In Memoriam

DON RAFAEL GAMBRA CIUDAD

La muerte de don Rafael Gambra impone reflexionar sobre su

magisterio e insta a asumir su conducta cívica. Eligió para la cita primera

de su libro definitorio, «El Silencio de Dios», escrito en 1967, el

Evangelio de San Mateo (XXVI, 62-63): "Entonces, poniéndose en pie el

Sumo Sacerdote, le dijo: «¿nada respondes a los que te acusan?». Pero

Jesús permaneció en silencio". Gustave Thibon, que lo prologó, lo consideró

"un grito de alarma profético frente al inmenso suicidio colectivo

que nos amenaza y que se reviste eufóricamente de los bellos nombres de

progreso, de sentido de la historia, de liberación y de democracia, cuando

no de ecumenismo o de aggiornamento". Obedeciendo ese Silencio, desde

él, libró el combate "a la apostasía de los tiempos, ante aquellos «que no

saben lo que hacen»", como así dijo.

 

 

 

Su vida y su obra ya tienen un análisis difícil de mejorar en «Koinós. El

pensamiento político de Rafael Gambra» (Madrid, 1998), de Miguel Ayuso. Nos

presenta "al sabio de verdad", "un hombre cabal cuyo pensamiento, por hondura,

probablemente esté en la cima del tradicionalismo español del siglo veinte. Sin exageración".

Trascendió la docencia de la filosofía, que abarcó más de medio siglo. La

claridad de exposición de su "Curso elemental de filosofía", con veinte ediciones,

continúa basando los más altos estudios de la ciencia de la sabiduría. Sus doce libros

y la infinidad de sus artículos lo erigen en un pensador capaz de conjugar la reflexión

permanente y la erudición con una acción política orientadora.

El profesor Ayuso acierta al titular su libro: "koinós" es palabra griega que

refiere a "lo común", y en este concepto está sintetizada la ocupación intelectual y

política de Gambra.

Extraigamos, como homenaje a su admirable y querida personalidad, juicios

que deberán ser guía insoslayable de los tradicionalistas:

· Sobre la Ciudad: "La solución para el problema social y político parece, pues, que

estará, de una parte, en el acatamiento de un orden necesario de cosas

infinitamente real, que será la relación óntica de la criatura para con

el Creador en un credo religioso; y de otra, en partir del individuo. Pero no de ese

individuo abstracto e irreal del individualismo liberal, sino del individuo cualificado,

impulsado y hecho sujeto o principio de civilización por ese mismo espíritu

religioso. Del individuo vinculado a unas tradiciones, encuadrado en unas instituciones,

movido por unos afectos e intereses, enmarcado, en fin, en un orden concreto

de realidades y de valores" («El acercamiento a la persona», p. 34, cit. en

«Koinós», p. 93).

"El hombre que no siente ya con la Ciudad porque ha crecido en la rebeldía y el

individualismo, mide su éxito por el dinero que recibe y festeja siempre la desaparición

de vínculos, temores y deberes, esto es: lo que él llama su libertad" («El

Silencio de Dios», Madrid, 1998, p. 131).

"Y es justamente la Ciudad humana (comunidad histórica de fe y de valores) lo que

resume el conjunto de esos bienes que el hombre ha creado con su entrega y su

fervor en el decurso de las generaciones. Hemos asistido durante dos siglos a la

autodestrucción de nuestra propia civilización por el espíritu racionalista" («El

Silencio de Dios», p. 132).

Sobre la Cristiandad: "Una misma fe, una misma lengua (el latín) para la expresión

de una misma cultura, empresas comunes (las Cruzadas, la Reconquista) definen a la

Cristiandad como comunidad histórica" («Tradición o mimetismo», p. 45, cit. en

«Koinós», p. 136).

Sobre la Tradición : "¿Por qué no? Quizá ningún término exprese mejor la ruina

interna de una civilización que esta simple pregunta: ¿por qué no? A esta objeción casi

cósmica, que intenta siempre justificar una práctica nueva o la ruptura con un modo de

ser o de hacer, contestó siempre la sabiduría ancestral con el conciso porque no" («El

Silencio de Dios», p. 82).

"La antigua aceptación de cuanto, grande o humilde, nos ha sido dado y es lo

nuestro en la tradición santificada de la Ciudad, desde la familia —pequeña patria

— hasta lo sagrado del poder que reina o gobierna en nombre de lo que es más

que nosotros" («El Silencio de Dios», p. 134).

Sobre nuestra civilización: "Posiblemente esté reservada a nuestra civilización el

cumplimiento de su ciclo completo, esto es, su muerte por principios internos de

disolución; desenlace no alcanzado por civilizaciones pretéritas que, decadentes

sin duda, conocieron siempre un final violento, determinado por factores exteriores

a ellas mismas.

Este techo hoy alcanzado es el de la fe religiosa: el fenómeno que podríamos llamar

la juglarización de la fe. El aglutinante espiritual que engendró nuestra civilización

en sus orígenes fue, como en toda civilización histórica, un impulso religioso.

En nuestro caso, el cristianismo"(«El Silencio de Dios», p. 113).

Sobre el Concilio Vaticano II y los sistemas políticos: "La labor consistirá en minimizar

la fe y la moral reduciéndola (a través de las "pendientes naturales") a lo que

convenga estimar como "esencial", en renegar de la propia tradición de la Iglesia y

de la civilización que ella creó considerándolas como "adherencias" o "alienaciones",

en limar cuantas aristas rocen a la mentalidad y formas de vida modernas, para

demostrar al mundo de hoy que ser católico viene a ser lo mismo que no serlo, y que tal

profesión en nada choca con las exigencias de la vida actual y del "humanismo".

Consistirá asimismo en reducir la vida religiosa al interior de las conciencias, abandonando

toda pretensión comunitario–histórica de que la fe informe jurídica o políticamente

la vida de los pueblos" («El Silencio de Dios», p. 117).

"¿Por qué un Concilio «pastoral» habrá tenido la virtud de envenenarlo todo entre

los creyentes, en sus vidas, conciencias, conversaciones, amistades...?" («Mi amistad

», p. 112, cit. en «Koinós», p. 50).

"Es en el Concilio Vaticano II donde la teoría y la praxis de la Iglesia oficial cambian

de signo respecto a la Revolución laicista."

"En rigor, si se establece la libertad religiosa (y el consecuente laicismo de Estado)

resulta imposible mandar y prohibir cosa alguna."

"La «libertad religiosa» es, por su misma esencia, la muerte de toda autoridad y

gobierno" («Boletín de la Fundación Francisco Franco», oct. 1985, p. IV y IX).

Sobre la monarquía: "La monarquía ha de representar el arraigo y la continuidad

frente a la improvisación y la inestabilidad. Su posición debe ser antitética de lo que

se han llamado «regímenes de opinión», y, en un sentido más amplio, ideocracia".

(«La monarquía social y representativa en el pensamiento tradicional», p. 143, cit.

en «Koinós», p. 194).

Sobre el patriotismo: "Si no traspasa su verdadera naturaleza, el patriotismo es

también una realización del precepto de amar al prójimo, es decir, a los semejantes

que nos rodean, próximos; una forma de sentirse en comunión con los demás —un

sentimiento opuesto al individualismo— que nos hace vivir en una tradición colectiva

y amar la fe común que la impregna y vivifica. El patriotismo brota de las fuentes más

inmediatas de la familia y, haciéndose consciente de la tradición en que está inserto,

se extiende a medios de comunicación cada vez más amplios" («La monarquía social

y representativa en el pensamiento tradicional», p. 172, cit en «Koinós», p. 205).

En frase de Ayuso, "hay algo de heroico en la entrega a la causa de la tradición".

Gambra enfrentó con señorío la pérdida del sentido de la Ciudad, lo

que llamó "la desaparición de vínculos, temores y deberes". Vio triunfar terrenalmente

la Revolución y percibió la causa en la declaración conciliar de la libertad religiosa.

La unidad en la Fe católica excluía en España los separatismos, conservaba la Patria,

fundaba la autoridad.

No pudo concebir el desconocimiento de la victoria militar de la Cruzada del

36, en la cual participó como Requeté. Sufrió como drama propio la interrupción de

la tradición. Advirtió que "la tarea desvinculadora, después de siglo y medio de

revolución, debería estar conclusa y en cierto sentido lo está".

Ello motivó en él, como descubre Ayuso, cierto cansancio existencial y la ironía

de alguno de sus últimos y breves artículos, no carentes de la importancia y de la

responsabilidad que siempre distinguieron sus trabajos.

Así, por ejemplo, pudo deducir del derecho democrático, su patética y divulgada

caracterización posible de una futura Reina de España; decir en la revista

"Fuerza Nueva" en el 2000: "Las Cortes de Cádiz fueron —ellas sí— el primer golpe

de Estado en la historia de España"; o, en un postrer artículo en "Razón Española" de

setiembre de 2003, describir un país democrático como si fuese imaginario para

rechazarlo finalmente como "pura fantasía, porque ninguna mente humana en su

sano juicio sería capaz de proponer semejante sistema de gobierno".

Fue un hidalgo y un caballero español, con ancestros navarros y sevillanos,

que pudo ver su empresa —cristiana, patriótica y quijotesca— continuada en sus

hijos. Representó hasta su muerte la unidad carlista en los principios, lo que le valió

la designación como Secretario Político de don Sixto Enrique de Borbón.

Lo sagrado haciendo lo común, Dios haciendo la Patria, los Fueros, y el Rey,

estuvo en el fundamento de su prédica carlista. Así sirvió y defendió la tradición

católica de la vieja España, "de las Españas" históricas.

En tiempos de apostasía general, predichos por San Pío X, Rafael Gambra

advirtió que "no nos cumple considerar desenlaces catastróficos para nuestra civilización

porque su eventualidad pertenece a los arcanos de la justicia o la misericordia

divinas".

"Custodia" le rinde homenaje. Desde el inicio, en sus páginas están sus citas

para respaldo indiscutible de nuestras ponencias y para confirmación del espíritu de

la Hispanidad. El lema carlista hallará siempre en su magisterio interpretación

verdadera y orientación para obrar.

 

Dios le abra las puertas de la celestial mansión.

 

A.P.S.

 

Hosted by www.Geocities.ws

1