LA MÁSCARA DEL FANTASMA.

Meg tomó la máscara blanca en sus manos y la miró con interés, curiosidad y recelo. Mientras escuchaba los gritos de la gente que se aproximaba con teas, palos, rifles e incluso sables para dar caza al fantasma, Meg decidió moverse con rapidez y buscó algo, un resquicio, una salida secreta que la llevara hasta donde pudiera encontrar al desdichado fantasma, personaje misterioso y apasionado que acababa de ver como el mundo que él conocía se derrumbaba ante sus ojos, contemplando con lágrimas en los ojos a Christine, partiendo en esa barca que el mismo fantasma había llevado hasta sus dominios con ella dentro.
Meg, no tenía miedo pero sí una gran curiosidad y una gran excitación ante lo que se proponía hacer.
Realmente, ella nunca había temido nada mal de ese ser oculto, de esa sombra que se deslizaba entre las bambalinas, los pasillos, las escaleras. Su madre le había contado desde niña que el fantasma era un ser tan especial y único que ninguno de los hombres que conocía se le podía igualar o comparar. Tanto Meg como su madre, admiraban a Er¡c. Así se llamaba, pero nadie usaba ese nombre. Ni siquiera él mismo. Para el resto de los mortales, Eric no existía, existía la sombra, el fantasma, el espíritu perturbador que había empleado años, tiempo y amor en ofrecer a su adorada Christine, su arte y su música. Su ángel de la música, que se había ido con el vizconde y le había entregado el anillo de compromiso que Eric arrancara de su cuello en aquel baile de máscaras de la ópera.
Meg, sabía que el fantasma nunca haría daño a su madre o a ella, por que les debía la vida. Su madre le ocultó y le salvó de sus penas y de su desgracia y Eric, encerrado en su castillo de las catacumbas, sótanos y recovecos del subsuelo de la ópera en Paris, vivía una existencia dedicada por entero a Christine Daeé.
Meg nunca le había visto "de verdad", pero "sentía" su presencia, algunas veces, cuando escuchaba algún ruido o sabía que su madre estaba cerca de Eric.
La chica era una buena bailarina y una auténtica belleza. Algún día podría llegar a ser la primera bailarina del ballet de la Ópera de París. Meg quería a Christine y la comprendía pero en su interior anhelaba ser ella la que despertara tanto amor, tanta admiración y tanta pasión en Eric. Pensó que para él, no era más que la hija querida de su protectora y única amiga en el mundo en el que vivía. Eric, el fantasma no sabía que Meg le amaba desde que era una chiquilla. Había escuchado su música de labios de su madre, cuando le contaba como componía y que fuente de inspiración era Christine y Meg guardaba en su corazón esa música que ella amaba y escuchaba aún sin ser tocada. La muchacha deseaba que el fantasma la tocara para ella, exclusivamente para ella.
Meg buscó y sintió que una corriente de aire provenía de un cortinaje rojo de terciopelo. Ya estaban casi llegando los gendarmes armados, la gente desbocada profiriendo chillidos horribles en contra del fantasma. Pidió a Dios que Eric estuviera fuera de su alcance. Qué hubiera encontrado una salida o un escondite inexpugnable para salvarse de esa turba, de ese gentío amenazador. Con la máscara entre sus manos temblorosas, abrió la cortina y comprobó que había cristales rotos, sin duda de los espejos y que los candelabros descansaban en el suelo moviéndose aún. Ella sabía que Eric había escapado por ahí, de modo que salió hacia el exterior con una vela en la mano y la máscara en la otra y se dejó guiar por la luz y por la oscuridad de un estrecho pasillo en el que se proyectaba la sombra de su cuerpo. ¿Dónde estaba él?. Se preguntaba la chica. ¿Habría desaparecido para siempre, a través de una puerta secreta y no lo volvería a ver?.
Su corazón latía con mucha fuerza. Le golpeaba muy dentro y se asustó pensando por un momento lo que estaba haciendo. ¿Y si Eric la rechazaba porque nunca la había amado? ¿Y si quisiera hacerle daño?. ¡No, nunca lo haría. Eric no!.
Continuó avanzando y sintió el aire penetrar por sus pulmones. Habría alguna salida. El aire fresco le daba en la cara y la humedad de las lóbregas paredes también. Meg recordó que su madre le había dicho que el fantasma era un genio que había diseñado todo ese mundo subterráneo y por lo tanto tenía salidas secretas que serían muy difíciles de encontrar.
Continuó por el pasillo. No veía ninguna rendija desde la que pudiera contemplar un atisbo de luz de la calle, pero el aire seguía dándole en el rostro y cada vez lo sentía más intenso.:-¡Cerca del río, el Sena!. Tal vez haya alcanzado el río y se haya esfumado en una barca. Meg se dio cuenta de que recorría un largo camino y que ya no iba en línea recta como al principio de su travesía. Siguió avanzando más y más sin descanso, sin pararse, sin desfallecer. Su deseo de encontrarle era tan inmenso que no volvería a mirar hacia atrás. Para entonces la gente habría entrado en los aposentos del fantasma y habría acabado con todo, bien destrozándolo o expoliándolo. Meg tocó las paredes llorosas y la rugosidad de la piedra cedió ante el tacto de sus finos dedos. Acercó la luz y comprobó que había una rendija minúscula. El aire era más fuerte en ese lugar. Bajó sus manos y sintió que tocaba una especie de hierro alargado:-¡Oh, un pestillo!. ¿Podré moverlo?. Meg lo intentó aunque su corazón se paralizó por unos instantes.
Empujó hacia su derecha y pegó su oído a la piedra. Intentaba escuchar algo, un ruido, un sonido, una voz.
Sorprendentemente esa especie de puerta pequeña se abrió y ella agachó su cabeza para entrar. Había oscuridad y una pequeña sala desprovista de muebles, de forma circular, una especie de antesala. En esa antesala de nuevo frente a ella una cortina roja: ¡Eric, estaba allí!
Su rubio cabello, largo y brillante se agitó como su propio corazón y sus ojos brillaron con la determinación de continuar hacia adelante, hacia lo desconocido, hacia su propio destino.
Caminó despacio y tocó el suave y frío terciopelo. La humedad era intensa y penetraba en sus huesos. Cuando abrió la cortina encontró una figura de espaldas a ella, con una camisa blanca y un pantalón negro, ajustado. Era un hombre que permanecía de pie, inmóvil. En un rápido giro de su cuerpo se volvió hacia ella y su cabello blanco, despeinado pareció una especie de aureola o de halo que la asustó.
-¿Quién hay ahí? ¿Quién eres? ¡Seas quien seas no saldrás vivo de aquí!
La voz del fantasma sonó como de ultratumba y Meg estuvo a punto de desmayarse.
-¡No me hagas daño, Eric. Soy Meg, la hijaa de madame Gigy!
-¿Meg, Meg? ¿La pequeña Meg, la hija de mii buena protectora?
-¡Sí, Eric. Soy yo!. ¡He venido a buscartee, a ayudarte a salir de aquí! No te enojes conmigo, por favor. ¡Sólo quiero ayudarte!. ¡Sólo quiero ayudarte a escapar!
-¡No deberías estar aquí!. ¡Vuelve junto aa tu madre y olvídalo todo!. La voz de Eric parecía sollozante.
-¡Oh no, Eric! ¡Déjame que te ayude!. ¡Nunnca te traicionaría!
Meg fue hacia él guiada por la luz de la vela y moviendo la blanca máscara:-¡Eric, he traído tu máscara, supuse que la necesitarías!. La dejaste olvidada.
-¡No la quiero!. ¡No quiero nada!. ¡Márchaate, Meg, márchate!. ¡Aún estás a tiempo!
-¡No voy a hacerlo!. He caminado hacia aquuí, entre las sombras de ese tenebroso pasillo escuchando los latidos de mi propio corazón para estar a tu lado, para ayudarte. ¡No me des la espalda, Eric!.
Eric se acercó a ella y Meg sostuvo la respiración. A la altura de la vela, pudo ver las lágrimas que rodaban por la mejilla deformada de Eric. Sus ojos brillaban y en su boca había un terrible gesto de pena de amargura y de desesperación.
-¡Tú también te horrorizarás de un ser commo yo!. Meg... yo... no puedo consentir que te quedes conmigo. ¡Vuelve con tu madre te digo!. ¡No agotes mi poca paciencia!.
Meg estaba tan cerca de Eric que sus dedos blancos y delgados se posaron sobre la mejilla de Eric. Sintió su piel ardiendo. Eric tomó con fuerza la mano de la muchacha y la apartó con violencia:-¡No, Meg, no me toques!. ¡No me tengas lástima!. ¡No provoques mi ira!. No deseo hacerte ningún daño. ¡Márchate, márchate por favor!. El sollozo de Eric se hizo estremecedor y Meg se apartó un poco de él.
-Eric, yo no te tengo lástima. ¡Yo no soy Christine!.
Eric abrió los ojos y apretó la boca. Al escuchar el nombre de Christine, todos los recuerdos volvieron a inundar su mente y a lacerar su corazón.
-¿Por qué estás aquí?. ¿Qué quieres de mí,, Meg?. ¡Dímelo!.
-¡Oh, Eric, ahora no hay tiempo para eso!.. Vienen a por ti. Si yo te he encontrado, ellos también lo harán y no tendrán ninguna compasión contigo. ¡Vámonos de aquí!. Haré lo que tu digas, ¡pero por Dios, haz lo que te pido y salgamos cuanto antes de aquí!.
Meg extendió su mano derecha que sostenía la máscara y Eric la tomó. Mientras se la colocaba ante ella, pensó que la muchacha tenía razón y que debía salir de ése lugar y olvidarlo para siempre. La tomó de la mano y se hizo con la vela que llevaba Meg.
-Hay una salida, pero tenemos que caminar un poco. Esta parte recorre a cierta distancia el río, si logramos alcanzarla, entonces no habrá peligro y saldremos a la luz.
El corazón de Meg se agitó y tomó aire para que sus pulmones se hincharan y permitieran que su respiración se hiciera más fuerte y así a tomar fuerzas para la próxima huída.
Eric la miró con dulzura:-¿Qué va a ocurrir con tu madre?. Pensará que te ha sucedido algo malo.
-No te preocupes por ella. Mi madre sabe qque nunca me harías daño y ya tendrá noticias mías cuando estés a salvo.
-¡Meg!, ¿sabes que estás ayudando a fugarsse a un asesino?. ¡He matado, Meg!
-¡Por Dios, Eric, ahora no, te lo pido porr lo que más quieras!.
Eric agarró con fuerza la muñeca de Meg y se intrincaron a través de la cortina de terciopelo en un laberinto de calles oscuras, de piedra, con el agua cubriendo el suelo.
-La suerte nos acompaña. Es de noche y de noche las huidas son mucho más fáciles.
Eric deseó tomar en brazos a la muchacha para evitar que sus delicadas sandalias se empaparan de agua, pero Meg se lo impidió:-No, Eric. Es mejor ir corriendo. Soy joven. No creo que me resfríe. Mi corazón y mi cuerpo están ardiendo por la emoción que vivo a tu lado.
Eric la miró:

-¡Pequeña y dulce Meg!.
De pronto, Eric se dio cuenta que la joven no iba adecuadamente vestida, que en París hacía frío y la humedad del río podría enfermar a la muchacha. Sin pensarlo dos veces, tiró del grueso cordón del que pendía la cortina y la sostuvo en sus brazos:-Ponte esto por los hombros. Te protegerá del frío y de la humedad.
-¡Oh Eric!, ¿y tú?.
Eric sonrió por primera vez en mucho tiempo:-Si he podido sobrevivir a los sótanos de la ópera, podré sobrevivir a la humedad del Sena. ¡Vamos!.
Corrieron sin mirar atrás. Los latidos de sus corazones se confundían a cada paso que avanzaban. De vez en cuando, Eric miraba a Meg para cerciorarse de que la llevaba consigo. Ella cerró su mente a todo lo que no era la presencia de Eric y casi con los ojos cerrados se dejó guiar, imaginando que era ella y no Christine la que recorría con el fantasma los pasillos iluminados por las magníficas velas y los extraños candelabros diseñados por él. No podía creer que Eric la aceptase; que aceptase llevarla con él. Era mucho más de lo que podía esperar. Pensó en su madre e interiormente rogó a Dios para que la protegiera y para que la perdonara, ya que su vida acababa de comenzar con Eric, con el fantasma de la ópera.

 

Ya no quedaba mucho para salir al exterior y Eric sabía que Meg se sentía cansada y que sus preciosas sandalias estaban empapadas pero también sabía que ella no se quejaba por que sus pies volaban al paso que él marcaba. Tal vez la liberta estuviera esperándolos fuera de esa prisión de piedra, de oscuridad, de recovecos, de frío, de trucos de magia y de ilusiones vanas. Alguna vez, Eric llegó a pensar en que llegaría un día en que todo desaparecería como una nube empujada por el viento, como su propia magia. En su interior comprendió que Christine nunca se iría con él y que tampoco él podía condenarla a las profundas estancias entre las que había vivido hasta ese momento. No quiso mirar atrás ni seguir pensando. Su único anhelo era salir de los sótanos de la ópera para perderse en el río y alcanzar una barca, un transporte seguro que los alejara de todo peligro. El Sena posee muchos rincones ocultos también y en uno de ellos, una puerta que apenas se podía ver porque estaba cubierta de maleza y que daba directamente a un puente, Meg y Eric encontraron su punto de salida.
Eric empujó con todas sus fuerzas y la puerta cedió, tomó a Meg de los brazos y la hizo salir junto a él en la oscuridad nocturna, las farolas más cercanas estaban colocadas a una prudencial distancia y bajo los peldaños de una escalerilla de piedras marrones muy gruesas, una pequeña embarcación esperaba cubierta con una especie de lona.
-¡Ahí está, Meg!. La barca que he dejado ddurante todo este tiempo.
Meg sintió golpear su corazón y sonrió ilusionada por que nada parecía entorpecer la huída del fantasma.
-¡Entonces salgamos de aquí, Eric!. ¡Alejéémonos por el río!. Es de noche y nadie reparará en esta pequeña barca con dos tripulantes.
Eric preparó la barca, procurando no hacer mucho ruido por si acaso algún mendigo estuviera cerca y los sorprendiera. Quitó la lona que la cubría y la introdujo en el interior, comprobó que los remos estaban en su sitio y en perfectas condiciones y ayudó a Meg a acomodarse sin perder ni un solo minuto.
-¿Sabías si algún día necesitarías de estaa embarcación, verdad?.- La dulce y suave voz de la muchacha hicieron sonreír al fantasma huido. Eric acarició la rubia cabellera de Meg con los dedos igual que si acariciara a una niña.
-Sí, pequeña Meg. Sabía que más tarde o máás temprano mi mundo desaparecería ante mis ojos.
(continuará)

 

 

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