EDITORIAL
En
mérito a que el artículo que gentilmente nos enviara don Juan María
Bordaberry expresa clara y brillantemente el pensamiento y la posición de Custodia,
le hemos cedido el lugar del Editorial del presente número.
El Concilio Vaticano II proclamó, directa o indirectamente, tres principios: la libertad de conciencia, la colegialización en el gobierno de la Iglesia y el ecumenismo. No soy yo el único que lee estos tres principios así: libertad, igualdad y fraternidad. Católicos eminentes, con autoridad que yo no puedo pretender tener, también lo han interpretado de esa forma. Con la libertad de conciencia la Iglesia perdió su impulso misional, la vocación de consagrar la vida a la propagación de la fe y abrió las puertas a la tolerancia del error.
Hoy se nos dice que todos los excesos que vemos con tanta frecuencia, en la doctrina, en la liturgia, en la palabra y aún en la conducta de sacerdotes, son consecuencia de una interpretación errada de los textos conciliares. No es así: al debilitamiento de la autoridad de la Verdad sigue inevitablemente el acrecer de la soberbia del hombre que empieza a elegir sus propios caminos. Y si a esto agregamos la sustitución de la organización piramidal y monárquica que N. S. Jesucristo dio a Su Iglesia por la disgregación funcional y hasta geográfica de la nueva organización conciliar, nada más natural que ocurran los excesos y que nadie pueda impedirlos ni menos impedir el daño que ello acarrea a los fieles. Estos excesos han ido ocultando la condición sobrenatural de la Iglesia, han temporalizado su papel a favor de una figura más filantrópica que espiritual y religiosa.
“El
humo de Satanás ha entrado en la Iglesia” dijo el Papa Pablo VI al cabo
de su vida, quiera la misericordia de Dios que arrepentido de
la obra de la cual había sido el más activo protagonista Con el
Concilio, el liberalismo llegó al poder temporal del último bastión que se le
oponía por definición, y Roma empezó a aceptar las formas políticas que él
consagra. Así, cuando llegan
instancias electorales, los sacerdotes y los obispos recomiendan elegir bien los
candidatos, no votando a los que, por ejemplo, son partidarios del aborto o la
uniones aberrantes entre personas de un mismo sexo. Pero a lo que no se llega más,
recordemos el “Syllabus”, es a condenar el orden político liberal por sí,
por consagrar la sustitución de la Soberanía de Dios por la soberanía del
hombre, al acto electoral mismo por constituir la expresión de esa
pretendida soberanía que ha querido ocupar el lugar de Dios.
Un inolvidable sacerdote
de la Fraternidad San Pío X que tuvimos la bendición de tener entre nosotros,
aquí en Montevideo, por la fuerza de los hechos sólo esporádicamente, insistía
en que, por la Gracia, la Fe se manifiesta internamente en nosotros bajo la
forma íntima de la adhesión de
nuestra inteligencia a las verdades reveladas por N. S. Jesucristo y enseñadas
por el magisterio de la Iglesia, y externamente por nuestros actos visibles
cuando ellos dan testimonio de nuestra Fe. Así, cuando oramos públicamente,
cuando formamos cristianamente nuestra familia, cuando, en fin, con nuestras
obras damos testimonio externo de la Fe que profesamos en nuestro interior.
Negar este desdoblamiento, por así llamarlo, interno y externo de nuestra fe
nos conduce insensiblemente a la herejía luterana.
Parece entonces que no condice con nuestra conducta de católicos dar un
testimonio contradictorio con nuestra Fe interior, participando públicamente en
instituciones políticas ateas que han dado por tierra con las tradicionales
sociedades cristianas, legitimando con nuestros actos lo que es de suyo
condenable.
En el tiempo
anterior a las desdichadas elecciones españolas de marzo de 2004, pude ver en
la página de Internet del Foro Santo Tomás Moro de la Comunión
Tradicionalista Carlista, así como en otras, divergencias entre carlistas
acerca de la participación o no en ellas, sin que se rechazaran las elecciones
mismas, como acto contrario a los principios cristianos. Estas divergencias se
plantean ahora y con mayor dureza con motivo del surgimiento del nuevo partido
llamado “Alternativa Española” sin que nadie advierta, por empezar, que la
propia expresión “partido” contradice la vigencia insustituible del
principio de autoridad fundado en el derecho natural, que no puede admitir la
hipótesis de una derrota numérica.
Lo
que me atrae del carlismo y me lleva a defenderlo y tratar de difundirlo dentro
de nuestras pequeñas posibilidades es precisamente su Santa Intransigencia en
la proclamación y defensa de los principios fundadores de España y por
consecuencia, de la Hispanidad toda.
La historia de España es pródiga en ejemplos de la
necesidad de defender la Fe intransigentemente, sin fisuras ni resquicios ni
concesiones. La historia de España niega a la Hispanidad, en la que
orgullosamente me incluyo, la aceptación del moderno concepto ateo de
pluralismo. Una fides, unum regnum proclamó
el Concilio III de Toledo hace más de catorce siglos, y ese precepto —que
rigió su historia durante casi todo ese tiempo— dio a España un carácter
propio, único y distintivo que, al tiempo de hacerla difícil de explicar y
entender por quienes no la conocen, nos
obliga a trabajar para restaurar sus valores históricos en lo interno y
proyectarlos hacia fuera en lugar de dejarnos invadir por los ajenos y
contrarios a la naturaleza hispánica.
“Es
indigno que un príncipe de fe ortodoxa tenga bajo su cetro a súbditos sacrílegos”,
reafirmó luego el Concilio Toledano VIII.
Estos preceptos fueron el fundamento de la obligación de los Reyes Católicos,
como tales, de no aceptar moros ni judíos no conversos en España. No fue ni
conveniencia mezquina ni maldad: fue la vigencia de la Fe Católica que hizo
grande a España.
Tampoco fue cruel: la gran Isabel dio a todos la oportunidad
de convertirse o irse a otra parte llevando su familia y sus bienes, para lo
cual puso hasta barcos a su disposición e incluso aceptó comprar generosamente
sus bienes. Miles de judíos convertidos quedaron en España y contribuyeron a
escribir la historia de su grandeza. Vale la pena leer las admirables páginas
que Don Luis Suárez Fernández ha
escrito al respecto. Isabel, católica, bondadosa, recta y justa, no hizo sino
cumplir sin concesiones el principio cristiano, lo que le granjeó el odio de la
herejía, que aún perdura en las leyendas negras. Participar de las
instituciones liberales, codo con codo con los enemigos de Dios, es aceptar el
pluralismo y negar implícitamente la obra de unidad católica y política de
Fernando e Isabel.
Aunque las guerras carlistas se inician por la cuestión dinástica
originada por la decisión de Fernando VII que impidió el acceso al trono del
infante D. Carlos Isidro, que hubiera sido Carlos V, sería cortedad pensar que
todo queda en esa cuestión. El carlismo advirtió tempranamente que negar el
trono a un Rey tradicionalista y dejar la Corona en manos de una pequeña
representada por la joven Regente era abrir la puerta al liberalismo y obstar a
la continuidad de la vigencia de los principios: Dios, Patria, Fueros y Rey. Si
el alzamiento hubiera respondido solamente a la cuestión dinástica el carlismo
no hubiera mantenido su vigencia hasta nuestros días habiendo sido, además,
derrotado en los campos de batalla.
España pues, se niega obcecadamente a transigir con los
ajenos principios liberales, extraños a su sustancia histórica y religiosa. Es
cosa que no puedo entender cómo se podría conciliar la gesta del
tradicionalismo carlista con la participación en instituciones liberales.
No puedo dejar de recordar un memorable trabajo de Don Rafael
Gambra, a quien Dios tenga en la gloria, publicado hace ya algunos años en
“Razón Española”. En él se preguntaba, viendo a España entregada al
liberalismo masónico contra el cual se había desangrado en la guerra, cómo
era posible que aquel terreno —recuerdo que decía: conquistado
colina a colina, cota a cota— se hubiera entregado tan fácil y
silenciosamente al enemigo derrotado.
Del Vaticano
II había salido el principio contrario a la tradición española, la libertad
de conciencia. Franco tuvo que ceder a la presión de Pablo VI y aceptó la
libertad de cultos. No estaba prohibido en España profesar otros cultos que el
católico: estaba prohibido hacerlo públicamente y difundirlo. Estaba
prohibido, como manda la ley de Dios, difundir el error. Por esa grieta del
pluralismo religioso se filtró el enemigo, silenciosa y arteramente..
Don Rafael,
con dureza navarra, tituló su trabajo “La
traición de los clérigos”.
Juan María Bordaberry
Montevideo — Uruguay