LAS
NOVEDOSAS DOCTRINAS CONCILIARES
Y
SU REFLEJO EN EL CUERPO DOCTRINAL
DEL
TRADICIONALISMO CARLISTA
Por
Federico J. Ezcurra Ortiz
Tratando
infructuosamente de poner un mínimo orden en nuestros archivos encontramos dos
documentos, como si dijéramos dos pequeños rescoldos que, al ser soplados por
las solicitaciones de nuestra memoria, avivaron la lumbre de reflexiones
subyacentes bajo las cenizas de nuestro subconsciente, reflexiones que
trataremos de desarrollar a continuación, con la esperanza de que nos acompañe
la paciencia de los lectores.
Los
documentos aludidos son: «¿Qué
es el Carlismo?», transcripto en un sitio de la “Comunión Católico–Monárquica”, y «El Carlismo y la “libertad
religiosa”» que, con la firma del recordado don Rafael Gambra Ciudad,
figura inserto en la Hoja informativa
de la “Comunión Católico–Monárquica–Legitimista”
fechada en Madrid en setiembre de 1985 y reproducido en el sitio de Agencia
Faro. Ambos documentos fueron bajados de Internet el 12 de julio de 2002.
El
primero de ellos se abre con un interrogante básico: «¿Qué
es el Carlismo?, luego continúa inquiriendo:
¿Qué extraño fenómeno ha permitido su supervivencia hasta hoy durante casi
dos siglos en la historia de España?», y preludia así su respuesta: «Puede
decirse [...] que su explicación exige tener en cuenta tres ejes fundamentales:
la bandera de la legitimidad dinástica, la continuidad del mundo hispánico
anterior a las revoluciones modernas y el corpus doctrinal del tradicionalismo».
De
intento hemos de soslayar el primer eje, el de la legitimidad dinástica, ya que
a nuestro entender es —sin que esto entrañe menosprecio alguno— el menos
trascendental de los tres, por estar sujeto a lo largo del tiempo a los vaivenes
imponderables de la humana existencia, y además porque en nuestro carácter de
españoles de ultramar estamos lejos de hallarnos capacitados para intervenir
con seriedad en controversias de esta naturaleza.
Consideremos,
entonces, los otros dos ejes. Obsérvase allí, con indudable acierto, que «bien puede entenderse que si el Carlismo hubiese sido un simple pleito
dinástico difícilmente hubiera podido sobrevivir más allá de algunos
decenios. Su prolongación en el tiempo viene a demostrar [...] que la cuestión
legitimista actuó como banderín de enganche de otras motivaciones con las que
se fundió en una unidad inextricable. En primer lugar, la continuidad venerable
de la tradición común de los pueblos hispánicos, esparcidos por los cinco
continentes [...], el Carlismo ha venido a ser la prolongación de un modo de
ser que sucesivamente el absolutismo, el liberalismo y el socialismo [...] han
cancelado. En este sentido profundo, como la vieja Cristiandad medieval se
continuó durante el período de la Casa de Austria en el mundo hispánico,
convertida en una suerte de “Christianitas minor”, el Carlismo ha sido todavía
una suerte de reserva de esa Cristiandad menor».
[...]
«El pleito dinástico fue además ocasión de que se enfrentaran los defensores
del orden natural y cristiano [...] a los secuaces de la revolución en sus
distintas metamorfosis. Así pues, dio lugar a que se articulara [...] un cuerpo
de doctrina basado en los principios de la verdadera filosofía y el uso recto
de la razón, también por lo mismo en la sabiduría cristiana. [...]
Tradicionalismo que [...] ha hecho del Carlismo español el movimiento más
contrarrevolucionario del mundo, en el sentido de hacer no una revolución en
sentido contrario sino lo contrario de la Revolución, esto es, fundar la
sociedad sobre el orden natural y divino, y por lo mismo reconstruir
constantemente el tejido social».
«Hoy,
el lema del Carlismo —Dios, Patria, Fueros y Rey— [...] sigue siendo en
cambio la única bandera de esperanza para un mundo que se desmorona. Así,
frente al nihilismo del sedicente nuevo orden mundial globalizado, sólo la
instauración de todas las cosas en Cristo, por medio de poderes sometidos al
orden ético que la Iglesia custodia, que conjuguen la libertad de los pueblos
con la tradición común de las patrias, puede dar al mundo la paz».
Hasta aquí la síntesis del
primer documento, que a nuestro ver fija el marco referencial del asunto que
abordamos, y esto sin merecimiento alguno de nuestra parte puesto que lo hacemos
fundados en los conceptos expuestos en los dichos documentos y de manera alguna
pretendemos revestirnos de ajenos méritos.
Admitido
que sea entonces que el único medio idóneo para lograr el sano ordenamiento
del mundo y la paz consiguiente no es sino la instauración de todas las cosas
en Cristo —tal como rezaba la divisa papal de San Pío X—, y aceptado en
consecuencia el orden de prioridad que surge claramente del lema del Carlismo: Dios–Patria–Fueros–Rey,
no es difícil percatarse que Dios
se encuentra en la cima de la progresión, en tanto que el Rey
ocupa el último peldaño, lo que nos indica sin duda alguna el orden de las
subordinaciones naturales respecto del Creador y las de los otros peldaños
entre sí, de los cuales el Rey
viene a ser el servidor último, contradiciendo así a la concepción
absolutista, que resulta totalmente ajena a la noción monárquica
tradicionalista.
En
el segundo documento aquí considerado —«El
Carlismo y la “libertad religiosa”»—,
don
Rafael Gambra se refiere de esta manera a la unidad religiosa de España: «El
Carlismo ha defendido siempre la unidad religiosa de España. Mas aun: esa
unidad es la piedra angular del orden político que el Carlismo propugna. Cuando
hace de Dios el primero de sus lemas no significa simplemente que cree en la
existencia de Dios en el Cielo o que propone la religiosidad como norma de vida
de sus adeptos. El trilema carlista no es un programa de vida personal, sino el
ideario de un sistema político. La unidad católica [...] ha estado vigente en
España desde los tiempos de Recaredo, en el siglo VI, hasta la actual
constitución de 1978, con la sola excepción de los cinco años de la segunda
República».
Acto
seguido se pregunta qué es la unidad religiosa, y comienza por puntualizar qué
no es: coacción ni intolerancia, y precisa «La
fe no puede imponerse a nadie, ni moral ni siquiera físicamente, puesto que es
una virtud infusa que Dios concede y que incide en lo más íntimo de cada alma.
Tampoco debe ejercerse coacción alguna sobre el culto privado de otras
religiones, ni sobre su práctica en locales o templos reservados, con tal de
que no se exteriorice ni se propague públicamente, ya que en un estado
confesional la difusión de las religiones falsas debe considerarse como más dañina
que la propagación de drogas o sustancias nocivas».
[...]
¿Qué significa entonces la unidad religiosa que el Carlismo propugna como el
primero de sus lemas? Simplemente, que la legislación de un país debe estar
inspirada por la fe que se profesa —la católica en nuestro caso— y que no
puede contradecirla; que las costumbres, en cuanto son influidas por la ley y la
política del gobernante, debe procurarse que permanezcan católicas. Que la
religión, en fin, debe ser objeto de protección por parte de la autoridad
civil. Dicho de otro modo: que no se pueden dictar ni proponer leyes que
contradigan a la moral católica —ante todo el Decálogo—, ni que atenten a
los derechos y funciones de la Iglesia».
[...]
«La confesionalidad del Estado y la conservación de la unidad religiosa allá
donde exista son, ante todo, una consecuencia del primer Mandamiento que nos
prescribe amar a Dios sobre todas las cosas, y no sólo en nuestro corazón o
privadamente, sino también las colectividades que formemos, familiares o políticas.
En segundo término, es una necesidad para conservar el bien inmenso de una
religiosidad ambiental o popular, de lo que depende en gran medida la salvación
de las almas».
«[...]
tampoco puede subsistir un gobierno estable que no se asiente en lo que
Wilhelmsen ha llamado “ortodoxia pública”. Es decir, un punto de referencia
que sirve de fundamento a la autoridad y a la obligatoriedad de las
instituciones, las leyes, las sentencias. En rigor, si se establece la libertad
religiosa (y el consecuente laicismo de Estado) resulta imposible mandar ni
prohibir cosa alguna. [...] La inviabilidad última de cualquier gobierno humano
(que recurre simplemente a la fuerza) se hace así patente. La “libertad
religiosa” es, por su misma esencia, la muerte de toda autoridad y gobierno».
«Se
objetará, sin embargo que la Declaración Conciliar “Dignitatis Humanæ” del Concilio Vaticano II ha propugnado la
libertad religiosa y el consiguiente laicismo de Estado. ¿Qué hemos de pensar
de esto los carlistas? A mi juicio, lo siguiente:
1.
El Concilio Vaticano II no es un concilio dogmático sino sólo pastoral,
por propia declaración: por lo mismo, exento de infalibilidad.
2.
La libertad religiosa en el fuero externo al individuo contradice la enseñanza
de todos los papas anteriores (uno de ellos santo) desde la época de la
Revolución Francesa, y particularmente a la Encíclica “Quanta
Cura” de Pío IX que reviste las condiciones de la infalibilidad.
3.
La Declaración Conciliar se contradice a sí misma, puesto que afirma al
mismo tiempo que deja intacta la doctrina anterior.
4.
Los amargos frutos de esa Declaración son bien patentes en la Iglesia y
en la sociedad.
5.
Si esa Declaración hubiera de ser recibida como “palabra de Dios”, al Carlismo no le quedaría más que
disolverse, porque ha sido el último y más heroico empecinamiento en la
defensa del régimen de Cristiandad».
Hasta aquí las referencias a los
documentos mencionados —y pedimos disculpas por su sobreabundancia, que
consideramos necesaria—, que nos permitirán seguir los espinosos caminos de
estas reflexiones.
Lo más comprometido de transitar
por los senderos de la verdad es la obligación subsecuente de proseguirlos
hasta las últimas consecuencias, sin mirar hacia atrás, como la mujer de Lot.
Y las reflexiones de don Rafael Gambra, de una gravedad que quizás no haya sido
adecuadamente calibrada, nos inducen a profundizar en sus implicancias sobre
nuestra vida de fe.
La fe católica es un todo monolítico,
que se acepta en bloque —sí, sí; no, no— o no se acepta: no se es un
poquito católico, así como no se es un poquito honesto o no se está un
poquito embarazada. Esto es: se la profesa en su totalidad, como verdad revelada
por el mismo Dios —que no puede equivocarse ni engañarnos—, o no se la
reconoce íntegramente, lo cual es lo mismo que rechazarla de plano, porque al
dudar de una parte se duda evidentemente de la veracidad de la totalidad del
testimonio divino.
¿Qué conclusión sacamos de lo
comentado precedentemente? La negación manifiesta de verdades definidas por el
magisterio infalible de la Iglesia entraña apartamiento de la fe, sea quien
fuere quien en ella incurriera, y si bien es cierto que no es nuestra función
juzgar a la persona —que ello compete sólo a Dios— no es menos cierto que sí
es nuestra obligación no seguirlo en el error y tratar de evitar que lo sigan
otros de nuestros hermanos. La total responsabilidad de nuestros actos —como
consecuencia del libre albedrío que Dios gratuitamente nos ha concedido— es
única y absolutamente nuestra: nos salvamos o nos condenamos exclusivamente por
obra nuestra, y aquí no vale el remanido recurso a la “obediencia debida”.
Aceptado esto, animémonos
entonces a hundir profundamente el escalpelo para practicar una disección que
nos permita ubicarnos adecuadamente en un tema que es de vital importancia para
evaluar la correcta posición que debe asumir el tradicionalismo carlista ante
el trascendental tema de su potencial adhesión a las proposiciones del Concilio
Vaticano II y sus posteriores derivaciones doctrinarias.
Lo
que Gambra afirma con acierto en el punto 5. referido a la Declaración
Conciliar «Dignitatis
Humanæ»,
a nuestro criterio vale asimismo para otras proposiciones doctrinales y litúrgicas
alumbradas luego del Vaticano II, aunque ya circulando en muchos ambientes
eclesiales desde tiempo atrás, felizmente condenadas por la clarividente
diligencia de varios Papas precedentes.
Con
referencia al corazón mismo del culto católico, esto es, la Santa Misa: ¿qué
decir si no de la reforma del Misal Romano por mandato del Concilio Vaticano II,
génesis de la nueva misa o misa de Pablo VI, a la cual se refirieron los
cardenales Ottaviani y Bacci en su «Breve
examen crítico del “Novus Ordo Missæ”», fechado en la Fiesta de Corpus Christi de 1969 y prolijamente
silenciado por las actuales autoridades eclesiásticas?
En
ese documento sus autores expresan: «Como
lo prueba suficientemente el examen crítico adjunto, por breve que sea, obra de
un escogido grupo de teólogos, liturgistas y pastores de almas, el Nuevo Ordo
Missæ, si se consideran los elementos nuevos, susceptibles de apreciaciones muy
diversas, que aparecen subentendidos o implicados, se aleja de manera
impresionante, en conjunto como en detalle, de la teología católica de la
Santa Misa tal como fuera formulada en la XXIIª Sesión del Concilio de Trento,
el cual, al fijar definitivamente los “cánones” del rito, levantó una
barrera infranqueable contra toda herejía que pudiera menoscabar la integridad
del misterio».
Aludiendo
asimismo al nuevo rito de la Misa el 15 de febrero de 1975, en su conferencia «De
la Misa de Lutero al Novus Ordo Missæ», Monseñor Marcel Lefebvre
expresaba: «No se
puede menos que sacar como conclusión que, por estar íntimamente unidos los
principios con la práctica según el adagio “lex orandi, lex credendi”, el
hecho de imitar en la liturgia de la Misa la Reforma de Lutero lleva
infaliblemente a adoptar poco a poco las propias ideas de Lutero. Resulta
imposible, desde el punto de vista psicológico, pastoral y teológico, que los
católicos abandonen una liturgia que constituye verdaderamente la expresión y
el sostén de su fe para adoptar nuevos ritos que fueron concebidos por herejes,
sin someter con ello su fe a un enorme peligro. No se puede imitar
constantemente a los protestantes sin convertirse en uno de ellos».
El
transcurso de varios decenios desde la promulgación del Novus
Ordo ha demostrado los perniciosos efectos de las reformas introducidas y lo
ilusorio de las expectativas sobre los posibles resultados beneficiosos de las
mismas.
Otro tema controvertible, en
tanto y en cuanto se aparta de la ortodoxa doctrina bimilenaria de la Iglesia
católica, es el ecumenismo entendido según las nuevas orientaciones adoptadas
por las autoridades de la Iglesia a partir del Vaticano II, contraviniendo el
concepto tradicional de ecumenismo, ya que ecumenismo ha habido siempre en la
Iglesia.
Esa
nueva visión del ecumenismo incorporada a la enseñanza del Decreto Unitatis
Redintegratio del Concilio Vaticano II no se corresponde con las luminosas
enseñanzas del Papa Pío XI en su Encíclica Mortalium
Animos:
«La Iglesia de
Cristo no sólo ha de existir necesariamente hoy, mañana y siempre, sino también
ha de ser exactamente la misma que fue en los tiempos apostólicos [...] Y aquí
se nos ofrece ocasión de exponer y refutar una falsa opinión de la cual parece
depender toda esta cuestión, y en la cual tiene su origen la múltiple acción
y confabulación de los católicos que trabajan por la unión de las iglesias
cristianas. Los autores de este proyecto no dejan de repetir casi infinitas
veces las palabras de Cristo: “Sean todos una misma cosa... Habrá un solo
rebaño, y un solo pastor”, mas de tal manera las entienden, que, según
ellos, sólo significan un deseo y una aspiración de Jesucristo, deseo que
todavía no se ha realizado [...] La unión de los cristianos no se puede
fomentar de otro modo que procurando el retorno de los disidentes a la única y
verdadera Iglesia de Cristo, de la cual un día desdichadamente se alejaron; a
aquella única y verdadera Iglesia que todos ciertamente conocen, y que por
voluntad de su Fundador debe permanecer siempre tal cual Él mismo la fundó
para la salvación de todos. Nunca, en el transcurso de los siglos, se contaminó
esta mística Esposa de Cristo, ni podrá contaminarse jamás, como dijo bien
San Cipriano: “No puede adulterar la Esposa de Cristo; es incorruptible y
fiel. Conoce uno sola casa y custodia
con casto pudor la santidad de una sola estancia” [...] Porque siendo
“el cuerpo místico de Cristo, esto es la Iglesia, uno, compacto y conexo”,
lo mismo que su cuerpo físico, necedad es decir que el cuerpo místico puede
constar de miembros divididos y separados; “quien, pues, no está unido con él
no es miembro suyo, ni está unido con su cabeza, que es Cristo”».
Existen
manifestaciones que, aun sin tener la eminente jerarquía de la Encíclica
citada, agregan el interés de ser más actuales, entre las que podemos destacar
el Manifiesto Episcopal del Arzobispo Marcel Lefebvre y el Obispo Antonio de Castro
Mayer, del 9
de diciembre de 1983 en el que, con referencia al ecumenismo, se expresaba: «Uno
de los errores principales que originan esta situación trágica es la concepción
“latitudinarista” y ecuménica de la Iglesia, dividida en su Fe, condenada
particularmente por el “Syllabus”, nº 15–18».
«La
concepción de la Iglesia como “Pueblo de Dios” se encuentra en numerosos
documentos oficiales: las actas del Concilio “Unitatis Redintegratio” y
“Lumen Gentium”, el Nuevo Código de Derecho Canónico, la Encíclica
“Catechesi Tradendæ”, el Directorio Ecuménico “Ad Totam Ecclesiam”.
«Esta
concepción destila un sentido latitudinarista y un falso ecumenismo. Los hechos
evidencian esa concepción heterodoxa: las autorizaciones para la construcción
de salones destinados al pluralismo religioso, le edición de biblias ecuménicas,
las ceremonias ecuménicas».
«Esa
unidad ecuménica contradice las Encíclicas “Satis Cognitum” de León XIII,
“Mortalium Animos” del Papa Pío XI, “Humani Generis” y “ Mystici
Corporis” del Papa Pío XII».
«Este
ecumenismo, condenado por la Moral y el Derecho católicos, llega a permitir
recibir los Sacramentos de Penitencia, Eucaristía y Extremaunción de manos de
ministros no católicos (canon 844) y favorece “la hospitalidad ecuménica”,
al autorizar a los ministros católicos a administrar esos Sacramentos a los no
católicos».
«Todas
estas cosas están en abierta oposición con la Revelación divina, que
prescribe la “separación” y rechaza la unión entre la luz y las tinieblas,
entre el fiel y el infiel, entre el templo de Dios y el de las sectas».
Podríamos
continuar de la misma forma con temas tan trascendentales como la colegialidad
episcopal, las erróneas enseñanzas divulgadas por el “Nuevo
Catecismo de la Iglesia Católica”, las graves dudas generadas
sobre la validez de los sacramentos administrados según los nuevos ritos, los
cambios en las tradicionales oraciones de la Iglesia Católica —el más
notorio es el del Padrenuestro— ... y así podríamos seguir, si no creyéramos
que basta con estas muestras para probar la tesis de que muchas de las
proposiciones que nos plantean a los católicos las autoridades de la Iglesia
conciliar como verdades de fe se encuentran en las antípodas de la verdadera fe
católica.
Ante
tal cúmulo de errores que insidiosamente se han ido infiltrando en el torrente
circulatorio del magisterio eclesiástico, podemos aquí preguntarnos a nuestra
vez, con don Rafael Gambra: ¿Qué
hemos de pensar de esto los carlistas?
Y
nos animamos a responder, interpretando libremente su punto 5. arriba citado:
Si TODO ESTO
hubiera de ser recibido como “palabra de Dios”, al Carlismo no le quedaría
más que disolverse, porque HABRÍA
sido el último y más heroico empecinamiento en la defensa del régimen de
Cristiandad.
Pero, apreciados lectores,
adviertan la forma condicional que adoptó don Rafael Gambra para la redacción
de este punto...
Afortunadamente
—y esto es algo que resultará meridianamente claro para quien quiera tomarse
el trabajo de analizarlo con seriedad doctrinaria— todo esto NO DEBE recibirse
como “palabra de Dios”,
ya que contradice la infalible enseñanza multisecular de la Iglesia, y es clara
consecuencia de aquel «humo
de Satanás que ha entrado en el templo de Dios»,
según propias palabras del Papa Pablo VI el 30-VI-72, quien agregaba:
«... se creía que después del Concilio un día soleado brillaría en la
historia de la Iglesia.
Al contrario, un día
lleno de nubes, tormentas y oscuridad ha llegado...».
Y
Jean Guitton, filósofo francés y amigo íntimo de Pablo VI, en su libro “Paul
VI secret” en el que relata charlas privadas con éste, refiere que el
8-IX-77 —once meses antes de su muerte— el Papa le dice: «Hoy
día hay una gran perturbación en el mundo y en la Iglesia: lo que está en
cuestión es la Fe. Ahora yo me planteo la frase oscura de Nuestro Señor en el
Evangelio de San Lucas “cuando el Hijo
del Hombre venga ¿encontrará aun Fe sobre la tierra”.
[...] Me sucede que leyendo el Evangelio sobre el fin de los tiempos compruebo
que en este momento hay ciertos signos de este fin... ¿Estamos próximos del
final? Es algo que nunca sabremos. [...] Lo que me sorprende cuando considero el
mundo católico es que me parece
que en el interior del catolicismo un pensamiento de tipo no–católico
parece a veces prevalecer. Es posible que este pensamiento no–católico en el
interior del catolicismo llegue mañana a ser el más fuerte, pero nunca
representará el pensamiento de la Iglesia. Es necesario que subsista un pequeño
rebaño, aunque sea muy pequeño; esto es suficiente para decir que las puertas
del infierno no han prevalecido».
Y para mayor abundamiento, el propio Papa Juan Pablo II dice
el 6-II-81: «Ideas
que contradicen la verdad revelada —y que se ha enseñado siempre— se han
diseminado a manos llenas. Verdaderas herejías se han propagado en el campo de
la teología dogmática y moral, creando dudas, confusiones y rebeliones. Aun la
liturgia ha sido manipulada. Sumergidos en el relativismo intelectual y moral
hasta un permisivismo donde se permite todo, los cristianos son tentados por el
ateísmo, por el agnosticismo, por un iluminismo vagamente moralista, por un
cristianismo sociológico sin dogmas definidos y sin moralidad objetiva».
Dicen
los juristas: a confesión de parte, relevo de prueba.
Y no olvidemos que estas declaraciones datan de más de veinte años atrás y
que la situación en la Iglesia no sólo no ha mejorado sino que, visiblemente,
ha empeorado.
Se
preguntará el lector en qué afecta lo antedicho al doctrinario tradicionalista
carlista: sencillamente que si Dios es la piedra clave de bóveda del
maravilloso edificio que es la doctrina tradicionalista —recordemos el lema:
«Dios–Patria–Fueros-Rey»— es indudable que la religión, nuestra relación con el
Creador, no sólo no es facultativa sino que además
debe ajustarse a los preceptos invariables de la religión verdadera,
esto es, la religión Católica–Apostólica–Romana, de la que resultan extrañas
muchas enseñanzas de la catequesis de la Iglesia conciliar.
La
obligatoriedad de mantenerse firmes en la Fe, en la misma Fe de siempre, una e
inalterable a través de los siglos, ha sido declarada por el Concilio Vaticano
I —note bien el lector: el primero— según se transcribe: «La
doctrina de la fe que Dios ha revelado, no ha sido propuesta como un hallazgo
filosófico que deba ser perfeccionado por los ingenios humanos, sino entregada
a la Esposa de Cristo como un depósito divino, para ser fielmente guardada e
infaliblemente declarada. De ahí que también hay que mantener perpetuamente
aquel sentido de los sagrados dogmas que una vez declaró la santa madre Iglesia
y jamás hay que apartarse de ese sentido so pretexto de una más alta
inteligencia» (Denz.
1800).
Entonces —dirá el lector—
¿cómo nos será posible mantener el rumbo correcto, contra las engañosas
enseñanzas de la Iglesia conciliar? La solución a la posible defección de una
parte de la jerarquía ya fue planteada —¡en el año 434!— por un Padre de
la Iglesia, San Vicente de Lerins en su «Commonitorio», quien afirma allí: «¿Qué
hará un católico verdadero si una parte de la Iglesia se desprende de la Fe
común? Bien, si de una parte de la Iglesia se trata, ¿cómo no preferir la
salud de todo el cuerpo al miembro podrido, infestado? Ahora, ¿qué hacer si
una suerte de epidemia pretende manchar no sólo una parte sino toda la Iglesia?
Entonces pondría su cuidado en apegarse al pasado, el cual ya no puede ser más
traicionado por una novedad engañosa».
Vemos entonces cual es la solución,
no sólo correcta sino además posible para cualquier católico de buena
voluntad: apegarse a la Tradición bimilenaria de la Iglesia, eludiendo
cuidadosamente las novedades potencialmente engañosas, de manera de evitar ver
traicionada la doctrina perenne, que es fundamento y otorga sentido a la posición
doctrinal del tradicionalismo carlista.
Debemos
confrontar permanentemente nuestro accionar con esa doctrina perenne de la
Iglesia, a la manera en que los músicos utilizan el diapasón para mantener sus
instrumentos afinados, para mantenernos fieles a Nuestro Señor Jesucristo, de
cuyo Cuerpo Místico somos miembros, y de esa manera lograr que, manteniendo
simultáneamente nuestra fidelidad al lema del Carlismo —Dios–Patria–Fueros–Rey—
integremos ese pequeño
rebaño, aunque sea muy pequeño, imprescindible para decir que las puertas del
infierno no han prevalecido.
Dios
así lo quiera y su Santísima Madre nos ayude a no defeccionar en el intento,
ya que al decir de don Rafael Gambra en el cierre de su Réplica
publicada en el Boletín Carlista de Madrid nº 70 (Enero–Febrero de 2003):
«Alguien ha de quedar para defender el honor de Dios, la unidad de la Patria y
la legitimidad del poder».
Laus Deo.