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Número 9- Julio 2000 |
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Escribe: Dra. Ana María Fernández
González
Introducción Estando ya a las puertas del siglo XXI, en el que no pocos autores señalan el advenimiento de una "sociedad del conocimiento" o "sociedad de la información" que transforme el actual escenario mundial en la llamada “aldea planetaria”, resultado principalmente de la revolución tecnológica que ha tenido lugar en nuestros tiempos, especialmente en el campo de la información y de las comunicaciones; donde se espera que para el año 2000, de una población de 6.000 millones de habitantes, cerca de mil millones estarán en capacidad de comunicarse entre sí de manera instantánea, el problema del conocimiento, del aprendizaje que ha de tener lugar para ello, las diferentes alternativas para formar nuevos significados, para procesar información, etc. obligan a las Ciencias Pedagógicas y a las instituciones docentes a un replanteamiento del proceso de educación. Estas nuevas demandas de la sociedad, presentes aún en países de Latinoamérica y del Tercer Mundo en general -que se caracterizan por su pobreza de recursos (entre ellos, los tecnológicos) y la baja calificación de sus profesionales que llegan a ser no competitivos como fuerza de trabajo en un sistema productivo basado en la información- plantean la necesidad de cambio en las Universidades que constituyen, sin dudas, entidades importantes en la capacitación para los retos del próximo milenio. A pesar de que la actividad docente tiende a ser una tarea conservadora y numerosos autores en diferentes latitudes confirman que es una de las más resistentes a cualquier innovación (Fernández Pérez, 1988), la innovación en la educación universitaria debe contribuir a crear el futuro, planteándose entonces la siguiente interrogante: “¿por qué la capacidad innovativa y de creación que se emplea para la investigación en las universidades no se utiliza también en la docencia?” (Chacón, 1997) Afortunadamente, en Cuba existe un movimiento ascendente en esta dirección, lo que ha permitido ir sentando las bases de una Pedagogía de la Educación Superior que, atendiendo a las nuevas demandas sociales, de la ciencia, y de nuestro contexto sociohistórico, pretende trabajar por una educación que supere el instruccionismo y se oriente al desarrollo pleno del hombre, a su desarrollo profesional y humano, para lo cual se promueven formas activas de aprendizaje, centradas en el propio proceso del aprender y no en los contenidos, vinculadas a la práctica y a la investigación como vía de obtención del conocimiento, de carácter interactivo y mediadas por un vínculo comunicativo que asegure el enfoque humanista propio de nuestras tradiciones pedagógicas. La introducción de las Nuevas Tecnologías de la Información y las Comunicaciones en la enseñanza aparece como una de las alternativas para la solución de algunos problemas que enfrenta la educación en el mundo contemporáneo, con nuevas posibilidades y ventajas ya conocidas; aunque nos enfrenta también ante algunos dilemas, como los siguientes: ¿puede y debe ser sustituido el profesor por una máquina, por más inteligente que ésta pueda llegar a ser? ¿Cómo lograr formas de aprendizaje cooperativo, vivencias de trabajo grupal en el estudiante? ¿Cómo garantizar enfoques personalizados, creativos, la posibilidad de dialogar, de aportar conocimiento y no ser un mero buscador de información o ejecutor de tareas? ¿Es posible llegar al mundo interno del alumno, de sus sentimientos, sin tenerlo frente a frente? Es decir que, especialmente debido a la importancia de la comunicación interpersonal en la educación, se impone una nueva reflexión ante la llamada tecnología educativa. Comunicación y Educación La educación no debe reducirse a la asimilación y construcción del conocimiento que se conoce como proceso de enseñar (nótese que con toda intención no hablamos de transmisión de conocimiento). Aún con una concepción más participativa e interactiva de este proceso, el mismo -por lo general- se circunscribe a la formación de un saber en el estudiante que resume lo acumulado por la humanidad hasta el momento en un área de la ciencia y el desarrollo de habilidades en ese campo Sin embargo, un concepto amplio del término educación implica aquel proceso orientado al desarrollo personal, donde “el educando simultáneamente construye conocimientos y se desarrolla en planos diversos como persona” ( González Rey, 1995). El proceso de educación requiere de la interrelación entre la asimilación del conocimiento y el desarrollo de la personalidad. Durante muchos años la Pedagogía y la Psicología abordaron el proceso de aprendizaje desde una dimensión cognitiva, intelectualista, donde interviene el hombre sólo “del cuello para arriba”, al decir de C. Rogers, y no en su integridad como personalidad. Esta concepción resultaba muy coherente con los modelos educativos de carácter enciclopedista y aún con los de corte conductista en los que surge inicialmente la tecnología educativa. La tecnología educativa surge dentro de un modelo educativo centrado en los resultados, que buscaba superar el papel pasivo del estudiante y, a partir de la tecnificación del proceso, hacerlo más eficiente. Este modelo, que también fue denominado Ingeniería del Comportamiento, pretendía lograr cambios en el que aprende a partir de la formación de hábitos, condicionamientos, siendo especialmente productivo en el desarrollo de habilidades. Textos de enseñanza programada, programas de entrenamiento, sistemas de videoclases a través de circuitos cerrados de televisión, la introducción posterior de la multimedia y otras formas de uso de recursos tecnológicos en la educación acercaban a estas modalidades de educación a formas bidireccionales de comunicación profesor-alumno, al incluir la retroalimentación o feed back aportado por la respuesta del alumno dentro de su modelo comunicativo. En realidad, se trataba sólo de una pseudoparticipación, ya que el educando sigue estando en su posición de objeto del trabajo del profesor, que es el que verdaderamente construye el proceso, mientras que el estudiante sólo interviene en calidad de control o verificación de los objetivos propuestos por su maestro. En las últimas décadas, como respuesta ante el tecnicismo de corte conductista, condicionada por la influencia de los enfoques humanistas en la Psicología y la Pedagogía que resaltan la importancia de la comunicación y la relación interpersonal en la educación (así como por enfoques sociológicos dados por las necesidades de democratización y participación en el contexto social) fue conformándose una tendencia a un modelo educativo centrado en el propio proceso de aprender, que resalta el papel del diálogo y aboga por una no directividad, por la necesidad de una verdadera comunicación entre sus participantes. En el mismo se toma al alumno como centro y el docente solamente conduce, facilita su propia construcción del conocimiento, necesitándose de la interactividad, de la verdadera participación, lo que implica acudir a la dimensión humana, subjetiva, de los que intervienen en el proceso y a la competencia del educador en el establecimiento de las relaciones humanas que éste supone. Tecnología educativa y cambio de paradigmas El desarrollo de la tecnología de la información y la comunicación en los últimos años ha ido sentando su impronta en la educación, especialmente en la educación a distancia. El modelo de la multimedia desarrollado a partir de los años 70 ha sido sustituido por el llamado “paradigma tele-informático” (Chacón, F. ,1997) que ha ido creando una nueva generación de formas de educación a distancia concebidas como Sistemas Interactivos Abiertos. El uso de la computadora propicia un vehículo permanente de comunicación, asegurando la necesaria interactividad en el aprendizaje y hasta el diálogo personalizado que asegura un contacto interpersonal (no presencial) a través del correo electrónico, “chateo”, net meeting, etc. El material se puede presentar de distintas formas, haciendo uso de diversos canales sensoriales, con la incorporación del sonido. Se pueden establecer grupos de trabajo a través de listas de discusión, redes, que pueden ir constituyéndose en comunidades científicas de carácter virtual en donde se puede trabajar en forma cooperada. Los adelantos tecnológicos permiten, por ende, hablar de una tecnología más próxima a las concepciones más contemporáneas acerca de la educación, donde no se esté trabajando en la mera transmisión o difusión de la información, sino dentro de un concepto de comunicación, donde se comparten opiniones y vivencias acerca del mensaje. A nuestro juicio, el logro fundamental en la introducción de este nuevo paradigma tele-informático en la educación consiste no sólo en sustituir unas técnicas por otras, sino en establecer principios de trabajo en correspondencia con los nuevos modelos pedagógicos, para así aproximarse realmente a una verdadera tecnología educativa más que a una tecnología para la educación . Dentro de los principios básicos que se señalan en este paradigma, podemos resaltar el de la interactividad (incluida no sólo la relación persona-máquina, sino también persona-persona); el de un aprendizaje centrado en el proceso mismo de aprender; el principio de la globalización que da acceso a la información en cualquier parte del mundo y trasciende a la concepción protagónica del profesor como única fuente de conocimientoy y el establecimiento de redes de conocimiento que apuntan hacia formas cooperadas en el aprendizaje, entre otros. Nuevos retos de la comunicación educativa Hablamos de una comunicación educativa en los casos en que los vínculos establecidos entre las personas que se comunican y el intercambio de mensajes logrado tienen, al menos para alguno de los participantes en la situación, una finalidad de desarrollo, de lograr crecimiento personal. Es por ello que es una forma de comunicación característica no sólo de contextos docentes (por ejemplo, la relación profesor-alumno), sino propia de ámbitos en que puede estar presente la intencionalidad de educar (por ejemplo, en la familia, en el trabajo comunitario, en el trabajo con los medios masivos de difusión, en programas culturales, etc). Sin embargo, el problema que nos ocupa está centrado en cómo lograr esta forma de comunicación desarrolladora en contextos de aprendizaje, que en ocasiones trascienden las fronteras no sólo del aula, sino de la institución docente, de los límites geográficos incluso, al tratarse de alguien a quien no tenemos presente en una relación cara a cara, sino “a distancia”. La comunicación como proceso psicológico supone funciones que van más allá del intercambio informativo, como son las de regulación de la actividad psíquica y el comportamiento y la del intercambio vivencial o afectivo. La primera de sus funciones tiene un escenario privilegiado con el uso de las nuevas tecnologías: el volumen de información y su acceso es cada vez mayor. La función reguladora y la afectiva, sin embargo, tienen un óptimo escenario en la relación presencial, en el contacto humano. En toda situación de comunicación entre seres humanos intervienen elementos de naturaleza informativa, pero también otros de naturaleza psicológica, no menos importante para ella, de la que depende en gran medida cómo son recibidos e interpretados los mensajes (Fernández, A.M. y otros, 1995). Nuestras relaciones de rivalidad o cooperación, sumisión o equidad, imposición o participación democrática, así como nuestros sentimientos de amor, amistad o desprecio, rencor hacia el otro, por poner tan sólo algunos ejemplos, hacen que los mensajes intercambiados sean diferentes y tengan consecuencias muy distintas en nuestras vidas. El asunto sería entonces este: ¿cómo lograr en una relación no presencial estilos verdaderamente comunicativos? ¿Cómo trabajar con la emocionalidad del otro, cuya necesidad es ya indiscutible dentro del aprendizaje, si el lenguaje analógico, dado en la relación presencial a través del gesto, lo extraverbal, es fundamentalmente su medio? ¿Qué recursos utilizar para generar una influencia que penetre al otro, que lo “cautive”, que deje huella? La respuesta más a mano, ante nuestro desconocimiento es decir: no es posible. Quizás una respuesta más cercana a la ciencia, que ha mostrado posibilidades insospechadas ante muchas interrogantes a lo largo de su desarrollo, sería: hay que descubrirlo. Los estudios en la Psicología muestran que la aproximación psicológica al otro, la empatía, o el también llamado nivel de interpersonalidad logrado en la relación humana (Fernández Collado, 1986 ) no está determinado por la cantidad de personas que intervienen en la situación comunicativa o su cercanía física. Podemos estar ante un gran auditorio y estar transmitiendo mensajes muy dirigidos a algunos en particular; podemos estar en situación grupal y estar comunicándonos especialmente con alguien que quizás esté sentado más lejano a nosotros y no con el que está a nuestro lado. Algunas veces, lamentablemente tenemos a algunas personas a nuestro lado a diario con las que nunca verdaderamente nos comunicamos. En esto sí interviene el conocimiento del otro, el grado de “resonancia” que logramos con él al tener referentes comunes, códigos compartidos en ocasiones inaccesibles para los demás. ¿Cómo lograr un conocimiento del otro a partir de un intercambio no presencial? ¿Cómo lograr establecer códigos comunes, sentimientos compartidos, pertenencia grupal? ¿Qué vía utilizar para captar sus preferencias, los matices de su personalidad a través de un diálogo mediado por una computadora u otro medio técnico? La tecnología siempre ha impuesto sus retos a la inteligencia humana, y también a la sensibilidad. De los juglares como artistas expresando sus vivencias y experiencias a través de cuentos y canciones de pueblo en pueblo, a la lectura de una obra literaria donde estas se recogen (salvando las distancias) para que cada cual en su lectura individual, solitaria por lo general, distante en el tiempo del momento en que fue expresada, se apropie de ella, hay un gran trecho. No obstante, ¿quién no es capaz de distinguir al poeta detrás de su obra? ¿Quién no podría detectar el estilo personal de Walt Whitman o de Antonio Machado al leer sus poemas? ¿Por qué puedo yo preferir la prosa de José Martí o la de Víctor Hugo? ¿Existe alguien que no se conmueva con la música o que le despierte sosiego la obra de Litz, mientras que Bach lo exalte aún sin haberlos conocido nunca? Sin embargo, desde que la tecnología para ello existe, nadie ha dejado de oir música por no tener al artista a su lado y poder captar su expresión apasionada o ha renunciado a la poesía por no tener quien le declame al oído y poder captar hasta el temblor de su voz, la fuerza de su mirada. La obra del hombre lleva el sello de su inteligencia y de su sensibilidad. Los artistas mencionados no sólo expresan contenidos diferentes, sino sus niveles de expresividad son también únicos, irrepetibles. La ciencia también está matizada por la personalidad de quien la construye. Si queremos enseñar, los mensajes, la forma en que los hacemos llegar, el lenguaje que escojamos para ello, aunque estén mediados por la tecnología, deben ser capaces de penetrar la individualidad del otro y hacerles sentir la presencia humana. Conclusiones El mundo contemporáneo exige repensar nuestras concepciones de educación y al buscar soluciones para enfrentar los problemas que demandan nuestros tiempos no debemos negarnos a aceptar las bondades que la tecnología, también creada por la inteligencia y la sensibilidad humana, nos proporciona. La tecnología educativa ha tenido un desarrollo aparejado con su objeto de estudio. Tanto los recursos técnicos como las concepciones en la educación han hecho que vayan surgiendo nuevos modelos, más ajustados a las demandas actuales. Sólo la comprensión del problema desde su doble dimensión -la tecnológica y la pedagógica- nos acercará a soluciones que permitan cumplir los objetivos propuestos. La máquina nunca podrá reemplazar al profesor, salvo a aquel que, al decir del propio Skinner en su tiempo, merezca ser reemplazado por ella. El trabajo educativo requiere de una comunicación verdaderamente humana, a la que debemos tratar de aproximarnos con respuestas inteligentes. La tecnología no constituye el medio idóneo para el diálogo, pero tampoco lo excluye. Por otra parte, aporta posibilidades que están excluidas a la enseñanza tradicional. El reto está planteado: aprender a cautivar al otro, captar su individualidad y expresar la nuestra; hacer sentir la presencia humana aún sin tener al alumno sentado frente a nosotros en un aula. Bibliografía: Chacón, F. "El nuevo paradigma tele-informático y la
universidad latinoamericana". Collins, A. "El potencial de las tecnologías de la
información para la educación". Fernández Collado, C. "La Comunicación Humana". Mc Graw Hill, Mexico, 1986 Fernández, A.M. y otros. "Comunicación Educativa". Editorial Pueblo y Educación. La Habana,1995. Fernández Pérez, M. "La profesionalización del docente". Editorial Escuela Española. Madrid, 1988 González Rey, F. "Comunicación, Personalidad y Desarrollo". Editorial Pueblo y Educación. La Habana, 1995. Yarzábal, Luis. (Editor) "La Transformación Universitaria en Vísperas del Tercer Milenio". Memorias del Simposio CRESALC-UNESCO, 1996 |
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