirigen a usted con todo respeto. El propósito de esta misiva es brindarle mi plena solidaridad. Le ha
tocado a usted una etapa terrible. La mayor potencia imperialista de su
tiempo está obsesionada por la ambición. Quiere privar a Cuba, su Patria, de
la libertad, de la soberanía y de la autodeterminación que su pueblo ha
conquistado. Para ello pone en juego todos sus recursos. Nada la detiene,
ningún escrúpulo. A mí también me tocaron tiempos difíciles. México, mi país,
tuvo que enfrentar ambiciones semejantes de las grandes potencias de
entonces. Gran Bretaña, España y sobre todo Francia, la Francia de Napoleón III, que acabó invadiendo el suelo de mi Patria. Querían
imponer a mi pueblo una forma de gobierno a su gusto. Decían que los
mexicanos éramos incultos y que carecíamos de la capacidad para gobernarnos
solos. Incluso tuve que enfrentar las ambiciones expansionistas de Estados
Unidos, que se manifestaban insidiosas. Deseo contarle una anécdota de mi tiempo, si usted me lo permite.
Ocurrió al final de la guerra contra la invasión francesa. Maximiliano de Habsburgo, el pretendido emperador venido de Austria fue
condenado a la pena capital, luego de su derrota. Y junto con él dos de los
traidores que se sumaron a su aventura: los generales Miramón
y Mejía. La sentencia mereció reclamos en el extranjero, de diverso tono.
Hubo quienes hablaron del "salvajismo" con el que se procedía en mi
país y también quienes invocaron sobre todo cuestiones humanitarias.
Abundaron las peticiones de indulto, incluso por parte de personalidades
relevantes, como Víctor Hugo, el gran literato. También me lo solicitó
Carlota, la esposa del pretendido emperador. Lo reflexioné. Nunca fui
insensible ante el dolor de las personas. Tampoco fui partidario de las penas
extremas para los infractores de la ley. Sin embargo, luego de meditarlo en
mi ánimo pesó más el interés de mi Patria y de mi pueblo. No era aquélla una
situación común. Lo que estaba en juego era otro asunto de mayor peso y
trascendencia. Indultar a los infractores no hubiera sido en esas
circunstancias un gesto de humanismo ni un acto de fraternidad. Las potencias
de la época lo hubieran tomado como un acto de debilidad que las hubiera
incitado a nuevas aventuras intervencionistas. Ya aquélla de la que apenas
salíamos había costado decenas de miles de vidas y sufrimientos enormes a los
mexicanos. Por eso no accedí a las peticiones de indulto. Maximiliano y los
generales traidores fueron fusilados en el Cerro de las Campanas, en
Querétaro. Le cuento lo anterior porque sé que usted estará también sujeto a
experiencias parecidas, es inevitable. Cuando se está en medio de una lucha
en la que el enemigo es tan poderoso como carente de escrúpulos; cuando no
faltan quienes traicionen a su pueblo y se pongan al servicio del enemigo,
tales problemas suelen presentarse. Y también suele darse el caso de que haya
quienes, aun obrando de buena fe, juzguen asuntos como éstos fuera de
contexto, como si se tratara de casos normales. No todos tienen la capacidad
para distinguir lo excepcional de lo común. Sin embargo, comandante Castro,
para mí no hubo titubeo en el caso que le comento, aunque sí hubo reflexión.
Me apegué a los principios y tomé una decisión de la que nunca tuve que
arrepentirme. Siempre estuve convencido de la imperiosa necesidad de que,
igual que debe ser entre los individuos, las naciones respeten a las demás,
no importa lo poderosas que sean unas frente a la debilidad relativa de las
otras. Le expreso lo anterior por si de algo le sirve. Sé que los principios
de mi tiempo seguirán vigentes en su tiempo y que las potencias imperialistas
seguirán tratando de ignorarlos y pasar por encima de ellos. Sé que su lucha,
comandante Castro, se asemeja tanto a la que me tocó librar, como se asemejan
nuestros pueblos. En su lucha contra la injerencia de Estados Unidos en los
asuntos internos de Cuba, por la soberanía y la autodeterminación de su
pueblo -del que por cierto me tocó ser huésped cuando un gobierno espurio me
expulsó de mi país usted merece todo el reconocimiento y la solidaridad que,
por mi parte, le brindo sin reservas, como estoy seguro que se lo seguirá brindando
mi pueblo, por encima de las posibles actitudes cobardes, oportunistas o
convenencieras de circunstanciales gobernantes. Esté usted seguro que el
pueblo de México siempre estará al lado del pueblo de Cuba, con la mayor
firmeza. De usted afectuosamente: Benito Juárez Presidente de México. |