Guerras Carlistas
¿Por Qué se Perdieron?
Por César Alcalá (Barcelona, España)
Durante el siglo XIX hubo tres guerras civiles o carlistas. La primera tuvo lugar entre 1833 a 1839, la segunda entre 1846 a 1849, y la tercera de 1872 a 1876. Además se produjo la denominada como guerra de los Tristany, entre 1855 a 1856 y una intento de golpe de estado, conocido como desembarco en San Carlos de la Rápita, en 1860. En 1900 hubo un alzamiento, en Cataluña, que duró pocas horas. Teniendo en cuenta todos estos alzamientos militares y la elevada participación de soldados carlistas, así como la participación de tres pretendientes a la corona de España, ¿por qué se perdieron las guerras carlistas? A esta pregunta daremos contestación a lo largo de estas páginas.
I
- Primera Guerra Carlista
Como hemos dicho, la primera guerra carlista se desarrolló entre 1833 a 1839. No fue la muerte de Tomás de Zumalacárregui lo que marcó el declive de la guerra sino la Expedición Real. El hecho es clave porque, como consecuencia de la misma, la guerra tomó un rumbo adverso y, poco después, Carlos V abandonaba España, camino del exilio. ¿Qué ocurrió?
Después de producirse la sublevación de los sargentos de la Guardia Real en La Granja, la propia Reina Regente y su entorno fueron conscientes de que el liberalismo extremo prescindiría, si lo consideraba preciso, de la voluntad de cualquiera que se opusiese a sus planes, fuese quien fuese, por lo que a través de la Corte de Nápoles se abrieron negociaciones secretas con Carlos V. Estos contactos debían poner fin a una guerra. Se pensó en el matrimonio de Isabel II con el hijo primogénito de Carlos V. La Reina Regente, Maria Cristina, conservaría el titulo y tratamiento de reina, durante la minoría de edad de su hija y se establecería un indulto o perdón general. Esto suponía que Carlos V dejara el País Vasco y se trasladara a Madrid para, allí, junto con María Cristina, sellar el pacto. Éste es el origen de la Expedición Real.
Carlos V reunió una fuerza considerable, formada por 11.000 soldados de infantería y 1.200 jinetes. La Expedición Real se inició en mayo de 1837. No se puede decir que fuera un camino de rosas. Incluso hubo problema entre los propios miembros de la Expedición. Ahora bien, lo que nos interesa es la llegada de esta a Madrid.
Como escribe Melchor Ferrer:
No hay antecedente alguno que nos ponga en camino de cómo se habían llevado los últimos acuerdos entre los agentes de Carlos V y de Doña María Cristina. Pero de que el acuerdo se consideraba por los carlistas como concluido, tenemos dos pruebas: la misma llegada de la Expedición hasta Vallecas, y el manifiesto dado por la Junta Carlista de Madrid, y que circuló aquel día 12 de septiembre, en que se anunciaba la entrada inminente de las fuerzas del General Cabrera. El documento decía que “todo está definitivamente arreglado por la mediación de las potencias del Norte; el Príncipe de Asturias empuñará el cetro español que su augusto padre cede, conservando el gobierno de la Monarquía; la hija de Fernando VII será su esposa, y la augusta viuda marchará a Italia a disfrutar lo que de derecho le corresponde”. 1
Teniendo en cuenta esto, ¿por qué no se llevó a cabo el acuerdo?, ¿por qué María Cristina dio marcha atrás? Hasta ese momento, es decir, hasta la llegada de las tropas carlistas a Vallecas, la Reina Regente se encontraba sola y no confiaba en las personas que la rodeaban. Por eso decidió devolverle el trono a Carlos V, ya que no consideraba que pudiera mantener, por mucho tiempo, un trono infamemente sustraído. Ahora bien, las victorias militares de Baldomero Fernández Espartero le dieron confianza en ese hombre al cual, una vez finalizada la I Guerra Carlista, se le encomendó la presidencia del gobierno provisional y, más tarde, fue nombrado regente. Es por esta confianza en Espartero por lo cual la Reina Regente María Cristina no entregó el trono a Carlos V y, por eso la Expedición Real fracasó.
El 29 de octubre de 1837, en Arciniega, Carlos V dio a conocer un manifiesto. Alfonso Bullón de Mendoza escribe:
La alocución puso de manifiesto las graves disensiones que se habían creado durante su transcurso, que dieron lugar a la separación de varios generales, y la prisión de algunos otros. 2
El manifiesto de Arciniega decía:
Voluntarios: La revolución vencida y humillada, próxima a sucumbir a vuestro esfuerzo sobrehumano, ha librado su esperanza en armas dignas de su perfidia, para prolongar algunos días su funesta existencia; más, por fortuna, están descubiertas sus tramas: sabré frustrarlas. Para realizarlo, para dictar providencias que pongan cuanto antes término a esta lucha de desolación y de muerte, he vuelto momentáneamente a estas fidelísimas provincias; pronto me veréis de nuevo donde, como hoy aquí, me llaman mis deberes. Vuestro heroísmo interesa demasiado mi paternal corazón para que renuncie a triunfar y, si preciso fuere, a morir entre vosotros.
Voluntarios: No bastaba la continuada serie de hazañas y de prodigios que forman la historia de vuestras campañas; los cinco últimos meses llevan vuestro mérito todavía más allá de cuanto se había visto, y el cuerpo expedicionario que me ha acompañado ofrece un ejemplar sin modelo. Con sólo la tercera parte del ejército que opera en Navarra y provincias Vascongadas se han reducido las fuerzas enemigas a un número ya menor de las que hoy tengo disponibles en todos mis dominios. Habéis vencido al ejército revolucionario en los llanos como en las montañas, sin artillería como con ella. Huesca, Barbastro, Villar de los Navarros, Retuerta, serán eterno monumento de vuestras glorias; si la falta de municiones o de cooperación de algún cuerpo precisó por el momento a ceder terreno, dejasteis harto escarmentado al enemigo, haciéndole sufrir pérdida triplicada; y en las mismas retiradas, un corto número ha podido marchar seguido, no hostilizado, por más de dobles fuerzas, que no han osado atacaros cuando les habéis presentado la batalla, que ni un solo tiro han disparado contra vuestras masas; sobre todo, habéis hecho ver a la Europa que mis enemigos lo son de los pueblos; que la decisión y lealtad de éstos no puede ser mayor; que su adhesión a mi persona y su entusiasmo por mi justa y sagrada causa han arrostrado la sangrienta venganza de sus opresores; que sólo esperan vuestra protección para sacudir el yugo que los esclaviza, lo mismo en Aragón que en Cataluña, en Valencia como en Castilla.
Sí, voluntarios: ni en vosotros ni en los pueblos ha estado dejar de exterminar la usurpación en este país desgraciado, teatro de sus horrendos crímenes y de la anarquía que devora a sus propios hijos, y que acabaría por devorarla a ella misma. Causas que os son extrañas, causas conocidas, causas que van a desaparecer para siempre, han dilatado por poco tiempo más los males de la patria. Pero el ensayo está hecho; se ha visto a cuánto puede aspirarse, y las medidas que voy a adoptar llenarán vuestros deseos y las esperanzas de todos los buenos españoles.
Voluntarios: Testigo de vuestro heroico denuedo, compañero de vuestros sacrificios y fatigas, admirador de vuestra resignación y virtudes, quiero ante todo daros la muestra mayor de mi Real aprecio. Desde hoy me pongo a vuestro frente, y os conduciré por mi mismo a la victoria; preparaos a recoger nuevos laureles; sed dignos de vosotros mismos y, contando con la protección de vuestra Generalísima, confiad en que vuestro General es vuestro Rey.3
Aunque no da nombres, Carlos V es claro en su alocución que las cosas no habían marchado tal y como él esperaba. El Príncipe Lichnowsky escribe:
Un pasaje de la proclama de Arciniega parecía indicar que se había descubierto un complot que había podido evitarse, y que había vuelto el Rey para castigar a los culpables. 4
Más adelante el Príncipe manifiesta que:
La misma proclama contenía una acusación indirecta contra Zaratiegui y Elío. Esta acusación queda reflejada en el párrafo que dice: cooperación de algún cuerpo precisó por el momento a ceder terreno. 5
Según el Príncipe, Zaratiegui y Elío fueron indignamente calumniados y encarcelados injustamente porque:
Si Zaratiegui y Elío
hubieran tenido noticia de la proximidad de las fuerzas del Rey, hubieran
defendido a toda costa sus posiciones ante Madrid. 6
En el manifiesto Carlos V dice: causas que os son extrañas, causas conocidas,
causas que van a desaparecer para siempre, han dilatado por poco tiempo más los
males de la patria.Las causas extrañas era la retractación de la Reina Regente
María Cristina. Las causas conocidas eran las graves disensiones que se habían
producido durante la Expedición Real. Y las causas que van a desaparecer fueron
las medidas adoptadas por él.
¿Cuáles fueron? Consistieron en la separación y encarcelamiento de algunos miembros del Ejército carlista. El Infante Don Sebastián -hijo de la Princesa de Beira y sobrino de Carlos V- fue revelado del mando; Juan Antonio de Zaratiegui fue encarcelado en Dos Hermanas; Joaquín Elío fue arrestado en San Antonio de Urquiola; Bruno de Villareal fue desterrado a Guernika; Simón de la Torre fue confinado en Villaro; Nazario de Eguía fue encarcelado en San Gregorio; Fernando Cabañas también fue encarcelado.
No terminaron aquí las medidas adoptadas por Carlos V. El jefe del Estado Mayor Carlista, Vicente González Moreno, dimitió, siendo sustituido por Juan Antonio Guergue. También se modificó el gobierno. Manuel María de Medina-Verdes y Cabañas fue sustituido, como ministro de la guerra, por José Arias Teijeiro. Poco después, por enfermedad, Arias Teijeiro asumió la cartera de Estado que, hasta ese momento la ostentaba Wenceslao María Sierra. Todos los oficiales de ordenanza del Infante Don Sebastián y del Estado Mayor fueron distribuidos en diferentes depósitos, y su secretario militar, el brigadier Arjona, fue enviado a las minas de Barambio.
Las medidas adoptadas por Carlos V cambiaron el paisaje militar y político carlista. A partir de octubre de 1837 el peso militar lo llevaría él. Aunque es preciso destacar que dos personajes ganaron peso específico. Por una parte Juan Antonio Guergue que, al ser nombrado jefe del Estado Mayor Carlista, asumió los destinos del Ejército Carlista del Norte y, por otra parte, José Arias Teijeiro que asumió el poder político. Con estas medidas Carlos V dio por finalizadas las disensiones provocadas, en el seno del Ejército carlista, durante la Expedición Real de 1837.
Ahora bien, ¿cómo vivió el pueblo carlista la Expedición Real? Cuando se supo que Carlos V estaba organizando una expedición hacia Madrid, los pueblos del Norte que, desde 1833 habían soportado una guerra y el mantenimiento de unas tropas, se sintieron aliviados. No es que quisieran desentenderse de la causa carlista, al contrario. Lo que ocurría es que no se veían incapacitados para soportar mucho tiempo más aquel estado, más por falta de suministros alimenticios que por un desencanto en la Causa. Los pueblos, villas y aldeas del Norte, con aquella marcha, se vieron descargados de una obligación demasiado pesada. Al regresar la Expedición Real cundió el desánimo entre aquel pueblo que, de nuevo, tendrían que sobrevivir con dificultades.
Por lo tanto, el fracaso de la Expedición Real fue el principio del fin de la I Guerra Carlista. El desánimo y las luchas internas, entre el staff carlista, posibilitaron el fracaso. A esto tenemos que añadir el auge que experimentó Espartero durante la misma. El frágil gobierno de Isabel II había encontrado su valedor. Todas estas circunstancias se conjuraron y dieron como resultado el abandono de Carlos V de su propósito de recuperar la corona de España. El acuerdo se había roto. El ejército carlista estaba desmoralizado. Sin acuerdo y sin un ejército entregado, difícilmente se podía ganar la guerra. Es por eso que Carlos V decidió retirarse, con honra, antes de sacrificar a sus hombres. El primer intento por recuperar la corona de España se había perdido pero, siempre habría una segunda oportunidad. Una oportunidad que Carlos V no pudo llevarla a cabo. +
II - Segunda Guerra Carlista
La
segunda guerra carlista se desarrolló entre 1846 a 1849. Era una guerra que, a
todas luces, podía propiciar una victoria a los carlistas. Sin embargo, no fue
así. Sólo Cataluña se alzó en armas. ¿Por qué?
Con la muerte del general Alzáa el levantamiento en el País Vasco y Navarra
finalizó. Las causas del fracaso fueron varias. La primera de ellas la
finalización de la I Guerra Carlista. A diferencia de Cataluña, donde las
partidas de trabucaires continuaron luchando una vez finalizada esta, en el
Norte no pasó lo mismo. Con lo cual, Cataluña permaneció levantada y, por lo
tanto, fue más fácil que tomaran las armas los matiners en el año 1846. Al
haberse pacificado el Norte, las cosas fueron diferentes y, a la gente le costó
más volver a tomar las armas. Es lo que, en pocas palabras, le había dicho el
general Villarreal al general Alzáa: una población que todavía tiene cercano el
recuerdo de las grandes penurias y ruina sufridas en la 1ª guerra, no parece muy
dispuesta a levantarse. Este cariz diferenciador entre el Norte y Cataluña
posibilitó que, en el segundo, el alzamiento tomara consistencia, mientras que,
en el primero, pocos eran los dispuestos a levantarse en armas.
A todo esto tenemos que añadir la falta de recursos; la falta de estructura de base que, en Cataluña, estaba sostenida por los trabucaires; la actitud poco precisa del conde de Montemolín; las sospechas del Gobierno español que no deseaban que se abriera un nuevo frente en el Norte pues, hubieran tenido que sofocar dos frentes y, con toda probabilidad, las acciones en Cataluña hubieran tomado otro rumbo; la larga espera de los soldados y las penurias que sufrieron, con lo cual se desmoralizaron; y, finalmente, el cansancio del pueblo, que todavía recordaba lo sucedido durante la I Guerra Carlista. Todo esto dio como consecuencia que el general Alzáa perdiera la vida y que, el alzamiento en el País Vasco y Navarra se convirtiera en una intentona.
Así las cosas, sólo Cataluña mantuvo en jaque al ejército isabelino. Una sola región en guerra tenía todos los números para perderla. Otros elementos propiciaron esta pérdida. Estos fueron:
Cambio situación económica. La crisis económica se inició en el año 1843 y esto provocó el primer desmoronamiento de la burguesía catalana. Entre los años 1847 a 1848 se produjo una grave crisis financiera e industrial. Una vez recuperada la industria catalana se crearon toda una serie de instituciones dedicadas al libre comercio y a la banca como: la Banca Arnús; el Crédito Mobiliario Barcelonés; la Caja Vilumara; la Banca Marsans; la Banca Garriga Nogués; la Catalana de Crédito; el nuevo Casino Mercantil, el Banco de Castilla y Cataluña, entre otras. En pocos años los comerciantes, fabricantes y navieros se hicieron de oro.
El origen de la crisis de 1843 quedó explicado en un artículo aparecido en el Diario de Barcelona, donde se podía leer:
La crisis
comercial y metálica nacida en Europa con la guerra de los Estados Unidos,
sostenida por el desenvolvimiento de sus relaciones comerciales con el Levante,
que absorben sumas cuantiosas en especie y agravada por efecto de la inmensa
masa de valores fiduciarios lanzada a la circulación sin las reservas
convenientes; los gastos considerables que, a causa de los sucesos
extraordinarios hemos tenido que sufragar en África y América, la falta
consiguiente de remensa en Ultramar; y el estancamiento de los frutos secos; la
depreciación de toda clase de valores y la polarización de la industria y del
comercio, crearon una situación harto penosa en el país y en nuestros centros
mercantiles una profunda crisis metálica, cuyas fatales consecuencias alcanzan
hoy a todas las clases sociales.
Sobre la falta de futuro, el desencanto y la carencia de estímulos de la
agricultura catalana durante estos años escribió Jaume Vicens Vives:
Este enorme trastorno, seguido por el no menos doloroso de la primera guerra
carlista, precipitó a los agricultores hacia una confusión casi frenética, que
no se transformó en movimiento revolucionario por la carencia de líderes
enérgicos. Puestos entre los dos fuegos de las partidas de milicianos y
carlistas, entre la tiranía de los Mozos de Escuadra y de los trabucaires,
nuestros payeses vivieron una época de inseguridad y de miseria. 7
No fue hasta 1855 cuando la agricultura resurgió, gracias a la subida del precio del vino, del trigo y de los productos frutales. Ahora bien, ¿por qué se produjo el hundimiento económico después de la primera guerra carlista? A pesar que la política gubernamental había estado bien teorizada, la práctica decepcionó a los agricultores. El origen debemos buscarlo en la ley de Desvinculación, de 30 de agosto de 1836 y la ley de Bienes Nacionales o de Mendizábal, de 29 de agosto de 1837. Con estas medidas políticas se quiso que la Iglesia dejara de ser la única propietaria de la tierra y que, a través de la compra de esas propiedades, los agricultores fueran los grandes beneficiados, al convertirse en los legítimos propietarios de esas tierras. La realidad fue otra. Los grandes beneficiados fueron la aristocracia, la burguesía industrial y los terratenientes. Estos eran los únicos que poseían dinero para poder comprar los bienes eclesiásticos. Los agricultores eran pobres y nunca tuvieron la oportunidad de poderse convertir en propietarios. Los nuevos dueños de la tierra, con una mínima inversión y explotando a los agricultores, en pocos años recuperaron la inversión realizada y, algunos, incluso empezaron a ganar dinero. Esto provocó la furia de los agricultores que pasaron de estar sometidos a un propietario eclesiástico, a serlo de un terrateniente, cuyo único interés era enriquecerse. Esto indujo a la inmigración de muchos agricultores hacia ciudades industrializadas, en las cuales, con el mismo trabajo, ganaban más dinero.
El segundo factor fue la falta de apoyo. Reducidos los intentos en el Norte y Cataluña aislada, no fue muy complicado asfixiar al ejército carlista. El ejército isabelino sólo tenía un foco que reducir. Con lo cual, esperó a que el ejército carlista se desgastara y decidiera abandonar las armas. A esto hay que añadir las traiciones internas en el propio ejército carlista. La más representativa fue la de José Pons, que reconoció a Isabel II y que, debido al odio que le tenía a Cabrera, hizo todo lo posible para dejarlo solo. Y lo consiguió.
Estas fueron las consecuencias para que la II Guerra Carlista no triunfara. A pesar de lo que se haya podido decir, el levantamiento de los Matiners fue importante. Esto queda reflejado en el hecho que, desde 1846 a 1849 fue sustituido seis veces el Capitán General de Cataluña. Si la guerra se inició con Bretón, poco después lo sustituyó Manuel Pavía, a éste lo sustituyó Manuel de la Concha, luego volvió Manuel Pavía, después Fernando Fernández de Córdova y la campaña finalizó con Manuel de la Concha. Si bien es cierto que lo cambios estuvieron relacionados con varios cambios políticos, la verdad es que la impotencia del ejército gubernamental, para acabar con los Matiners, obligó a éstos cambios en la capitanía.
Así pues, si las palabras de Pavía -la guerra finalizará cuando el pueblo quiera- estaban justificadas, y en cierta medida así sucedió, de no haber existido una traición y de haberse extendido el alzamiento en toda España, los Matiners hubieran conseguido su objetivo. Ahora bien, hubiera sido una victoria concentrada en una única región de España. Con lo cual, estaba condenada al fracaso. La victoria era conseguir que Madrid cayera y que el conde de Montemolín fuera nombrado rey. Tal vez, una victoria en Cataluña hubiera provocado un efecto dominó y otras regiones se hubieran levantado en armas. Suposiciones aparte, la guerra de los Matiners estaba condenada al fracaso sin el apoyo de las otras regiones españolas. +
III - Guerra de los Tristany
En febrero de 1855 se produjo un intento de levantamiento en Pamplona. El Boletín Oficial de la Provincia de Barcelona, número 18, viernes 9 de febrero de 1833 insertó la siguiente nota: En la plaza de Pamplona han sido arrestados un sargento y un soldado que se ocupaban en seducir a la tropa con el objeto de hacer un pronunciamiento en sentido carlista. El capitán general y demás autoridades de aquella provincia con el celo y actividad que les distinguen, se ocupan de descubrir los cómplices que pueda haber en esta trama, que nunca tendría resultados, por el patriotismo de que se hallan animados los individuos de la guarnición y la Milicia nacional de Pamplona; y los que resulten culpables serán castigados con todo el rigor de la ley previo el juicio por el tribunal competente. Para evitar que este suceso pueda ser referido con inexactitud, la Reina (Q.D.G.) ha tenido a bien mandar que lo ponga en conocimiento de V. S. para que le de la publicidad conveniente.
En mayo de 1855 hubo un intento de levantamiento por el capitán Cipriano de Corrales. Poco después fue batido y fusilado. También en ese mes de mayo se levantó la partida de los Hierros. Aunque no fue batida y continuó actuando por las tierras de Castilla hasta 1856, su repercusión fue mínima.
Ahora bien, ¿por qué se levantaron estas partidas, incluyendo las de Cataluña? y ¿Por qué no les dio su soporte el conde de Montemolín? La primera pregunta queda contestada por el bando publicado por la partida de los Hierros, en la cual se puede leer: La unidad católica, amenazada está de muerte con la tolerancia de cultos; la ley de desamortización sancionada, por la que se van a arrebatar a la Iglesia sus bienes, a los establecimientos de beneficencia el patrimonio de los pobres, patrimonio formado con los legados de almas piadosas con que se prometieron asegurar el alivio del enfermo; con cuya ley, en fin, los pueblos van a quedar sin sus bienes propios, y con los que la clase jornalera remediaba sus necesidades. Por lo tanto, el levantamiento de 1855 fue una reacción del pueblo carlista a unas leyes contrarias a la Iglesia, con el único fin de poder subvencionar la construcción de la red ferroviaria española.
El motivo por el cual el conde de Montemolín no apoyó los alzamientos fue debido a que, por aquellas fechas, estaba en conversaciones con Isabel II. El motivo de la reunión era sencillo. Según palabras de Ochoa: conociendo Sus Majestades los peligros que les rodeaban, deseaban encontrar un medio de reconciliación para ser así más fuertes contra los revolucionarios, que amenazaban disolverlo todo. 8 Incluso, Isabel II, estuvo dispuesta a ceder el trono de spaña al conde de Montemolín. Ahora bien, todos los contactos con la dinastía liberal se desvanecieron en 1857. Como escribe Javier Urcelay: El fracaso definitivo de la posibilidad de la reconciliación de las dos ramas de la familia borbónica, zanjada por el nacimiento inesperado de un vástago varón de Isabel II en 1857, volvió a lanzar a los carlistas a la conspiración y a la preparación de un pronunciamiento, que en esta ocasión se contaba en poder realizar con la complicidad de un buen número de personalidades relevantes de la vida política, eclesiástica y militar del propio régimen isabelino.9 Este pronunciamiento fue el de San Carlos de la Rápita. Si bien el nacimiento de Alfonso XII cerró las puertas de una reconciliación, según Claro Abanades la reconciliación fracasó porque doña Cristina de Borbón se opuso a que se realizara.
El Levantamiento de 1855 a 1856 o guerra de los Tristanys fue dirigido por miembros del ejército carlista que había luchado en la guerra de los Matiners: Rafael Tristany, Marcelino Gonfaus, José Borges, y Estartús. A pesar que las consecuencias y su desarrollo, este levantamiento en poco se parece al de los Matiners. El conflicto no sobrepasó el año y los acontecimientos provocados por los militares carlistas, no superaron los de una pequeña revolución, es decir, pequeñas escuadrillas que desestabilizaron la relativa paz en la que vivía España.
Aprovechando la revolución de 1854, los carlistas decidieron actuar para vengarse por la derrota en la guerra de los Matiners. Si para unos, los carlistas, el levantamiento significaba la recuperación de un prestigio, para los otros, el gobierno español, también tuvo una trascendencia especial. Unos meses antes del levantamiento fue nombrado Juan Zapatero como Capitán General de Cataluña. Zapatero aprovechó el levantamiento para declarar el estado de guerra. De esta forma luchó, sin impedimentos, contra la gran huelga general que estaba paralizando Cataluña.
Si bien el pronunciamiento de los Tristany quedó frustrado, se demostró que había un espíritu revolucionario. No se produjo en el momento adecuado, por eso no lo ratificó el conde de Montemolín. Sin embargo, una vez rotas las negociaciones, aquel espíritu de 1855 se reactivó y culminó con el desembarco de San Carlos de la Rápita. Con lo cual se puede afirmar que los levantamientos de 1855 y San Carlos de la Rápita son parte de un mismo origen con dos períodos muy diferenciados y con una conclusión adversa para el Carlismo. +
IV - San Carlos de la Rápita
En la primavera de 1860, empeñada aún nuestra honra militar en la campaña de África, ocurrió el desembarco de San Carlos de la Rápita, al mando del General Ortega, de los hijos del pretendiente D. Carlos, que á haber tenido lugar en la ciudad de Valencia, como estaba proyectado, y dados los elementos con que se contaba, es seguro que habría triunfado y que el Conde de Montemolín habría sido aclamado Rey de España.10
La conspiración carlista de San Carlos de la Rápita se fraguó en Londres, se estructuró en Marsella, se llevó a cabo en las Baleares, y finalizó en Cataluña. Los motivos por los cuales fracasó son claros. La masonería intervino en la traición que el general Jaime Ortega sufrió por parte de sus hombres. Prueba de esta incursión son las palabras de Ignacio Montfort: Así por el estilo, gracias a mi sagacidad, pude sorprender varias conversaciones que muy pronto reveláronme que la masonería había introducido prosélitos suyos entre la oficialidad expedicionaria, para matar en flor el gran pensamiento del infortunado general Ortega.11 La causa del fracaso estribó en la falta de apoyo y la poca predisposición encontrada para llevar a buen puerto los esfuerzos realizados. Ya Ramón Cabrera le insinuó algo parecido a Carlos VI. Al pedirle éste consejo, el general le aseguró que para poder llegar a Madrid por sorpresa, sería necesario contar con la ayuda de varias capitales, de esta manera se asegurarían una rápida victoria y abandonarían las luchas de guerrillas en las montañas. A pesar de las palabras de Cabrera, -el cual tenía experiencia en la guerra de guerrillas y conocía el desgaste que produce en el seno del ejército-, el conde de Montemolín encontró apoyo en sus hombres de confianza y, en especial, en el general Jaime Ortega Olleta.
Por lo tanto, el golpe militar de San Carlos de la Rápita fracasó al no producirse el pronunciamiento, en Valencia, de soporte a Carlos VI, el cual le hubiera abierto el camino hacia Madrid, y por la negativa de las tropas mandadas por el general Ortega de levantarse en armas en contra del poder establecido. +
V - Tercera Guerra Carlista
La
tercera guerra carlista transcurrió entre 1872 y 1876. El curso de los
acontecimientos fue muy parecido al de la primera, esto es, el dominio de las
tropas carlistas de la situación. Se puede decir, sin equívoco, que el triunfo
carlista estaba más que asegurado. Esto fue debido por la debilidad del gobierno
central. Tengamos en cuenta que, el inicio de esta guerra se debió a la
coronación de Amadeo de Saboya como rey de España. Las circunstancias políticas
hicieron que Amadeo I abandonara la corona y que dejara a los españoles a su
suerte. Cuando Cea Bermúdez le dijo que si no firmaba aquel decreto que le
llevaba dimitiría, Amadeo I le respondió que no se preocupara, pues él y su
familia abandonarían Madrid al día siguiente. Acto seguido se proclamó la I
República. El caos imperante no mejoró con ella e, incluso, se produjo alguna
revuelta. Es decir, aparte de luchar contra las tropas carlistas, el gobierno
republicano tuvo que aplacar el movimiento cantonalista. El golpe de estado de
Pavía, como veremos a continuación, y el gobierno autoritario del general
Serrano, ayudaron a una estabilización política.
Todo éste cúmulo de circunstancias fueron claves para que el triunfo del
Carlismo fuera cada vez más claro. Entre el 25 y el 27 de julio de 1874 se llevó
a cabo la batalla de Abárzuza. Durante aquella batalla el general liberal Concha
fue herido de muerte. El ejército gubernamental decidió retirarse. Como escribe
Jaime del Burgo:
El camino de Madrid se presentaba despejado. Somorrostro y Abárzuza habían
demostrado que los carlistas podían luchar con ventaja contra los republicanos
en campo abierto. Además, su artillería y su caballería habían aumentado
considerablemente.12
Con anterioridad a estos sucesos ocurrió el golpe de estado de Pavía y el
gobierno del general Serrano. ¿Por qué Pavía promovió ese golpe de estado?
Hubiera sido más sencillo buscar una solución dentro del ejecutivo constituido.
Sin embargo, no la buscó allí. ¿Por qué? Melchor Ferrer nos contesta esta
pregunta al afirmar que:
Había sido diputado a Cortes por Madrid el general Pavía, éste, el 23 de
febrero de 1877, anunció que explicaría en la primera ocasión los sucesos de la
noche del 2 al 3 de enero de 1874. No tardó mucho en que pudiera dar estas
explicaciones. Intentó aludir a varios políticos y militares, siendo
transparentes las alusiones a Castelar y a Sánchez Bregua. Trató de justificarse
ante la situación caótica de España, pero incidentalmente dijo cuál fue la
verdadera fuerza que le impulsó a disolver las Cortes: “De no haberlo hecho no
hubiera terminado el mes de enero sin entrar don Carlos y sus tropas en Madrid”.
Así, por confesión de Pavía, sabemos que el golpe de Estado de 1874 no fue contra la República, ni contra el caos en que estaba sumida España, ni contra los cantonales que todavía sostenían su bandera en Cartagena, ni a favor de éste o aquel. Fue un acto que le impulsó su odio al carlismo, fue para evitar el triunfo de Carlos VII; fue, sobre todo, porque al terminar 1873 la guerra carlista era vencedora y el liberalismo en España estaba dando sus últimas boqueadas. El golpe de Pavía fue para luchar contra el carlismo, pero si es así, como estamos convencidos y hemos intentado probar con las palabras del propio Pavía, el carlismo había derribado la República, como había impuesto la renuncia de don Amadeo de Saboya.13
Se puede decir más alto pero no más claro. Carlos VII hubiera sido nombrado rey de España, en enero de 1874, si el general Pavía no hubiera dado el golpe de estado. Sin embargo, el avance de las tropas carlistas era imparable. A pesar de los esfuerzos de Pavía, la solución, esto es, el triunfo carlista, era imparable.
Teniendo en cuenta esto, ¿por qué se perdió aquella guerra? El cambio de rumbo se produjo a finales de 1874, con el golpe de estado del general Martínez Campo en Sagunto.
El 29 de diciembre de 1874, en un campo de algarrobos y olivos, a dos kilómetros de Sagunto, el general Arsenio Martínez Campo dio ese golpe de estado. En su discurso terminó gritando un viva a Alfonso XII. Acababa de proclamar al joven príncipe rey de España. Escribe Tuñón de Lara:
El 30 de diciembre, cuando el general Jovellar se suma al pronunciamiento, las dados están echados (…) Ordenó a Moriones que marchase contra los sublevados, pero nadie se movió (…) Se pasó el día comunicando sus vacilaciones por telégrafo al general Serrano. Tampoco éste quería combatir y dijo aquello de que “no podía haber tres gobiernos en España”. El capitán general de Madrid, Fernando Primo de Rivera, que por la mañana había reiterado su obediencia al Gobierno, le dijo nada menos que lo siguiente a Sagasti, a las nueve de la noche: “Me veo en la triste necesidad de hacerle conocer que la guarnición de Madrid se asocia al movimiento del ejército del Centro y que va a ser constituido un nuevo gobierno”.14
Con Antonio Cánovas del Castillo al frente de ese nuevo gobierno, el 15 de febrero de 1875 Alfonso XII hizo su entrada triunfal en Madrid. La Restauración monárquica ya era un hecho consumado.
Y es la Restauración monárquica, en la figura de Alfonso XII, lo que puso fin a la tercera guerra carlista. Varios Borbones, que luchaban al lado de Carlos VII, le pidieron permiso a éste para abandonar las armas y reconocer al nuevo rey de España. Lo mismo ocurrió con algunos militares carlistas. Si bien la guerra finalizó al cabo de un año, el desánimo se adueñó en el seno del ejército carlista. La marcha de Carlos VII, por Valcarlos, el 28 de febrero de 1876 supuso el fin de la guerra.
Por lo tanto, la tercera guerra carlista se perdió como consecuencia de dos golpes de estado, el de Pavía y el de Martínez Campo. De no haberse producido estos sucesos, con toda probabilidad, Carlos VII hubiera sido coronado rey de España a comienzos del año 1874. +
VI - La Octubrada de 1900
La conspiración llevada a cabo en octubre de 1900 en Badalona y otras poblaciones de Cataluña, comenzó a tomar cuerpo en 1898. Como escribe Melchor Ferrer, la conspiración y el posterior levantamiento del año 1900 fue:
La única manifestación varonil que hubo en España de protesta contra la vergüenza del desastre colonial y contra la nefasta política de la Reina Regente.15
A pesar de ser carlistas los conspiradores, muchos de ellos actuaban por móviles e intereses que no eran los de la Comunión Tradicionalista. Delante de esta posibilidad Carlos VII prefirió esperar acontecimientos y no participó en una badulaque.
Un grupo de carlistas, encabezado por Joaquin de Bolós, fue a Venecia para informar a Carlos VII de las pretensiones de levantarse en armas. Carlos VII contestó que no les daría la orden de levantarse, pero tampoco no estaba en contra que se produjera.
En julio del 1900, en el restaurante Miramar de Barcelona, se entrevistaron el Coronel Soliva, José Muntades, Lucio Muntades, Salvador Morales, Vidal y Ramón Marsal. Conocedores del pensamiento de Carlos VII, pues habían sido informados por Joaquin de Bolós, decidieron que si durante el mes de agosto Carlos VII no daba ninguna señal, el levantamiento se llevaría a cabo, sin orden y por encima del rey. Se aprobó, en primera instancia, que se produciría entre el 5 y el 15 de septiembre. Mientras tanto los preparativos continuaron, esperando la decisión real.
La negativa de Carlos VII hizo que se atrasara el día previsto para el levantamiento, aprobado durante la reunión en el restaurante Miramar, julio del 1900. Si en un primer momento se pensó hacerlo entre el 5 al 15 de septiembre, finalmente se decidió que fuera el 28 de octubre.
El levantamiento del 1900 tuvo su traidor. Alejandro de Lacour informó al Capitán General de Cataluña, Manuel Delgado Zuleta, del movimiento de las facciones carlistas y sus intenciones. La primera acción de Delgado Zuleta fue detener a Soliva y al capitán Vidal, jefe de la estación de Villanueva, al pie de Montjuïch. Después informó de las pretensiones carlistas, para que estuvieran atentos. Así y todo, a pesar del aviso, las partidas siguieron adelante con sus propósitos. Fuera de Cataluña sólo hay constancia del levantamiento de una partida en Alicante. En las regiones del norte del país el levantamiento no fue secundado.
La reacción en contra no se hizo esperar. Carlos VII se sintió ofendido por la derrota y por haberse desobedecido sus órdenes. La primera medida tomada por Carlos VII fue desautorizar al marqués de Cerralbo, a Vázquez de Mella y al general Francisco Cavero. En carta al general Moore declaró traidores de la Causa Tradicionalista a todos aquellos que lo habían desobedecido. En declaraciones al diario italiano Gazzetta de Venecia aseguró que se había verificado el levantamiento sin tener en cuenta sus órdenes y su pensamiento de esperar un momento más propicio. Asimismo, sospechaba que existían móviles ocultos ajenos al triunfo del Carlismo. Además, las provincias de Navarra, Vizcaya, y Castilla, donde existía un gran número de partidarios carlistas, permanecieron en calma. La reacción contraria, por parte de Carlos VII, provocó la dimisión de carlistas tan destacados como: Muntades, Sivatte y España. Tiempo después Carlos VII rectificó estas palabras y reconoció que los motivos que habían llevado a aquellos hombres a levantarse en armas, se inscribían dentro del más puro sentimiento carlista. +
VII - Conclusiones
Hemos expuesto, hasta aquí, las diferentes guerras y levantamientos que se produjeron en España durante el siglo XIX. Si bien es cierto que, históricamente hablando, las guerras fueron perdidas por los carlistas, en la práctica estuvieron a punto de ganarlas. Se conjuraron varios factores para que esto no sucediera. Durante la primera guerra la debilidad de la Reina Regente hizo pensar en un pacto familiar y el reconocimiento de Carlos de Borbón, hijo de Carlos V, como rey de España. La llegada de Espartero supuso un revés para este pacto y la pérdida de la guerra. En la segunda las circunstancias fueron parecidas. También hubo un pacto familiar pero, el levantamiento sólo se produjo en Cataluña, con lo cual, a todas luces, la guerra estaba perdida. Lo mismo sucedió con la de los Tristany. El desembarco de San Carlos de la Rápita fue abortado antes de iniciarse. En la tercera se tuvieron que producir dos golpes de estado y el nombramiento de Alfonso XII, como rey de España, para detener el avance carlista. Finalmente, la Octubrada de 1900 fue un intento de rebeldía, contra los sucesos de Cuba y Filipinas, más que un levantamiento contra el poder establecido.
Por lo tanto, podemos concluir que las guerras carlistas, a pesar del gran apoyo popular, no consiguieron su propósito porque, a pesar de todo, ni el gobierno ni una parte de la población estaba dispuesta a ver sentado, en el trono de España, a otro monarca que no fuera el proclamado después de la muerte de Fernando VII. Aunque ese nombramiento hubiera sido ilícito, esta es la realidad y éste fue el handicap contra el que no pudieron luchar los pretendientes carlistas. +

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