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El Sueño
de un Día Inexistente
Naxtalia ([email protected])
DISCLAIMER: Los personajes
mencionados en este relato no son de mi propiedad sino que pertenecen a la FOX y TEN
THIRTEEN. Con ellos no pretendo obtener ningún tipo de lucro, por lo que creo que no
infrinjo ninguna ley...
CONTENIDO: MRS, por supuesto, soy
una shipper incontrolada, y más después de esa super escena de Existence, sí... sí...
esa... no se equivocan...
NOTA: Esta historia se sitúa
antes de todo el tinglado que ha ocurrido desde Requiem en adelante... (no hay nada mejor
como volver la vista atrás)
DEDICATORIA: Me gustaría dedicar
este relato a la gente con quien más me relaciono últimamente, ya sea por Internet o de
una manera física... A mi cyber-chico, Jose (sobran palabras). A mi cyber-amigas: Marta
(gracias por tus palabras y por nuestros desahogos contra ese canal que ya TODOS
conocemos); a Manex:(que aunque hace tiempo que no te veo por mi correo, aún me acuerdo
de ti... eh?); a Doris (espero que disfrutes con este relato, y gracias, también, por
nuestras conversaciones); a Chucky (a la chica más divertida que he conocido, todavía me
estoy acordando aquella tarde en el chat, JAJAJAJA). Y ahora a mis amigos, a aquellos que
veo cada vez que puedo: a Nats, Leti, Sil, Lau, Al, Jul, Esther (Aquí está tu amorcito!!
jejejeje), Kora, Silvia R (a ver si nos vemos más a menudo!!), Yessi, Gaby, Chris, Ruzzz,
Arti, Ana, Coré (a ver!! los berberechos!! Dónde están??), Domi, Elena, Jenny, Raquel
C, Eva, Yohana, Lorena... Y por supuesto a todos los Shippers, porque se lo merecen... Y
también ha aquellos amigos que quieran mandarme un feedback... jejejejee ;-)
Las leyes de la
física, la astronomía, la concepción de los períodos planetarios, el calendario
gregoriano, y hasta el mismísimo Dios que con tanta perfección había medido la vida de
la raza humana; saltaron en mil pedazos; pedazos que jamás sería capaz de recoger en mi
mente. Sus palabras totalmente calibradas, oportunamente correctas, llenas de
sabiduría... quizás fingida, fueron empapando con lentitud aquella parte de mi
conocimiento que guardaba para una ocasión especial... Aquella lo era...
- Alguien se ha
olvidado de un día.
- Un día...
- Quizás fue
Julio César, quizás fueron los gregorianos... pero alguien se ha olvidado de un día...
- Un día, ¿cómo
alguien se puede olvidar de un día?
- No somos
perfectos, la imperfección es nuestro carné de identidad. Por mucho que intentemos ser
exactos, siempre habrá algo que no concuerde.
- Y en este
caso... qué es lo que no concuerda...
- Alguien se
olvidó de un día... Se equivocó al programar nuestro tiempo... ¿qué se le va a hacer?
Dios, que dicen que es perfecto, no vive en la Tierra.
Debí molestarme
por su susurrado sentimiento ateo, pero no lo hice, quizás porque estaba embebida en
aquella expresión facial profundamente marcada jamás observada antes por mis ojos.
- Cada ciento
cuarenta y dos años poco más o menos, ocurre algo verdaderamente impresionante. Cada
ciento cuarenta y dos años, los seres que viven en este maltratado planeta, viven un día
más sin saberlo...
- ¿Cómo puede
ser posible?
- He hecho mis
cálculos y creo que puede ser factible...
Entonces miró al
cielo y el día, que despreocupado había amanecido, apagó toda su luz. La noche había
llegado sorprendentemente antes de tiempo. Yo también dirigí con profundo estupor mi
mirada a nuestro techo, y vi como diminutas estrellas aparecieron trepidantes en el gran
manto que inundaba la percepción encima de nuestras cabezas. Mi entendimiento no podía
asimilar lo que presenciaba...
- Cada cuatro
años se recupera la jornada que nos hemos dejado por el camino... Sí... se recupera ese
día, pero además se ganan unos cuarenta minutos jamás contados, minutos que al cabo de
ciento cuarenta y dos años se convierten en un día...
Su explicación
expuesta con las palabras precisas, entraba por mis oídos con especial tacto, anegando de
profundo bienestar toda la confusión que esa situación me estaba provocando. Bajé mi
mirada hasta su cara, y él también me miró. Mis ojos se llenaron de su faz, a la misma
vez que los suyos recorrían el mundo de la mía y sus palabras siguieron hiriendo
suavemente mi ofuscada cordura.
- ¿Qué día es
hoy? -preguntó fijando con más firmeza sus ojos en mí.
- Hoy... hoy es
uno de marzo...
- ¿Y ayer?
- Ayer fue
veintinueve de febrero.
- Año bisiesto...
- Sí...
- ¿Sabes? Hoy no
es uno de marzo...
- ¿No?
- No. Hoy es
treinta de febrero. Hoy hace ciento cuarenta y dos años, que el hombre se olvidó de
contar un día más..
- ¿Seguro? - Completamente... Su mirada era firme, sus palabras también. Pensé que, quizás debido a su firmeza mostrada, todo estaba siendo un capricho de su locura..., pues sin saber por qué... así, inesperadamente me asaltó una duda inquieta a la cabeza... ¿Y si me encontraba conversando con un loco sabio? De improviso, todo mis prejuicios formados a partir de sus palabras increíblemente eruditas, fueron modificando sus matices... ¿Por qué tenía que tener la certeza de que sabía lo que decía? Sí, puede que hiciera un segundo desde que me aliviara de mi confusión "nocturna", pero apenas conocía a aquella persona, y no tenía motivos para seguir sus pasos explicativos. Entonces, cualquier rasgo de confianza hacia su persona fue retirado por las manos de mi prudencia, y como si él intuyera lo que ocurría en mi pensamiento, la firmeza de sus ojos en mí, fue trasladada al vacío de la prematura noche. - No me crees... Ahora, además de la desconfianza hábilmente desenmascarada, y a pesar de mi desconocimiento sobre su identidad, sentí fascinación por su sentido intuitivo... Pudiera ser un sabio, un loco, quizás un especialista mental, pero lo más impresionante de su persona, no era lo que podía o no ser, sino su poder de atracción, su recién descubierto encanto... - No... no me crees... -repitió esta vez en un hilillo de voz... - No entiendo por qué he de creerte... - ¿Y acaso has creído que el día se ha vuelto noche? ¿Es más difícil creer semejante fenómeno? No había reproches en su tono de voz, pero yo los sentí en su intencionada mirada, otra vez hundida en mí. Y ante tal dilema, éste que era el creerle o creerme que el sol se había apagado con antelación, yo me quedé muda y quizás insensible. Me adentré en mi propio mutismo, me dejé guiar por la indecisión y eso me produjo desasosiego, aquella no era mi actitud. - Lo siento... He sido demasiado duro... debería comprender tu incredulidad... A veces es más sencillo creer en un hecho inexplicable y fácil, que en una verdad llena de complicaciones. - Pero... ¿no cabe la posibilidad de que tu verdad sea también un hecho inexplicable? - Entonces, así como tú misma estás afirmando... ¿por qué, si mi verdad es para ti un fenómeno inconcebible, no me crees? Estimas la posibilidad de que de la mañana más luminosa, hemos pasado a una oscuridad absoluta... ¿por qué te es tan difícil confiar en mis afirmaciones? - Yo no he dicho que crea tal suceso... yo no he dicho nada... Y tenía razón, no había dicho nada al respecto. Estaba hecha un verdadero lío en mi pensamiento, pero yo no le había mostrado ninguna conjetura. Solamente había asentido a sus primeras explicaciones y posteriormente me había inclinado por no mostrarme, en mi totalidad, abierta a ellas. Estaba derrotado. Una expresión de derrotismo surcaba su cara irreconocible. Sus ojos permanecían, en ese momento, sujetos en el suelo. Sus brazos se apoyaban sobre su cintura, y su cabeza, su cabeza sabía que maquinaba miles de discursos para tratar de convencerme... o quizás no quería convencerme, sino solamente ser escuchado. Me daba la impresión que a través de su voz grave y atrapadora se habían deslizado millones de palabras, miles de frases y cientos de acertijos y explicaciones... pero a mi pesar... ni una sola convicción... ni un solo oído que escuchase. Mas, sin embargo, continuó hablando. - ¿Y ahora? ¿Y ahora me dirás algo? - No... - ¿Por qué no? - Porque no poseo ninguna explicación, ningún punto extremadamente claro en donde apoyarme. ¿Quieres que te diga que te creo? No puedo... Hay veces que se necesita hechos y pruebas, más que palabras. Sé que es necesaria la mejor de las explicaciones, pero a veces, por muy logradas que sean, tienen que poseer un respaldo basado en evidencias que las pueden demostrar... Además, en pocos minutos, te has atrevido a desafiar a la historia, a la física y cientos de personas que marcaron una página en las memorias de la humanidad... - Y la noche... ¿crees en ella? ¿Que debería contestar ahora? Alcé una ceja en gesto confundido y me dejé llevar por una sonrisa que sorprendente salió de sus labios. Fue tímida, infantil en su profundidad y llena de candor. Entonces uní otra cualidad en el retrato de comportamiento en torno a su persona, llegando a una conclusión que poco concordaba con la realidad: era un sabio, un loco, un ser infinitamente atrayente y con una infantilidad arrebatadora... Me moría por conocerlo con detenimiento, pero sus intenciones, claramente oratorias y reservadas en cuanto a su personalidad, me lo impedían. - ¿Sabes qué hora es? Me sorprendí por su repentina pregunta, pero llevada de la mano de su poder atractivo, me vi forzada sumisamente a mirar el reloj de mi muñeca. - Las doce... - ¿Las doce del día? ¿Las doce de la noche? A cada palabra, a cada pregunta o afirmación me arrastraba más a la profundidad de la cueva de sus creencias. De la misma forma en como había perdido la confianza en él (imprecisa e inexplicable), ésta volvió a surgir en mí. Había algo en él que me embargaba, me anegaba por completo. Me dije que era la persuasión de sus palabras, de su sabiduría (aún indescifrable), de su fe, pero además existía otro encanto. No lo podía negar... su boca gruesa, sus ojos enormemente penetrantes... su cara, sus facciones marcadas... No sabía quién era, pero estaba segura de que jamás lo olvidaría; aunque no lo volviera ver más en mi eternidad, su rostro quedaría grabado con fuego en mi memoria... - ¿Y ahora? ¿Siguen siendo las doce? Lentamente aparté mi vista de su cara, y obedeciendo a su pregunta miré el reloj. Entonces ocurrió otro hecho sorprendente. Ya no sólo era la noche o el día lo que desafiaba a la lógica natural, sino también el tiempo. Nadie lo hubiera imaginado jamás, ni yo misma podía imaginarlo ahora que lo tenía entre mis ojos, porque los cerraba y no conseguía retener aquella imagen. Las manecillas de mi reloj de pulsera no paraban de dar vueltas en sentido contrario a su rutinario camino... Fruncí el cejo, abrí la boca como un acto reflejo ante el desconcierto que sentía y le miré. - No... no puede... ser... Sus ojos, al contrario que los míos, no mostraban ninguna expresión de sorpresa... E imprevistamente por mi mente surgió un presentimiento. ¿No se había impresionado porque sabía que el tiempo iba a comenzar a ser ilógico por primera vez en la historia de su existencia? No... no podía ser posible. No cabía en mi cabeza que él supiera algo. - Esto es increíble... - Sí... lo es... Increíble... pero ahora que lo ves y lo puedes sentir, así como viste y sentiste el anochecer, no te parece tan increíble... porque crees, ¿verdad?... - No... puedo creer. - ¿Por qué no? Ya tienes pruebas... - ¿Pruebas de qué? No lo podía ocultar. Mi asombro era más poderoso que mi aguante de inexpresión. Estaba viviendo un sueño, aquello no tenía otra explicación. Me sentí insegura. Me sentí desprotegida porque estaba pisando un terreno desconocido, y seguro que también desconocido para toda la humanidad. Y así, como inoportuna representante de una población terrícola estupefacta, quise buscar una explicación en su cara. Pero en ella no pude ver nada, sólo sonrisas divertidas, se estaba entreteniendo a costa de mi confusión... No me molesté por ello... - Te estoy dando pruebas de mi teoría. - No... no, esto es una broma, sí... de muy mal gusto -dije, mientras lancé una sonrisa nerviosa...- no puedes controlar en el tiempo... Nadie puede hacerlo... - ¿No? Sin avisar me cogió suavemente de las manos y girando mi muñeca izquierda, posó su dedo índice en mi reloj. Al momento, las manecillas se pararon marcando de nuevo las doce... Le miré, hundí mis pupilas en las suyas, y todo paró a nuestro alrededor. Debí sentirme intimidada por la forma en como me miraba, pero como antes me había pasado con sus sonrisas casi burlonas, no palpé ni el más mínimo malestar. Al contrario, impensablemente me gustaba... hacía tiempo que alguien no me miraba así. Y el tiempo sobre mi muñeca volvió a la normalidad, pues aunque no reparé en el reloj, el silencio que se había formado a partir de sus ojos, me permitía con total claridad oír el casi imperceptible sonido del segundero, que sin querer, desprendía en su recorrido giratorio. Aquello era increíble... Aquello era un sueño... tenía que ser un sueño... - Hace un rato me dijiste que necesitabas pruebas para creerme, pues te las estoy dando. ¿Por qué no puede ser posible que en este día inexistente, el sol pueda ocultarse a las doce de la mañana? ¿Por qué no puede ser factible que el tiempo vaya hacia atrás, en una jornada exenta de toda lógica humana a causa de un mal cálculo? Sentía, además de sus palabras cada vez más susurradas e intencionadas, como sus manos tomaron el control sobre las mías acariciándolas con vehemencia, siguiendo una vereda circular que excitaba voluntariamente toda mi piel. - Mira... mira al cielo... -y yo miré, estaba a su merced. Me soltó una mano y señaló hacia arriba- ¿Qué ves?...- Nubes... - Nubes cargadas de agua... Tenía razón. Empezó a llover, con fuerza... En pocos segundos estábamos totalmente empapados... - Llueve... -pronuncié con la voz apagada, hipnotizada por su influjo. - Llueve, pero no de cualquier forma... Estaba lloviendo al revés... No sé como explicarlo. El agua no parecía caer del cielo, de aquellos nubarrones, parecía que salía del suelo y nos empapaba... sí... pero primero nos mojaba los pies... Sentí ganas de llorar. Un nudo indestructible en mi garganta me impedía tragar normalmente. Y al fin lloraba, con timidez, aunque no sabía por qué razones... pero mis lágrimas empezaron a rodar por mis mejillas en sentido contrario a las gotas de lluvia. - ¿Lo ves?... Cada ciento cuarenta y dos años, el mundo deja de existir en su justa medida, y en él aparece otro nuevo, vacío de toda lógica. Ya está... a veces es más sencillo creer un hecho inconcebible, pero fácil, que una verdad llena de complicaciones. Mas ahora, esa verdad complicada, se ha vuelto llevadera... las evidencias te lo demuestran, y no dejan lugar a un simple hecho inexplicable -sus palabras eran cada vez más intrínsecas, y sus manos... también lo estaban siendo... pues éstas llegaron "íntimamente" a mi cara, acariciándola toda-... Pero no quisiera que esta verdad fuera sólo para obtener tu plena confianza... no es ese mi fin. Sólo quería... que alguien me escuchara, así como intuiste, y tú lo has hecho... Así que esta verdad... la de estar viviendo un treinta de febrero, es para ti... es tuya... Ahora sabía por qué lloraba. Sí, lo sabía con clara certeza. Lloraba emocionada, rendida a la evidencia de un orador nato, de un sabio que estaba loco, cuyo encanto me había hecho perder el sentido de la desconfianza; cuya sonrisa y atractivo físico me había dejado inexorable a los ruegos de mi control. Me sentía esclavizada a su dulce superioridad, me había vencido en todos los aspectos, y por eso lloraba, porque me sentía feliz bajo su mirada que aprisionaba en afabilidad. No sabía quién era... no..., pero estaba segura de que su lugar de residencia no era la Tierra. - ¿Eres Dios? La lluvia ascendente nos seguía golpeando con fuerza, y de sus gotas enormes emanaba un ruido ensordecedor, pero incoherentemente agradable. El cielo seguía negro, la noche caminaba firme sobre nuestras cabezas. Mi cara estaba en su mirada, y la suya en la mía... y la escasa distancia que existía entre nosotros se fue desmaterializando, hasta que finalmente se perdió. Su boca, ligeramente abierta, se encontraba casi sobre mi boca. Y me quemaba... me abrasaba... Entonces repetí susurradamente contra su aliento, a pocos milímetros de sus labios... - Dime... ¿eres Dios? Y me besó... con la misma candidez de sus sonrisas... Está extraña, su actitud es extraña. Está absorta, ida. Está engullida en su ensimismamiento desde que cruzó la puerta de esta oficina y yo no sé si debería alarmarme. - Scully... ¿Te encuentras bien? - Sí... Y así, un intento tras otro. Por un momento llegué a pensar que no era ella. - Ehhh... No puedo evitarlo. Sé que llevo casi diez minutos preguntando que te pasa, y recibo siempre la misma respuesta, pero me encuentro preocupado por ti... Scully... ¿ha ocurrido algo? -No... no... Sólo... sólo que anoche soñé contigo.
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