El Cura y el Alcalde

 

Por Juan María Bordaberry

Montevideo, Uruguay

 

José Manuel de Ezpeleta, en un documentado informe sobre las víctimas del Madrid Rojo en los años 1936 y 19371 refiere que el Ministro de la Gobernación a la llegada de la II República, D.Miguel Maura, relató el siguiente episodio: “Al proclamarse la República, recibí, cuando hacía unas horas que estaba en el Ministerio de la Gobernación, un telegrama del alcalde cuyo nombre no hace al caso: Ilustrísimo señor ministro de la Gobernación. Madrid. Proclamada la República. Diga qué hacemos con el cura”.
En un primer momento no podemos evitar una sonrisa, imaginando un palurdo venido a alcalde a quien tener detenido al cura le quema las manos y pide instrucciones. Más trágicamente imaginamos un anticlerical lleno de odio que pide respaldo para poner al sacerdote contra una pared y terminar con él y con el problema. Pero si seguimos pensando nos damos cuenta que el buen (porqué no) alcalde está protagonizando sin saberlo un drama que hizo correr ríos de tinta muchos años antes de que le llegara a él y que subsiste muchos años después cuando un altísimo porcentaje de probabilidades obliga a pensar que ni él ni el cura están ya en este mundo.

Cuando el alcalde pide instrucciones para deshacerse del cura, por sí o por otra autoridad, está nada menos que afirmando la imposible coexistencia de la Iglesia y la República. Resaltémoslo: la República , no la potestad civil, que al igual que la eclesiástica, ha sido creada por Dios que además ha reglado ordenadamente su coexistencia. “….Dios ha dividido el gobierno de todo el linaje humano entre dos potestades: la eclesiástica y la civil; ésta, que cuida directamente de los intereses humanos; aquélla de los divinos…”2 La República no puede coexistir con la Iglesia porque se atribuye la potestad civil pero rechaza su origen divino. Cuando en tímida repuesta al Ralliement algunos republicanos preconizaron tolerancia Clemenceau les increpó “No podéis guiar a la Iglesia porque la Iglesia quiere exactamente lo contrario de lo que vosotros queréis”.3

Como es sabido, no era nuevo el problema. Ya Pío IX, desde su confinamiento en el Vaticano, entendiendo que con el voto se legitimaba al usurpador, había rechazado la participación de los católicos en elecciones con el “non expedit” lo que provocó que la mitad de la población no votara. Recomendó, no obstante, que lo hicieran en los municipios, es decir, en las células germinales de las sociedades de las que se habían apoderado las Repúblicas masónicas que ahora agredían a la Iglesia. De esos días data también la consigna católica en Italia frente a las elecciones: ¨ Né elletti né elettori ¨. En realidad, y en particular desde el punto de vista de la gesta carlista, no se trataba del hecho físico de tomar una papeleta y depositarla en algún lado: era mucho más que eso.. Se trataba de ser intransigente con el nuevo poder o hacerle concesiones en vista de la realidad que: había surgido en 1789 y que para la segunda mitad del siglo XIX dominaba las naciones católicas de Europa, con mayor o menor autoridad según de la que se tratara. Si un católico está obligado a rechazar la falaz alternativa entre la Verdad y el error, está igualmente impedido de hacer concesiones a éste, por pequeñas que sean porque el error, como la Verdad, es uno sólo y admitirle, aún en pequeñísima medida, es darle un reconocimiento a los ojos de los hombres, debilitando la integridad y fortaleza de su Fe. Esto no significa invalidar la existencia de la potestad civil: ya se ha visto cómo León VIII proclama la existencia de ambas potestades, la eclesiástica y la civil. Pero también recuerda que teniendo la primera un fin más noble su poder es superior a los demás y en modo alguno puede estar sometido al poder civil ni ser considerado como inferior.
Sin embargo la cuestión no se iba a plantear en estos términos: de la voz poderosa del Syllabus y Quanta Cura se iba a pasar lentamente a la aceptación, por razones tácticas, de lo ya sucedido. Muchas almas nobles pensaron que la intransigencia sólo llevaba a ahondar la crisis y que el mejor camino era aceptar las nuevas situaciones y, sin reconocerlas como verdades, convivir con ellas para intentar reformarlas hacia la Fe. Dice Balmes, nada menos: “El gran error de los católicos intransigentes. En oposición a este error podría incurrirse en otro por parte de los hombres adictos a los principios religiosos y monárquicos, cual sería el prescindir enteramente de las mudanzas sufridas por la España antigua en sus ideas, sentimientos, costumbres e intereses… Por más superficiales que se supongan las huellas dejadas en España por la acción revolucionaria y el espíritu del siglo, no puede negarse que estas huellas existen, y no en pequeño número. Repruébenlas en buena hora cuantos estén reñidos con las innovaciones, pero reconozcan al menos que existen; y en su pensamiento y en sus obras no olviden jamás este hecho”.4

En este clima que podría llamarse de práctica aceptación de la realidad sin renunciar a los principios, se enuncia la Encíclica Au milieu de sollicitudes, en francés y para Francia, en la cual León XIII toma el camino conciliatorio diciendo: “Por consiguiente, al constituirse estos nuevos gobiernos que representan el Poder Inmutable, no sólo es lícito aceptarlos, sino que lo reclama y lo impone así la necesidad del bien social que los creó y los mantiene”. “Tal actitud es la más prudente y más saludable línea de conducta para los franceses en sus relaciones civiles con la república, el gobierno actual de su nación¨. Esta postura provocó una gran resistencia en Francia pero en general fue acatada. Como es sabido la pacificadora conducta papal no encontró eco en el gobierno republicano que, por lo contrario, redobló sus medidas y actitudes anticlericales”.

“Hacer concesiones a un adversario que busca la victoria total es sólo facilitarle el camino”.5 La República, como la Democracia, son hijas de la Revolución y ésta había sido hecha contra Dios. La Revolución nunca da un paso atrás y si se le deja dar uno hacia delante lo hace para no abandonar más la posición ganada. Lo que hoy se llama peyorativamente intransigencia no es sino la única conducta que se puede asumir frente a un enemigo implacable que él si, es intransigente.

Pero en las naciones católicas el veneno fue penetrando pese al admirable magisterio de los Papas, notablemente San Pío X, hasta llegar a Pío XII. Filósofos sedicentes católicos llevaron adelante la idea de una democracia cristiana, ya rechazada por León XIII que advirtió severamente sobre la intrusión de un término político, democracia, en la acción de los cristianos dentro de la sociedad. Él mismo había enseñado que la potestad sobre los hombres también tenía origen divino; por lo que mal podía asociarse con la democracia, hijo de la revolución contra Dios. Pero la idea hizo camino, ayudada por la propaganda sobre las leyendas negras sobre la Civilización de la cristiandad, como la llama Belloc que se niega a decir Edad Media.Los medios de comunicación, todos en manos de la judeo masonería, terminan logrando que la mayoría de los cristianos no se atrevan a proclamar la Fe ni a defender la historia del cristianismo por no aparecer defendiendo lo que sus enemigos llaman ¨oscurantismo¨. Los cristianos, subsumidos en la herejía, aceptan coparticipar en las instituciones democráticas, a las que defienden con la fidelidad que debían reservar para Dios. Y así hemos llegado al Vaticano II.

Si algo nos deja todo este proceso es la reivindicación de la intransigencia frente a la acción revolucionaria. Aunque hubiera traído como consecuencia la deserción de muchos, en los que quedaran quedaba la Iglesia. No fue así pero de todo ello hemos de recoger y trasmitir la experiencia. El carlismo es intransigencia desde sus orígenes hasta hoy. Cuando las elecciones en España un grupo de carlistas entendía conveniente participar, lo que provocó reacciones. Un pequeño número se postuló y cosechó un penoso fracaso. El carlismo no es un partido político: es el defensor de la legitimidad católica, hispánica, foral y monárquica. Es, en definitiva, el depositario orgulloso de España.

Es explicable que quienes no conocen ni comprenden la Hispanidad se equivoquen con el carlismo y lo consideren un partido político. Hasta Daniel Rops, renombrado escritor católico, miembro de la Academia Francesa, llega a calificar a Nocedal como un hombre de extrema derecha. 6 Hoy toda la actividad pública debe encuadrar dentro del esquema político liberal, que ha cavado la tumba de la presencia católica en la vida política de las naciones que antes fueron la vanguardia católica en Europa, es decir, en el mundo.

En definitiva tenía razón el Alcalde en su intransigencia: o él o el Cura.

 

 


 

1 Razón Española, pág.83, No.138, julio-agosto 2006
2 León XIII, Inmortale Dei, A III
3 Daniel Rops, “La Iglesia de las revoluciones. Un combate por Dios” pág.141 Luis de Caralt, 1965

4 Los caminos de la normalidad. La organización del Estado. Balmes, Hauriou y Vázquez de Malla.
   Las cuestiones de hoy. JERÓNIMO GARCÍA GALLEGO, que cita parcialmente los Escritos Políticos
   de Don Jaime Balmes según edición de 1847. Pág.59. Tipográfica Segovia. 1928.

5 Salvador Borrego. “Derrota mundial”. Pág.16. 25ª.edición. Méjico
6 Daniel Rops, op.cit.,pág.161


 

 

 

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