INCOHERENCIA POLITICA DE VALLE INCLAN

Por José F. Acedo Castilla

Madrid - España

I

Fue don Ramón María del Valle Inclán el poeta más grande de los novelistas

españoles, el más grande artista de la palabra que —como dijo Miró (1)— después de

Quevedo ha tenido el castellano; el Góngora de nuestro tiempo, para bien o para mal,

como escribió Maeztu (2).

Cuenta Fernández Almagro (3), que Valle-Inclán, ante un artículo de José Octavio

Picón, sintió un buen día la vocación literaria, preguntándose si él no sería capaz de

escribir mejor que los maestros de Madrid. Ante esta idea, decidió dejar los estudios de

Derecho que cursaba en la Universidad de Santiago y por los que no sentía mucha

atracción, trasladándose a Madrid para iniciar su aprendizaje literario. Pero bien porque

no encontrara facilidades para ello, o por su espíritu aventurero, o ante la posibilidad de

hacer fortuna junto a unos familiares dedicados al comercio, a principio de 1892 embarcó

en El Havre con rumbo a Méjico.

En el barco hizo amistad con un asturiano llamado Menéndez Aceval, que editaba

un diario en Vera Cruz, quien ganado por la simpatía que inspiraba el emigrante y

advertido de su desorientación, le brindó —según Fernández Almagro (4)— un puesto en

su periódico. Pero la estancia en Vera Cruz no fue muy larga, ya que poco después

aparece en Méjico como redactor de "El Correo Español" y colaborador de "El

Universal". Allí permaneció hasta la primavera de 1903, en que decidió regresar a España

después de una breve estancia en Cuba.

Estos años de permanencia en América van a ser decisivos en la formación literaria

de Don Ramón. Desde entonces, Méjico ocupa un lugar importante en el mundo

valleinclanesco. En el semanario madrileño "Alma Española", del 27 de noviembre de

dicho año, publicó su autobiografía y la versión de este viaje, enriquecido con detalles

novelescos y fantásticos. Un cuento de paisajes mejicanos titulado "X" —que recoge

una historia de amor en un lugar exótico— pasó a la Sonata de estío, y en la Sonata de

Invierno (5) estando Bradomín ante Da. Margarita, entran los dos principitos mayores en

la saleta, y la infanta Da. Blanca, a la que había llegado la estampa del personaje que

tenía ante sí pregunta, como no creyendo lo que tiene ante sus ojos: "¿El que hizo la

guerra en Méjico?" Y el príncipe don Jaime le pregunta por su parte: "Marqués,¿es

verdad que en Méjico los caballos resisten todo el día al galope?" Méjico, en Bradomín

como en Valle-Inclán, es la leyenda, la apoyatura en algo real del pasado, para convertirla

—como dice Campos (6)— en brumosa fuente de aventuras.

II

Cansado de estar en Pontevedra, don Ramón vuelve a Madrid con un libro, Femeninas,

que agrupa "seis historias amorosas", avalada con un prólogo de Manuel Murguía.

Allí, antes de que su personalidad literaria fuese valorada por sus frutos, se dio a

conocer por su personal apariencia, a la que confirió un inconfundible perfil. Llevaba melena

que le caía a media espalda, barbas crecidas, "barbas de chivo" —como le llamó

Rubén en los primeros versos que iban a prologar su obra Aroma de leyenda—, quevedos

de carey atados con ancha cinta moaré, sombrero de copa alta y un cuerpo delgado bajo

una macferlanda, cuyas esclavinas se convertían por instantes en dos alas de murciélago

satánico. Era la mejor máscara que cruzaba la calle de Alcalá, como dice en su biografía

Ramón Gómez de la Serna (7).

A la extravagancia en el atuendo unía Valle-Inclán un carácter, más que violento,

explosivo, una desbordante fantasía –—mentía con tranquilidad admirable— y un temperamento

indómito. Una frase suya demolía una reputación. Se creía siempre en posesión de

la verdad, cualquiera que fuera el tema de la conversación o disputa, pues Valle-Inclán

nunca aceptaba rectificaciones o criterios adversos. Por ser así se suscitó un día el altercado

con Manuel Bueno, que había de costarle la amputación del brazo izquierdo. Del lance,

mucho fantaseó Valle-Inclán y más tarde sirvió para que Gómez de la Serna, en un portentoso

alarde de imaginación, narrase las mil y una maneras de cómo pudo perder el brazo su

ilustre homónimo (8).

Pero —como dice Fernández de la Mora (9)— Valle-Inclán no era el personaje literario

que él se divertía en representar para el público y a quien el mundo entero —como

observa Maeztu (10)— servía de escenario. Valle trabajaba con dedicación y seriedad. En el

cumplimiento del quehacer literario ponía fervor y tenacidad, perseverancia y fe en sí

mismo. Quiso crear un estilo personal y a lograrlo subordinó todo. Nadie diría –escribe

Azorín (11)— que son un mismo hombre el dialogador de un grupo de amigos y el asceta que

trabaja en su cuartito modesto, horas y horas, con esfuerzo incansable.

III

Valle-Inclán, que cultivó todos los géneros literarios: novelas, cuentos, poesías, teatro,

ensayos, al igual que otros escritores del 98, tiene una especial preocupación por la

Historia. Mejor dicho, por lo que para él es suprahistoria, esto es, la leyenda, la versión

épica de hazañas heroicas señoriales, sobre el desgarrado y trágico fondo de un pueblo.

Cuando Valle-Inclán se enfrenta por primera vez con la Historia, escoge el tema de

La guerra carlista, que era un asunto por el que sentía especial predilección, ya que no en

balde durante una larga etapa de su vida fue de clara filiación tradicionalista-carlista. Si

todos los grandes valores en los que Valle cree proceden de nuestras

glorias pasadas, de nuestra historia mítica, es lógico —como escribe Conte (12)— que

defendiera al grupo político que intentaba conservar o resucitar esos grandes valores. En

este aspecto, Valle es un apasionado regenerador romántico, y además un contestatario

contra el sistema imperante que a él, como antiliberal, no le inspiraba la menor simpatía.

Mucho y muy contradictorio se ha escrito sobre el carlismo de Valle-Inclán. Su

hijo Carlos Luis (13) cuenta que "Valle-Inclán se sentía carlista, porque defendía costumbres

y tradiciones que a él, señor de espíritu y de sangre, no podían dejarle indiferente".

En el mismo sentido se muestra Eugenio G. De Nora (14), para quien el carlismo

valleinclanesco tiene "raíces y significados serios" y el profesor José Ramón Barreiro

(15), para quien la vinculación al carlismo de Valle-Inclán es cosa "insoslayable". "Sentía

—dice— el espíritu carlista y sabía interpretarlo". Y añade: "Pasando una rápida revista

a sus obras es difícil encontrar una que de alguna manera no se refiera o tenga al menos

el aroma melancólico del ideal carlista", en lo que coincide con José Antonio Maraval (16)

para quien "en la obra valleinclanesca desde la Sonata de Estío hasta la Corte de los

Milagros, está presente el carlismo del autor",

Frente a lo anterior, Manuel Machado (17) afirmaba que el carlismo del autor de

Tirano Banderas nadie lo tomó en serio, y Ramón Gómez de la Serna (18) escribe que "El

carlismo fue para Valle-Inclán la belleza romántica, el no pactar con el vulgo municipal

y espeso, la altivez de Dios en las viejas iglesias destartaladas, el valor de las fuentes y

los jardines y los viejos mitos aristocráticos".

Fue el propio Valle quien dio pié a este confusionismo con sus declaraciones contradictorias.

Así, por ejemplo, mientras en la Sonata de Invierno hace decir al Marqués de

Bradomín que "el carlismo tiene para él el encanto solemne de las grandes catedrales"

(19), y que "Don Carlos de Borbón y Este es el único príncipe soberano que podría arrastrar

dignamente el manto de armiño, empuñar el cetro de oro y ceñir la corona recamada de

pedrería, con que se representa a los reyes en los viejos códices" (20), en unas declaraciones

que le recoge Francisco de Madrid (21), al ser interrogado sobre su carlismo, da la siguiente

respuesta: "Soy carlista solamente por estética. Me agrada la boina. Es una cresta pomposa

que ennoblece. La blanca capa de los carlistas me retrotrae al imperio de una corte

arcaica, Es, sin duda, el más bello disfraz político que ha existido".

Claro es que —como escribe María Dolores Lado (22)— las declaraciones personales

y directas de Valle-Inclán no deben tomarse siempre al pie de la letra. Valle fue un

charlista formidable, amigo de las respuestas fulminantes, de las grandes frases y los

retóricos gestos. Aceptar literalmente sus palabras envuelve grandes riesgos. De su empeño

en considerarse tradicionalista es muestra —bien que anecdótica— "cómo la familia

carlista da nombre a la prole valleinclanesca" (Margarita, Carlos Luis, Jaime...). Y

cuando es invitado por Francia en 1916 para que, como comisionado por la "Prensa

latina de América" y por el "Imparcial", visite los campos de batalla aliados, "Don

Ramón se vista de carlista", con su boina, polainas, capote y una maquilla

cogida de la muñeca con la correa, y así visita el frente, donde lo confunden con el general

Gourend, general francés que gozaba de la mayor popularidad, que tenía su misma figura

y también era manco (23).

IV

Aunque el tema carlista había servido de marco a La Sonata de Invierno, que

transcurre en la corte de Estella, las novelas de Valle-Inclán que componen el ciclo carlista

propiamente dicho, son tres: Los Cruzados de la causa, El resplandor de la hoguera y

Gerifaltes de antaño. En ellas no se relatan batallas, ni se hace historia, ni se estudia una

ideología. Lo que cuenta es el hecho de la tercera guerra carlista, episodios de la misma a

los que comunica una gran plasticidad, renunciando de antemano a unificarlos, mediante

el hilo conductor de un argumento, en torno al cual acontezcan los hechos secundarios.

Entre los épicos sucesos que componen Los Cruzados de la causa, narrados con

agudos coloquios y brillantes pinceladas, merecen destacarse el relativo al "registro del

Convento" por una escuadra de marinos desembarcados de la trincadura "Almonzara",

porque se decía que las monjas guardaban fusiles bajo el altar mayor; del descontento y

desilusión de los canónigos y beneficiados que no pueden cumplir el ofrecimiento hecho

al marqués de Bradomín de entregarle para auxilio de la causa las alhajas de la santa

iglesia Colegiata, porque "el deán, que está propuesto para obispo, interpone su veto

para congraciarse con los herejes de Madrid"; el remordimiento de la madre Isabel,

superiora del convento de Viana del Prior que, acudiendo a toda clase de presiones ha

conseguido del capitán de una nave que, pese al temporal existente, se haga a la mar, con

un alijo de armas para los carlistas, ya que "todo está perdido de no hacerse en aquel

día...". El capitán, ante la insistencia de la monja y los ruegos de su novia, "la niña de la

posada", accede a zarpar. Más, al poco tiempo, la goleta sin velamen, batida de costado

por el mar, columpiándose furiosamente, tocando las olas y luego remontándose a las

nubes, zozobra ante crestas de espumas, hasta que desaparece con todos sus tripulantes.

La madre Isabel se siente culpable, verdugo de este naufragio. ¡No tenía derecho a

sacrificar tantas vidas!... "Entonces toma la decisión expiatoria de ir a la guerra, y entre

los heridos, en los campos de batalla, ofrecer su vida a Dios" (24). Este viaje es el tema

central de El resplandor de la hoguera. Los heridos que la monja pensaba curar eran

carlistas, pero una vez en el campo de batalla, los heridos que ve son soldados del ejército

liberal y ante ello las banderías se borran. La monja comprende cuál es su verdadero

deber, porque en el dolor los hombres son iguales (25).

Aunque Valle-Inclán —como escribe Fernández de la Mora (26)— no era un pensador

ni un filósofo, percibe y pone de manifiesto cómo el carlismo fue mucho más que un

pleito dinástico que se produce a la muerte de Fernando VII. Las guerras carlistas no

fueron sino las guerras de dos modos distintos de entender la vida. Frente al laicismo del

Estado, la centralización unificadora que el liberalismo doctrinario conlleva,

junto con una idea gaseosa y abstracta de la libertad, los carlistas oponían el sentido

católico de la vida, la constitución corporativista y gremial de la sociedad, la sustancia

medular de la vieja democracia municipal española, y la idea realista de las "libertades

concretas". Porque para el tradicionalismo no se es libre a secas; se es "libre para...".

Nadie tiene a secas "el poder", que no es sustantivo, sino un verbo que necesita complemento.

No "se puede" en el vacío: "se puede algo". Este algo —como decía Pemán

(27)— es lo que da a la idea foral, descentralizadora y realista, posibilidades constructivas

que nunca tendrá la libertad abstracta y autónoma que, abierta sobre un vacío de

finalidades concretas, se devora a sí misma en su abstracción.

V

El arraigado sentimiento católico del carlismo lo destaca Valle-Inclán de forma

dramática, en uno de los episodios de los Cruzados de la causa.

Un muchachito gallego ha sido movilizado con destino a la marina por el gobierno

liberal. Está de guardia en un convento mientras se practica un registro en busca de

unos fusiles que han de ser enviados al ejército carlista. Las mujeres del pueblo reaccionan

furiosamente contra la actuación de las fuerzas que efectúan el registro. Entre ellas

está la madre del "marinerito", quien, llena de cólera injusta ante la involuntaria

participación de su hijo, dirige a éste crueles recriminaciones. Tanta llega a ser la presión

de la madre, que el muchacho arroja el fusil, rompiendo a correr hacia las casas del

pueblo. Perseguido por las calles oscuras, dos balas, que le entran por la nuca, acaban

con su vida. Pero lo terrible es el epitafio que la madre, abrazada al cadáver ensangrentado,

pone a su hijo muerto: "No tenía otro hijo en el mundo, pero mejor lo quiero aquí

muerto, como vedes todos agora, que como yo lo ví esta tarde crucificando a Dios

Nuestro Señor" (28).

Y es que para los carlistas, Don Carlos era el rey de los buenos cristianos (29) y

ellos estaban haciendo la "guerra santa". De esta suerte, el carlismo casi se convierte en

una religión. Más que una doctrina política, es el "credo de una comunión que liga a los

hombres que de ella forman parte en la paridad de sus creencias".

Al lado de este sentimiento religioso destaca Valle-Inclán el carácter popular y

rural del carlismo. Campesinos son el núcleo central de los soldados que forman las

partidas carlistas: "vendimiadores y pastores, leñadores que van pregonando por los

caminos y segadores que trabajan en la orilla de los ríos; carboneros que encienden

hogueras en los montes y alfareros que cuecen tejas en los pinares, gente sencilla y

fiera como una tribu primitiva, cruel con los enemigos y devota del jefe" (30).

De este fenómeno sociológico que el carlismo entraña se hizo eco Unamuno en

diversos pasajes de alguna de sus obras, especialmente en su novela histórica Pan en la

guerra (1897). Pero fue el mismo Carlos Marx quien lo vislumbró con anterioridad,

cuando en su libro La revolución española 1808-1843, publicado en 1929, escribe lo

siguiente:

"El carlismo no es puro movimiento dinástico y regresivo, como se empeñaron

en decir y mentir los bien pagados historiadores liberales. Es un movimiento libre y

popular en defensa de tradiciones mucho más liberales y regionalistas que el

absorbente liberalismo oficial, plagado de papanatas que copiaban a la Revolución

Francesa. Los carlistas defendían las mejores tradiciones jurídicas españolas, las de

los Fueros y las Cortes legítimas pisoteadas por el absolutismo monárquico y el

absolutismo centralista del Estado liberal. Representaban la patria grande como suma

de las patrias locales, con sus peculiaridades y tradiciones propias. El tradicionalismo

carlista tenía unas bases auténticamente populares y nacionales de campesinos,

pequeños hidalgos y clero, en tanto que el liberalismo estaba encarnado en el

militarismo, el capitalismo (las nuevas clases de comerciantes y agiotistas), la

aristocracia latifundista y los intereses secularizados, que en la mayoría de los casos

pensaban con cabeza francesa o traducían, embrollados de Alemania".

Destaca María Dolores Lado, en su obra citada (31), cómo el personaje que mejor

encaja este carácter popular y campesino del carlismo es el cura Santa Cruz, un aldeano

que se hizo cura y del que Valle-Inclán hace la figura central de Gerifaltes de antaño.

Don Manuel Santa Cruz, párroco de Hernialde —según lo retrata Valle (32)

"era fuerte de cuerpo y menos que mediano de estatura, con los ojos grises de aldeano

desconfiado y la barba muy basta, toda rubia y encendida. Su atavío no era sacerdotal,

ni guerrero. Boina azul muy pequeña, zamarra al hombro, calzón de lienzo y medias

azules bajo las cuales se cubría el músculo de sus piernas. Aquel cabecilla sobrio,

casto y fuerte, andaba prodigiosamente y vigilaba tanto, que era imposible

sorprenderle. Los que iban con él contaban que dormía con un ojo abierto, como las

liebres". Santa Cruz se distingue —según Valle— por su capacidad de mando y

ambición. No quería la gloria y los honores, pero sí hacer la guerra a su manera (33).

"Quería reunir bajo su mando todas las partidas guipuzcoanas y hacer la guerra a

sangre y fuego, con el bello sentimiento de su idea y el odio del enemigo. La guerra

que hacen los pueblos cuando el labrador deja su siembra y su hato el pastor; la

guerra santa, que está por encima de la ambición de los reyes, del arte militar y de los

grandes capitanes".

El sueño de Santa Cruz —escribe Carlos Seco (34)"está alimentado por un

pozo de remembranzas bíblicas y clásicas; le obsesiona el recuerdo de las ciudades

antiguas perecidas en luchas heroicas contra los grandes imperios de los que no

quisieron ser esclavas; y con el odio por las legiones y las águilas augustanas. Como

solía decir recordando el lenguaje del púlpito, sentía el entusiasmo por las tribus

patriarcales y guerreras de los pueblos vascones... Los grandes imperios, las legiones

augustanas, se identifican en esta imagen primitiva y ardiente, con los soldados del

ejército liberal; un trasunto de la corrompida Roma ve Santa Cruz en el Estado y la

sociedad, contra la que se han alzado sus huestes, como encarnación de esta rotunda

negativa con que el carlismo se opone, monolítico, al espíritu del siglo..."

Lógica secuela de esta manera de ver la guerra es la desconfianza que Santa

Cruz muestra hacia los generales profesionales y la camarilla real. Llamado por el

rey a Estella, el cura, fingiéndose enfermo, esquivó presentarse, porque teme que

todo sea un engaño para prenderle. "No nací para pisar estrados —dice al viejo

veterano don Pedro Mendía—. ¡En el campo no me vencen, pero allí me vencerían!"

(35). Por causas diversas, el cura se encuentra perseguido por los liberales y acosado

por los carlistas. Mas al final se ve salvado por la imprevista retirada de las tropas

republicanas, debido a un cálculo político de Castelar. "Es preciso que la orden se

cumpla inmediatamente sin estrechar más al cura. Hay un secreto de Estado..." "Un

secreto a voces —como dice Valle-Inclán por boca del teniente Nicéforo (36)—: yo no

diré que Santa Cruz sea nuestro aliado, pero lo parece".

El porqué resulta obvio. Los carlistas trabajan en las cortes europeas para obtener

la beligerancia, que le habrían concedido sin las ferocidades de Santa Cruz. La

beligerancia suponía tener abierta la frontera y el comercio de armas. Para evitarlo

hacía falta que éste hiciese una degollina para presentar a los carlistas como "hordas

de bandoleros". De aquí que, en aquel entonces, la suprema consigna liberal fuese la

de ayudar a Santa Cruz.

VI

Frente al arraigo que el carlismo tuvo en las clases populares, la aristocracia

cortesana, por el contrario, estaba en contra, al igual que la aristocracia rural, que

enriquecida con la desamortización de Mendizábal temía a la promesa carlista de que

se devolverían a la Iglesia los bienes de que había sido despojada. No obstante, hubo

un sector de la nobleza que apoyó al carlismo: los que Valle llama "los secos hidalgos

de gotera" (37), que eran la sangre más pura, destilada en un filtro de mil años y de

cien guerras, viejos aristócratas campesinos, demasiado alejados de la corte para

sentir la influencia progresista, y demasiado arruinados para beneficiarse económicamente

de la desamortización. Estos hidalgos aparecen idealizados en la obra valleinclanesca,

en las figuras de don Juan Manuel de Montenegro y en la del marqués de

Bradomín.

A Bradomín, a quien —según Durán y Zabala (38)— señala en todos sus comportamientos

como una manera, quizá imperfecta pero real, de ser carlista, lo define

con tres adjetivos dispares, referidos uno a lo físico, otro a lo espiritual y otro a lo

psicológico: feo, católico y sentimental (39). Era feo, pero —según Fernández Almagro

(40)— seductor; católico, pero irreverente; sentimental, pero lascivo.

Montenegro —a quien ya nos lo había presentado en la escena segunda de

Aguila de Blasón— era uno de esos hidalgos mujeriegos y despóticos, hospitalarios

y violentos, que se conservan como retratos antiguos en las villas silenciosas y muertas,

las villas que evocan con sus nombres feudales un herrumbroso son de armaduras (41).

Aquel viejo, con su arrogante y varonil tipo suevo, tan frecuente en los hidalgos de la

montaña gallega (42), a los treinta años había malbaratado su patrimonio.

Solamente conservó las tierras del vínculo, el pazo y una capellanía, todo lo cual apenas

le daba para comer (43). Entonces empezó su vida de conspirador y aventurero, vida tan

llena de riesgos y azares como la de aquellos hidalgos segundones que se enganchaban

en los Tercios de Italia para buscar lances de amor, de espada y de fortuna (44).

Montenegro y Bradomín son cristianos viejos, hombres de fe muy peculiar y

relativa, ya que ni el uno ni el otro son ejemplo de conducta católica. En lo que sí son

modélicos es en el desprendimiento y en el ejercicio de la caridad. Don Juan Manuel,

aunque está en la ruina, mantiene su pródiga caridad de padre de los pobres, de señor

que por tener el cuidado de sus vasallos, tiene conciencia de su obligación de protegerlos,

incluso contra la justicia legal de soldados o alguaciles, ya que en su sentir "esa es

la verdadera hidalguía y la verdadera caridad" (45). Bradomín no le va a la zaga en

desprendimiento. Vende o empeña su patrimonio, "todo lo que tengo en esta tierra"

(46), para ayudar a sostener la guerra por su rey. Don Juan Manuel, si no fuera tan viejo,

también hubiese levantado partida, pero —como él mismo dice (47)— no sería por un

rey, ni un emperador..., sería "para purificar estas tierras, donde han hecho camadas

raposas y garduñas. Yo llamo así a toda esta punta de curiales, alguaciles, indianos y

compradores de bienes nacionales. ¡Esa ralea de criados que llegan a amos! A los

que quemaría las casas y les colgaría a todos en mi robledo de Lantañón". Criterio

que, pese a su refinamiento, se ve compartido por Bradomín cuando arguye: "Esa

justicia que deseamos los que nacimos nobles, y también los villanos que no pasaron

de villanos, es la justicia que hará por todo el reino Carlos VII (48).

Pero detrás de ese espíritu feudal que en servicio de ¡el genio de su linaje!

mueve a los hidalgos, Valle-Inclán supo ver la otra cara de la moneda, en el idealismo

de los "mútiles" vasco-navarros, y en su actitud reverente hacia su señor, como lo

denota esta bellísima arenga que Miguelo Egoscué dirige a sus soldados en el Resplandor

de la hoguera:

"¡Muchachos, vamos a pelear por el rey don Carlos! Si

vencemos, a todos nos dará su mano por leales y por valientes, como hizo la vez

pasada cuando lo de Aoiz. ¡Muchachos, vamos a pelear por el Rey y por doña

Margarita! Si hallamos la muerte, también hallaremos la gloria como soldados y

como cristianos. La gloria de la tierra y la gloria de luz que da Dios Nuestro Señor"

(49).

VII

En enero de 1910, en la revista "Por esos mundos", publicó Valle-Inclán un

trabajo novelesco de exaltación carlista titulado La corte de Estella que, como varios

cuentos de su primera época o novelas cortas esparcidas en periódicos y revistas, no se

recoge en ninguna de las ediciones de sus presuntas obras completas.

Según Jacques Fressard la primera impresión de este texto, que consta de siete

capitulillos y el que reproduce íntegramente en su trabajo Un episodio olvidado de la

guerra carlista (50), es que se trata de un reportaje histórico relacionado con la muerte

de Carlos VII, acaecida en Venecia seis meses antes. Pero al leerlo nos percatamos de

que no se trata de una simple evocación literaria, sino de un esbozo o de los primeros

elementos de una nueva novela o tal vez el epílogo del ciclo carlista.

La aparición de La corte de Estella coincide con el momento de mayor fervor

por la causa por parte de don Ramón. En aquel mismo año 1910 iba a ser designado

como candidato a diputado tradicionalista por el distrito de Monforte de Lemos para

las elecciones generales, por lo que La corte de Estella —como dice Fressard (51)

suena como una profesión de fe sin ambigüedad y hasta casi como una proclama

electoral. Lo que en la "trilogía" era aún una oposición matizada entre los soldados

regulares "que iban a la guerra por servidumbre, como podían ir a segar espigas en el

campo del rico", y los voluntarios de don Carlos, reidores y entusiastas ¡verdaderos

cruzados!, se transforma aquí en antítesis violenta. Ya no queda en el campo liberal

ningún personaje "positivo", como lo era por ejemplo el veterano capitán García, que

afirmaba sin vacilar, en El resplandor de la hoguera: "yo he sido soldado y también

me batí por mis ideas: ¡Las ideas de la libertad y de progreso!" A los oficiales liberales,

el autor los representa como "buenos militares, pero acostumbrados en los cuerpos de

guardia, a holgarse, con vino peleón y lances de mujeres, gente horra de otros conflictos

morales" (53).

Los carlistas, por el contrario, son "mancebos encendidos y fuertes", que sólo

luchan por su ideal y no desean más provecho para después de la victoria que el de

volver al hogar con sus cicatrices: "Cuando se acaba la guerra iremos todos a nuestras

casas: el labrador a su labranza, el pastor a su rebaño, el estudiante a su estudio... "

(54). Incluso Cara de Plata, el violento, orgulloso y egoísta segundón de los Cruzados

de la causa, ha cambiado de actitud. Antes, sólo pensaba en señalarse por su valor y

verse ascendido a capitán (55). Ahora, y desde que ha besado la mano de don Carlos, su

única ambición "es ver al Rey sentado en el trono y bien gobernadas las Españas" (56).

Y hasta el retrato idealizado de don Carlos, bastante parecido al que nos ofrece en las

primeras páginas de Sonata de invierno (57) difiere de éste, por una insistencia mucho

mayor en las cualidades religiosas, políticas y morales que a Dios le plugo dar (58).

En estos momentos —como relata Gómez de la Serna (59)—, don Ramón va a

tener que elegir entre dos caminos: el de la política, presentándose a diputado carlista

o el de un viaje aventurero a América ya que, con motivo del centenario de la Argentina,

allí van su mujer y las compañías de Guerrero y García Ortega. Valle-Inclán se decide

por el viaje a la Argentina (mayo-noviembre de 1910), donde dio algunas conferencias

y fue objeto de diversos agasajos, señaladamente en Buenos Aires. En los locales del

círculo tradicionalista, los carlistas residentes en aquella ciudad organizaron un banquete

en su honor, al que —según la reseña que hizo del acto "El Pueblo de Buenos

Aires" (60)— asistieron más de cien comensales.

A la hora de los postres, tras unas palabras laudatorias al homenajeado por parte

del presidente del círculo, Valle-Inclán, a quien había presentado como el "cantor de

las tradiciones de la patria española", agradeció el homenaje, afirmó su abolengo

carlista y significó literalmente:

"Convencido de la grandeza del ideal tradicionalista,

entendía que era deber mío consagrar mis energías a su defensa, aunque ello

significa restarme todos mis lectores anteriores, como en efecto me los resté en un

solo día, pues al publicar mi primera obra carlista, no me quedó ni uno solo de

mis anteriores lectores, y la prensa en general que antes me llenara de elogios,

no tuvo para esta obra ni la leve noticia de su aparición".

"Pero no importa; estoy decidido a continuar la labor,

dedicando el único brazo a manejar la pluma, y si algún día fuese necesario ese

brazo para defender la tradición en otro terreno, a ello estoy firmemente decidido".

A continuación, y antes de que el Orfeón del Círculo cerrase el acto con obras

musicales carlistas, se acordó enviar a Madrid el siguiente telegrama: "Correo Español.

— Cien comensales, reunidos Círculo Carlista banquete honor Inclán,

ofrécense incondicionalmente don Jaime salvar España actual sectarismo.

Inclán-Alcázar".

A su regreso a España participa en el banquete que en el frontón Jai-Alai de

Madrid se dio el 8 de enero de 1911 a los diputados tradicionalistas que habían combatido

la "Ley del candado" de Canalejas, ocupando un puesto en la mesa de honor junto

con el marqués de Cerralbo, Bofarull, Vázquez de Mella, Feliú, Aguado Salaberri, y

otros miembros del estado mayor de la Comunión, y tras un largo viaje por Cataluña y

el Norte, el 4 de noviembre de 1911, hace unas declaraciones al periódico tradicionalista

El Correo Español, en las que subraya el valor como "protesta viva" del Jaimismo,

apto para defender con las armas en la mano "los derechos de las personas honradas"

(61); y el 26 de mayo de 1912, en el teatro de la Princesa de Madrid, estrena su

tragedia Voces de Gesta, que es un canto apasionado y vehemente a la tradición, en la

que Carlino, rey de ensueño, de romance y de balada, tras muchos años de terrible

éxodo "junto al roble de la tradición" se transfigura en símbolo de un pueblo inocente

y heroico.

Pero, pese a ello, su ideología va a iniciar una evolución hacia posturas radicales

distintas, hacia un izquierdismo que cierra su carlismo pasado. Esta nueva actitud, que

inicia en 1920 cuando escribe Farsa y licencia de la reina castiza —crítica demoledora

de un reinado, de una reina, de unos gobernantes y de una sociedad— culminará entre

1927-28 con La corte de los milagros —con la que inicia la serie El ruedo ibérico—

y con Viva mi dueño, en la que sometiendo la Historia —al igual que en la anterior— a

toda clase de manipulaciones, imagina una entrevista entre Prim y Cabrera, en aras de

una inteligencia en el problema "sucesorio". En ella, el general Cabrera se declaraba

por don Juan de Borbón (hijo de Carlos V y hermano del conde de Montemolín). El

general Prim abogaba por don Carlos, el primogénito del Juan III de los carlistas. El don

Carlos que Prim proponía, que sería el futuro Carlos VII, debería dar un manifiesto en

sentido "constitucionalista". El don Juan que Cabrera deseaba era el rey legítimo y,

precisamente por serlo, su hijo no podía ni debía representar nada en contra.

VIII

Instaurada la dictablanda del general Primo de Rivera, Valle Inclán desde el

primer momento se pone abiertamente frente a ella.

En las tertulias del café Regina, en la cacharrería del Ateneo o en la Granja del

Henar, con su infatigable locuacidad, declama contra el gobierno del general. Desde

Galicia hace circular una carta explosiva con motivo del confinamiento de Unamuno en

Fuerteventura; por no sentarse junto a un general del directorio, abandona con humos

de reto el salón del madrileño hotel Nacional, donde se rendía un homenaje al catedrático

de Buenos Aires doctor Mario Sáez, y más tarde, en 1927, publica el esperpento

La hija del capitán, sátira cruda y sangrienta que trata de un golpe de Estado, en el

que urde una trama insólita, con la aviesa intención de atacar al dictador, al gobierno y

a la dinastía.

Dice Fernández Almagro que la costumbre de llamar la atención se había hecho

en él cosa habitual, y aunque sus extravagancias se toleraban como "¡las cosas de

Valle-Inclán!", ante el alboroto que protagonizó en el Palacio de la Música con ocasión

de una representación teatral, fue detenido y hubo de cumplir un arresto de quince

días. El alboroto fue tan sonado que Primo de Rivera se hizo eco de él en una "nota

oficiosa", donde le llamó "eximio escritor y extravagante ciudadano" (62).

De esta suerte, inserto en grupos que ya no eran propiamente literarios y artísticos,

como los de los buenos tiempos del "Nuevo Levante", sino políticos en el peor

sentido: republicanos y socialistas de profesión, aprendices de conspirador, estudiantes

de la FUE, algún militar sin conciencia de su uniforme, etc. Así es como Valle-Inclán se

fue sumergiendo en las aguas cenagosas que habían de desembocar en la segunda

república (63). Y aun cuando negaba que fuese republicano (64), él mismo se contradice

cuando el 14 de abril, a pocas horas de proclamarse la república, se constituyó en el

Ministerio de la Gobernación en pos de los hombres del Gobierno provisional, para

pedirles a grito pelado que "el rey no escapase a la justicia del pueblo" (65).

Pero como la vida de Valle-Inclán era completamente esperpéntica, pocos días

después de cuanto antecede recibió una carta de don Jaime de Borbón, firmada y

rubricada de su puño y letra (66), en la que literalmente le decía:

"Mi querido Valle-Inclán: desde hace tiempo quería darte

una muestra de mi aprecio probándote mi agradecimiento por el tesón

con que has defendido siempre en tus admirables escritos la causa

de la Monarquía legítima que yo represento.

He pensado en crearte caballero de la Orden de la Legitimidad

Proscrita, recientemente creada por mí, y que es a mis ojos

símbolo de todos los heroísmos y de todas las grandezas patrias. Por la

presente, vengo pues a conferirte la dignidad de Caballero de esta Orden,

no dudando que con ello cumplo un deber de justicia y de agradecimiento.

Dios te guarde. Tu afmo. Jaime".

Claro es que esto no fue óbice para que pocos meses después, en una entrevista

que le hace un redactor de "El Sol", el 20 de noviembre de 1931, afirmara que "él

propugnaba una dictadura como la de Lenín" y en congruencia con esta su nueva

postura se adhiere a la "Asociación de Amigos de la Unión Soviética" y al "Congreso

de Defensa de la Cultura", de París, que era un instrumento de bolchevización (67).

Tal vez por ello, la República no se apresuró a darle un cargo con el que aliviar su

caótica situación económica. Pero ¡por fin!, a finales de enero de 1932, le nombraron

director del Patrimonio Nacional. Mas en este cargo sólo duró unos meses, pues cuando

se enteró —dice Gómez de la Serna (68)— que el diputado socialista Bujeda había ido a

La Granja a matar faisanes con unos amigos, armó un gran escándalo, diciendo que él

tenía allí los faisanes como adorno dorado de la majestad del paisaje. El socialista no le

hizo caso, y al siguiente domingo volvió a cazar faisanes con más ímpetu y más amigos.

Don Ramón se fue al ministro exigiéndole que multase a Bujeda o que si no él

dimitía. El Ministro, conciliador, dijo que no haría lo uno ni admitiría lo otro. Valle se

consideró dimitido y no volvió a ocuparse más del cargo.

Como aquel sueldo era la única entrada que le había permitido pasar unos meses

holgados, la miseria se señoreó de nuevo de su casa, y una vez más comenzó a carecer

de lo más indispensable. Piensa entonces emigrar a Méjico, de donde había recibido

seguridades de un cargo retribuido. En este trance le llegó el nombramiento de director

de la Academia de España en Roma, que Azorín, Marañón y otros caracterizados hombres

públicos consiguieron para él del Consejo de Cultura.

El poeta Adriano del Valle, que le visitó en un viaje que hizo a Roma en 1934, tras

una larga conversación que tuvo con él, pudo comprobar personalmente que don Ramón

había dado de nuevo un giro copernicano, viviendo en Roma en "olor de santidad

fascista", lo que desveló en un artículo que con este título, publicó en España de

Tánger (69), donde se hace eco de su entusiasmo por el "Fascio" y su admiración por

Mussolini, como lo denotan estas palabras suyas:

"El fascio no es una partida de la porra como generalmente

creen en España los radical-imbeciloides, ni un régimen de extrema derecha.

Es un afán imperial de universalidad en su más vertical y horizontal sentido

ecuménico. Y tras señalar «la obra cesárea de Mussolini» y que si el catolicismo

logró universalidad fue porque también era Roma, añade que esta continuidad

en los designios de Roma es «el fascio», para acabar aludiendo al régimen constitucional

inglés, a quien menosprecia y a la «democracia de la orilla derecha del

Sena», a Indalecio Prieto y a Azaña, a quienes pone en la picota de su sátira".

Esa misma impresión de Adriano del Valle es la que —según Joaquín Caro (70)

obtuvo Gerardo Diego de don Ramón cuando le visitó en Roma por aquellas fechas.

Como su salud volviera a quebrantarse al agravarse su dolencia de vejiga, decide

regresar definitivamente a España, marchando a Galicia, donde lo ingresan para su

tratamiento en el "Santiago de Compostela", en cuyo centro hospitalario, en la tarde

del día 5 de enero de 1936, vísperas del día de Reyes y de la Monarquía tradicional,

entregó su alma a Dios.

Valle-Inclán, como escribió el profesor Barreiro (71), renegando o sin renegar del

carlismo (cosa para él tan fácil), murió manteniendo el ideal de un pasado, esperando

el paso del caballo de Atila, que lo había aplastado todo, para ver renacer de nuevo las

viejas costumbres, resucitar los antiguos campeones y devolver a sus pazos a la rancia

aristocracia que llevaba en sus venas sangre de rey. Y todo eso —según añade el

mentado historiador— "también era ser carlista".

 

 

 

1. MIR", E.: Realidad y arte en ìLuces de Bohemiaî. Cuadernos Hispanoamericanos, Madrid, 1966,

p·g. 257.

2. MAEZTU, R. de: Valle-Incl·n, en ìAutobiografÌaî. Editora Nacional, Madrid, 1962, p·g. 108.

3. FERN¡NDEZ ALMAGRO, M.: Vida y literatura de Valle-Incl·n. Editora Nacional, Madrid, 1943, p·g.

19.

4. IDEM: Ob. cit., p·g. 25.

5. DEL VALLE-INCL¡N, R.: Sonata de invierno. Opera Omnia, Vol. III, p·gs. 69-70.

6. CAMPOS, J.: Tierra caliente. La huella americana en Valle-Incl·n. Cuadernos Hispanoam. Ob. cit.,

p·g. 421.

7. G"MEZ DE LA SERNA, R.: Don RamÛn Ma. Del Valle-Incl·n.ColecciÛn Austral 2™.edic. Bs.As., 1948,

p·g. 28.

8. IDEM: Ob. cit., p·g. 51-56.

9. FERNAND…Z DE LA MORA, G.: Pensamiento espaÒol 1966. Ediciones Rialp, Madrid 1968, p·g. 252.

10. MAEZTU: AutobiografÌa. Ob. Cit. P·g. 104.

11. AZORIN:PrÛlogo a las obras completas de Valle-Incl·n.Tomo 1, Edic.RVA.NOVA, 1944, p·g. 12.

12. CONTE, R.: Valle-Incl·n y la realidad. En Cuadernos Hispanoamericanos, ob. Cit., p·g. 59.

13. VALLE-INCL¡N BLANCO,C.L.:PrÛlogo a Gerifaltes de antaÒo.Espasa Calpe Arg., S.A., Bs.As.1945,

p·g.8.

14. G. DE NORA, E.: La novela espaÒola contempor·nea. Gredos, 2™ edic., Editorial Madrid, 1953, p·g.

76.

15. BARREIRO FERN¡NDEZ, J:R:El carlismo gallego. Edit. Pico Sacro, Stgo. de Compostela, 1976, p·g.

323-324.

16. MARAVAL, J.A.: La imagen de la sociedad arcaica en Valle-Incl·n, en Revista de Occidente.

Madrid, 1966, nos.44-45, pag. 248.

17. MACHADO, M., citado por JoaquÌn Caro Romero en Valle-Incl·n y la EucaristÌa, ABC de Sevilla, junio

1993, p·g.58.

18. G"MEZ DE LA SERNA, R.: Don RamÛn Ma. del Valle-Incl·n. Ob. cit., p·g. 71.

19. VALLE-INCL¡N, R.: Sonata de invierno, ob. cit., p·g. 217.

20. IDEM. Ob. cit., p·g. 14-15.

21. DE MADRID, F.:La vida altiva de Valle-Incl·n. Editorial PoseidÛn. Buenos. Aires., 1943, p·g. 282.

22. LADO, Ma.D.: Las guerras carlistas y el reinado isabelino en la obra de RamÛn del Valle-Incl·n.

University of Florida monographs Press, nÿm. 18. Gainesville, Florida, 1966, p·g. 14.

23. G"MEZ DE LA SERNA, R.: Don RamÛn Ma. del Valle-Incl·n. Ob. cit., p·g. 121.

24. VALLE-INCL¡N, R. Ma.:Los cruzados de la causa. Colec. Austral, 8™. edic., Madrid, 1985, p·gs.30,

52, 53, 122, 147-148. Sonata de invierno, ob. cit., p·g. 217.

25. VALLE-INCL¡N, R. Ma.: El resplandor de la hoguera. Colec. Austral 7™. edic., Madrid, 1980, p·gs.

132-133.

26. FERN¡NDEZ DE LA MORA, G.: Pensamiento espaÒiol, 1966. Ob. cit., p·g. 255.

27. PEM¡N, J.Ma.: MeditaciÛn sobre el tradicionalismo, Punta Europa, Madrid, 1961, p·g. 82.

28. VALLE-INCL¡N, R. Ma.: Los cruzados de la causa. Ob.Cit., p·g. 76.

29. IDEM: Ob. cit., p·g. 8.

30. VALLE-INCL¡N, R. Ma.: Gerifaltes de antaÒo. ColecciÛn Austral 5™. edic. Madrid, 1980, p·g. 7.

31. LADO, Ma. D.: Las guerras carlistas y el reinado isabelino en la obra de RamÛn del Valle-Incl·n. Ob.cit.,

p. 201.

32. VALLE-INCL¡N, R. Ma.: Gerifaltes de antaÒo. Ob. cit., p·g. 11.

33. IDEM: Ob. cit., p·g. 41.

34. SECO SERRANO, C.: Valle-Incl·n y la EspaÒa oficial en ìRevista de Occidente, Madrid, 1966, p·g.

209.

35. VALLE-INCL¡N, R.Ma.: Gerifaltes de antaÒo. Ob. cit., p·g. 107.

36. IDEM: Ob. cit., p·g. 133.

37. VALLE-INCL¡N, R. Ma.: Los cruzados de la causa. Ob. cit., p·g. 91.

38. DUR¡N, J., Y ZABALA, P.J.: Valle-Incl·n y el carlismo. Zaragoza, 1969.

39. VALLE-INCL¡N, R.Ma.: Sonata de invierno. Ob. cit., p·g. 242.

40. FERN¡NDEZ ALMAGRO, M.: Vida y literatura de Valle-Incl·n. Ob. cit., p·g. 76.

41. VALLE-INCL¡N, R.Ma.: El resplandor de la hoguera. Ob. cit., p·g. 78.

42. IBIDEM: Los cruzados de la causa. Ob. cit., p·g. 17.

43. IBIDEM: JardÌn umbrÌo. Opera Omnia. Madrid, 1920, p·g. 179.

44. IBIDEM: Sonata de invierno. Ob, cit., p·g. 11.

45. IBIDEM: Los cruzadas de la causa. Ob. cit., p·g. 80.

46. IBIDEM: Los cruzados de la causa. Ob. cit., p·g. 13, 24.

47. IBIDEM: Los cruzados de la causa. Ob. cit., p·g. 97.

48. IBIDEM: Los cruzados de la causa. Ob. cit., p·gs. 97-98.

49. IDEM: El resplandor de la hoguera. Ob. cit., p·g. 109.

50. FRESSARD, J.: Un episodio olvidado de ìla guerra carlistaî, Cuadernos Hispanoamericanos, 1956,

p·gs.347-367

51. IDEM: Ob. cit., p·g. 364

52. VALLE-INCL¡N, R. MA.: El resplandor de la hoguera. Ob. cit., p·g. 120.

53. IDEM: La corte de Estella. Cuadernos Hispanoamericanos. Ob. cit., cap. II., p·g. 351.

54. IDEM: La corte de Estella. Ob. cit., cap. V., p·g. 356.

55. IDEM: Los cruzados de la causa. Ob. cit., p·g. 18.

56. IDEM: La corte de Estella. Ob. cit., cap. V., p·g. 356.

57. IDEM: Sonata de invierno. Ob. cit., p·g. 14-15.

58. IDEM: La corte de Estella. Ob. cit., cap. VII, p·g. 359.

59. G"MEZ DE LA SERNA, R.: Don RamÛn Ma. del Valle-Incl·n. Ob. cit., p·g. 110.

60. ReseÒa que ìEl pueblo de Buenos Airesî hizo del acto homenaje de los carlistas residentes en aquella

ciudad al ilustre escritor don RamÛn del Valle-Incl·n, que reprodujo ìEl Correo de Galiciaî, de 30-06-

1910.

61. Entrevista en El Correo EspaÒol, Madrid, 4 de noviembre de 1911.

62. FERN¡NDEZ ALMAGRO, M.: Vida y literatura de Valle-Incl·n. Ob. cit., p·g. 233.

63. IDEM: Id. P·g. 232.

64. Dice Fern·ndez Almagro en la ob. cit, p·g. 232, que al pregunt·rsele porquÈ no habÌa asistido a

ninguno de los banquetes en los que se conmemorÛ el 11 de febrero, replicÛ muy airado: ì°Y quiÈn le

ha dicho a usted que yo soy republicano!î.

65. FERN¡NDEZ ALMAGRO: Vida y literatura de Valle-Incl·n. Ob. cit., p·g. 262.

66. Carta de don Jaime de BorbÛn nombr·ndole Caballero de la Legitimidad Proscrita en ìIndice de Artes

y Letrasî nÿm. 74-75. Madrid, abril-mayo 1954, p·g. 23.

67. FERN¡NDEZ ALMAGRO, M.: Vida y literatura de Valle-Incl·n. Ob. cit., p·g. 233.

68. G"MEZ DE LA SERNA: Don RamÛn Ma. del Valle-Incl·n. Ob. cit., p·g. 198.

69. DEL VALLE, A.: Valle-Incl·n viviÛ en Roma en olor de santidad fascista. ArtÌculo publicado en el

ìEspaÒa de T·ngerî y recogido por Melchor Fern·ndez Almagro en Vida y literatura. . .ob. cit., p·g.

273.

70. CARO ROMERO, J.: Valle-Incl·n y la EucaristÌa. Ob. cit., p·g. 58.

71. BARREIRO FERN¡NDEZ, J.R.: El carlismo gallego. Ob. cit., p·g. 326.

 

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