http://www.uned.es/catedraunesco-ead/publicued/pbc04/artic-v.htm
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Lic. Enrique Galindo Rodríguez |
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Con la finalidad de llegar a un acuerdo que involucre a todos los que trabajamos en este campo de la educación, me permito hacer algunas reflexiones que ya había hecho en otro foro, pero que, ahora que se publica tanto acerca de este concepto, cobra nuevamente actualidad. ¿Qué es lo virtual? Y por lo tanto ¿a qué se puede aplicar el término correctamente y en dónde resulta una aberración? Empecemos por el sentido del término. El diccionario de la Real Academia Española, lo menciona como un término de la física que se refiere a aquello que no tiene existencia real sino que sólo es la apariencia. El diccionario de Filosofía de Ferrater Mora también señala que lo virtual es lo que se presenta a nuestro sentidos como si fuera real pero que no lo es. Y para mayor abundancia, María Moliner en su Diccionario de uso del Español, nos dice que: "se aplica para expresar que la cosa designada como virtual, tiene la posibilidad de ser... pero no lo es realmente". Es decir, que tiene la apariencia de ser, pero no la esencia. Con el advenimiento de las Nuevas Tecnologías de Comunicación (NTC) el concepto tomó mayor énfasis porque muchas cosas que por tiempo fueron absolutamente virtuales, empezaron a tener una mayor apariencia de realidad y objetos que originalmente estaban lejos de nosotros o que de plano no existían, de pronto los teníamos cerca y hasta podíamos manipularlos sin que realmente los tocáramos. Es tan fuerte el impacto de lo virtual que hasta los conceptos que hace algún tiempo eran claros, ahora nos confunden más. Tal es el caso de la Educación presencial y no presencial. Anteriormente era claro para todos que la presencial era la que se desarrollaba en la presencia de maestros y alumnos. Ambos estaban presentes en el sitio donde se llevaba a cabo el proceso enseñanza-aprendizaje. En cambio la no presencial, era claramente la educación a distancia, aquella donde el proceso de enseñanza, estaba separado por la distancia (y a veces por el tiempo), del proceso aprendizaje. Sin embargo las videoconferencias interactivas han trastornado estos conceptos. Ahora maestros y alumnos pueden estar ubicados en distintas sedes, separados por la distancia, y aún así estar frente a frente, cara a cara, por medio de cámaras y pantallas de televisión, e interactuar como si estuvieran presentes. Hay una presencia virtual. La realidad virtual (¡qué paradoja!) tiene ya un lugar en nuestras vidas y entre nuestros conceptos quedando como algo incontrovertible. Lo virtual no es nuevo. Estamos inmersos en un mundo de situaciones virtuales de las cuales no nos damos cuenta por ser tan cotidianas. Cuando yo escucho una grabación de la Sinfónica de Londres desde la comodidad de mi sillón favorito en la sala de mi casa, sólo tengo la apariencia de que la sinfónica se encuentra ahí, en mi propia sala. Lo que yo escucho son los sonidos virtuales que alguna vez fueron producidos por la orquesta real en un ambiente real. Si tomo la portada del disco y observo la fotografía de la orquesta tocando en el Metropolitan Opera House de New York, ni estoy viendo a la orquesta real ni estoy en el Metropolitan realmente, sólo son imágenes de esas dos esencias que yo percibo de manera virtual. Si en ese momento siento sed y me da antojo de agua de limón, voy a la cocina pero no encuentro limones. Entonces tomo de la despensa un sobre de polvos con sabor a limón, se los pongo a mi vaso de agua, disuelvo el contenido y ya tengo agua de “limón”. Lo que en realidad poseo, es un sabor virtual de limón, que tiene la apariencia de ser jugo de limón sin serlo, que parece limón pero que no lo es. Esto nos lleva a pensar que obviamente, hay cosas que sí pueden ser virtuales y otras que definitivamente NO. Yo puedo asistir a una escuela virtual. Es decir, voy a la escuela sin ir. Lo que en realidad hago, es encender mi computadora, conectarme a la página WEB de la escuela y ahí decidir si hago un recorrido virtual por los pasillos de la escuela; si entro a la biblioteca virtual a buscar un libro que una vez solicitado, voy a recibir ¡realmente! en mi buzón del correo electrónico. O tal vez entre el cuarto de CHAT, donde voy a conversar en forma virtual con otros compañeros de mi clase. Claramente, mis compañeros son reales y la charla con ellos también, lo que es virtual es el cuarto; o quizá vaya a la página de exámenes a solicitar se me aplique el examen correspondiente al tema A de la primera unidad de la materia X que ya estudié por medio de la información (esta también, muy real) que enviaban a mi correo electrónico mis maestros virtuales. Haga el siguiente ejercicio mental que tal vez le demuestre el mal uso de la palabra virtual: substituya el adjetivo virtual por el adjetivo “a distancia”. Si el concepto se mantiene, no se altera, sigue comunicando lo que se deseaba, seguramente lo virtual no era la mejor manera de designar al sustantivo. Aquí viene lo importante: los conocimientos que obtuve y sobre los que me van a examinar ¿son virtuales? Es decir, ¿son aparentes? ¿Parecen ser conocimientos, pero no lo son? ¡Por supuesto que no! El conocimiento es absolutamente real. O lo tengo o no lo tengo. Porque no puedo tener una apariencia de conocimiento. El medio por el que lo obtuve sí era virtual pero el conocimiento no. De la misma manera, la educación se tiene o no se tiene. No puede haber una educación virtual, aparente o que dé la sensación de ser o de existir, sin serlo. A esta apariencia de educación yo no le llamaría virtual sino engaño. (Ya sabemos que hay mucha gente que se aprende dos o tres palabras domingueras y que las usa para apantallar o sea, para dar la apariencia de ser lo que no es). Aquí cabe aclarar que el verbo apantallar está perfectamente bien usado, pues nada más virtual que las imágenes que aparecen en una pantalla (cinematográfica, televisiva o de computadora) que muestra o refleja cosas que no están ahí realmente. Quizá lo más grave de esto, es que hay algunos profesores que dan la apariencia de educar o de enseñar sin realmente hacerlo. Son aquellos que utilizan pirotecnia verbal para apantallar a sus pobres alumnos; o los que oscurecen su disciplina para hacerla menos comprensible y también apantallar de profundos. Tampoco en este caso, podemos llamarle educación virtual. Esto es simulación, engaño, “apantalle” y esto no es lo que deseamos para nuestras universidades, ¿verdad? Espero que esta reflexión nos mueva a definir mejor los términos que manejamos o por lo menos a consensuarlos de forma más apropiada. |
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