No la culpo ni me culpo

(Mario García Saavedra)

 

 


Todo pudo ir muy bien. Todo pudo ser color rosa, como lo soñé. Hasta ahora recuerda Inés Olazábal, la fatídica noche en la de sus celos y morbo pudieron más que su voluntad y sus propios sentimientos. Fue demasiado tarde, había propinado un letal golpe a María del Rosario, hija menor de los Gálvez. Mientras la veía caer, recordaba todas las cosas nefastas que por culpa suya me habían ocurrido, mientras la miraba descender, mi sangre hervía de felicidad, al ver que se estaba yendo no sé si mi mayor enemiga o mi mejor amiga. Eso me dijo la linda morenita, veinte años después de la inolvidable noche, mientras entablábamos una conversación.


Todo comenzó cuando Inés fue a vivir a mi casa, me dijo, haciendo un poco de memoria. Mi padre y mi madre, habían vivido por mucho tiempo en la sierra, en el paraje andino de Junín. Un lugar muy bonito y ampliamente conocido por la singular atención que el lugareño presta al forastero. Allí habían trabajado en la hacienda de mi abuelo, un viejo que perdió mujer, hijos y toda su fortuna en los juegos de azahar. Lo único que le quedó fue una hacienda maltrecha, sin producción y en quiebra. Mi padre convenció a mamá inmediatamente, para acudir al llamado del abuelo, a sacar la campiña adelante y quién mejor que mi padre, que había trabajado con la tierra desde muy retoño, para hacerlo.


Su objetivo fue logrado. En medio año, la haciendo había vuelto a ser la de tiempos atrás. Las producciones se incrementaban en un 17% anualmente y los productos se empezaron a exportar con gran éxito a la capital. Al parecer el gran sueño de mi abuelo se había cumplido. Pero el viejo andaba mal, y poco tiempo después murió. Mi madre, que siempre había sido una huelepedos del viejo no soportó más vivir sin él e instó a mi padre a regresar a Lima y vender la haciendo que él con ayuda de su peón más querido, Andrés, habían logrado resurgir en menos de año y medio.


Mi madre, siempre arrogante y de carácter fuerte consiguió volver a Lima con papá, cosa de esperarse contando con la docilidad de la que mi viejito querido hacía uso. Pero hubo un enfrentamiento entre ambos: Papá, estaba tan contento con el trabajo que Andrés, su peón, había realizado que no tardó en quererlo llevar a Lima también, para que trabajase ya no de agricultor, sino en servicios domésticos en la casa grande. Y así se hizo, partieron la primera tarde de agosto, papá, mamá, Andrés, su esposa Margarita, Rosita y Maria del Rosario, sus dos pequeñas hijas.


Tras dos días de trecho muy cansado, llegaron a la gran capital. Papá me contó luego, que la familia de Andrés se había quedado boquiabierta al ver la gran Vía Expresa, los carros y los grandes edificios que en aquel entonces estaba en construcción en la Avenida Brasil con la Marina. La casa se encontraba a pocas cuadras de allí. Por el tráfico y el apuro de mi madre, por darse un baño con flores y perfumes, característico en ella, después de un viaje, bajaron del taxi, y alternando cuadras en zic-zac, llegaron rápidamente.


Recuerdo que me encontraba en el patio, sentada en un sillón de felpa que el abuelo había comprado a un amigo francés, caído en desgracia, su esposa muerta y sus hijos enfermos, un cuento un poco mentiroso, e inverosímil, contando con la audacia del viejo abuelo.


Tocaron la puerta, pero me dio lo mismo y seguí saboreando el dulce sabor a piña de la avena que Juanita, la empleada había preparado y puesto en la nevera desde un día antes. El que finalmente abrió fue Horacio, el mayordomo. Al escuchar la voz antipática y sonora de mi madre, corrí a abrazar a mi padre, sabría que vendría con ella. Luego de un saludo poco cálido, pregunté sin vacilar por los intrusos. Una vez presentados, tuve que llevar a la niña que sería mi mayor molestia a mi cuarto, donde la instalé cariñosamente y di dos de mi almohadas, una a los pies y otra a la cabeza, así me lo había enseñado mi madre. La vi algo sucia, supuse que por el viaje y le presté entonces el baño. Mientras estaba dentro, imaginaba todo lindo, la hermanita que nunca había tenido, esa amiguita y compañera, con la que compartiría todas mis cosas. Estaba tan feliz y tan emocionada, que mi mente no tenía otra cosa en que pensar, me dijo la “asesina” mientras las lágrimas corrían por su hermoso rostro.


Salimos del cuarto, le mostré con mucho amor la casa entera, había mucha química entre nosotras. En unas semanas sólo andábamos juntas y en un mes, éramos las mejores amigas. Nuestra amistad estaba tan fortalecida, que nuca pensé llegarle a hacer algo a María del Rosario, pero la perra me dio motivos.


Conforme crecíamos, iba cambiando nuestra manera de pensar pero la unión era más fuerte que todo. Estudiábamos en el mismo colegio, el Maria Nicole. Por las tardes, hacíamos las tareas, jugábamos y nos tirábamos en el patio como unas pequeñitas lindas sin problema alguno.


Me hubiese gustado mucho seguir así, como siempre. Pero no se pudo, sus intromisiones fueron cada vez más irritantes, su afán por figurar más que yo y su poca gratitud ante el gesto tan digno de mi padre, me hicieron odiarla, como nunca pensé odiar a nadie, mucho menos a mi entrañable amiga.


Fueron muchas las veces en que me hizo quedar como una idiota delante de las detestables amiguitas miraflorinas, fueron muchas las veces en que me dio un trato hostil y grosero, pero siempre yo callé, callé esperando que se diera cuenta de lo mal que hacía y de lo desestimable de su comportamiento, pero no, ella continuaba con su irascibilidad y deseo por ser la mejor.


Poco a poco, todo ese cariño que alguna vez le tuve, se fue convirtiendo en un odio sin censuras, en un resentimiento justo, al principio sin objetivos, después, ya con ellos pero sin pensar llegarlos a concretar nunca, caso cambiase el carácter de María del Rosario, la Charito linda, que de niña conocí, comentó Inés, en una visita que le hice al presidio, años después del hecho que marcó su existir para siempre.


Me enamoré por primera vez, simple gusto creo que fue, pero igual, me sentía muy bien con el chico más precioso de la Avenida Venezuela, el más guapo y bien parecido, pero no necesariamente el más fiel y leal. Luis Carlos San Román, había vivido en San Isidro, lo hacía ahora en el Cercado, porque las deudas y las letras por pagar del caro departamento allí, habían llegado al tope. Lo conocí en la Universidad Católica, cuando pedía los fascículos y requisitos para el examen de admisión. Había ido con Maria del Rosario, aunque en ese entonces las relaciones ya estaban un poco quebradas. El encuentro fue en una pedida de hora, usual en estos casos. Entabló rápidamente una conversación, yo era una chica tímida, casi nunca salía de casa, pero su amabilidad y belleza exterior, me cautivaron. Ahora, no sé si lo dijo para agradarme o porque en realidad postularía, pero me afirmó que deseaba ingresar a la misma facultad que yo: Ciencias Políticas. Tal vez por mi mente pasó la idea de estudiar 6 años juntos. Luis Carlos San Román era muy inteligente, y seguro de lo que quería, bastante atrevido en sus proposiciones, pero me encantaba, era la verdad. Una sonrisa sarcástica y tono irónico irrumpieron la plática. Hola, dijo la antipática. ¿Y quién es este lindo chico? No me digas que tu novio porque no puede ser, simplemente no me lo creería. La cara se me empanizó completamente, no sabía que hacer estaba tan pero tan avergonzada que no tenía palabras, sólo quería desaparecer de ese lugar y momento. Luis Carlos, sonrió y automáticamente comenzaron a hablar, yo quedé excluida. Pasaron los días y ese episodio vergonzoso, se me olvidó, pero dejó un poco más de amargura en mi interior.


No había sido mentira. Encontré a Luis Carlos San Román, el primer día de clases en la Universidad Católica. El capo, me había hecho seguimiento: me buscó, me encontró, me estudió, me flechó y finalmente acabó por conquistarme.


Fuimos novios durante 7 meses y tres días. Mi madre me enseñó a contarlos, para que así tuviera buena suerte en los asuntos amorosos, cosa que me resultó inservible. Pero tenía que suceder lo peor. Está claro que nunca me quiso. Sé como se conocieron, pero no cuando los perros se hicieron tan amigos. Los encontré besándose en uno de los auditorios de la universidad. Mi furia se hizo tan grande, que lo más lógico hubiese sido el escándalo. Pero aguardé y pensé con la cabeza fría, siguiendo las sabias enseñanzas de mi padre.


Me fui a casa, desconcertada y llorando, logré tomar un taxi de los antiguos, en el que no paré de llorar. El chofer me hizo varias preguntas, las que sólo escuché como un leve murmullo, no hice caso. Llegué a casa, y lloré por horas en mi cuarto. Turbado mi pensamiento, pensé en la venganza.


Los contratos con los inversionistas en la nueva empresa de mi padre, marchaban de lo mejor, aunque poco tiempo después del hecho, el pobre quedaría en la ruina. Aquella noche, recuerdo salió con mamá a la reunión de miércoles. Andrés y Margarita, dormían temprano, aunque aquel día habían ido al supermercado para hacer las compras de la cena del jueves con la abuela, que llegaba a contarnos sus penas y a hablar mal del difunto viejo, su esposo.


Tomé un baño con agua helada. Con todo mi ser en orden, bajé a la sala y permanecía allí, hasta que llegara la desgraciada. Hasta que por fin apareces, Charito, necesito tu ayuda. ¿Para qué?, me dijo la estúpida. Compraré un regalo lindo para Luis Carlos, sé que él me quiero mucho y quiero darle algo muy bonito. Titubeó pero aceptó. Todo lo tenía planificado, todo listo para acabar con mi problema, creía yo.


Salimos. Yo estaba de lo más hablantina y feliz, cosa que ahora, con la cabeza fría me parece nefasto. Mientras viajábamos, le pedí bajar un momento. Quiero pensar y contarte muchas cosas que me están pasando y quién mejor que contigo, para compartirlas, que eres tan leal conmigo. La muy sínica, asintió con la cabeza. Bajamos, pedí al taxista, se retirara, e inmediatamente no dudé en golpearle la parte inferior de la nuca y empujándola de la cintura, Maria del Rosario Gálvez cayó por el acantilado y mi paz interior fue tan grande, que me cogí el pecho y ahondé un respiro tan fuerte como la alegría que sentía. Me pasó de todo, todos me culparon, los esfuerzos de mi abogado fueron nulos, y como no si no quería salvarme del presidio, era conciente de lo que había hecho. Y
Hoy veinte años después, no me arrepiento.

 

 

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